Lo inexpresado

Mayt



Ésta es la tercera y última parte de una serie. Se recomienda encarecidamente leer los dos relatos anteriores, La última noche y La cumbre de la montaña, antes de leer Lo inexpresado.

Título original: The Unspoken. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Caronte aguardaba sin paciencia. La mujer se acercó. Ya la había visto antes. Esta vez caminaba más despacio. Era totalmente consciente de las consecuencias de acercarse a su barca. El barquero transportaba almas al otro lado del río de la muerte. Ésta, pensó con aversión, se había convertido en una carga incluso antes de que llegara. No tuvo en consideración a los que había matado. No, había llevado a más de un señor de la guerra a su destino final. Xena era diferente. En tiempos señora de la guerra, sí, pero ahora llevaba años luchando por el bien supremo. Hades la veneraba hasta tal extremo que se había encargado en persona de traerla hasta él.

Xena ya había visitado esta tierra en otra ocasión. Las circunstancias eran muy distintas. Entonces acudió a la llamada de un amor perdido, Marcus. Esta vez se trataba de su propia muerte. Hades no le había dado la menor indicación sobre si iba a descansar en los Campos Elíseos o a sufrir tormentos en el Tártaro. Se había tenido que ir, por una inesperada reunión de los dioses que no podía esperar. Ella se enteraría del juicio al otro lado de las aguas.

El bien supremo, él no sabía nada de eso. Para Caronte, Xena era un gato salvaje que no estaba dispuesto a renunciar a sus vidas.

—Eres tú. Por fin —soltó Caronte con auténtico asco—. ¡Lo que me has hecho sufrir, mujer!

Xena se sintió confusa. ¿Era esto un anuncio de lo que la esperaba al otro lado?

—¿De qué hablas? Yo nunca te he hecho daño.

—Nunca me has hecho daño. Me has enviado a una mocosa de bardo muda para atormentarme. ¿Cómo es posible que exista una bardo que no habla? ¿Cómo? Dime, ¿cómo? —Señalando por encima del hombro derecho de Xena, prosiguió sus acusaciones—. Lleva aquí dos días.

Pasmada, Xena se giró y vio el espíritu de Gabrielle sentado en una piedra a unos diez pasos de donde estaba ella. Gabrielle no se movía.

—¿Gabrielle?

No hubo respuesta. Con tono victorioso, Caronte gritó:

—¿Lo ves, lo ves? No dice ni una palabra. Creía que era sólo conmigo, pero también es contigo. A ti tampoco te habla.

Xena miró de nuevo a Caronte. Le preguntó:

—Tú la ves, ¿verdad?

—Claro que la veo. No estoy ciego. Y me oigo hablar, así que sé que tampoco estoy sordo.

Una vez, más, Xena se volvió hacia Gabrielle. Dijo en voz alta:

—No lo entiendo. Gabrielle, ve con las amazonas. Éste no es tu sitio.

Gabrielle siguió inmóvil. Xena avanzó un paso hacia Gabrielle y luego se detuvo.

—¡No, no, no! No lo voy a hacer. No te voy a apartar del lugar que te corresponde por derecho.

Tras esto, Xena se dio la vuelta y volvió con decisión junto a Caronte. Saltando a la barca, ordenó:

—Llévame al otro lado.

—¿Y mis monedas? —contestó Caronte.

La oleada de rabia de Xena quedó rápidamente dominada por su propia desesperación. Cualquier tormento que la aguardara en el Tártaro no podría compararse con el espectro de Gabrielle. Su voz la traicionó:

—Por favor, llévame al Tártaro.

Caronte se echó a reír a carcajadas. No conseguía dominar el ataque de risa.

—Nadie, en toda mi vida, nadie me ha rogado que lo lleve al Tártaro.

Xena, concentrada en el regocijo de Caronte a costa de ella, no se dio cuenta de que el fantasma de Gabrielle se acercaba. Gabrielle se quedó cerca de la orilla. Al verla, Caronte dejó de reír.

—Te llevaré, pero a ésta la tienes que sacar de aquí.

—¡Cállate, Caronte! —La voz de Hades resonó por el aire. Estaba en el umbral de la caverna—. Tenemos un problema, Xena. Tu amiga ha rechazado a Artemisa y Artemisa no se lo ha tomado muy bien. No está acostumbrada a que una reina amazona se aparte de ella. Artemisa te considera a ti responsable.

Xena conocía muy bien la testarudez de Gabrielle, pero jamás se habría imaginado que Gabrielle llegara a rechazar a Artemisa. Las amazonas eran su gente.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer?

—Artemisa me ha pedido que te devuelva la vida. Está segura de que entonces Gabrielle abandonará esta infructuosa lucha de voluntades.

—¿Y si no quiero volver? —se rebeló Xena.

—No seas estúpida.

—¿Qué tengo allí para que desee volver?

—Me asombras, Xena. Cualquier otro agradecería tener otra oportunidad de vivir. Podrías realizar tus buenas acciones. Reconozco que con eso no vas a cambiar nada cuando regreses.

Como ya estaba harta, Xena volvió a rogar:

—Llévame al otro lado.

—Me dejas impresionada. —Apareció Artemisa—. ¿Por qué se empeña tanto un alma en estar contigo cuando tú te empeñas tanto en escapar de ella? Acepta la vida que se te ofrece.

La frase. Artemisa había dado a Xena otra posibilidad.

—¿A qué te refieres con eso de "estar conmigo"? ¿Te refieres a que Gabrielle también va a vivir?

Artemisa midió cuidadosamente sus palabras.

—Sólo hasta que su alma pueda descansar.

—¿Ahora no puede descansar? —preguntó Xena.

—Se niega a descansar —replicó Artemisa.

Imaginando el corazón de Gabrielle, la compasión de Xena se desbordó.

—Con el tiempo. Dile que con el tiempo.

—Díselo tú.

Percibiendo la derrota, Xena se volvió a Hades. Un dios, en una ocasión un aliado.

—Hades, por favor, dile a Caronte que me lleve al otro lado. ¿Por qué debo volver para perderla otra vez?

—Porque tú lo has pedido —afirmó Artemisa con inesperada ternura.

Hades se acercó a la acosada guerrera.

—Xena, los dioses están respondiendo a tu plegaria.

Pasmada, Xena preguntó desafiante:

—¿Qué plegaria?

Acercándose a ella, Hades explicó:

—La noche antes de vuestra crucifixión, tú pediste a los dioses que te perdonaran. El perdón no se obtiene sin responsabilidades.

Xena estaba perdida.

—No comprendo.

