La cumbre de la montaña

Mayt



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Nota de Atalía: Ésta es la continuación de un relato anterior, La última noche, que sería muy recomendable leer primero.

Título original: The Mountain Ridge. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Llegaron a la cumbre de la montaña. Más allá había una cruz tras otra. Cada una con una figura humana, si no tocada por la muerte, a la espera de su abrazo final. A sus pies, la base de una cruz vacía tirada en la nieve. Todo era silencio salvo por el viento. El frío podría ser una bendición, al calmar el dolor que no tardaría en acompañar a los clavos incrustados en sus manos y pies. Este momento de pragmatismo distrajo a Xena. Se miró las manos, recordando los estigmas que le aparecieron en su combate con Alti. Entonces el dolor fue dulce. Hablaba de una posibilidad a la que había renunciado. Le prometía a Gabrielle aún en esta vida. La promesa tenía un precio y ahora los soldados romanos venían a cobrarlo.

¿Qué había ocurrido con el tiempo? La muerte de Esperanza, la revelación de que Talasa seguía viva aunque mutilada de cuerpo y espíritu, la batalla entre César y Pompeyo y lo que, al mirar atrás, a Xena le parecía el comienzo del fin del viaje espiritual de Gabrielle. Llevar hombres al combate, por justificado que estuviera, era algo que superaba a la estructura moral de Gabrielle. Una estructura que había sido sometida a prueba una y otra vez y por ello se había hecho frágil y corría peligro de desmoronarse. Hubo falsos profetas, Najara, en su despiadada y errónea cruzada por el bien. Y luego vino Aidan. Uno dispuesto a apoderarse del bien del mundo y consumirlo para sus propios fines egoístas. Gabrielle aprendió de cada uno de estos hechos. Separando el trigo de la paja. No ocurrió hasta la India. La India las hizo más humildes a las dos. La India fue un profundo catalizador. Siguió impertérrita, pero no se podía decir lo mismo de ellas dos. El orgullo y el alivio al ver a Gabrielle renunciar a su vara fueron unidos a un resurgimiento del miedo. La creencia en la no violencia colocó a Gabrielle en una posición de vulnerabilidad que sólo su fe y su ingenio iban a ser capaces de mitigar. Se imaginó el viaje de Gabrielle como un sendero a través de un valle de gran profundidad. A cada lado, las antiguas sabidurías, como elevadas montañas, se alzaban para proteger, pero en realidad no podían animarse y cambiar de posición, interponiéndose entre Gabrielle y el daño que se cernía ante ella. Ése había sido el propósito de Xena.

La India reafirmó a Xena. No se disculparía por la palabra guerrera tal y como la había vivido en los últimos años. Era quien era. Cuando se fueron de la India, Xena tenía la esperanza de que como guerrera podría seguir protegiendo a Gabrielle. Al menos hasta este día. Este día llegó demasiado pronto. ¿Por qué tenían que perder la vida justo cuando las revelaciones rompían la oscuridad?

El soldado la cogió del brazo con sorprendente delicadeza. Al recibir su atención, le hizo un gesto para que se tumbara sobre la cruz. Tal vez también él había visto demasiadas muertes. Pero era soldado y debía enfrentarse a las consecuencias de su profesión. Xena se volvió hacia Gabrielle. No hubo palabras. El silencio entre ellas, entre ellas y los soldados, no debía interrumpirse. En el silencio, la cumbre de la montaña tenía la única voz.

Gabrielle ocupó su lugar sobre la cruz. No lucharía. Ni siquiera en espíritu. Rendirse le daría una paz mayor. Con los brazos extendidos, elevó la mirada al cielo gris y los remolinos de nieve. Notó que un soldado le colocaba las piernas y el torso. Hacía su trabajo con eficacia, metódicamente. ¿Vería las cruces en sueños o podía separarse de la violencia de la crucifixión? Sería pronto. Volvería a sentir el dolor. Alti ya le había hecho vivirlo una vez. Irónicamente, el conocimiento de cómo sería el impacto del metal a través de la carne había disminuido su angustia. No había nada desconocido. Los momentos que se acercaban eran familiares. Sí, se acercaba el momento. Se volvió hacia Xena.

