Silencios II

Mayt



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera, Gabrielle, Argo y todos los demás personajes que han aparecido en la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera, así como los nombres, los títulos y el trasfondo son propiedad exclusiva de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se ha pretendido infringir sus derechos de autor con este fanfic. Todos los demás personajes, el argumento del relato y el relato mismo son propiedad exclusiva de la autora. Este relato no se puede vender ni usar para obtener beneficio económico alguno. Sólo se pueden hacer copias de este relato para uso particular y deben incluir todas las renuncias y avisos de derechos de autor.
Nota: Silencios II es la continuación inmediata de Silencios. No tendréis ni idea de lo que está ocurriendo a menos que leáis Silencios. Lo he escrito respondiendo a las peticiones que me han enviado los lectores. Gracias a quienes me habéis comunicado vuestras opiniones.
Subtexto: Este relato describe una relación amorosa entre dos mujeres. Si sois menores de 18 años o si para vosotros es ilegal leer este texto, no sigáis adelante.
mayt@aol.com

Título original: Silences II. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Todavía entre los brazos de Xena, Gabrielle murmuró con seguridad:

—Quiero que estés conmigo.

Xena respondió asintiendo. Gabrielle soltó a la guerrera, la cogió de la mano y la llevó fuera del establo. Ephiny estaba esperando. Gabrielle la miró a los ojos. Ephiny reprimió su pregunta.

Gabrielle y Xena cruzaron por el centro de la aldea hacia la cabaña de la reina. La suya era una declaración explícita, orgullosa. En una mano, Gabrielle llevaba el pergamino, en la otra, a Xena. Era la primera muestra pública de afecto entre ellas desde su llegada, cuatro lunas antes. Los ojos de la nación amazona estaban posados en ellas. Gabrielle les dijo a sus guardias que no quería ser molestada. Soltó la mano de Xena cuando entraron en su alojamiento. Dejó el pergamino en su escritorio y luego se volvió hacia la guerrera. Entre ellas se había formado una nueva y tímida fragilidad en el tiempo que habían tardado en cruzar el patio. La ternura de sus corazones estaba expuesta. Xena tenía una expresión intensa. A Gabrielle le parecía próxima al miedo. Xena apretaba la mandíbula. Los músculos de su cara se estremecían de tensión. Xena volvió la cabeza de nuevo hacia la puerta.

Al ver esto y captar los pensamientos de Xena, Gabrielle rogó suavemente:

—Xena, no. No vuelvas allí. Quédate aquí conmigo. Ahora. Ahora mismo. Sólo tú y yo.

Xena volvió a posar la mirada en la bardo.

—¿Y mañana?

Gabrielle no estaba dispuesta a preocuparse por los mañanas.

—Estaremos juntas hasta que las Parcas digan lo contrario. ¿Qué más podemos pedir?

Xena guardó silencio. Quería una eternidad.

Gabrielle intentó abrir brecha en la vacilación de Xena.

—Xena, por favor. Te obligaré a cumplir tu promesa hasta el día en que me muera. Mientras esté contigo, estoy dispuesta a aceptar el hecho de que mi muerte podría llegar al amanecer. No puedo cambiar mi destino. No puedo cambiar el tuyo, por mucho que desee mantenerte a salvo. Sólo puedo confiar en lo que se me da.

Gabrielle se acercó y se detuvo ante Xena.

—Estoy convencida de que el mayor error es no vivir la vida por miedo a perderla. No voy a elegir no amarte sólo porque sé que algún día la muerte nos separará.

Xena recuperó por fin la voz.

—Yo nunca confiaré en los dioses.

Gabrielle posó la mano en el brazo de Xena.

—Lo sé.

Xena miró a Gabrielle directamente a los ojos.

—Pero confío en ti.

Gabrielle sonrió.

—Eso también lo sé.

Xena habló en voz baja.

—¿Sabes lo que significa que me entregue a ti?

Gabrielle creía conocer la respuesta, pero le correspondía a Xena decirlo. La bardo cogió las manos de Xena entre las suyas.

—Dímelo.

Xena se debatió. No tenía palabras. No sabía cómo expresar el efecto demoledor que estaba teniendo este momento en ella. Por fin, encontró las palabras.

—Significa que me he rendido.

Gabrielle miró a esta mujer que era la encarnación de la fuerza, la astucia y el coraje. Xena no tenía dudas con respecto a su capacidad para el combate. Gabrielle había averiguado pronto que para que existiera Xena, la Destructora de Naciones, la mujer de Anfípolis se había alejado deliberadamente y paso a paso de su humanidad. En los años que siguieron, mientras se esforzaba por expiar sus culpas, Xena había vuelto a abrir poco a poco su corazón a su capacidad de sentir compasión y amor. Esas mismas emociones que consideraba peligrosas, potencialmente mortales en los momentos oscuros. Si no quería a nadie, nadie podría usar su amor en su contra. Al permitir a Gabrielle entrar en su vida, había comprometido su buen juicio. La experiencia le había dado la razón. En más de una ocasión, Gabrielle había sido el blanco de quienes querían hacer daño a Xena. Xena no se iba a rendir ante Gabrielle. No, era mucho más que eso. Xena se iba a rendir ante un destino que jamás lograría controlar. Un destino que prometía el riesgo de una pérdida que estaba segura de que acabaría con su voluntad de vivir si alguna vez la sufría.

Gabrielle sabía que nunca llegaría a comprender del todo lo que había tenido que superar Xena espiritualmente para corresponder a su amor.

—Debe ser decisión tuya.

Xena apretó las manos de Gabrielle, las levantó y depositó un beso en cada una de ellas.

—Tomé esa decisión cuando dejé que entraras en mi vida y en mi corazón. Ha llegado el momento de aceptar las consecuencias.