Artemisa respondió:

—Pues yo te lo explico. Sé lo que más te pesa en el alma. También sé que aunque lo has intentado, no has hecho todo lo que había que hacer. Y a causa de esto, Gabrielle no quiere descansar. Es una de mis reinas y su lugar está en mi mundo. La terquedad de Gabrielle es admirable. Tendré paciencia con ella. Reconozco que no consigo convencerla. Éste es el trato, Xena. Regresarás a tu mundo. Terminarás lo que ha quedado incompleto. Sólo entonces podrá tocarte la muerte.

—Si tan bien me conoces, sabrás que no puedo arreglar las cosas sin Gabrielle.

Artemisa se acercó al fantasma de Gabrielle.

—Y por eso permitiré que Gabrielle regrese. Pero sólo el tiempo necesario. No más.

—¿Cómo sabré cuándo...?

Artemisa se volvió y alargó la mano hacia Xena.

—Dame la mano.

Xena obedeció. Artemisa abrió la palma de Xena, revelando la herida causada por el clavo del soldado. Colocó su propia mano sobre ella.

—Cuando cure las heridas de Gabrielle, tendrás hasta el siguiente amanecer. ¿Estás de acuerdo?

Xena dudó.

—No lo sé.

—Entonces debes saber esto, Xena. No me llevaré a Gabrielle hasta que su alma esté dispuesta a descansar sin ti.

—Tu palabra —pidió Xena.

—Tienes mi palabra —prometió Artemisa.

Xena volvió a mirar la orilla opuesta del río de la muerte y luego al fantasma de Gabrielle.

—¿Y qué pasa conmigo?

Intervino Hades, pues le correspondía a él tomar esa decisión.

—Vivirás el resto de tu vida. Y al morir, regresarás aquí y serás juzgada.

Xena saltó de la barca a la orilla. Dirigió su mirada a la imagen de la joven bardo.

—¿Dónde está ahora?

Artemisa también miró a la bardo.

—Esperándote.

—¿Entonces conoce nuestro trato?

Artemisa se volvió a Xena.

—Se le ocurrió a ella.

Confusa de nuevo, Xena preguntó:

—¿Entonces lo sabe todo?

Artemisa se quedó mirando a Xena, planteándose lo dura que debía ser la respuesta. Decidió que una simple declaración de los hechos bastaría.

—No. No lo sabe todo. Se trata de eso, ¿no?

Xena se sentía a la defensiva.

—No voy a hacer nada que le haga daño.

Artemisa intentó tranquilizarla.

—¿Estaría yo dispuesta a hacer el trato si creyera lo contrario?

Hades había escuchado pacientemente esta conversación. Ya era hora de seguir adelante.

—Sois demasiado crípticas para mí. Xena, ¿tenemos trato? Tu deuda es con Artemisa. Ninguno de los demás dioses esperan nada de ti.

Dudándolo, Xena sacó a relucir el nombre del único dios en el que jamás confiaría.

—¿Ares?

Hades se dispuso a marcharse.

—Ya nos hemos ocupado de Ares.

Mirándose la palma, Xena cerró el puño.

—Lo haré.

Artemisa avanzó unos pasos hasta alinearse con Hades y volvió a mirar a Xena.

—Debo advertirte, Xena. He aceptado las exigencias de Gabrielle porque te considero una mujer de honor. Espero de ti que cumplas este trato con valor y bien. No me decepciones. Si lo haces, ningún dios te protegerá de las consecuencias. Estoy dispuesta a dejar que el alma de Gabrielle permanezca entre mundos para toda la eternidad si eso es lo que quiere. —Con esta declaración, Artemisa apuntó con la mano hacia la imagen de Gabrielle. Ésta desapareció—. ¿Me he expresado con claridad?

Por puro reflejo, Xena dio medio paso hacia Gabrielle y luego se frenó.

—Sí.

Artemisa le tendió el brazo.

—Entonces te llevaré con ella.


La cascada era uno de los lugares preferidos de ambas. El aire fragante y dulce. Los sonidos del agua música por derecho propio. El follaje de alrededor era denso, lo cual creaba un refugio. No era sorprendente que Gabrielle la esperara aquí. Gabrielle estaba sentada en una gran roca que daba al remanso de la base. Su postura era parecida a la de la aparición, pero al contrario que ésta, su cuerpo tenía sustancia. Xena sintió alivio al ver que Gabrielle parecía haber recuperado las fuerzas. Qué diferencia con la mujer crucificada. La mujer que al morir había atrapado su mirada hasta que ella misma murió. Con todo, Xena estaba decidida a guardar las distancias.

—¿Por qué ese trato? —dijo Xena, alzando la voz. Esto no lo podía entender. Gabrielle se sentía orgullosa, aunque no siempre cómoda, de su posición como reina amazona. Xena jamás se habría esperado que Gabrielle rechazara su puesto en la vida después de la muerte. La osadía de la joven al desafiar a los dioses era un motivo de orgullo. Una verdad que Xena reprimiría—. Jamás pensé que desafiarías a Artemisa.

Al oírla, Gabrielle se volvió y saltó de la roca. Su alegría era innegable.

—Xena.

Xena se quedó donde estaba. Se puso las manos a la espalda, con las piernas y el cuerpo rígidos. Habló con tono mesurado.

—Gabrielle.

Gabrielle había avanzado unos pasos a toda prisa, pero se fue frenando a medida que se acercaba a Xena. Algo iba mal, muy mal. Éste no era el recibimiento que se había imaginado. Tan segura estaba de tener una reunión distinta que no estaba preparada para este momento. Se detuvo ante Xena.

—¿Estás enfadada conmigo?

Los dioses no tenían piedad. Xena luchó por contener el tumulto de su interior. Sí, estaba enfadada, pero éste no era un enfado que Gabrielle tuviera que presenciar.

—Estoy intentando comprenderlo.

Gabrielle empezó a explicar:

—Cuando me enteré de que no podrías seguirme...

Xena la interrumpió, con fría compostura.

—Siempre supiste que Hades se quedaría conmigo.

Con fervor, Gabrielle respondió:

—¿Pero yo no debería poder elegir?

—Tú eres una amazona —declaró Xena con tono académico.

—La Nación Amazona te acoge como miembro. Yo soy la reina. Puedo hacer que sea así en justicia —objetó Gabrielle.

Sin tomárselo en serio, Xena respondió:

—Hades no está de acuerdo.

—Si tú no me puedes seguir y yo no te puedo seguir a ti, es que los dioses no tienen compasión.

Xena se echó a reír. Era cruel y lo sabía. Por mucho que le importara, quería un final.

—¿Cuándo han dado muestra alguna de compasión? Ve con Artemisa.

—No. Aquí no hemos terminado. Queda mucho más por hacer.