Xena consideró lo que iba a decir. Ya lo había dicho en una ocasión anterior cuando Gabrielle y ella se disponían a enfrentarse a Esperanza. Aquella vez, Xena se había resignado a su propia muerte. Consecuencia de librar al mundo de la hija de Dahak. Consecuencia del trato de Gabrielle con Ares. Se habían tomado decisiones y Xena necesitaba que Gabrielle supiera que aunque Gabrielle había cometido un error de juicio, Xena jamás lamentaría la vida que habían tenido juntas.

—Gabrielle. Eres lo mejor de mi vida.

Gabrielle sabía que aunque nunca habría una respuesta que pudiera expresar el grado de su emoción, sí que había dos palabras que con su sencillez le servirían bien.

Su voz era tranquila, segura y dulce:

—Te quiero, Xena.

Xena oyó las palabras. Las había oído una y otra vez cuando la atormentaba la visión. ¿Era esto un sueño, otra visión ampliada? ¿Se despertaría para encontrarse a salvo con Gabrielle a su lado? Fue una breve esperanza, un truco de la mente. Habían pasado tantas cosas, demasiadas cosas.

El viento arreció y con él su voz. El martillo golpeó el clavo. El clavo atravesó la carne y la propia voz de Gabrielle se elevó involuntariamente en un grito de dolor. El martillo golpeó el clavo. El clavo atravesó la carne y el grito de Xena se unió al de Gabrielle. El martillo, martillo, golpeaba la carne, la carne. El aliento entraba y salía con renovados gritos.

Los soldados pasaron sus martillos a los que estaban situados en la base de las cruces que tenían asignadas. Esos soldados cogieron otro clavo y lo colocaron con experta precisión. Cada uno levantó el martillo, completando el golpe con la fuerza necesaria para atravesar la piel, los tendones y los huesos de los pies de las mujeres. Estaban tan concentrados que apenas notaron los espasmos de las piernas en respuesta a la violación. Su concentración era tan grande que ya no oían los gritos de las mujeres. Si los hubieran oído, habrían reconocido el tono más agudo. La fuerza y belleza persistentes que encarnaban esas dos voces. Habrían pensado en la canción que se podría haber entonado con esas voces de haber sido otro lugar y otro momento y otra circunstancia.

Silencio salvo por el viento de la montaña y las pisadas de los soldados preparándose para alzar la cruz de Xena. El movimiento fue afortunadamente suave hasta que la cruz dio una sacudida y se colocó en su sitio. Xena había cerrado los ojos. Concentraba toda su fuerza con el fin de recuperar la calma. Gabrielle también se había quedado en silencio. A Xena sólo le cabía esperar que Gabrielle hubiera perdido el conocimiento. Desde la cruz, Xena volvió la cabeza y miró hacia abajo. Los soldados habían empezado a levantar la cruz de Gabrielle. Tardó sólo unos segundos en quedar estabilizada.

Gabrielle levantó la cabeza hasta que sintió la superficie de madera. Su dolor estaba localizado. Se concentró no en sus manos y sus pies, sino en su respiración. Se concentró hasta que el dolor disminuyó, hasta que dejó de definirla.

Su pasión nunca había sido mayor. Para Xena, las pulsaciones que procedían de sus heridas la hacían sentirse intensamente viva. Sabía que el tiempo y la intemperie le quitarían la fuerza. Por ahora el propósito de su vida estaba claro. Necesitaba sobrevivir a Gabrielle. No permitiría que Gabrielle presenciara su muerte. Gabrielle no moriría sola.

Era difícil calcular el tiempo. El viento y la nieve rechazaban el sol. ¿Habían pasado minutos u horas? El frío le había entumecido el cuerpo. Un tipo distinto de dolor físico empezó a apoderarse de Gabrielle. Se sentía débil. Su concentración empezó a flaquear al rozar la inconsciencia. ¿Estaba preparada para morir? Parecía que lo único que tenía que hacer era decidir rendirse. Sus esfuerzos para apartar sus pensamientos del ataque que sufría su cuerpo la llevaron a lo familiar. Había revivido su vida. Su infancia con su hermana y sus padres, su amor por Pérdicas, las personas que había conocido, las que había ayudado y, con honradez, aquellas a las que había hecho daño sin querer. Podía perdonarse a sí misma por actos de ingenuidad. Su carga era perdonarse por sus decisiones conscientes. Con el tiempo, había superado el haber matado a Meridian. El hecho de que estuviera implicado Dahak no era excusa, pero sí que daba a su acto un contexto que permitía la compasión. Gabrielle se consolaba a sí misma con el hecho de que Xena la hubiera perdonado y nadie había salido peor parado. Xena jamás le había hecho daño hasta la muerte de Solan. La locura de la guerrera por la pena tampoco se podía disculpar. Y sin embargo, la profundidad de la rabia de Xena no era mayor que la convicción de Gabrielle de que Esperanza era la inocencia y no el mal. Las dos estaban equivocadas, pero las dos podrían encontrar defensor de ser juzgadas. Finalmente, estaba Esperanza. Nunca había comprendido del todo la odisea de su hija. Siempre sería un misterio. ¿Por qué la vida da tantas vueltas? Gabrielle no podría haber llegado a ser lo que era de no haber sido por Esperanza. Las preguntas planteadas. Las pocas respuestas halladas. Nada de esto habría existido.

