La presa

Mayt



Esto es continuación de una trilogía anterior. No será fácil entender ciertas referencias si previamente no habéis leído La última noche, La cumbre de la montaña y Lo inexpresado.
Mayt@aol.com

Título original: The Hunted. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El cielo nocturno estaba despejado. Las estrellas eran sus compañeras, el sonido del viento a través de los árboles una canción. Gabrielle estaba a medio día de viaje de Anfípolis. Allí se reuniría con Xena. Habían decidido regresar a sus respectivos hogares. Los recientes acontecimientos de su vida habían dictado su separación. Gabrielle necesitaba regresar a Potedaia. Temía lo que pudieran haber oído sus padres y su hermana. Ningún mensaje podría suavizar adecuadamente el horror que su muerte pudiera haberles causado. Las dos sabían que sería mejor que Xena no la acompañase. Aunque no deseaba la separación, Xena sentía el mismo deseo de volver con su madre. Unos cuantos días de intimidad con Cirene la ayudarían a reconciliarse con todo lo que había ocurrido. Ninguna de las dos estaba satisfecha con el escaso tiempo que habían pasado juntas después de que Artemisa y Hades les hubieran otorgado el regreso a la vida. Las dos se prometieron volver a la cascada después de reunirse. Un respiro que las dos anhelaban. Gabrielle recordaba el silencio de Xena mientras se preparaban para marcharse de la aldea. Por mucho que hubieran hablado entre ellas, Gabrielle sentía un vacío que necesitaba llenar. Pero reconocía que hacía falta tiempo. Sus emociones habían sufrido un ataque. Se habían enfrentado a la muerte, al temor al amor y al subsiguiente temor a la pérdida. Estaba claro que Xena era su hogar. El hogar extraordinario que llevaba dentro, un hogar más duradero que la tierra. Equiparar a Xena con su hogar no desplazaba a su familia. Sin embargo, sí que separaba la infancia de Gabrielle de su edad adulta.

Mientras avanzaba por el camino, alejándose de la aldea, alejándose de Xena, Gabrielle se volvió para mirar por última vez a la guerrera. Sintió una pérdida renovada. Sintió el resurgimiento de la pena. Se había esforzado por mantener sus emociones a raya. La noche antes de partir se vio dominada por su propio llanto. Llanto que no se había permitido durante toda la horrible experiencia. Xena entró en su cuarto y se acercó a ella, arrodillándose junto a su cama. Puso la mano con suavidad en el hombro de Gabrielle. Ésta, de espaldas a Xena, siguió llorando. Xena se sentía impotente, esa sensación de impotencia que había dominado gran parte, demasiado, de su vida reciente. No se podía hacer frente a los momentos como éste como una batalla. No requerían el arte de la guerra. Estaban gobernados por fuerzas contrarias a la naturaleza activa de Xena. Exigían su presencia, silencio y paciencia. Gabrielle puso su mano sobre la de Xena. Su voz táctil le pidió a Xena que se quedara y Xena se quedó. El llanto de Gabrielle no daba muestras de cesar. Como necesitaba consolarla, Xena se acomodó en la cama, tumbándose al lado de Gabrielle. ¿Conseguirían el calor y la fuerza de su abrazo atravesar la pena de Gabrielle? Gabrielle volvió el cuerpo hacia Xena. Las lágrimas continuaron al tiempo que apoyaba la cabeza en el pecho de Xena. Al cabo de un rato se descubrió disculpándose por el llanto. Ya no podía fingir una fuerza aparte de la guerrera. Xena no quiso aceptar la disculpa de Gabrielle. A Xena también le dolía el corazón. Sospechaba que la raíz del llanto de Gabrielle era la dificultad de su separación más reciente. Una separación impuesta por la propia Xena. Ésta no podía olvidar que Gabrielle había acudido a ella por la noche, superando la distancia que Xena se esforzaba por mantener mientras intentaba resolver el trato de Gabrielle con Artemisa. Estas lágrimas eran señal de que Gabrielle por fin se había permitido sentir todo lo ocurrido. Xena sentía que si las lágrimas fuesen las suyas, cargarían con el peso de su soledad y su alivio equivalente, un alivio producido por su renovada unión.

Gabrielle se incorporó para mirar a Xena a los ojos. Se le calmó la respiración y sin embargo, estaba abrumada. Xena era por fin capaz de expresar con palabras la profundidad plena de su amor. Irónicamente, en este momento, las palabras eran innecesarias. Gabrielle había estado físicamente cerca de Xena a lo largo de su vida compartida. Las caricias entre ellas eran ahora vacilantes. Cargadas de un nuevo significado, había una nueva timidez. Moderaba los gestos de Gabrielle, pero no el deseo subyacente que estaba cobrando forma en su interior. La compasión de Xena, su ternura, habían vuelto. Xena había confesado una devoción que teñía su vida de nuevas posibilidades. Gabrielle lo aceptaba. Pero también estaba dudosa.

Apenas unas noches antes, al decir sus palabras a Xena, supo que en cierto sentido no decía la verdad. No era un engaño. Mirando atrás, conocía la verdad. Sabía que observar la unión formada entre amazonas no era lo mismo que ser parte de tal unión. No tenía dudas de que su alma, en esta vida, caminaba de la mano de la de Xena. La forma en que su vínculo se manifestaría ahora era un nuevo viaje, que prometía, estaba convencida, alterar profundamente y enriquecer su relación. Gabrielle sospechaba que aunque nunca podría desear que cayeran todas las defensas de la guerrera, este siguiente paso la introduciría más en el corazón de la mujer a la que amaba como no amaba a nadie más.