—En este mundo eso no va a cambiar. Siempre habrá alguna injusticia que solucionar. Era nuestra hora. Creía... —Aquí Xena vaciló. Le costaba mantener la falta de seriedad dada la imagen que tenía en la cabeza—. Cuando te volviste hacia mí esa última vez. Estaba segura de que aceptabas nuestra muerte.

—Nuestra muerte, sí. Pero la muerte no debe separarnos.

Xena se esforzó por encontrar un argumento que Gabrielle pudiera aceptar. Le falló el ingenio. Lo cierto es que no era el momento para eso.

—No cambiará nada. Llegará un momento en que moriremos y Artemisa y Hades estarán esperando para llevarse lo que es suyo. Con esto no va a cambiar nada.

Con renovada seguridad, Gabrielle se reafirmó.

—¿Cómo lo sabes? Artemisa ha reconocido que quedan cosas por hacer.

—¿Qué cosas? —Traicionando su propia resolución, la sinceridad de Xena era evidente.

—No lo sé. Sólo siento que es verdad.

—¿Así que propones que nos quedemos juntas hasta que lo averigües?

—Sí, y los dioses están de acuerdo.

—¿Desde cuándo confías en los dioses? —Como la herida de una rama arrancada de su árbol, Xena planteó un ruego en toda su desnudez—. Gabrielle, ¿por qué deseas morir otra vez?

—Si es el precio que debo pagar, estoy dispuesta a pagarlo.

Al oír esto, el tono de Xena se transformó rápidamente en una cuchilla cortante.

—¿Y yo qué? ¿Te has parado a pensar en lo que yo puedo querer?

Gabrielle había notado cada uno de los cambios de Xena, de la frialdad de una charca gélida, pasando por la moderada curiosidad de un pájaro, a la pasión de una llama dispuesta a destruir todo lo que tuviera a su alcance. Ella misma tenía un conflicto con el trato que había hecho. No sabía lo que iba a pasar. Percibía que habría que pagar un precio, pero dudaba de que fuera a ser más alto que lo que la esperaba si renunciaba a su lucha. Gabrielle se esperaba un adversario. Lo que no se esperaba era que fuera a ser Xena.

Gabrielle sólo pudo decir el nombre de Xena.

—No, piensa, Gabrielle. Piensa en lo que sentí cuando te vi morir. Piensa en los días y noches que pasé sufriendo en la cruz hasta que Hades vino a buscarme. Retrocede aún más y piensa en la última noche que pasamos juntas. ¿Qué crees que sentía? ¿Por qué me obligas a regresar para volver a perderte a ti y la vida una vez más? Yo no he elegido esto. Lo has hecho tú.

Gabrielle no se había negado a pensar en la muerte de Xena. Gabrielle había aceptado su destino a su manera. Sin embargo, su manera no era la de Xena. La muerte las tocó de forma distinta. Cuando Gabrielle miró a Xena a los ojos, con un firme control en medio de un dolor evidente, empezó a comprender la amarga realidad de lo que había soportado Xena.

—Tiene que haber una razón. ¿Cuántas veces me has dicho tú eso? ¿Por qué no quieres creer que esto es lo mejor?

Recuperando un tono de frialdad, Xena buscó una confirmación definitiva.

—No vas a volver.

Defendiendo su derecho, Gabrielle habló como un eco.

—No voy a volver. Ahora no. Sin ti no.

—Pero volverás algún día.

—Sí.

—Sin mí.

Reafirmó las reglas de su misión:

—Cuando quede completo todo lo que debe ser completado. Ésas son las palabras mismas de Artemisa.

—¿Y ahora dónde vamos? —preguntó Xena con tono desafiante.

—¿Dónde quieres ir? —respondió Gabrielle con la esperanza de hallar un terreno común.

Xena no le concedió la menor esperanza de reconciliación.

—No. Esto es cosa tuya. Tú decides.

Mientras esperaba a Xena, Gabrielle había tenido tiempo de pensar a dónde deberían viajar. Pensó en Potedaia, en volver a casa. Se temía que su hermana y sus padres se hubieran enterado de su muerte. Regresar, sabiendo que la muerte no tardaría en volver a visitarla, le pareció despiadado. No quería que la lloraran una y otra vez. Y sin embargo, ésta era la carga misma que había colocado sobre Xena. Xena no se volvía a otros en busca de consuelo. No contaba con una comunidad que la acogiera de buen grado salvo la Nación Amazona. Como reina, sería razonable que Gabrielle eligiera ése como destino. Xena no cuestionaría su decisión. Y así, Gabrielle tomó su decisión.

—Puede que las amazonas se hayan enterado de nuestra muerte. Sería conveniente ir allí a dar explicaciones.

Como esperaba, Xena no discutió.

—Si eso es lo que quieres. —Mirando al cielo, Xena calculó el trayecto del sol—. Todavía queda mucha luz. Podríamos ponernos en marcha.

Gabrielle se regocijó en privado de lo que dijo a continuación.

—Argo está en el prado esperándonos.


Caminaron en silencio, mientras la luz del amanecer pintaba el horizonte en tonos de carmesí, azul celeste y ámbar. No era un silencio cómodo. Acamparon cerca de un riachuelo. El silencio siguió envolviéndolas mientras terminaban sus tareas. Una hoguera, comida sacada de las alforjas, Argo cepillada, todo era familiar. Gabrielle preparó pan, queso y fruta para comer. Hirvió agua para hacer té. Xena no tenía hambre. Con tristeza, pensó que la muerte quitaba el apetito. En una ocasión anterior, Xena se había alegrado de volver a la vida. Pero esto era diferente. La razón le resultaba incomprensible. Sin darse cuenta, Gabrielle había depositado una carga intolerable sobre Xena. Pronto la muerte llamaría a Gabrielle. Xena se convertiría en una guerrera solitaria. Una situación que en el pasado le había dado alas ahora ponía a prueba el deseo mismo de seguir adelante. La ironía era cruel e inhumana. Xena no podía echar la culpa a los dioses. Habían dado su consentimiento, pero no habían creado las circunstancias.

Gabrielle situó su petate cerca del fuego. Tenía en la mano el de Xena.

—Dame eso.

Bruscamente, Xena le quitó su petate a Gabrielle y lo colocó al otro lado del fuego. Gabrielle sabía que este gesto no debía sorprenderla. El día entero había sido una advertencia. Reconoció que Xena tenía todo el derecho a elegir dónde acostarse. Pero no podía pasar por alto el hecho de que no habían dormido apartadas desde los primeros tiempos de sus viajes.