Cuando se está a punto de morir, las penas y los remordimientos pesan en el alma. ¿Pero y la alegría? Había habido tanta alegría y maravilla. Alegría en una vida compartida con Xena. Maravilla en lo visto desde Grecia hasta la India. Incluso la cumbre de esta montaña, que le estaba quitando la vida, tenía su propia majestuosidad.

Le empezaba a costar concentrarse. Su respiración era superficial. Quería dormir, dejarse ir, pero eso supondría dejar a Xena. Una promesa de vidas futuras donde sus almas estaban destinadas a volver a conectar era un motivo de consuelo. Por el momento, en este momento, si se rendía, dejaría a Xena.

Gabrielle abrió los ojos y se volvió hacia Xena. Xena la estaba esperando. Gabrielle intentó hablar, pero ya no tenía fuerzas. Gabrielle sintió la pena de haber esperado demasiado. Miró a Xena a los ojos. Esperó contra toda esperanza que Xena comprendiera por intuición.

Xena había mantenido la vigilia. Suponía que Gabrielle había estado rezando. El cuerpo de Gabrielle conservaba la postura rígida de la vida. Todavía tenía que desplomarse. No había razón para molestar a Gabrielle. Por muy sola que se sintiera Xena, esperaría. Los ojos de Gabrielle buscaban ahora los suyos y Xena sintió que no podía haber mayor recompensa por su paciencia. Gabrielle se había debilitado mientras buscaba una paz final. Xena se dio cuenta de que a Gabrielle le había llegado la hora.

Volvió el silencio. Ni viento, ni latidos, ni sensaciones, sólo la mirada de Gabrielle. El último acto de amor de Xena por Gabrielle fue una sonrisa y un gesto afirmativo con la cabeza. Ante esto, Gabrielle cerró los ojos y renunció a lo que le quedaba de fuerza. Murió cuando empezaba a oscurecer.

Pasaron otros dos días antes de que el carro de Hades apareciera ante Xena. Él la miró con admiración. El espíritu de Xena abandonó su cuerpo. Se colocó al lado de Hades.

—¿Estás lista, Xena? —preguntó Hades con todo respeto.

Ella se volvió y miró de nuevo el cuerpo de Gabrielle en la cruz. Durante esos dos días había seguido acunando a Gabrielle con los ojos. Nada más tenía importancia para Xena. Cuántas veces durante su vida juntas Xena se había permitido observar simplemente a Gabrielle, ya fuera caminando delante de ella, nadando, cocinando o durmiendo. Con ese acto sentía una maravillosa calidez. En la cruz, sus diferencias no tenían importancia. El hecho de que cada una hubiera tenido a la otra en su vida era testimonio de un vínculo que superaba cualquier otro que Xena hubiera conocido o pudiera haber tenido antes de conocer a la joven, enérgica y difícil bardo. Cuánto había llegado a quererla y necesitarla. Xena se sentía defraudada en el sentido de que no tendría medio de rendirle tributo. Pues en su renovada soledad, le había surgido el deseo que asegurar que la historia escribiera sobre la joven de Potedaia.

Volviéndose a Hades, Xena declaró, más que preguntó:

—No me uniré a las amazonas.

—Eres de mi mundo, Xena.

Xena afirmó:

—Sí, lo soy.

Con eso, Hades azuzó a su caballo y el carro emprendió la marcha.


FIN


Continuación: Lo inexpresado


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
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