Sola en la noche, consciente de que por la mañana comenzaría un nuevo camino de su viaje, Gabrielle sintió la gracia que la vida puede otorgar a un alma en tiempos difíciles. Si su entrega a Xena hubiera sido celebrada por su familia, habría sentido de verdad una alegría sin límites, pero eso no podía ser. La frialdad de los padres de Gabrielle hacia Xena persistía. Seguían haciendo responsable a Xena del dolor que había sufrido Gabrielle. Lila estaba un poco más abierta a la necesidad de Gabrielle de compartir sus pensamientos y sentimientos sobre Xena. Con todo, ni siquiera Lila podía darle la bendición incondicional que Gabrielle deseaba. Gabrielle no había sido del todo franca con su familia. Estaba segura de que su intolerancia no haría sino aumentar si supieran la verdad de sus sentimientos. Para ellos, Gabrielle todavía adoraba ciegamente a la guerrera como a una heroína. No podían saber de qué forma el tiempo había humanizado a Xena a ojos de Gabrielle. En realidad, era el hecho mismo de que Gabrielle hubiera crecido hasta hacerse la igual de Xena lo que había hecho posible su amor.

El rechazo de Xena era aún más injusto dado que Cirene aceptaba a Gabrielle como parte de la vida de su hija. Xena había dicho la verdad al hablar del consejo de su madre en el sentido de que confesara a la bardo la profundidad de sus emociones.

Los pensamientos de Gabrielle quedaron interrumpidos por la sensación de que la estaban observando. Se incorporó y examinó la zona, pendiente de cualquier ruido extraño que no perteneciera al entorno natural. No tenía pruebas, pero estaba segura de que no estaba sola.

—¿Quién anda ahí?

Surgió de la sombra de la luna.

—Sólo soy un viajero —dijo—. He visto tu hoguera.

Era alto, de la misma estatura que Xena. Su aspecto no era amenazador, pero eso no quería decir nada. Gabrielle se fiaba de sus instintos y percibía el peligro. Barajó sus opciones. La oscuridad la ocultaría si huía. Sus manos se prepararon como si todavía llevase su vara. No tenían nada que agarrar salvo el éter.

Avanzando un poco más, él sonrió.

—¿Estás sola?

La sonrisa quería tranquilizarla, pero Gabrielle no pudo hacerlo. Todos sus músculos estaban en alerta. Sabía que tenía que hablar para confirmar o desmentir sus sospechas.

—Voy de camino a Anfípolis para reunirme con una amiga.

—Ah, ¿y de dónde vienes?

—De Potedaia.

—¿Tu hogar está allí?

Gabrielle dudó. Una pregunta inocente que reverberó en su interior con un significado mucho más importante del que pretendía el desconocido.

—No, mi hogar no está allí. —Reconcentrándose, Gabrielle supo que debía afirmarse—. ¿Qué quieres?

—¿Qué quiero? Nada salvo compañía. El camino es un lugar solitario.

—¿Dónde vas?

—A ningún sitio en concreto. Es una buena vida. Dejo que las Parcas decidan por mí. Deberías probarlo. A veces recibes una buena sorpresa, como una hoguera y una mujer hermosa.

—Prefiero estar sola.

—Ya lo veo. Tal vez los dioses piensen que deberías tener a alguien que te dé calor por la noche. —Cualquier encanto que pudiera haber tenido había desaparecido. No estaba tonteando.

Secamente, Gabrielle dejó las cosas claras.

—Será mejor que te vayas.

La expresión del hombre se endureció: cualquier rastro de humanidad quedó sustituido por lo que Gabrielle sabía que no era sino maldad.

—¿O qué? —respondió él. Se sacó un cuchillo del cinturón—. ¿Sabes? —Siguió mirándola, con claras intenciones—. Me gusta que mis mujeres luchen un poco.

Gabrielle declaró su convicción.

—No voy a luchar.

—Qué decepción. —Se acercó a Gabrielle con una confianza engreída. Ésta no era la primera vez que había tomado a una mujer en contra de su voluntad. Gabrielle retrocedió un paso por cada paso que daba él.

Él habló por propio placer.

—Dime, ¿alguna vez has tenido a un hombre? —Se detuvo y se echó a reír—. Sólo con mirarte, diría que no, al menos no a un hombre de verdad. Voy a disfrutar enseñándote.

Se abalanzó sobre Gabrielle, agarrándola del brazo y poniéndole el cuchillo en el cuello.

—Los dos sabemos que no viajarías sola a menos que quieras...

La rodilla de Gabrielle alcanzó su objetivo con plena fuerza. Él cayó al suelo, llevándose las manos por reflejo a la entrepierna. Gabrielle se giró y echó a correr por el bosque.

Incorporándose a cuatro patas, él gritó como un animal herido:

—Arpía. Ahora te voy a pillar y me voy a asegurar de que no me olvides nunca.

Los pasos de Gabrielle eran rápidos. No notaba los arañazos y golpes que sufría su cuerpo al chocar sin piedad con la maleza. Tropezó con una raíz descubierta y se cayó. Se detuvo. Debo pensar. Debo pensar. Sus pensamientos controlaron su huida. Le costaba ver por dónde iba. Tenía que determinar una dirección. No podía permitirse correr en círculos. ¿Qué ruta podía tomar para salir del bosque? Se concentró. Sus sentidos estaban profundamente agudizados. Oyó unos pasos que se acercaban. Gabrielle rodó hasta ponerse a cubierto bajo unos arbustos. Le estaban dando caza.

El cazador detuvo sus llamadas provocativas. Estaba concentrado en cada sonido, absorbiendo todo lo que conseguía ver, que era poco. Contuvo la rabia, ansioso por lograr la recompensa que su disciplina le daría. Sabía que su presa estaba limitada por la noche. Aunque la ocultaba, también la refrenaba.

Ella empezó a ser consciente de una serie de ideas fragmentadas. Había dicho que no lucharía. Pero lo había hecho. ¿Estaba mal protegerse a sí misma? El camino del amor, en este momento, prometía una violación, una posible muerte.

El cazador continuó merodeando. Gabrielle se quedó inmóvil como un conejo asustado. Pensó en las palabras de Eli. El espíritu no sufriría daño alguno aunque la carne sufriera. ¿Podía permitirse ser violada, vapuleada o matada para mantener el principio del amor? Otros lo han hecho y se les ha llamado mártires. Sola, en el bosque, su violación no tendría un sentido comprensible. ¿Cómo podría explicárselo a los demás, a Xena, cuando ella misma no lo comprendía?