Xena había tenido cuidado de no tocar a Gabrielle al coger su petate. Durante todo el día había mantenido la distancia física. Sus acciones eran atentas aunque no amables. Como en el combate, las tácticas de Xena iban dirigidas a establecer un perímetro de seguridad. Sabía que lo que había hecho no sería bien recibido. Pues que así fuera. Que sus actos hablaran con la claridad de la que habían carecido sus palabras.

El tiempo que pasaban junto al fuego por la noche era el momento en que expresaban sus pensamientos más difíciles. A pesar de todo lo que había que decir, Xena prefería retrasarlo. No había querido plantearse lo que le había dado Artemisa y por qué. Para completar lo que estaba incompleto. ¿Por qué esta verdad era tan importante para Gabrielle? ¿Por qué no bastaba con lo que ya se había expresado? Por ahora, evitaría la posibilidad. Una vez preparada la cama, se levantó y anunció que se iba a dar un paseo. Gabrielle no dijo nada. Sus ojos siguieron a Xena cuando ésta se alejó del campamento. Sabía que era posible que Xena no regresara hasta bien entrada la noche.


Gabrielle y Xena entraron en la aldea amazona con una escolta de cuatro guerreras amazonas. Una mensajera las había precedido. Ephiny salió de su cabaña para recibirlas. Se comportó con cautela mientras observaba primero a una viajera y luego a la otra. Su dolor por la pérdida de sus amigas había sido intenso. Ahora, ante la prueba de lo contrario, no estaba dispuesta a aceptar que lo que le habían dicho era mentira.

Se volvió a Gabrielle.

—Oímos que los hombres de César os habían crucificado.

Gabrielle levantó las manos. Sus heridas eran la marca de César.

—Así es. Artemisa ha intercedido.

La incredulidad de Ephiny era palpable. Por qué César había hecho una cosa así se explicaba por su odio hacia Xena. Por qué Artemisa no había recibido sin más a Gabrielle y a Xena en la tierra de las amazonas era un misterio.

—¿Por qué?

Gabrielle se sentía expuesta. Quería hablar con Ephiny, pero éste no era el momento ni el lugar. Como reina, podía ordenarlo, pero ése no era su estilo. Con gravedad, Gabrielle replicó:

—Te lo explicaré todo. Llevamos más de tres días viajando. En estos momentos nos vendría bien comer algo y descansar.

Ephiny notó el silencio de Xena. Aunque siempre era respetuosa con la posición de Gabrielle como reina, no era propio de Xena quedarse tantos pasos por detrás de Gabrielle. La distancia era preocupante.

—Sí, por supuesto. Vuestro alojamiento siempre está preparado.

Ante esto, Xena habló por primera vez. Se dirigió a la reina.

—Voy a llevar a Argo al establo y si no tienes objeción, yo también me acostaré ahí.

Gabrielle ya no podía seguir disimulando el distanciamiento de Xena. Ephiny estaba ahora segura de que algo iba muy mal. Gabrielle se volvió a Xena con calma, aunque la calma era exactamente lo opuesto a lo que sentía. En lugar de ir acercándose más con el paso de los días como esperaba, Xena había tomado medidas muy claras para lograr lo contrario.

Como reina, Gabrielle contestó:

—Si eso es lo que deseas.

Xena llevó a Argo al establo mientras la Nación Amazona presenciaba todo en silencio.


Xena cepilló a Argo. Se consoló con este sencillo placer aunque el precio que estaba pagando por él era incalculable. Los años le habían dado muchas lecciones. Se había visto obligada a encarar verdades que habrían destruido a otras personas. Aunque nunca podría escapar de su pasado, había logrado alcanzar un estado interior en el que las pesadillas alimentadas por el pesar y la culpa no la consumían. Para esto se apoyaba en Gabrielle. Por esto le daba las gracias a Gabrielle. La perspectiva de continuar sin su ancla le daba miedo. La visión de Alti había sido un tormento. Tenía el conocimiento brutal de que Gabrielle moriría a causa de César. Lo único que César tenía contra Gabrielle era su relación con Xena. Según la lógica de Xena, eso quería decir que ella era responsable de la muerte de Gabrielle. El hecho de que Gabrielle aceptara su destino no aliviaba el dolor. Curiosamente, había otra interpretación de los hechos que sí que le daba a Xena una sensación de justicia. No viviría sin su pilar. Sus finales estaban unidos.

Ephiny entró en el establo. Al haber oído la versión de Gabrielle sobre los hechos y conociendo la devoción de Xena por Gabrielle, Ephiny sólo podía imaginar las profundas emociones que había sufrido Xena.

—Xena.

Xena terminó el cepillado y luego atendió a su amiga.

—Ephiny.

—Gabrielle me lo ha explicado todo.

—No. No todo. No puede.

Xena se dio la vuelta y se acercó a la ventana del establo. Contempló un mundo que no le daba ninguna paz constante.

Ephiny indagó:

—¿Qué quieres decir?

—Artemisa sabe que el alma de Gabrielle no descansará.

—¿Y tú?

Volviendo a mirar a Ephiny, el tono de Xena sonó decidido.

—Sí.

—Así que tú sabes lo que hay que hacer.

—Sí, y soy yo quien tiene que hacerlo.

Preocupada tanto por Xena como por Gabrielle, Ephiny quiso tener más información.

—¿Es una misión difícil?

—Imposible.

Sin inmutarse, Ephiny preguntó si podía ayudar. Xena se sintió agradecida de que Ephiny fuese su amiga. Su lealtad a Gabrielle era segura. Su aceptación de Xena a pesar de un historial difícil, apreciada. Xena se acercó a Ephiny y le estrechó el brazo, colocándole la mano libre en el hombro.

—No, amiga mía, no puedes. No es algo que requiera una espada o una aljaba y un arco.

—Tengo más que ofrecer que mi habilidad en el combate.

Con una sonrisa amable, Xena intentó calmarla.

—Dame tiempo. Yo no he pedido esto. Bueno, la verdad es que los dioses dicen que sí lo he pedido. Tenemos una diferencia de opinión.

Con gran sinceridad, Ephiny miró a Xena a los ojos.

—Gabrielle está preocupada por ti.

La sonrisa de Xena desapareció.

—Yo que tú, me preocuparía por Gabrielle.


Ephiny y Gabrielle paseaban por el bosque cercano. Ephiny observaba a la reina. Había cambiado. Ya no llevaba una vara. Su comportamiento se había moderado, señal de su creciente madurez. Gabrielle no era la joven y optimista bardo que había conocido hacía unos pocos años. Ephiny se sentía inquieta. Habían estado separadas demasiado tiempo. Gabrielle se había convertido en cierto modo en una desconocida. La esperanza de Ephiny era que esta vez tuvieran la oportunidad de restablecer un puente entre sus vidas. ¿Por dónde empezar?