Xena besó suavemente a la bardo en los labios. La respuesta de Gabrielle fue tímida. Tenía sus propios miedos. La lucha de Xena era un espejo que habría preferido no percibir en este momento. La mano de Gabrielle se posó en el hombro de Xena.

Advirtiendo la barrera que ofrecía su armadura, Xena dijo:

—Sería buena idea quitarme todo esto.

En lugar de ofrecerse a ayudar, Gabrielle se acercó a su cama. Se miró la ropa. Desde los primeros tiempos de su vida en común, Xena y ella se habían mostrado desnudas la una ante la otra sin problemas. Ahora sentía un pudor desconocido y abrumador. Xena se había quitado no sólo la armadura, sino también la túnica de cuero. Estaba en camisa, observando el cuerpo medio vuelto de Gabrielle.

—Gabrielle, ¿qué ocurre?

Gabrielle no podía mirar a Xena. Mantenía los ojos clavados en sus manos, que sujetaban los cordones de su corpiño.

—¿Has estado alguna vez con una mujer?

Xena no comprendía muy bien la intención de la pregunta de Gabrielle. Sólo sabía que tenía que ser veraz con la respuesta.

—Sí.

Gabrielle se volvió hacia Xena.

—¿Me enseñarás cómo darte placer?

Xena se había temido recriminaciones o celos. Tendría que haber sabido que no iba a ser así. La bardo la conocía demasiado bien para no imaginarse el pasado de Xena. Fue hasta Gabrielle y se detuvo detrás de ella. Gabrielle se apoyó en la guerrera cuando los brazos de Xena la estrecharon. Gabrielle dejó que el calor familiar de Xena la llevara a casa. Esa casa era ese lugar privadísimo que compartía únicamente con la guerrera. Gabrielle se volvió y se pegó al pecho de la guerrera. Fue una dulce y sensual bienvenida.

Xena habló suavemente, intentando tranquilizarla.

—Me da la impresión de que tengo muy poco que enseñarte. Gabrielle, tú sabes lo que te da a ti placer. No creo que seamos tan distintas. —Tras esperar un momento para que sus palabras calaran, continuó—: Puedes ponerte la camisa o no. —Xena no pudo contener una sonrisa con este último comentario.

Levantando la mirada, Gabrielle respondió con afecto:

—Me alegro de verte sonreír.

Xena contestó con un tono muy alegre:

—De repente me siento muy feliz. Hacía mucho tiempo que no te abrazaba.

Gabrielle obedeció a su corazón, dejando atrás el miedo. Se alzó y besó a Xena. La respuesta de Xena fue haciéndose firme y apasionada. La mano de Gabrielle se enredó en el pelo de Xena, posándose en su nuca. No quería la menor liberación. Al cabo de unos minutos, Xena se echó hacia atrás. Sus ojos necesitaban absorber a Gabrielle por completo.

Gabrielle observó a la mujer que tenía delante.

—Las cosas nunca volverán a ser iguales entre nosotras, ¿verdad?

Xena lo había pensado y se reconfortaba con la verdad que había entre ellas.

—Gabrielle, nuestra vida ha sido un monumento al cambio. Éste es sólo otro de los muchos cambios que hemos compartido en el pasado y que compartiremos en el futuro.

Gabrielle avanzó un paso y se apoyó en Xena. Ésta tenía que abordar un tema que había estado exigiendo su atención.

—¿Gabrielle?

—Sí.

—Necesito que me ayudes.

Gabrielle se echó hacia atrás y miró a la guerrera. En sus ojos se leía la pregunta.

Xena acarició la mejilla de Gabrielle.

—Debes ser sincera conmigo. No quiero hacerte daño ni llevarte donde no quieras estar conmigo. Debes decirme si algo de lo que hago no te agrada o te asusta.

Gabrielle protestó, pues no era capaz de imaginar daño alguno.

—Xena.

Xena insistió.

—Tu palabra.

Gabrielle cedió.

—Te lo prometo.

Sin apartar los ojos de Xena, Gabrielle se desató el corpiño y la falda, dejándolos caer al suelo. Se quedó desnuda. Era la única manera que se le ocurría de comunicar su confianza a la guerrera.

Xena dijo simplemente:

—Eres preciosa.

Gabrielle estaba anhelante y su mano se posó en la cintura de Xena.

—Déjame verte.

Xena se quitó la camisa subiéndola por su cuerpo y la dejó caer junto a la ropa de Gabrielle. Xena abrazó a la bardo, carne contra carne. Xena también sabía que Gabrielle era su hogar más íntimo. Tras un breve beso, Xena susurró:

—Ven a la cama. —Apartó la manta y ayudó a Gabrielle a deslizarse debajo. La siguió y se tumbó de lado, inclinándose sobre su amor. Gabrielle miraba a Xena con acogedora calidez. Xena bajó la mirada y cogió la mano de Gabrielle. Posó la vista de nuevo en la bardo—. Recuerda, soy tuya.

Gabrielle se alzó y tomó a Xena con su boca hambrienta. La bardo dio la bienvenida a la guerrera por completo.


Gabrielle se fue despertando poco a poco de su sueño. Su cuerpo palpitaba con las sensaciones que aún le quedaban después de que Xena le hiciera el amor. Tumbadas la una al lado de la otra, Xena sujetaba a la bardo entre sus brazos. La respiración de Xena era regular. Gabrielle supuso que la guerrera estaba dormida. Decidió no moverse para no molestarla.