El ruido de los pasos fue disminuyendo. No había forma de saber dónde había ido ni cuándo volvería. Por ahora se quedaría a cubierto. El riesgo de que la oyera era demasiado grande. El frío de la noche empezó a invadirla. Le temblaba el cuerpo, no sabía si a causa del frío o a causa del miedo. Tanto el frío como el miedo parecieron solidificarse en una respuesta implacable. Se había acobardado. Su cuerpo, en su vulnerabilidad, se había plegado. Ansiaba calor, seguridad, fuerza. En este momento sentía abandono y traición. Se esforzó mentalmente por encontrar la claridad, la confianza. A media que pasaban las horas una sensación envolvente de fracaso surgió de su propia oscuridad y empezó a consumir su conciencia. No había nada a lo que agarrarse. Sus creencias no le daban consuelo, sólo confusión. En consecuencia, notó que empezaba a derrumbarse. Su fe se estaba hundiendo bajo el peso de la oscuridad. Miró a su alrededor esforzándose por ver algo más allá de la maleza. Arriba no había luz. ¿Dónde se habían metido las estrellas? ¿Se había retirado la luna?

¿Podía ser tan rápida la prueba y por tanto también el fracaso? ¿Tan equivocada estaba de nuevo? ¿Había sido una hipócrita al aferrarse a la ilusión de que seguía un camino distinto del de Xena sabiendo que su camino sólo era posible en compañía, en unión con la guerrera, su protectora?

Gabrielle era capaz de protegerse a sí misma. El bosque abundaba en el tipo de arma que había desechado. Podía encontrar una o fabricarla rápidamente. Lo sabía. Lo pensó. Confrontó los pensamientos con las palabras y frases que la habían guiado desde la India. La idea del arma era una tentación difícil de ignorar. Recordando lo familiar, su mano agarró un puñado de tierra y la sensación fue similar a la forma en que sus manos sujetaban la vara, sintiendo la superficie dura y lisa que aceptaba su fuerza. Estaba sintiendo un principio de odio hacia este hombre que quería destruir su fe, su alma misma.

Sobresaltada, alzó la cabeza. Era posible que se hubiera quedado dormida. No sabía qué había vivido, qué había soñado. Levantando la vista, calculó que el sol no tardaría en asomar por el horizonte. Pensando en una ruta, Gabrielle se planteó si debía avanzar en paralelo al camino o adentrarse más en el bosque. El bosque le daría mayor protección, pero la apartaría más de Anfípolis. Si alguien, el cazador o Xena, la buscaba, sería más difícil de encontrar cuanto más se alejara del camino. Alejarse de Xena era un riesgo que tendría que correr.

Oyó al cazador acercándose. Los pasos eran lentos y caían pesadamente sobre el suelo. Si había estado buscándola todas estas horas estaría cansado. Eso era una ventaja para Gabrielle. Todavía no sabía cuánto la tapaba la maleza. Se preparó. Estaba cerca.

Esto ya no era una diversión para él. Tenía el orgullo herido y no se curaría sin tener la sangre de ella en las manos. La forzaría y luego planeaba grabar su nombre en ella con su cuchillo. El corte sería profundo para garantizar una cicatriz, su legado para ella. Jamás se separaría de su carne. Se quedaría con ella para siempre. Ésta iba a ser su satisfacción. El hecho de que hubiera tardado toda la noche sólo aumentaba su victoria. Lo supo al verla. Su hermosa pierna estaba al descubierto. Ahora había luz suficiente para ver su resplandor. Ya era suya. Sonrió.


En la taberna de Cirene los hombres bebían y fanfarroneaban. Esta noche la cosa no era distinta. El cazador estaba sentado con otros tres hombres bebiendo cerveza, contando historias, más mentiras que verdades. Cirene iba de mesa en mesa ocupándose de las necesidades de sus clientes. Entró Xena. Cirene levantó la mirada, esperando ver el nerviosismo impaciente que había estado mostrando su hija durante los dos últimos días mientras esperaba la llegada de Gabrielle. En cambio, Cirene dio un paso atrás. El rostro de Xena daba miedo por su fría indiferencia. En los ojos de su hija había odio. Tenía algo en las manos, oculto a la espalda. Todo rastro de su reciente vulnerabilidad se había apagado como una vela y sólo quedaba oscuridad.

Xena dijo en voz alta:

—¿De quién es el caballo castaño que hay fuera?

La taberna se quedó en silencio como Cirene. Uno tras otro, todos se volvieron con cautela hacia la guerrera. El cazador no conocía a Xena y al haber bebido demasiada cerveza nada le importaba en exceso, salvo que el caballo castaño era suyo. Sin mirarla, gritó:

—Mío, y no veo que sea asunto tuyo.

Xena, sin vacilar, se acercó a la mesa del hombre y de una rápida bofetada lo lanzó contra la pared. Fue tras él y lo agarró de la garganta con la mano. Con la otra mostró un zurrón de cuero. Su voz reveló la brutalidad de la que era capaz. Atravesó el cerebro brumoso del cazador.

—¿De dónde has sacado esto?

—¿El qué?

—¡Esto! —Le puso el zurrón directamente delante de los ojos.

—No lo sé. Del camino. ¿Qué pasa?

—Mientes. Voy a romperte todos los huesos del cuerpo, uno por uno, hasta que me digas la verdad.

—Oye, no sé quién eres, pero te estoy diciendo la verdad.

—¿Dónde? ¿Dónde lo has encontrado? —Xena apretó más la mano.

—Déjame respirar. No puedo respirar.

—Y no respirarás a menos que empieces a hablar.

—Yo venía de Potedaia. Se le debe de haber caído.

—¿A quién? ¿A quién se le ha caído?

—A su dueña.

—No he dicho que sea una mujer.

—Sólo con mirarlo se sabe que es de una mujer.

Xena estaba harta. Le soltó la garganta y le golpeó con los dedos las arterias del cuello, bloqueando el flujo de sangre.

—¿Qué me has hecho?

—Morirás dentro de unos segundos.

Él cayó al suelo.

—Y ella también.

Xena se arrodilló a su lado, levantándolo por los hombros.

—¿Está viva?

—Por los dioses, la última vez que la vi.

—¿Dónde?