—Estoy intentando comprender por qué has desafiado a Artemisa.

Gabrielle se detuvo.

—Ephiny, ojalá te lo pudiera explicar, pero ni yo misma lo entiendo del todo. Acepté mi muerte. Sabía que iba a ocurrir y cuando llegó el momento pude repasar mi vida y aceptarlo todo. —Gabrielle hizo hincapié en la siguiente palabra—: Todo. —Y prosiguió—. Lo último que vi fue la sonrisa de Xena. Cerré los ojos y me dejé ir. Artemisa vino a recibirme. Me consoló el hecho de ser una de sus reinas. Miré hacia atrás y pedí esperar a Xena. Fue entonces cuando me dijo que Xena no se reuniría conmigo. Hades había reclamado su alma. Era suya por derecho. Cuando pedí permiso para unirme a Xena, Artemisa me lo negó. No pude aceptarlo y por eso hicimos un trato.

—Pero has dicho que parte del trato es que te unirás a Artemisa sin Xena.

—Sí.

—Entonces, ¿qué sentido tiene haber regresado?

Gabrielle habló con vehemencia.

—Cuando me volví para mirar a Xena, lo supe. Supe, Ephiny, que había algo que había quedado por hacer. Noto que estoy a punto de ver la respuesta, pero no lo consigo. Si los dioses me están hablando, sus palabras son un susurro que no consigo oír.

—Y cuando lo consigas, morirás.

—Sí.

—Xena ha dicho que los dioses dicen que ella ha pedido esto. Dice que tienen una diferencia de opinión. ¿Qué es lo que pidió Xena?

Gabrielle reflexionó sobre esto. No era propio de Xena pedir nada a los dioses. Sólo había oído rezar a Xena en dos ocasiones. Una para que sacaran a Gabrielle de la oscuridad provocada por la muerte de Pérdicas. La otra a Krisna cuando Xena estuvo a punto de morir a manos de Indrajit. Concentrándose más, se dio cuenta de que sí, había habido una tercera. En la mente de Gabrielle se oyó "Que los dioses me perdonen" cuando Xena se quedó dormida en su regazo la noche antes de la crucifixión.

Más para sí misma que para Ephiny, Gabrielle murmuró:

—Xena pidió a los dioses que la perdonaran. ¿Qué tiene que ver eso con esto?

Ephiny sugirió:

—¿No depende de lo que estuviera pidiendo que le perdonaran?

Con una nueva sensación de incertidumbre, Gabrielle replicó:

—Pensé que se refería a sus días como señora de la guerra.

Ephiny alargó la mano hacia su amiga, su reina.

—¿No podría ser otra cosa?


En su alojamiento, Gabrielle se despertó con el nombre de Xena en los labios. Por instinto, se volvió para buscar a su compañera, aunque sabía que como en su sueño, no iba a encontrar a Xena. Se sentía orgullosa de no haber derramado ni una sola lágrima. Su fuerza estaba siendo sometida a prueba. Esta noche no pudo evitar hacer frente a su propia desolación. Empezaba a dudar de poder convencer a Xena. Envolviéndose en la manta, el calor que Gabrielle anhelaba, necesitaba, no era el que le daban las gruesas hebras de lana que le pesaban sobre los hombros. La suya era una apremiante necesidad de ser abrazada por un corazón humano.

Gabrielle salió de su alojamiento y se encaminó al establo. Abriendo la puerta con cuidado, vio a Xena dormida en un lecho de paja. La guerrera estaba iluminada por la luna que entraba por la ventana del establo. Gabrielle luchó con su deseo de ser abrazada. Luchó con su profunda soledad. El rechazo por parte de Xena de una vida renovada era inesperado y todavía más el rechazo de ella misma por parte de Xena. No era propio de Xena aceptar estar con Gabrielle y sin embargo renunciar a su vínculo. Xena no era una mártir y tampoco había sido nunca tan dura de corazón.

En muchas ocasiones Gabrielle se había encontrado sin palabras. Incapaz de liberar las complejas emociones que sentía. En esas ocasiones alargaba la mano y tocaba a Xena, con la esperanza de que el contacto hablara por ella. Xena era su hogar, un hogar que ya no parecía existir. Quería, ansiaba volver al hogar. Nada de lo que había dicho o hecho conseguía atravesar la severa armadura emocional de Xena. No se habían tocado desde que les había sido devuelta la vida. La última sensación de hogar fue cuando sus manos se separaron mientras estaban de pie ante sus correspondientes cruces. Ese recuerdo, el recuerdo de sus manos al separarse, perseguía a Gabrielle cada noche. Le provocaba el ansia de un calor físico concreto, tangible. La muerte no había sido tan fría. Para Gabrielle, sólo los brazos de Xena estrechándola podrían satisfacer su necesidad.

Gabrielle se acercó despacio a Xena. De pie a su lado, Gabrielle se sorprendió un poco al ver que Xena no se había despertado. ¿Tan cansada estaba Xena que no notaba su presencia, o acaso había dejado de importarle si su vida corría peligro? Gabrielle se tumbó junto a Xena, apoyando la cabeza sobre su pecho. El familiar latido de Xena fue su recompensa. Sonaba fuerte y regular. El abrazo instintivo de Xena ante el gesto íntimo de Gabrielle no se produjo. Aunque la fuerza, la seguridad de los brazos de Xena, seguían sin confirmarse, sin embargo le dieron una tenue esperanza al no reaccionar, no apartarla abiertamente. Gabrielle se quedó dormida.

La luna fue vencida por el sol. Xena respiró hondo. Bajó la mirada y sonrió al reconocer el peso de Gabrielle apoyado en ella. Xena alargó la mano y acarició suavemente el pelo de la joven. Era un gesto que, más que ningún otro, definía su unión. La innegable confianza, la ternura.

El momento de paz se rompió cuando Xena se dio cuenta de que no se trataba de un sueño. Su corazón se echó a llorar al reconocer el esfuerzo de Gabrielle por estar con ella. Por los dioses, el amor que sentía por la bardo la estaba destrozando. Una lágrima escapó de su control. Xena recuperaría su espacio, reafirmaría su distancia, pero no en este momento de gracia. Haría trampa, dada la ocasión, y la ocasión le había sido dada. Se incorporó, acunando a Gabrielle con las manos. Colocó a Gabrielle para que descansara a su lado. Luego besó delicadamente a Gabrielle en la frente y susurró:

—Duerme.

Gabrielle se despertó con los ruidos de la aldea. Se encontró sola. Llamó a Xena. La soledad de Gabrielle nunca había sido mayor. El rechazo de Xena era innegable.