Una lágrima cayó del ojo de Gabrielle. Se sentía totalmente abrumada. Su relación íntima con Pérdicas no la había preparado para la intensidad emocional de las últimas marcas. Había querido a su marido. En su unión había un tierno deseo. Eran ante todo y sobre todo amigos. Aunque se habían dado placer mutuo con su amor, ella siempre supo que el anhelo de él por ella era superior al de ella por él.

Aquí estaba envuelta en los brazos protectores de Xena y no lograba imaginar una existencia más completa. Gabrielle empezaba a comprender la declaración de rendición de Xena. Ésta estaba en lo cierto. Gabrielle no imaginaba una pasión mayor que la suya por su compañera. Xena la había llevado físicamente a un orgasmo que superaba su imaginación. El viaje había estado unido a una amante que se había apoderado de su espíritu.

La segunda lágrima cayó al recordar el momento en que saboreó a Xena. Había intentado dar placer a la guerrera. Se sintió torpe al intentarlo. Xena hacía el amor con fluidez. Su propio ofrecimiento era vacilante como el de una novicia. Xena parecía satisfecha. Cuando la guerrera alcanzó el orgasmo a manos de Gabrielle, estrechó a ésta entre sus brazos. En ese momento, Gabrielle se echó a temblar. No sabía por qué. Xena susurró:

—Ahora descansa.

Las dos se sumieron en sus respectivos sueños.

Gabrielle empezó a temblar de nuevo. Xena se despertó al notarlo. Se incorporó para ver a la bardo. Advirtió la huella de las lágrimas.

—Oye.

Gabrielle respondió con la respiración entrecortada.

—Lo siento. No sé qué me pasa.

El corazón de Xena sintió la cercanía del remordimiento.

—¿Te he hecho daño?

Gabrielle se tumbó boca arriba. Alargó la mano para acariciar a Xena.

—No, dioses, no.

—¿Entonces qué ocurre?

—Es que no sabía que me iba a sentir así.

—¿Cómo?

—Te amo tanto.

Xena sonrió.

—Y yo te amo a ti. No me digas que eso te ha hecho llorar.

—Mi corazón... lo tengo tan lleno... sólo puedo llorar.

—¿Entonces son lágrimas buenas? —Xena le apartó a Gabrielle con ternura algunos mechones de pelo.

—Xena, me hiciste prometer que te diría la verdad.

—Sí.

—Entonces tú también debes decirme la verdad.

Xena esperó con aprensión.

—¿Qué deseas saber?

El miedo de Gabrielle era evidente.

—¿Has sido feliz conmigo?

—Gabrielle. Sí. Por supuesto que lo he sido. Perdóname por no haberlo dicho con palabras. Pensé que mi cuerpo lo expresaba claramente.

—Me he sentido torpe.

—Has sido, eres maravillosa.

Gabrielle colocó la mano sobre el corazón de Xena.

—Tu palabra.

Cubriendo la mano de Gabrielle con la suya:

—Tienes mi palabra y mi corazón.


La jefa de su guardia informó a Gabrielle de que lo último que sabía de Ephiny era que estaba en el campo de entrenamiento. Gabrielle encontró a Ephiny sola, apoyada en su vara. La reina se acercó a su regente con inquietud. Llamó a Ephiny. La imparcial regente se volvió hacia su reina.

—Ephiny, lo siento. Debería haber confiado en ti.

En el tono de Ephiny no había aspereza.

—Era decisión tuya.

Gabrielle sintió la necesidad de confesar sus motivos.

—Ha sido por orgullo, demasiado orgullo tal vez. No quería volver a esos primeros días en que todas hacíais un esfuerzo por aceptar mis lesiones. Lo veía en vuestros ojos. Todas habíamos superado ese dolor y esa inseguridad entre nosotras. No quería volver a pasar por todo eso.

La regente intentó aplacar la preocupación de su reina.

—He hablado con Simina. Me ha dicho que ha sido tu admirable precaución lo que ha mantenido el secreto. Ha dicho que ella estuvo de acuerdo con su reina en que sería lo mejor.

Gabrielle hizo un ruego de corazón.

—¿Me perdonas por haberte engañado?

—No hay nada que perdonar. Tus motivos estaban justificados.

Aliviada, Gabrielle se acercó más.

—Pues entonces, si no te debo una disculpa, sí que te debo mi gratitud.

—¿Por qué?

—Oí lo que le dijiste a Xena. No podría pedir una amiga mejor.

Dejando escapar una sonrisa, Ephiny dijo con tono ligero:

—No entiendo por qué quieres a esa guerrera tan boba.

Gabrielle imitó el tono.

—Últimamente no se ha portado bien contigo.

—Debo suponer que habéis arreglado las cosas.

Sonriendo, Gabrielle confesó:

—Sí. Se podría decir que la reina tiene consorte, aunque no sé cómo se va a tomar Xena ese título.

—Una cosa que Xena sí sabe es que aquí tú eres lo primero.

La reina dijo:

—Te equivocas. Aquí la nación es lo primero. Tú me lo enseñaste.

Mostrando completamente su humor, Ephiny no pudo evitar tomarle el pelo a su amiga.

—La vida tendría que ser menos complicada ahora que vosotras dos estáis por fin juntas. Sí que os ha costado.

La respuesta de Gabrielle fue inesperadamente seria.

—Cada cosa a su debido tiempo.

La expresión de Ephiny pasó del humor a la seriedad.

—¿Eso incluye dejarnos?

Gabrielle dudó.

—Xena y yo no lo hemos hablado.

Ephiny replicó con certeza.

—Lo harás.

Gabrielle buscó su consejo.

—¿Hago mal en marcharme con ella?

Dada la oportunidad, Ephiny decidió no sobrepasar sus límites.

—Gabrielle, yo nunca te diré cómo debes vivir tu vida.

—Ephiny, tú eres la dirigente que necesitan las amazonas.