—A medio día de viaje, cerca de donde el río cruza el camino. Te lo enseñaré.

—No, pero me dibujarás un mapa. —Xena le golpeó el cuello con los dedos y liberó la parálisis.


El sonido de pasos se iba acercando. Había vuelto. ¿Era real o estaba en sus sueños? ¿Esto era sólo un sueño? ¿Una pesadilla? Los pasos se acercaban. El sol irrumpió a través del dosel de hojas, a través de las ramas hasta el suelo del bosque. Debería tener la piel caliente. Debería sentir calor. Hace frío, mucho frío. La sangre formaba un pequeño charco junto a su cabeza. Su cabeza descansaba sobre las hojas y los palitos del bosque. Frío. El calor se había ido, había escapado junto con su esencia, que ahora estaba separada de ella en el charco de sangre, por pequeño que fuera. Estaba echada aferrada a sí misma como cuando era niña, como cuando estaba enferma. No está enferma. No, no está enferma. Había decidido estar aquí tumbada sobre las hojas y los palitos. Es su decisión. Mejor estar sola. Sin nadie con quien estar. Sin nadie que esté con ella. Esto es mejor. Así es como debe ser. La verdad. Ésta es la verdad. Es mejor estar sola cuando tienes frío y sientes que la sangre te abandona por una herida que te has hecho tú misma. Los pasos. Esta nueva verdad venía con los pasos. Oculta en el alma negra de un cazador. Ella era la presa. Recordaba sus propios pasos mientras huía de la verdad. Pero no se puede huir para siempre. Ella no pudo. Se cayó. La caída.

¿Había otro ruido, aparte de los pasos? Familiar. No conseguía reconocerlo. No tenía sitio en su vida. Sólo el ruido del cazador pertenecía a su mundo. Movimiento. La están moviendo. ¿El cazador? No, el cazador no la tocaba así. No hay dolor. No hay nada. No siente nada. Algo. Un recuerdo. Algo como un recuerdo que podría haber sido. Que había sido y ahora es un recuerdo. Un recuerdo de un tiempo anterior a la caza, anterior a ser la presa. Anterior a la herida y la sangre y la pérdida.

Xena siguió los pasos de Gabrielle desde el campamento de ésta. El cazador había dejado atrás suficientes rastros de Gabrielle para que Xena pudiera comenzar con certeza. Llamaba a intervalos regulares mientras seguía cada señal del paso de Gabrielle. No había respuesta. Había pasado ya media mañana. Encontró rastros de sangre en un árbol. La posición coincidía en altura con Gabrielle. La idea de la herida fue dada de lado. Xena no podía permitirse la distracción.

Miró hacia delante. Cualquier otro día los rayos esculturales del sol le habrían parecido magníficos. Atravesaban el mundo inferior del bosque y cada rayo era una luz que guiaba al viajero. Sus ojos seguían los rayos hasta su destino final. Cada breve viaje terminaba en decepción. Hasta este último. Al final yacía Gabrielle acurrucada e inmóvil sobre el suelo. Xena se tiró junto a Gabrielle. Sus manos quedaron en suspenso un momento, temerosas de tocar la quietud que presagiaba la muerte. Susurró el nombre de Gabrielle, pero no hubo respuesta. Tocó el brazo y el hombro de Gabrielle. Había calor, vida. Examinó con cuidado a Gabrielle en busca de heridas internas. Tenía un corte en la frente. Xena estaba ahora segura de que la sangre del árbol era de Gabrielle. Cogió a Gabrielle en brazos y la llevó hasta donde Argo estaba esperando.


Cirene entró en la habitación seguida de Xena, que llevaba a Gabrielle en brazos. Xena depositó a Gabrielle con cuidado en la cama. Una vez liberada, Gabrielle se volvió de lado, dando la espalda a Xena, volviendo a la postura en la que Xena la había encontrado.

Xena habló con esperanza.

—Gabrielle.

No hubo respuesta. Xena tapó a Gabrielle con una manta. Se volvió a su madre.

—No ha dicho una palabra. Necesito saber qué le ha ocurrido.

—¿El hombre no te dijo nada?

—No he tenido tiempo de preguntarle. Ahora lo tengo. Cuida de ella, madre. —Dicho esto, Xena pasó junto a Cirene.

Cirene agarró a Xena del brazo.

—Hija, sé lo que estás sintiendo. No servirá de nada que lo mates. Gabrielle no lo querría.

Mirando de nuevo a Gabrielle, Xena respondió:

—Yo no estoy tan segura de eso como tú, madre.


Xena se volvió hacia el carcelero sentado junto a la puerta de la celda.

—Déjanos. —El carcelero se levantó—. Dame las llaves.

El carcelero hizo lo que se le decía y salió de la cárcel.

El cazador retrocedió. Estudió a la guerrera, su arma, lo que necesitaba hacer para escapar. No creía que fuera a vivir más de una hora. Xena entró en la celda.

—Me vas a contar todo lo que pasó. Si me mientes o te guardas algo, te juro que te cortaré la lengua y se la daré de comer a los buitres junto con el resto de tu cadáver. ¿Me entiendes?

—¿Está viva?

—Sí.

—¿Qué ha dicho?

Lo apretó contra la pared.

—Nada, cabrón. Está conmocionada.

—Yo no le he hecho daño.

—Eso no es lo que dicen los hombres de la taberna. Dicen que te estabas jactando de la mujer que tomaste en el camino. Estabas hablando de Gabrielle.

—Es mentira. Estaba mintiendo. Ella pudo conmigo. Lo juro. Mírame la cabeza. La sangre está seca pero sigue ahí.

Xena le palpó la cabeza explorándosela. Sus dedos quedaron manchados de sangre seca. ¿Era ella quien le había hecho la herida o había sido Gabrielle? Volvió a clavarle la mirada. Sólo un loco no tendría miedo de ella. A su vez, el miedo que tenía el poder de provocar podía volver loco a un hombre.

—Te juro que no le hice nada. —Su miedo se reflejaba claramente en sus ojos. A menudo el miedo saca a la luz la verdad incluso en el peor de los hombres. A veces sólo saca a la luz su orgullo vencido—. Dímelo tú. Si luchaba tan bien, ¿por qué no paraba de huir? ¿Por qué no luchó contra mí al principio? ¿A qué venía ese juego del gato y el ratón? ¿Es que le gusta?