De pie ante la puerta del establo estaba Ephiny. Intercambiaron miradas. Ephiny habló primero.

—Xena me ha pedido que te diga que ha ido a Anfípolis a ver a su madre. Volverá dentro de unos días.

Gabrielle miró las colinas lejanas. Xena regresaría. No tenía duda de que la guerrera cumpliría su palabra. La cuestión era si Xena recuperaría la compasión en compañía de Cirene.


La posada estaba a oscuras. Cirene había apagado las velas y llevaba una sola para guiarse hasta su habitación. A su izquierda vio una sombra alta.

—¿Quién es? —llamó Cirene.

—Madre —respondió Xena.

—Xena, hija, ¿por qué estás ahí a oscuras?

—No quería asustarte.

Un nuevo miedo inundó a Cirene, ya no por ella, sino por su hija.

—Xena, ¿estás herida?

—No, madre. Estoy bien. Es que no sabía lo que podías haber oído.

—Ven a la luz. Quiero verte.

Xena avanzó unos pasos. Cirene vio la solemne expresión de la cara de su hija.

—Madre, tengo que hablar contigo.

El miedo de Cirene aumentó.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Gabrielle?

—Gabrielle está con las amazonas. He prometido reunirme con ella dentro de unos días. Es que necesitaba estar aquí contigo.

La preocupación de Cirene no se calmó. Sólo aumentó. No era propio de Xena ocultarse en la oscuridad ni viajar sin Gabrielle.

—Hija, sabes que siempre eres bien recibida. Pero noto que estás preocupada. ¿Qué pasa?

—Tenía miedo de que hubieras oído que los hombres de César nos habían crucificado a mí y a Gabrielle.

Pasmada, Cirene preguntó:

—¿Quién iría contando tales mentiras?

—Madre, necesito que estés tranquila. —Xena hizo una pausa y respiró hondo. Alzó las manos—. No es mentira.

Los ojos de Cirene se clavaron en las heridas de Xena. Se acercó y con una mano cogió una de las de Xena. Con la otra mano levantó la vela para ver mejor.

La voz conmocionada de Cirene era un mero susurro.

—Has burlado a la muerte.

—Gabrielle hizo un trato con Artemisa.

—¿Qué clase de trato?

—Gabrielle no estaba dispuesta a aceptar que no podía reunirse conmigo en el otro lado. Como amazona, su alma pertenece a Artemisa. Hades ha reclamado la mía. Gabrielle sentía que había algo incompleto y le dijo a Artemisa que no descansaría hasta verlo terminado.

—¿Qué es lo que hay que hacer?

—Ése es el problema. Gabrielle no lo sabe, pero yo sí. Tengo que... —La voz de Xena se apagó.

Cirene apretó la mano de Xena con la suya, instándola a hablar.

—¿Hija?

—Madre, cuando lo haga, el alma de Gabrielle irá con Artemisa y yo seguiré viviendo hasta que me vuelva a tocar la muerte.

Cirene manifestó su confusión.

—No lo entiendo. Lo que tienes que hacer, ¿es tan difícil?

Xena no respondió.

Cirene prosiguió:

—Xena, ¿es algo malo?

Ante esto, Xena abrazó a su madre, sosteniéndose en ella mientras expresaba lo que llevaba en el corazón.

—¿Puede ser malo querer a alguien con todo tu ser, respirar al unísono con ella? ¿Sentir que tu corazón late al ritmo del suyo? ¿Deberle cada momento de tu felicidad y tener que luchar para no perderlo?

Para Cirene estaba claro que el adversario de Xena no era ni un señor de la guerra ni un dios.

—Ya entiendo.

Incrédula, Xena dudó de Cirene, mirando a su madre a los ojos.

—¿Sí?

Había habido pocas ocasiones en la vida adulta de su hija en que Cirene hubiera estado en situación de darle un consejo. Ésta sería una de ellas. Lo que era evidente para Cirene parecía ser un misterio para Xena y era tarea de Cirene revelar con cariño lo evidente a su hija.

—Nunca has hablado de tus sentimientos con Gabrielle. Murió sin saberlo.

Xena no quiso aceptar la afirmación de su madre.

—Gabrielle sabe que la quiero.

Cirene preguntó, dudosa:

—¿Se lo has dicho?

Xena estaba segura:

—¡Sí!

Algo ofendida, Cirene preguntó:

—¿Entonces qué queda por hacer?

Apartándose de Cirene, Xena le dio la espalda y habló a la oscuridad.

—Antes de conocer a Gabrielle había amado profundamente y había perdido ese amor. Sentí que se me había roto el corazón. De algún modo, se arregló. El tiempo efectivamente curó mis heridas. En estos últimos años he tenido un sólo temor. —Xena volvió a mirar a su madre—. En lo alto de una montaña vi morir a Gabrielle. Madre, ¡la vi morir! —Xena ya no pudo contener su pena. Su cuerpo empezó a temblar al tiempo que le caían las lágrimas—. No puedo. —Cirene abrazó a su hija—. No puedo soportar perderla otra vez.

Cirene intentó consolarla.

—Hija, mi amor. No te avergüences de lo que sientes. No puede haber mayor tributo que ser amada como tú amas a Gabrielle. Xena, si no hablas sólo conseguirás mantenerla a distancia. Conozco a Gabrielle. Estoy segura de que el dolor que siente ahora es mayor que cualquier dolor que pudiera causarle tu amor, aunque sea un amor que ella no pueda corresponder o comprender plenamente. Es una reina amazona. Ya no es la niña a quien salvaste. Su devoción por ti es absoluta. Te ha seguido por los campos feliz en tu compañía. Gabrielle nunca ha tenido reparos en hablar de ti. ¿Por qué no te atreves a hablar de ella? ¿Es que dudas de ella?

Xena hizo acopio de valor.

—No, madre.

—¿Dudas de ti misma?

Xena no estaba dispuesta a tolerar que se pusiera en duda su entrega a Gabrielle.

—¡No!

—Xena, ¿qué mayor tormento hay que no poder expresar tu amor? Tal vez los dioses te estén haciendo un favor. Vieron lo que había en tu corazón cuando estaba abierto. Tal vez estén intentando librarte de una eternidad de lamentaciones. Si estoy en lo cierto, ¿qué tienes que temer?


Xena regresó a la aldea amazona. El sol de mediodía era cálido. Los días que había pasado con su madre le habían dado ánimos, pero no estaba segura de cuánto tiempo podría mantener su resolución. Tampoco estaba segura de cómo iba a ser recibida. Dado su comportamiento, su ausencia no podía haber sido fácil de soportar para Gabrielle.