—Y tú, Gabrielle, eres la amiga que necesito yo.

Gabrielle abrazó a la regente. Ephiny estrechó a Gabrielle con fuerza.

—Nos has dado a todas mucha felicidad durante estas últimas lunas. Te vamos... te voy a echar de menos.

Un ruego personal:

—No culpes a Xena.

—Sabes que a ella también la quiero. Pero no se lo digas. Hacer las paces es asunto nuestro.

—Estás decidida a hacérselo pagar.

Con un brillo en los ojos, Ephiny afirmó:

—Me lo debe.

Sonriendo, Gabrielle replicó:

—Sí, te lo debe. Ahora dime: ¿cuál es la mejor manera de anunciar que he recuperado la salud?

—Según la tradición amazona, con un banquete. Vino, baile y amor en la nación.


Gabrielle dormía sobre el hombro de Xena, con el brazo alrededor de la cintura de la guerrera. Había pasado media luna desde que se habían unido como amantes. Las dudas que pudiera haber tenido Gabrielle sobre sus relaciones íntimas habían desaparecido gracias a su creciente comodidad mutua. Había explorado y aprendido el cuerpo de Xena. Al hacerlo, la capacidad de Gabrielle para sentir y expresar su pasión acabó con sus últimos vestigios de pudor. Xena se había cuidado de no pedir demasiado a la bardo. Era la creciente osadía de Gabrielle lo que dejaba libre a Xena para expresar la fuerza plena de su deseo. Xena la guerrera y Xena la mujer: las distintas naturalezas se iban revelando ante Gabrielle dentro del paisaje que creaban al hacer el amor. La urgencia impulsiva y hambrienta de la guerrera vivía en armonía con el espíritu tierno, tranquilizador y vulnerable de la mujer. Sin que la bardo lo supiera, era ella la que permitía que ambas facetas estuvieran unidas.

Xena se despertó con la luz de la mañana. Notó el calor y la suavidad de su compañera. Al notar que la guerrera se despertaba, Gabrielle se volvió hacia ella. Entre ellas, con la novedad de su mutuo e íntimo descubrimiento, había una necesidad constante de tocarse. Era como un murmullo del corazón. Empezaba nada más despertarse y no cesaba ni cuando se quedaban dormidas. La mano de Xena exploró libremente la mejilla de la bardo.

—Buenos días.

Gabrielle se pegó a la mano de Xena, invitando a la guerrera a continuar la exploración.

—Buenos días.

Xena se incorporó, encontrándose con los labios de Gabrielle con un ligero beso. Así era la dulzura de la vida. Gabrielle puso la cabeza sobre el pecho de su amante. Xena le puso los brazos encima. Por mucho que Gabrielle adorara estos últimos días, sabía que cada amanecer planteaba una pregunta que ninguna de las dos se había animado a hacerle a la otra todavía. La tranquilidad del presente retrasaba cualquier planteamiento sobre el futuro. Gabrielle sentía que había llegado el momento de liberar a Xena de una vida sedentaria.

—¿Xena?

—Sí.

—No hemos hablado del futuro.

Xena guardó silencio. Se había prometido en privado no exigirle nada a Gabrielle. Las últimas lunas habían sido difíciles. Xena estaba agotada. Había concentrado toda su energía en exiliarse de la bardo. Tras haber conquistado a los demonios que la atormentaban, por lo menos los que le habían impedido perseguir la unión entre ellas, Xena no estaba aún preparada para plantearse dónde las llevaría su vida.

—Recuerda que una vez te pregunté sobre el mañana y tú dijiste que eso era decisión de las Parcas.

Trazando el contorno de los brazos de Xena con la caricia ligera de sus dedos, Gabrielle propuso:

—Creo que ha llegado el momento de que lo decidamos nosotras mismas.

—¿Qué posibilidades tengo?

Gabrielle se alzó para asegurarse la atención de su amante.

—Tenemos —corrigió.

—Tenemos —afirmó Xena.

—Podemos construirnos una vida aquí, asentarnos en otro lugar o continuar con nuestros viajes.

—Muy bien.

Presionando con firmeza, Gabrielle contestó:

—Eso no es una respuesta, Xena.

Xena rechazó la responsabilidad.

—Pues elige tú.

Gabrielle no estaba dispuesta a capitular.

—Xena, ¿a ti qué te haría feliz?

—Estar contigo.

Cogiendo la mano de Xena, la bardo juró:

—Soy tuya, con independencia de lo que decidamos hacer.

Sabiendo que si no, la discusión no iba a acabar nunca, Xena confesó:

—Gabrielle, no quiero elegir por las dos. Tienes que decirme lo que deseas. Eres reina de las amazonas. Tienes todo el derecho a querer quedarte aquí.

—Hay tantas partes del mundo que todavía no he visto. Sé que siempre tendré un lugar aquí, pero no creo que sea mi momento. Es el de Ephiny.

—De modo que quieres viajar.

—Sí. Así es como podemos hacer el mayor bien.

Xena le advirtió:

—Sabes que esto supone largos días de viaje, posadas astrosas, ver el lado más oscuro de la vida.

Gabrielle contraatacó:

—También supone dormir bajo las brillantes estrellas, conocer a gente buena y generosa, contar mis historias a públicos atentos.

—¿No lo dices porque piensas que es lo que yo quiero?

—Xena, sé que es lo que tú quieres. ¿Pero no crees que la razón de que hayamos estado juntas estos años es porque la fiebre del camino es algo que tenemos en común?

—¿Estás segura?

La respuesta de Gabrielle fue decisiva.

—Sí.