Xena lo apretó con más fuerza contra la pared.

—Hace mucho tiempo hice una promesa y la voy a mantener. Tendrás un juicio. —Se volvió y dio unos pasos hacia la salida. Ya no pudo contener su furia—. Pero me aseguraré de que jamás olvides lo que has hecho. —Con el cuchillo en la mano, Xena se giró y atacó limpiamente la cara del cazador, rajándole la mejilla. Él cayó de rodillas agarrándose la cara, mientras la sangre le chorreaba entre los dedos. Xena salió de la celda, cerró la puerta con llave y se marchó de la cárcel en silencio.


Cirene entró en la habitación de Gabrielle. Encontró a su hija sentada en una silla junto a la cama de Gabrielle. Xena levantó la mirada y se encontró con los ojos interrogantes de Cirene. Xena meneó la cabeza. La sensación de desesperación iba en aumento. Cirene se acercó al pie de la cama de Gabrielle.

—¿Ningún cambio?

—Ninguno. Madre, cuando la lavaste, ¿había alguna señal de que...?

—No, hija.

—¿Crees que él dice la verdad?

—Sí, Gabrielle luchó contra él y ganó.

La furia de Xena aumentó.

—Mírala y dime: ¿qué ha ganado?

—Su vida —respondió Cirene con tranquila sinceridad.

—¿Es ésta la vida por la que ha luchado? ¿Qué clase de vida es ésta?

—Una vida con la posibilidad de curarse. Te tiene a ti, ¿no?

Xena volvió a posar los ojos en Gabrielle. Se esforzó por entender. Para Gabrielle ya no había un buen día de lucha. Gabrielle hacía todo lo posible por evitar la lucha. Y sin embargo, si el cazador decía la verdad, había luchado. Había luchado por su vida. De ser cierto, Gabrielle había tomado la decisión adecuada, la única decisión posible, al defenderse. De ser cierto, Xena estaba viendo el precio, el pago exigido a la mujer que se aferraba al camino del amor como su ideal. De ser falso, si el cazador mentía, si el cazador había violado a la joven, ¿qué fuerza tendría ésta para soportarlo? No parecía haber respuesta ni posibilidad alguna de que el alma de Gabrielle no hubiera quedado devastada. Luchar y apartarse de su camino. No luchar y sufrir la violación del peor de los hombres.

Cirene llamó suavemente a su hija, interrumpiendo los pensamientos de Xena.

—¿Xena?

Xena habló, con la mirada clavada en Gabrielle.

—Tengo miedo por ella. Nunca la he visto así. Siempre ha podido acudir a mí. —Levantó los ojos para encontrarse con la mirada de su madre—. Madre, no sé qué puedo hacer por ella.

Cirene se acercó y cogió la mano de Xena.

—Debes continuar estando con ella.

El desaliento de Xena era palpable.

—No ha servido de nada.

—Dale tiempo, hija.

—Madre, lleva días sin comer. Está perdiendo las fuerzas. No puedo esperar mucho más.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé.

Despidiéndose, Cirene se detuvo en la puerta.

—Xena, nadie conoce ni quiere a Gabrielle tanto como tú. Escucha a tu corazón. Te guiará. —Con eso, se fue.

Las horas pasaron sin cambios. Xena seguiría a su corazón con la esperanza de que no fuera el egoísmo lo que guiaba sus acciones. Se sentó con cuidado en la cama.

—Gabrielle, soy yo. No tengas miedo. —Xena se metió en la cama despacio, echándose al lado de la mujer herida, cazada. No habían pasado tantos días desde que había hecho lo mismo al descubrir a Gabrielle llorando—. Gabrielle, te voy a rodear con el brazo. —Xena colocó con cautela el brazo sobre Gabrielle. Ésta se encogió. Su cuerpo se puso rígido. Xena notó los músculos tensos de Gabrielle—. Gabrielle, estoy aquí. Reclínate. Confía en mí. Reclínate. —Gabrielle no quería—. Gabrielle, he capturado al hombre que te hizo esto. —Gabrielle se puso más tensa. Oía a Xena. Las palabras tenían significado. No estaba totalmente perdida—. Está en la cárcel esperando al magistrado. Dijo que al principio no luchaste con él. Dijo que huiste. Dijo que te persiguió toda la noche y al amanecer. Dijo que sólo cuando te volvió a atrapar, luchaste con él. —Xena se detuvo a la espera de una reacción. No hubo ninguna—. Gabrielle, el magistrado tiene que saber la verdad. Tiene que saber... —Xena cerró los ojos, concentrándose en su autocontrol—. Tiene que saber si te hizo daño de alguna otra forma. —Xena no quería, no podía decir la palabra "violación". Gabrielle no respondió—. Tú sabes que estaré contigo sin importar lo que te haya hecho. —Xena estaba perdida. ¿Qué más podía decir?—. Gabrielle, te quiero. Quiero que vuelvas a mí. Te ruego que no dejes que lo que hizo te destruya. —El silencio de Gabrielle era ensordecedor.


Xena había contemplado su pasado reciente para hacerse una idea de dónde podía volver a empezar su futuro. Se llevó a Gabrielle en brazos de la posada de su madre al bosque cercano. Hasta una extensión de tierra, una pequeña meseta, sede de amaneceres hipnotizantes. Decidió estar bajo los cielos, expuesta a los ojos de los dioses en los que nunca había podido confiar pero que recientemente habían demostrado su piedad. ¿Lo harían de nuevo levantando la sombra que cubría el alma de Gabrielle? Con cuánta frecuencia para las dos la noche había traído consigo momentos de esperanza y libertad mientras hablaban de las estrellas. Y sin embargo, la misma noche también albergaba el mal. ¿Harían su magia las estrellas y tocarían las heridas de Gabrielle y empezarían a curarlas? Y si no las estrellas, entonces el sol.