Gabrielle estaba sentada en su cama absorta en sus pensamientos. En los últimos días había cumplido con su papel de reina lo mejor que había podido. Ephiny se encargó de asignarle suficientes tareas para mantener a Gabrielle ocupada, pero no tantas que le hicieran sentirse agobiada. Tras haber atendido sus responsabilidades del día, Gabrielle había regresado a su soledad. Su fe en la vida se había puesto a prueba y se había fortalecido con el tiempo. Xena estaba inextricablemente unida a esa fe. Sin Xena, Gabrielle luchaba por conservar su voluntad de desafiar a los dioses.

Gabrielle sabía que Xena no respondía por instinto con los temas del corazón. Esos momentos no eran como un combate donde reinaba su astucia. La tarea actual a la que se tenía que enfrentar Xena era hacer frente a la vida desprendiéndose de sus defensas habituales. Defensas capaces de separar a Xena de sí misma. Gabrielle tuvo tiempo de especular sobre las razones por las que Xena se había alejado de ella. Si Xena había pedido perdón por otra cosa que no fuera su pasado como señora de la guerra, el objeto de tal perdón bien podía ser algo que Gabrielle conociera. Y si eso era cierto, la respuesta a lo que seguía incompleto podía encontrarse al alcance de Gabrielle.

En los últimos años, Gabrielle había tomado una serie de decisiones por las dos, ninguna tan profunda como su rebelión al morir. Estaba convencida de que soportaría el Tártaro para estar con Xena si ése era el juicio final. Algo que ninguna de las dos sabía con certeza. Gabrielle había soportado muchas cosas durante su vida. No vacilaba en su determinación de aguantar la angustia de lo peor que pudiera ofrecer la vida tras la muerte. Por ahora estaba libre de su lucha con los dioses. Estaba luchando consigo misma. Estaba luchando con su deseo de intervenir. La fuerza de su deseo quedaba controlada por el poder equivalente de su fidelidad a Xena. Para hacer honor a Xena no debía hacer nada que amenazara más la libertad de elección de Xena. Había ocasiones en las que la integridad de Gabrielle se echaba a perder por sus rápidas reacciones sin pensar. Su esfuerzo por seguir el paso de las Parcas hizo que se quedara en la aldea y que no fuera a Anfípolis.

Xena llamó a la puerta de Gabrielle. No quería dar nada por supuesto con respecto al recibimiento de la reina.

Gabrielle se sorprendió por la interrupción. Desde el día de su llegada las mujeres habían respetado su retiro vespertino.

—Adelante.

Xena entró. De lejos, Gabrielle era un dolor y un alivio. La sonrisa inmediata entre ellas no apareció y tampoco el familiar acercamiento y el abrazo.

Sin moverse del sitio, Gabrielle controló sus emociones.

—Xena.

—Acabo de volver. Madre te envía su cariño.

La palabra cariño resultaba extraña, tan extraña como habían llegado a ser las palabras amiga y compañera. Flotaba en el aire cargada de significado. Gabrielle se concentró en lo trivial.

—Espero que esté bien.

—Sí —contestó Xena, incapaz de pasar por alto el hecho de que hablaban con la incomodidad de dos desconocidas. Era posible que Cirene tuviera razón al decir que el dolor de su distanciamiento era superior al que acompañaría a su reunión. Lo que siguió fue un silencio incómodo. Xena se sentía claustrofóbica en la cabaña. Anhelaba el aire libre, dormir bajo las estrellas como lo había hecho en su viaje de regreso. Las estrellas infinitas la maravillaban. El universo era tan grande y sin embargo su alegría se centraba en una sola de sus creaciones. Xena interrumpió su ensueño para recuperar la voz.

—Gabrielle, se me ha ocurrido una idea. No es muy tarde para ir al prado del norte. Podríamos cenar allí y acampar para pasar la noche.

Gabrielle se contuvo mientras intentaba averiguar algo por la fría expresión de Xena. Gabrielle no estaba dispuesta a rechazar una invitación de Xena. Dijo sólo lo necesario.

—Cogeré mis cosas.


El aire de la noche era húmedo. Gabrielle necesitó una manta para calentarse incluso con las fuertes llamas de la hoguera. La tenía echada sobre los hombros mientras se bebía su té. Xena había guardado silencio durante la caminata y la cena. Y sin embargo, el silencio recordaba a cómo habían estado en otros tiempos. La distancia entre ellas parecía menor. Gabrielle notó la mano de Xena, con toda su fuerza y su ternura, en el hombro. La sensación señalaba todo lo que hasta ahora había faltado. Xena se sentó al lado de Gabrielle. Sin tocarla más, Xena tiró un poco de la manta que cubría el hombro de Gabrielle.

—¿Estás suficientemente abrigada?

—Sí, gracias.

Xena se quedó mirando el fuego. Las llamas bailaban y saltaban. El centro estaba tranquilo con su calor blanco azulado. Para Xena había llegado el momento de hablar.

—Gracias.

Gabrielle se volvió hacia su compañera. Xena seguía sin mirarla.

—¿Por qué?

Envalentonada por un momento, Xena se volvió y se encontró con los ojos de Gabrielle. Hacía demasiado tiempo que no los miraba. Hacía demasiado tiempo que no se permitía el consuelo que le ofrecían. Sin pensárselo más, Xena expresó lo que llevaba en el corazón.

—Por todo.

Gabrielle miró a los intensos ojos azules oscuros. Una rápida intuición atravesó lo que le quedaba de confusión. Lo que quedaba por hacer era algo entre ellas dos, aunque no sabía lo que podía ser. Al no confiar en sus propias palabras en aquel frágil momento, dejó a un lado su taza y colocó la mano sobre el brazo de Xena, un gesto familiar que ya no prometía ser bien recibido. Xena bajó la mirada. Aceptó el gesto colocando su propia mano sobre la de Gabrielle.

—Los dioses dijeron que yo soy la razón de que... dijeron que han respondido a mi plegaria.

Gabrielle intentó ayudar.

—De que te perdonaran.

Xena asintió.

—Sí. Dijeron que el perdón conlleva una responsabilidad. Tengo que conseguir que tu alma descanse. —Con una rabia súbita, Xena alzó la voz—. ¿Cómo pueden esperar que yo...? —Y entonces, súbitamente también, se quedó en silencio.

Gabrielle intentó guiar a Xena.

—¿Que tú qué?

Xena buscó un hilo que le permitiera tejer sus ideas.

—Tú querías a Pérdicas.

Confusa, Gabrielle contestó simplemente:

—Sí.

—¿Un gran amor? —preguntó Xena. Le temblaba la voz.