Xena entró en el comedor y fue directa donde Ephiny estaba sentada sola. Ephiny levantó la mirada. Sus ojos siguieron a Xena, que se sentó justo delante de la regente. Xena no estaba muy segura de lo que quería conseguir: una disminución de la tensión entre la regente y ella, una reafirmación de su mutua preocupación y devoción por Gabrielle, algo parecido a un entendimiento y una aceptación por parte de Ephiny de las acciones pasadas de Xena. Se había puesto todo muy complicado. Por mucho que Xena deseara poder decir que le daba igual lo que Ephiny y las demás amazonas pensaran de ella, sabía que en el fondo no era cierto. Xena llevaba clavada en el alma la carga de los daños pasados que había causado a la nación. Lo último que Xena deseaba era que alguna amazona la considerara responsable de nuevas ofensas.

Xena moderó el tono al iniciar el diálogo.

—Ephiny, ¿podemos hablar?

Ephiny se preguntó qué había traído a Xena hasta su mesa. La Princesa Guerrera era orgullosa. Sus conflictos siempre parecían girar en torno a Gabrielle. En todo lo demás, eran aliadas respetadas que, de eso no tenía duda, darían la vida la una por la otra.

—Te escucho.

—Por el bien de Gabrielle, esperaba que pudiéramos entendernos.

Ephiny sonreía por dentro. Se cuidó mucho de no mostrarlo. Que Xena acudiera a ella para hacer las paces era demasiado delicioso. Iba a regodearse en todos y cada uno de los bocados de contricción.

—¿Qué tienes pensado?

—Gabrielle y yo hemos decidido marcharnos de la aldea.

Ephiny no se sorprendió al oír que la decisión estaba tomada, pero no por ello dejó de sentir la inminente pérdida. No dijo nada.

Al no obtener respuesta, Xena continuó.

—Es muy importante para Gabrielle saber que tú apoyas su decisión.

De modo que Gabrielle le había contado a Xena la conversación que habían tenido. Ephiny aprovechó.

—¿Esto lo ha dicho Gabrielle?

Xena estaba muy seria.

—No, pero la conozco y tu bendición significaría mucho para ella.

Ephiny siguió jugando.

—Xena, eso es algo entre Gabrielle y yo. No necesita que hagas de embajadora. Puede acudir a mí libremente.

Xena hizo un esfuerzo. Su tono fue un poco cortante.

—Eso ya lo sé.

Xena se miró las manos, unidas con fuerza ante ella, las manos que se habían convertido en el centro físico de sus energías errantes. Se sumió en un silencio angustiado. Al ver el genuino esfuerzo de Xena, Ephiny empezó a perder las ganas de seguir torturándola.

Xena volvió a mirar a la amazona.

—Ephiny, te estoy pidiendo tu bendición. Necesito saber que confías en que me portaré bien con Gabrielle.

La guerrera, la consorte de la reina, pensó Ephiny con una sonrisa, había ganado el enfrentamiento. Ephiny alargó la mano y la colocó sobre las de Xena. Lo que siguió fue una declaración inequívoca:

—La tienes.


Gabrielle y Xena estaban preparadas. Xena sacó a Argo del establo. Gabrielle miró a Ephiny, Eponin, Solari y Simina, que la miraban a su vez. Gabrielle fue primero a Eponin y Solari y las llevó aparte para hablar con ellas en privado.

—Tengo que pediros una cosa. —Ambas se quedaron mirando a su reina a la espera de instrucciones. Gabrielle continuó—. Ephiny no pide nada, pero creo que necesita poder hablar con una amiga de confianza, sobre todo cuando tenga que tomar decisiones difíciles. Os conozco bien a las dos. Sois leales, pero habláis tanto como Xena. Os pido que os esforcéis un poco. Por Ephiny.

Eponin habló primero.

—Gabrielle, nosotras no podemos reemplazar la relación tan especial que tienes con Ephiny. Pero estoy segura de que Solari y yo podemos intentar hacerle saber a Ephiny que estamos dispuestas a escuchar.

Solari asintió, mostrando su acuerdo.

Gabrielle agarró a cada una del antebrazo.

—Gracias. Es lo único que pido.

Gabrielle se acercó a la sanadora.

—Simina. Gracias por tus cuidados y por tu amistad.

Simina se inclinó ligeramente.

—Mi reina. Ha sido un honor servirte. Tú me has dado tanto a mí como yo a ti. Cuídate.

Gabrielle se volvió entonces hacia su regente y la abrazó. Gabrielle no sabía qué decir. Ephiny rompió el silencio.

—Avísame si a esa guerrera tuya se le meten más ideas tontas en la cabeza.

Gabrielle sonrió.

—Lo haré.

—Te quiere, ¿lo sabes?

—Sí, lo sé.

—Bien. No tardes en traerla de vuelta. Siempre me viene bien una compañera de entrenamiento.

—Ephiny, te voy a echar de menos.

—Y yo a ti. Se feliz y cuídate.

Intercambiando una última mirada en silencio, Gabrielle se soltó y se puso al lado de Xena. Los ojos de Xena contemplaron a estas cuatro amazonas excepcionales. Fue con los ojos como se despidió Xena. Su mirada sostuvo la de Ephiny un segundo más.

Miró a Gabrielle.

—¿Lista?

Gabrielle cogió la mano de Xena.

—Lista.

Juntas se dieron la vuelta y emprendieron la marcha por el sendero que se alejaba de la aldea.


Pasaron los días y las noches. Cuando se presentaba la oportunidad, prestaban su ayuda a gente desconocida. Recuperaron el ritmo de su vida en el camino. La atención de Xena no cesaba. Aunque sutil, era un resto permanente del pasado reciente. Gabrielle se preguntaba si Xena siempre había sido así y ella no se había dado cuenta hasta ahora. Su nueva relación le daba a cada una la oportunidad de volcarse en la otra sin vergüenza ni temor a ser descubierta. Intercambiaban gestos íntimos sin timidez. La cercanía física entre ellas aumentó considerablemente. El tacto, incluso los roces ligeros y breves con que se tocaban en público, comunicaban una sensación de naturalidad que siempre era bien recibida.