Sujetando a Gabrielle, controló el tenue murmullo de la vida de la bardo. Xena nunca se imaginaba a sí misma de anciana. Un guerrero no vive mucho tiempo. Había aceptado esta realidad. La muerte terminaría su viaje, sus esfuerzos por alcanzar la expiación. Su fatalismo había cambiado al intimar más con Gabrielle. Había alguien que creía en su redención incluso cuando ella misma no podía. Alguien que había atravesado la armadura y le había tocado el alma. El contacto no había sido efímero como el de otros. El contacto de Gabrielle había permanecido y se había expandido con el tiempo. Curando, desafiando, inspirando estabilidad y bondad. El sentido de la vida se había renovado, lo mismo que su maravilla. La sencillez de su vida aumentaba gracias a la complejidad de sus tejidos individuales.

Había sido decisión de Gabrielle viajar sola. En el pasado se habían separado en numerosas ocasiones. No era que Xena no se preocupara, porque lo hacía. Pero irónicamente, su temor a contribuir al daño que pudiera sufrir Gabrielle restaba importancia a la idea de que Gabrielle pudiera sufrir algún daño en ausencia de Xena, por motivos que no tenían relación con Xena. ¿Era una presunción pensar esto o era cuestión de probabilidades? Gabrielle había sufrido. Gabrielle había muerto. El mayor daño que se podía hacer, ya se había hecho, eso pensaba Xena. Sujetando a Gabrielle, no pudo dejar de pensar que tanto las bendiciones como las maldiciones de las Parcas eran inexplicables.

La hoguera ardía. Xena estaba apoyada en un árbol con Gabrielle a su lado y una manta encima de las dos para estar más abrigadas. Gabrielle había permanecido en silencio. Se había aferrado a Xena mientras viajaban. Ésa era la única señal, la única esperanza a la que Xena se podía agarrar. Xena se quedó dormida con Gabrielle vuelta hacia ella en lugar de contra ella.


Xena la había traído de vuelta al bosque, con la cubierta de luz difusa del cielo nocturno, uno de sus misterios preferidos ahí en lo alto para reconfortarla. Por la noche el recuerdo tomó el hilo del pensamiento para volver a tejer una manta que la abrigara y le diera seguridad. No una manta de lana, sino de carne y hueso. Sujeta por la fuerza tierna de la mujer que la abrazaba, que llevaba tantos años con ella. Era posible que la intención de Xena fuera que las estrellas alcanzaran a Gabrielle. La caricia que la conmovía era más inmediata, más personal y más íntima.

Se había cerrado a Xena todo lo que podía tolerar. La desesperación de Xena por llegar a ella no podía continuar. Había responsabilidades consecuencia de su vínculo. Era el momento de que Gabrielle asegurara a Xena que ella, Gabrielle, no había desaparecido del mundo. Y así, su mente cobró consciencia y su cuerpo recuperó el poder de alzarse.


Xena notó que algo iba mal. Se despertó bruscamente, volviéndose hacia la izquierda y luego a la derecha, percibiendo un peligro indefinido. Lo que vio fue a Gabrielle, de pie de espaldas a ella, y el horizonte bañado en la luz del amanecer. Xena se levantó y se acercó. Gabrielle oyó los familiares pasos detrás de ella. No temía ningún daño. Sus miedos estaban en otra parte.

—No lo maté. —La voz de Gabrielle sonaba incorpórea.

Xena se detuvo, concediendo la distancia que Gabrielle parecía necesitar.

—No.

—¿Lo has matado tú?

—No, está detenido para ser juzgado.

—Han pasado sólo unos días desde que me enfrenté al amanecer sabiendo que iba a morir y sin desear otra cosa más que vivir. Ahora me pregunto si habría sido mejor haber aceptado la muerte.

—Gabrielle.

—No, Xena. No lo sabes.

—¿Qué te hizo?

—Nada que no me hayan hecho antes.

Gabrielle notó que le agarraban la pierna. La fuerza la arrastró desde la maleza a un claro. El cazador no dijo nada. Ella gritó: "¡No!" Tomó su decisión. Era su grito de lucha. Movió la pierna libre y le pegó una patada en la mano. Se soltó. Se levantó y echó a correr. Sintió que el impacto de su cuerpo contra el suyo la estampaba contra un árbol. Se golpeó con fuerza. Se quedó atontada. La sangre de una herida en la cabeza empezó a correrle por un lado de la cara. Él la agarró de los hombros y le dio la vuelta. Un dolor agudo que le empezó en el hombro izquierdo le atravesó el brazo. Manifestó el dolor en voz alta.

—He tardado toda la noche, pero ya te tengo. Ya te tengo. —La tiró al suelo. De pie por encima de ella, se desabrochó el cinturón. Se echó encima de ella, sujetándole el brazo con el suyo. Ella volvió a sentir el dolor en el hombro. Cerró los ojos como reflejo—. ¿Vas a luchar ahora conmigo? —se burló él—. Mírame, zorra. —Le agarró la cara con la otra mano y le apretó la mandíbula con los dedos—. Mírame. —Ella abrió los ojos y se encontró con su oscura mirada.

Con el brazo derecho libre, palpó la tierra con la mano en busca de algo, cualquier cosa a la que agarrarse. Notó la dureza de la piedra. Estaba medio enterrada en el suelo. Agarró todo lo que pudo y tiró hasta soltarla. La piedra entró en contacto con la parte de atrás de la cabeza del cazador. Éste cayó de lado inconsciente. Gabrielle se levantó con dificultad y echó a correr. Corrió sin saber realmente dónde iba. La sangre que le caía por encima de un ojo la tenía medio cegada. Corrió cayéndose en ocasiones, levantándose después de cada caída y siguiendo adelante, alejándose del cazador. Corrió hasta que no pudo correr más. Cayó agotada. Tratando de recuperar el aliento. Con un miedo total en su interior. Perdió el conocimiento sintiendo sólo el miedo.

Ante las palabras de Gabrielle, la herida que Xena tenía en el corazón se hizo más honda. Avanzó un paso.

—No —exigió Gabrielle.

Xena se quedó donde estaba.