Gabrielle esperó un momento antes de hablar, eligiendo las palabras con cuidado.

—Xena, yo quería a Pérdicas con todo mi corazón, pero él no era mi gran amor.

—¿Quién entonces? —Xena ya no conseguía dominar sus palabras. ¿Qué estaba diciendo?

—Por los dioses, Xena. ¿Ésta es la misión? ¿Debo hablar antes de poder descansar? He intentado encontrar las palabras. Me doy cuenta de que me han fallado. Te he fallado.

Xena se dejó llevar por un torbellino.

—No, no me has fallado.

Gabrielle continuó:

—He sido demasiado débil. Intenté hablar, pero esperé demasiado. Tenía la esperanza de que lo comprendieras.

Xena intentó decirle a Gabrielle que estaba equivocada.

—Lo comprendí. Lo comprendo. No se trata de ti. Se trata de mí.

—Yo no dudo de ti —exclamó Gabrielle, tratando de que Xena lo comprendiera.

—¿Pero me quieres?

La última pregunta de Xena fue un golpe rápido y duro para Gabrielle. ¿Es que el fracaso de Gabrielle había sido tan grande que Xena dudaba de ella? La quietud de la noche las dominó a las dos.

Gabrielle rompió el silencio. Sus palabras eran lo único que podía ofrecer.

—Te quiero.

Seguía sin ser suficiente. Xena volvió a intentarlo, subrayando cada palabra.

—No, Gabrielle. ¿Me amas? —Xena sintió todo el peso de la pregunta. Hablaba de los muchos tonos del amor, con el compromiso y la promesa correspondientes. Continuó—: Como yo te amo a ti. El amor que te entregué con mi beso.

Xena miró a Gabrielle a los ojos. No conseguía calcular si veía compasión o lástima. Impotente, Xena cogió las manos de Gabrielle entre las suyas, revelando las palmas heridas. Se inclinó y las besó suavemente, dejando sus lágrimas en ellas. Ya sin fuerzas, su cabeza cayó sobre el pecho de Gabrielle. Ésta estrechó a Xena entre sus brazos y se echó hacia delante, acercando los labios al oído de Xena.

—Dime, ¿existe alguna reina amazona que no comprenda lo que es posible entre dos mujeres? Sí, Xena, te amo. Como dijo Nayima, nuestras almas están unidas. Ningún dios podrá cambiar eso jamás.

Al decir la última palabra, Gabrielle sintió algo en las manos. Las abrió y vio que tenía las palmas inundadas de luz. La misma luz le tocó los pies. Al momento, la luz desapareció y sus heridas quedaron curadas.


Tumbadas en sus petates unidos, Xena y Gabrielle dormían la una al lado de la otra. Los brazos de Xena rodeaban a Gabrielle. Sujetaba las manos de Gabrielle entre las suyas. Las de Gabrielle curadas. Las de Xena heridas. El sol apareció por encima del horizonte. Sus rayos viajaron a través de los árboles y avanzaron como una ola brillante hasta cubrirlas a las dos. Xena se despertó primero. Al ver el sol, estrechó a Gabrielle con más fuerza. Despertándose, Gabrielle soltó la mano de Xena para colocarse el brazo sobre los ojos. El sol era cegador. Pronunció el nombre de Xena.

Por segunda vez, una luz brillante e independiente empezó a emanar de las palmas de Gabrielle. Recorrió sus brazos y todo su cuerpo, envolviéndola. Xena abrazaba a Gabrielle con todas sus fuerzas, hundiendo la cara en la nuca de Gabrielle. Ésta volvió a exclamar el nombre de Xena. Su grito expresaba amor, anhelo y pérdida inminente. Xena echó la cabeza hacia atrás y gritó a pleno pulmón:

—¡Artemisa! ¡Hades! ¡Tened piedad!

La luz duplicó su intensidad. Se movió para tocar a Xena y la arrastró por completo a su dominio. Su resplandor explotó y se apartó de las dos.

Artemisa y Hades aparecieron en espíritu. Artemisa habló primero.

—He desafiado a Afrodita toda mi vida. Le concederé esta victoria, si estás de acuerdo.

Hades miró a las dos mujeres que yacían en el suelo del bosque y sonrió.

—Tengo una gran deuda con Xena. Estoy de acuerdo.

Para Artemisa quedaba un asunto más por resolver.

—Y cuando vuelva a llegarles la hora, ¿vivirán en los Campos Elíseos o en la tierra de las amazonas?

Hades propuso:

—Han viajado juntas toda su vida. ¿Por qué no en ambos sitios?


Gabrielle yacía inmóvil entre los brazos de Xena. Las emociones de Xena estaban tranquilas. Estaba dominada por la calma, de corazón, mente y alma. La misión había terminado. Lo que estaba incompleto ahora estaba completo, lo inexpresado expresado. El hecho de que sólo las palabras de Xena pudieran llevar a Gabrielle a expresar las suyas era una verdad teñida de la mayor ironía. Al final, no sabía de quién eran las palabras que se tenían que expresar. No importaba. Ya estaba todo hecho.

Xena se echó hacia atrás sólo lo suficiente para mirar la cara de Gabrielle. Tenía los ojos cerrados. La tensión de su frente se había relajado con la muerte. El cuerpo de Gabrielle seguía caliente. Xena se aferraría a ese calor un poco más. Los dioses habían dado a Xena el regalo de poder abrazar a Gabrielle mientras su alma ascendía. El recuerdo de la cruz siempre iría con ella, pero no sería el último recuerdo. El frío de la cumbre de la montaña había quedado sustituido por el calor de sus cuerpos durante la noche. Acarició suavemente la mejilla de Gabrielle con el dorso de su mano curada.

—Ahora descansa. Estás donde debes estar.

Adormilada, Gabrielle cogió la mano de Xena con la suya y se la llevó a los labios. Depositó un beso en ella. Con la otra mano, Gabrielle apretó más a Xena contra ella y susurró:

—No me sueltes.

Xena se quedó atónita. Comprobó que efectivamente Gabrielle respiraba al ritmo de su propia respiración. Los dioses habían tenido piedad. Xena no iba a discutir su ejercicio de poder. Esta vez no. Empezó a sonreír. La terquedad de Gabrielle, su osado desafío a los dioses, ¿tanto habían conmovido a Artemisa y a Hades? ¿O había sido el valor de las dos al arriesgar la certidumbre por la verdad desconocida e inexpresada? Xena se sintió llena de humildad y agradecimiento. Cerró los ojos y se unió a Gabrielle en el sueño, sabiendo que pronto volverían a despertarse para reanudar su vida juntas.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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