Tres bandoleros eligieron el mediodía como un buen momento para robar a las dos viajeras. Xena les dio la oportunidad de cambiar de idea, pero estaban decididos. Dos desafiaron a Xena mientras el tercero se enfrentaba a Gabrielle, vara contra vara. Éste era un bruto enorme. Con un ataque demoledor, lanzó a Gabrielle contra un árbol. Su cabeza se echó hacia atrás, recibiendo un contundente golpe. Se sacudió el efecto y alzó la vara a tiempo para defenderse de su ataque.

Tras haber hecho huir a los otros dos hombres con heridas no mortales, Xena apartó al bruto de Gabrielle. Xena le partió la vara con la espada. Él se sacó un cuchillo del cinto. Xena lo fulminó con la mirada.

—¿De verdad quieres morir?

Él la miró y luego a Gabrielle, que estaba inmóvil junto al árbol. Decidió vivir y huyó.

Xena se volvió hacia Gabrielle.

—Oye, ¿estás bien?

Gabrielle oyó a Xena a través de una bruma.

—Sí, estoy bien.

—¿Seguro?

—Sí. Venga, sigamos.

—Lo que tú digas. —Xena se dio la vuelta para coger a Argo. No vio que Gabrielle se apoyaba con fuerza en su vara, ni los primeros pasos inseguros de Gabrielle.

Los pensamientos de Gabrielle atravesaban el dolor. No lo iba a aceptar. Quiso obligar al dolor a desaparecer, pero únicamente se apoderó con más fuerza de ella mientras echaba a andar al lado de Xena. Ésta no pudo evitar notar el silencio de la bardo. Ya no era la chiquilla exaltada que no podía dejar de revivir un combate con palabras, como si ensayara la futura narración de un hecho. Con todo, lo normal era que Gabrielle soltara algún comentario después, aunque sólo fuese un chiste para aliviar la tensión. Xena le puso a Gabrielle la mano en el hombro. Gabrielle siguió caminando sin darse por enterada del gesto.

Montaron el campamento como tenían por costumbre. Xena no lograba detectar ninguna diferencia clara en la bardo, aparte de su silencio. Gabrielle trabajó metódicamente para preparar la comida. Después de comer, lo limpiaron y recogieron todo. Xena advirtió que Gabrielle no acudía a sus pergaminos. Estaba sentada contemplando el fuego, absorta en las llamas. Después de cepillar a Argo, Xena se sentó a su lado. Gabrielle no se apoyó en Xena, sino que conservó intacta la pequeña distancia que las separaba. Con el brazo, la guerrera tiró de la bardo para acercársela. Gabrielle no ofreció resistencia. Sólo entonces apoyó la cabeza en el hombro de Xena.

—¿Quieres hablar de ello?

Gabrielle respondió con tono apagado.

—¿De qué?

—No lo sé, pero algo te tiene preocupada.

Gabrielle se apartó. Con una aspereza inesperada, replicó:

—No me pasa nada. Ojalá pudieras aceptar que a veces sólo quiero que se me deje en paz.

Xena sintió el aguijón de las palabras de Gabrielle. Se enfadó. La bardo tenía formas mucho mejores de dirigirse a ella. La guerrera se levantó. No quería reaccionar exageradamente, pero ahora también ella necesitaba su propio espacio.

—Me voy a dar una vuelta.

Gabrielle se quedó mirando a Xena mientras ésta se iba del campamento. Le dolía muchísimo la cabeza y se debatía con el mareo y la náusea que lo acompañaban. Se había obligado a comer, pues sabía que necesitaba mantenerse fuerte. Pero cada bocado había sido un esfuerzo. No comer habría sido una señal demasiado obvia de lo mal que se encontraba.

Gabrielle tenía miedo. Había empezado a notar un zumbido en los oídos mientras preparaba la comida. ¿Volvería la sordera? ¿Había perdido resistencia a los golpes? Temía la reacción de Xena. Prefería que la guerrera se sintiera ofendida por la noche antes que preocupada pensando que la recuperación de Gabrielle sólo había sido temporal. Gabrielle se trasladó despacio a su petate. Necesitaba descansar.

Xena regresó al campamento y se encontró a Gabrielle dormida. La guerrera tomó aliento profundamente. Sus ojos se posaron en la joven. Mientras reposaba, Gabrielle no podía provocarle ninguna emoción que no fuese gratitud y amor. Xena se puso la ropa de dormir y se acostó con Gabrielle. Abrazó delicadamente a la bardo, acercándola a ella y esperando que la mañana aliviara la inexplicable tensión que había entre ellas.


Gabrielle se despertó sola. Se tocó la cabeza por detrás. Seguía dolorida. La herida era de un tamaño considerable. El zumbido de los oídos había cesado, pero el dolor no y tampoco, según descubrió, el mareo, cuando intentó alzar la cabeza. Decidió levantarse. No quería a Xena como público mientras luchaba por recuperar la coherencia y el equilibrio. El miedo la atormentaba y las cosas vivas le daban poca alegría.

Durante los días y noches siguientes estuvieron viajando. La irritación de Xena fue en aumento. Gabrielle estaba cada vez más distante y silenciosa. Daba igual lo que Xena propusiera para distraerla, Gabrielle siempre encontraba una excusa para no participar. Xena repasó lo que había ocurrido antes del cambio de Gabrielle. Estaba investigando mentalmente un misterio, pero no conseguía encontrar pistas con las que seguir el rastro para resolverlo.