—No es lo que piensas. Me dio caza como a un animal. Me escapé. Es lo que hice para escapar. Pensé que podría ser fiel a mis creencias. Hice todo lo posible por evitar la lucha. Qué hipócrita soy. Puedo seguir el camino del amor siempre y cuando te tenga a mi lado para luchar por mí. ¿Qué dice eso de mí?

—Gabrielle.

—No, Xena. Si hubiera muerto, al menos habría tenido mis principios. Estoy viva y no tengo nada.

Gabrielle se volvió hacia Xena. Miró a la que significaba todo para ella y siguió sintiendo el vacío.

—No pretendo hacerte daño. Estoy vacía por dentro. No tengo nada que dar.

—¿Qué estás diciendo?

—Estaba equivocada.

—Gabrielle. Por favor, mira a tu alrededor. El mundo es vida y muerte. No hay un solo ser vivo que no esté dispuesto a luchar por su vida. Tú luchaste por tu vida. ¿Cómo puedes creer que protegerte a ti misma es malo?

—Podría haber aceptado mi sino. Nadie habría sufrido por ello. No es como si estuviera protegiendo a alguien para evitar que sufriera un daño.

—Te estabas protegiendo a ti misma. ¿Es que tú no cuentas? Y te equivocas. Si no hubieras luchado con él, los que te quieren habrían tenido que cargar con las consecuencias.

Gabrielle se volvió de nuevo hacia el amanecer. Xena se acercó y agarró con fuerza a Gabrielle de los brazos, girando a Gabrielle para mirarla.

—¿Yo soy malvada?

—Xena.

—Dime. ¿Tú me ves malvada?

—No, ya sabes lo que siento por ti.

—Creía saberlo, pero ya no estoy segura. Si te condenas a ti misma por protegerte de un violador, ¿entonces cómo me ves a mí? Yo lucho. Yo mato.

—Por el bien supremo.

—Debes de odiarme.

Gabrielle se quedó callada. ¿Por qué no podía decir las palabras que habían definido su unión hacía menos de quince días? Xena había pensado en usar su amor para sacar a Gabrielle de la oscuridad. Sólo en este momento se dio cuenta Xena de lo inmenso que era el abismo. Un abismo que no sólo había consumido a Gabrielle, sino que amenazaba con consumirla a ella también. El silencio de Gabrielle la destrozó. Xena se volvió, cogió la silla de Argo y la colocó sobre el lomo del caballo. Se alejó con Argo, dejando a Gabrielle sola ante el amanecer que prometía una vida amarga para las dos.


El sol había viajado del horizonte al medio del cielo. Recostada al pie de un gran árbol, Gabrielle sentía los rayos en la piel. El calor no penetraba. Sentía un frío persistente en su interior. Se sentía distanciada de sí misma, de la vida. ¿Había hecho daño a Xena al decir la verdad? Había aceptado sus diferencias. Lo que para ella era intolerable en ella misma, no lo juzgaba de la misma manera en Xena. ¿Acaso Xena no lo veía, no podía aceptar la paradoja? Lo que Gabrielle sentía, su propia confusión moral, no equivalía a un veredicto en contra de la guerrera.

Gabrielle no estaba prisionera de su mente. Agradecía la distancia, el espacio para pensar. No quería que nadie, Xena incluida, especialmente, la rescatara de la oscuridad. Esta oscuridad era suya: ella era su dueña y no estaba dispuesta a cambiarla o desecharla hasta estar segura de que había sacado de ella todo lo que prometía.

En la cruz había repasado su vida y había logrado llegar a un punto en su interior donde se había reconciliado con todos sus actos, los buenos y los no buenos. En su viaje, con una claridad que la había abrumado, aceptó la verdad de que su viaje no se habría producido si el contacto con el mal no hubiera existido. Había aprendido a partes iguales del mal y del bien. Era irónico que el sufrimiento, tanto físico como emocional, la hubiera hecho una persona más fuerte, esperaba que mejor, una buena persona.

Tras recibir una vida nueva, nunca pensó que fuera a buscar las lecciones difíciles. Sin embargo, se sentía más preparada. O eso creía. Qué deprisa llegó la prueba. Qué deprisa la caída. ¿Había sido arrogante? Realmente no lo creía. Ni siquiera ahora en su retiro. ¿Pero acaso la vida no le había enseñado que las lecciones llegan cuando llegan? No tenía control sobre ellas. Sólo podía intentar responder con las medidas adecuadas. ¿Su retiro era el camino del cobarde? No. No, estaba intentando hacer frente a la verdad. Había una terrible desconexión entre su vida y su ideal, una desconexión creada por sus propios defectos. Se enfrentaba a lo que parecía ser una clara pregunta que exigía una elección que de sencilla no tenía nada. Cambiar su ideal, aceptar su ideal pero elegir no vivirlo, o aceptar su ideal y elegir vivirlo llevando a cabo el profundo cambio que eso le exigiría. Para seguir con Xena, el ideal, el camino del amor, tendría que ser modificado de manera que incluyera la protección y correspondiente violencia por parte Xena y, cuando fuera necesario, la violencia por parte de ella misma.

Para esta elección no podía acudir a Xena para que la guiara. Gabrielle sabía que Xena no podía comprender de verdad su confusión. Xena era una mujer íntegra. No se espantaba de su verdad. El hecho de que Gabrielle se hubiera resistido a sufrir un daño era difícil de aceptar, de perdonar, no por la herida que le había hecho al cazador, sino porque dejaba al descubierto la mentira en que se había convertido su vida. Sabiendo lo que sabía, seguir con Xena haría que el ideal de no violencia total de Gabrielle estuviera destinado al fracaso una y otra vez. Sabía que la razón no era la violencia de Xena, sino la violencia de los demás y su propia resistencia a quedarse sin hacer nada. Esto lo había estado haciendo sólo porque Xena era su sustituta en el combate. Xena intercedía. Xena tomaba la espada para proteger, para hacer frente a las fuerzas que querían hacer daño a otros. Xena había animado a Gabrielle a caminar con Eli, pero caminar con Eli no iba a cambiar el mundo. No iba a disminuir las amenazas. El cazador había dado caza a Gabrielle por el único motivo de que quería hacerse con ella.

El ideal de Gabrielle era un sueño que alcanzar, por el que trabajar, pero no un camino que le permitiera sobrevivir. Podría seguir caminando con Xena bajo la protección de Xena, pero tendría que aceptar las consecuencias y honrar el camino del guerrero de Xena con una sinceridad que todavía no le había concedido. Tendría que vaciarse de su propia arrogancia, que le hacía pensar que seguía un camino de mayor bondad que Xena. Era posible que el camino de Eli no fuera el camino definitivo si permitía a los tiranos destruir la dignidad y la vida de la gente corriente. Xena la había salvado de unos traficantes de esclavos. Ella se había salvado a sí misma de un violador.

Sentada ahora contra el gran árbol, cogió un puñado de tierra con la mano como lo había hecho aquella noche, la noche en que huyó del cazador. Cuánto había anhelado que Xena la salvara, en cuerpo y alma. Ansiaba el abrazo cálido y seguro de Xena, pero no podía tenerlo. No iba a tenerlo. Ahora que estaba a su disposición, dudaba. Dejó que la tierra se escurriera entre sus dedos.

Nuevos pasos, más ligeros, algo vacilantes. Cirene se acercó a Gabrielle con una cesta de comida y bebida. Gabrielle levantó la mirada y, por primera vez desde hacía muchos días, sonrió.

—Cirene.

—Xena me ha dicho dónde encontrarte.

—¿Cómo está?

Sentándose al lado de Gabrielle, Cirene se puso a sacar la comida.

—Está asustada.

—Lo siento.

—¿De qué te tienes que disculpar?

—No estaba... he apartado a Xena.

—Has pasado por una prueba terrible.

—No lo he llevado muy bien.

—¿Y quién te va a juzgar?

—Sólo yo misma.

—¿Qué te preocupa, niña?

—Creía que podría vivir sin violencia. Pero no parece que pueda.

—Hiciste bien en defenderte.

—No me refiero a eso. Me refiero a Xena. Elijo compartir mi vida con ella. Es una mentira creer que no soy su cómplice.

—¿Te avergüenzas de ella?

—Cirene, por supuesto que no.

—Yo sí, en otra época. No quería reconocer que la Destructora de Naciones era mi hija. No era la hija que crié. Era una desconocida para mí. Oía historias sobre lo que había hecho, las aldeas quemadas, las matanzas. Éstas son cosas insoportables para una madre. Y seguía queriéndola todo el tiempo. Era un amor que no podía admitir, ni siquiera ante mí misma. Ahora la miro y veo a mi hija y a una desconocida. Sé que su corazón es bueno, pero también sé que está atormentado. Se debate con quién es y quién ha sido. Está muy cerca de hacer la paz consigo misma y sé que en gran parte esto se debe a ti. No sé qué ha ocurrido entre vosotras esta mañana, pero sí sé que a causa de ello está más cerca de su oscuridad. Gabrielle, no quiero perder a mi hija. Otra vez no. —Poniéndole la mano en el brazo a Gabrielle, habló con sinceridad—. Y no quiero perderte a ti.

—Me siento como un fraude. He aumentado la oscuridad de Xena. Tal vez esté mejor sin mí.

—Sabes que eso no es cierto.

—¿Cómo puedo ir a ella y decirle la verdad?

—¿Y cuál es la verdad?


La taberna de Cirene estaba vacía salvo por Xena, que estaba sentada a una mesa en silencio, mirándose las manos que tenía extendidas delante de ella, unas manos que le parecía que nunca iban a estar libres de la mancha de sangre de su pasado. Gabrielle entró por la puerta principal. Se quedó mirando a Xena. Ésta levantó los ojos despacio. Gabrielle dio un paso como para asegurar a Xena que no era un sueño. Gabrielle no sabía cómo empezar.

—¿Por qué?

Xena no entendió la pregunta. Respondió con voz suave y vulnerable, una voz que se revelaba sólo en sus momentos privados.

—¿Por qué el qué?

—¿Por qué quieres quedarte conmigo?

—Porque te quiero. —Las palabras eran sencillas, claras y sentidas.

—Pero soy tan estúpida. He sido injusta contigo.

—¿Cómo?

Gabrielle se acercó y se quedó de pie ante Xena.

—Pensaba que tú con tu espada eras menos digna que un pacificador.

—En eso siempre has tenido razón.

—No, te equivocas. Yo me he equivocado. El pacificador tiene una razón de ser, pero no es la única. Cuando Nayima nos envió al futuro, hasta Arminestra, la Madre de la Paz, tenía un protector. Era mi alma, era Shakti quien tenía una espada y te protegía a ti.

—Y yo te protejo a ti aquí y ahora.

—Sí. Pero no hay nada que diga que tengas que llevar esa carga sola. Yo me he protegido, puedo protegerme y voy a protegerme.

—Te he apartado de tu camino.

—No, no es así. Has tenido conmigo toda la paciencia del mundo. Has caminado conmigo mientras yo buscaba respuestas a mis preguntas. La respuesta ha estado siempre conmigo, pero yo no la veía. La tenías tú en tu mano y yo no quería compartirla. Creo que es fácil decir que el mundo es blanco o negro, oscuro o luminoso, bueno o malo. Lo difícil es decir que es las dos cosas. Saber que no siempre hay una sola respuesta correcta o un solo camino ideal. Cuando te conocí, quería luchar, pero no sabía cómo. Tú me enseñaste cómo hacerlo. Luché y aprendí las consecuencias de mis actos. Fueron duras y dolorosas y por eso me aparté de ellas. Dejé que cargaras sola con esas mismas consecuencias mientras me defendías. He hecho mal en ponerte en esa situación.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

Gabrielle se sentó frente a Xena.

—No lo sé. —Puso las manos encima de las de Xena—. Ahora mismo necesito que sepas que creo que eres honrada, buena y justa con o sin tu espada. Quiero estar contigo si me aceptas.

Xena miró a Gabrielle a los ojos, explorando, juzgando, mientras iba muriendo una pequeña parte de sus dudas y su autoaborrecimiento.

—¿De verdad sabes lo que significa estar conmigo?

—Sí. Por primera vez estoy segura de que lo sé. Sólo espero no decepcionarte.


FIN


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