Gabrielle se concentraba en cada paso. Estaba muy cansada. Luchaba consigo misma y se sentía próxima a la derrota. Ojalá pudiera descansar, pero se negaba a pedir algo más aparte de las pausas típicas que hacían durante sus viajes. A medida que pasaban los días volvió a tener ese zumbido en los oídos. Por la noche se quedaba dormida acompañada por ese ruido. Por la mañana desaparecía, pero regresaba en cuanto el sol estaba en lo alto.

En medio de la noche, Xena se despertó bruscamente. Algo iba mal. Sus manos buscaron a su compañera, pero no encontraron nada. Llamó a la bardo. No hubo respuesta. Con la espada en la mano, Xena emprendió la búsqueda. La luna daba luz suficiente para ver. Avanzó hacia el riachuelo cercano. Allí vio a Gabrielle sentada en el tronco de un árbol caído. La bardo sujetaba la vara recta delante de ella. Xena se acercó despacio. Se aseguró de hacer ruido suficiente para advertir a la bardo de su presencia. Deteniéndose detrás de Gabrielle, posó la mano en el hombro de la bardo. Gabrielle la cubrió con la suya. Era la primera muestra de afecto que recibía Xena desde hacía demasiados días.

Gabrielle siguió mirando al frente.

—¿Xena?

Xena esperaba que hubiera llegado el momento de romper el silencio. No se movió de su sitio.

—Sí.

La voz de Gabrielle transmitió su rendición.

—No puedo seguir.

Al oír esto, Xena se sentó al lado de Gabrielle, de cara al lado opuesto del tronco. Miró a Gabrielle, que seguía sin moverse, de perfil.

—Gabrielle, ¿qué quieres decir?

Bajando la mirada, abrumada por su angustia:

—Te he estado mintiendo.

Xena sintió que sus miedos indefinidos salían a la superficie.

—¿Sobre qué?

—Estoy herida —contestó Gabrielle con un susurro.

Xena cogió a la bardo por la cintura y la volvió despacio de cara hacia ella.

—¿Dónde? ¿Cómo?

Gabrielle apoyó la cabeza en el hombro de Xena.

—Aquel bandolero. Me estampó contra un árbol. Me golpeé la cabeza.

La mano exploradora de Xena se pocó delicadamente en el cuero cabelludo de Gabrielle. Palpó el daño. Gabrielle hizo una mueca de dolor por la presión.

—Xena, ya no soporto el dolor. Me mareo. Me cuesta caminar. Me cuesta demasiado hacer nada.

Xena abrazó a la bardo, usando las manos para apoyarla y tranquilizarla. Necesitaba hacer la pregunta.

—¿Por qué no me lo has dicho? —Esperó la respuesta de Gabrielle, pero sólo oyó los ruidos de la noche. Xena repitió la pregunta—. Gabrielle, ¿por qué no me lo has dicho?

—Tenía miedo. No quiero perderte.

—Gabrielle. —Xena cogió a la mujer en brazos y la llevó de vuelta al campamento. La bardo se había hecho pequeña en su frágil estado. Xena la tumbó y la tapó con una manta—. ¿Hay algo más que debería saber?

Gabrielle notó las lágrimas y cerró los ojos para intentar disimularlas. Con el orgullo herido, no quería someterse a la mirada penetrante de la guerrera. La sensación ya era bastante difícil. Gabrielle dejó rodar la cabeza a un lado. Su voz era débil.

—Tengo un zumbido en los oídos. No todo el tiempo. Ahora mismo no.

Xena cubrió a Gabrielle con la manta hasta los hombros.

—Tranquila. Ahora descansa.

—Xena, lo siento.

Hubo una súplica en el tono de Xena.

—Gabrielle. Por favor, descansa. Hablaremos por la mañana.

El tono de súplica se oyó de nuevo.

—Quédate conmigo.

La voz de Xena destilaba ternura.

—Aquí estaré. No te preocupes.

Misterio resuelto. Otro problema planteado. Xena no podía dormir. Su preocupación no sólo era por la salud de Gabrielle, sino también por los motivos de la bardo para no decir que estaba herida. Xena tenía la esperanza de que el descanso ayudara a reducir la conmoción de Gabrielle. Era evidente que Gabrielle había equiparado las terribles consecuencias de su anterior lesión de cráneo a este último embate contra su salud. Xena también sabía dónde residía el mayor temor de Gabrielle. Residía a los pies de Xena. Temía que la guerrera volviera a dejarla. Por muchas promesas que se hicieran, sólo el tiempo solidificaría el vínculo que había entre ellas. Por ahora, la duda todavía habitaba en la psique de Gabrielle. No hacían falta osadas hazañas, sólo el socorro de la constancia de Xena.

El sonido de la voz de Xena y la sensación de sus caricias fueron un bálsamo para la bardo. Su agotamiento era total. Ahora podía descansar, cuando antes no. Después de comer, cuando posaba la cabeza en el petate, no conseguía dormir, al saber que al amanecer tendría que aguantar otro día de tortura, luchando con el inevitable colapso de su cuerpo.

En los últimos años, Gabrielle había gozado de su creciente destreza física. Xena la protegía, cierto. Pero Gabrielle sabía que ella misma se había convertido en una fuerza a tener en cuenta. O al menos, eso había creído. Sentada en medio de la quietud de la noche, contemplando el movimiento tranquilo del riachuelo, aceptó que había llegado al final de su engaño. Cuando oyó los pasos de Xena, se sintió aliviada y a la vez aterrorizada por su inminente confesión. Había llegado el momento. No tenía elección. Se resignó como lo había hecho anteriormente, enfrentada a una pérdida que no podía controlar.

En su estado semiconsciente, alargó la mano. Otra mano se la cogió, acarició y protegió. Gabrielle no estaba sola. Gabrielle no sabía qué habría por la mañana entre Xena y ella. Al menos ya no estaría ocultando la verdad, viviendo una mentira. Tenía que confiar en la promesa de Xena. Tenía que confiar en Xena. Las Parcas no dejaban de ponerla a prueba. Tal vez ésa era la lección que tenía que aprender. Ya no podía haber silencio entre ellas. Por el bien de sus vidas y su amor, había que decir la verdad, por insuperables que parecieran las consecuencias en ese momento.

Gabrielle había tenido la esperanza de recuperar la salud antes de que Xena pudiera investigar y demostrar sus sospechas. Si Gabrielle hubiera recuperado la salud, Xena nunca se habría enterado del miedo que Gabrielle albergaba en el alma. Un miedo que habría seguido reafirmándose con cada enfrentamiento con alguien que quisiera hacerles daño. Al no conocer el miedo de Gabrielle, Xena podría haber perdido de vista a la bardo, ocultada por un manto que por necesidad escondería una falta de verdad tras otra, hasta que las dos hubieran sido incapaces de reconocerse, desconocidas la una para la otra.

Resultaba extraño que fuese Gabrielle la que había guardado silencio. Pero sus motivos eran confusos. ¿El silencio había sido el medio para proteger a la guerrera o para protegerse a sí misma? Había una cosa que Gabrielle sabía con certeza. Había sido injusta con Xena.


Xena se acercó a la bardo, que estaba reclinada en la silla de Argo. Le insistió:

—Bébete esta infusión. Te aliviará el dolor.

—Gracias. —Gabrielle sostuvo la mirada de Xena. Se habían dicho poca cosa a lo largo de la mañana.

—¿Puedo echar un vistazo?

Gabrielle agachó la cabeza para dar acceso a Xena. Ésta volvió a examinar la herida.

—Parece cubrir parte de la misma zona de la herida anterior.

—De ésa han pasado ya casi cinco lunas.

—La lesiones de cráneo, sobre todo una conmoción como la que tuviste tú, pueden tardar mucho en curarse del todo. Lo único que ayuda de verdad es el descanso. Parece que vamos a pasar unos cuantos días holgazaneando.

—Xena, lamento todo lo que te he hecho pasar.

—Sé que lo lamentas. —Xena le puso la mano en el muslo a Gabrielle para tranquilizarla—. Tengo que reconocer que habría sido más fácil para las dos si me hubieras dicho la verdad.

Gabrielle se quedó callada. Sujetó la taza entre las manos, concentrándose en el color de la infusión. Xena no la había regañado. En cierto modo, Gabrielle habría preferido una bronca, no las pocas palabras que le había dicho la guerrera.

Xena percibió el remordimiento de Gabrielle. Intentó consolarla al tiempo que confesaba su propia verdad dolorosa.

—Comprendo por qué tenías miedo. Sé que tengo que recuperar tu confianza. Habría sido distinto si yo no te hubiera defraudado.

Gabrielle miró a la guerrera. Xena estaba siempre tan dispuesta a cargar con el peso de la responsabilidad. Más de lo que debería. La bardo tenía que responder.

—Siempre te echas la culpa cuando me hago daño. Quería ahorrártelo.

Xena no podía dejar pasar eso sin desmentirlo.

—Anoche dijiste que tenías miedo de perderme.

Gabrielle se debatió con la negación. Habló sin rencor. No hizo ninguna acusación, sino una simple declaración de los hechos. Su tono era apagado y tímido.

—Me dejaste una vez.

Xena le suplicó:

—Gabrielle, te he hecho una promesa. Y la verdad es que ha sido una promesa egoísta. Mientras la cumpla, te tendré en mi vida. Ephiny tendría derecho a llamarme estúpida si la incumpliera.

—¿La oíste?

Xena sonrió.

—La oí.

Gabrielle volvió a hablar con seriedad.

—¿Esto quiere decir que vamos a seguir como antes?

—Seguiremos, pero espero que la próxima vez, y con la vida que llevamos habrá una próxima vez, tú no me ocultes tu estado.

—Y tú no te echarás la culpa —contestó Gabrielle.

—Gabrielle. Cuando estuve gravemente herida, ¿cómo te sentiste? —La bardo apartó la mirada. Jamás se acostumbraría a las heridas que había sufrido Xena. Ésta cogió la barbilla de Gabrielle y volvió a la bardo hacia ella. Ordenó en silencio a Gabrielle que la mirara—. ¿Lamentaste no haber podido impedir que sucediera? Si es así, entonces comprendes lo que siento yo ahora. Te quiero. No quiero verte sufrir y sí, me duele cuando sufres. Eso nunca cambiará.

—Ésta es la vida que hemos elegido.

—Sí. Y lo acepto. Por favor, no vuelvas a dudar de mí.

Con la mano, Gabrielle tiró de Xena hacia ella. Al no tener palabras, besó a la guerrera. La respuesta de Xena fue delicada. Sabía que Gabrielle todavía estaba muy dolorida. Gabrielle se reclinó. Estaba cansada. También sentía un gran alivio.

—Xena, me gustaría intentar dormir.

Xena le cogió la taza a Gabrielle y la puso a un lado. Después de ayudarla a tumbarse, se unió a Gabrielle, echándose a su lado. Gabrielle abrazó a Xena. Iba a ser un día de no hacer nada. A Xena no le importaba. Sabía que acababan de salvar un abismo conocido. Un abismo creado por la irónica combinación del miedo y el amor. Sólo le cabía esperar que fuese por última vez.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades