¿Lo sabes?

Lawlsfan




Título original: Do You Know? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


“Incluso en la muerte, Gabrielle, jamás te dejaré...”

Tus palabras del pasado son un agradable mantra que embota mi cerebro, mientras escucho los sonidos de la construcción de cruces más allá de los confines de nuestra celda. La muerte llegará pronto y nos enfrentaremos a ella juntas, tú y yo. Aquí estamos, en el momento final, y me siento humilde y reverente ante tu inquebrantable gentileza, aunque no esperaba menos de ti. Pero eres una masa destrozada de carne y hueso y tu dolor es más que evidente, mientras yaces inmóvil en mis brazos, y así y todo eres capaz de sacar fuerzas de una fuente profunda de tu interior para consolarme:

—No llores.

Sonrío y te ruego en voz baja que cierres los ojos y descanses. Lo haces mientras yo me entrego a mi propia resignación. Esperamos en silencio a que los martillazos de fuera cesen y a que nuestro destino se cumpla.

Es curioso esto del destino. Preferiría haber muerto que haberte metido en esto. Ja, qué ironía. Y tú sabías que podías haberlo cambiado para ti y sin embargo te mantuviste fiel a él, por mí. En efecto, sabemos desde hace tiempo que nos íbamos a tener que enfrentar a ello. Pero mientras tú lo preveías, yo lo negaba, y mientras yo lo negaba, tú lo creías. Y ahora aquí estamos y, tal y como dicta el destino, tú, la poderosa guerrera, has caído derrotada al fin por una maldad simple e implacable que nos ha estado torturando a las dos durante muchísimas lunas. Cuánto dolor y sufrimiento nos han causado. Las dos hemos intentado superarlo: superar el odio, superar la amarga ansia de la dulce venganza. Pero el tormento no cesaba. Y ahora, en este momento, continúa y lo único en lo que logro pensar es en que deseo que su venganza sea agridulce, deseo que les emponzoñe el alma como el veneno de una serpiente. Pero lo agridulce es que, mientras nos enfrentamos a nuestra noche más negra, estamos juntas, siempre juntas... siempre. Ah, estoy convencida de que Calisto no ganará esta última batalla. No puede porque nosotras no vamos a perder. No hay modo de que perdamos porque nos tenemos la una a la otra. No, ella será la única que sufra la retorcida oscuridad. Y en cuanto a César... bueno, en el destino estoy segura de que también se llevará lo que se merece. Sí, es posible que al final la venganza sea nuestra y casi saboreo su dulzor en la lengua. Creo...

Gimes suavemente y abres los ojos, con la cabeza apoyada ligeramente en mi regazo. Observo hechizada mientras una lágrima se escapa de tu ojo y cae despacio por tu mejilla. Resbala hacia abajo y con ella se hunde mi corazón. Por los dioses, qué cruel es el destino. Ansío acariciar y calmar tu dolor, sentir cómo se apodera de mí, acogerlo como si fuese el mío. Que tu sufrimiento sea mío. Santo Zeus, por favor, ¡haz que su sufrimiento sea mío! Pero sigues llena de dolor y yo sólo puedo cerrar los ojos y maldecir a los cielos por la crueldad despiadada de las Parcas. Mis pensamientos se hunden momentáneamente en la culpa, en un viaje por las profundidades oscuras de la inseguridad azuzada por tu dolor.

¿Qué podría haber hecho yo para cambiar este destino? Ojalá no hubiera seguido ciegamente ese camino. Ojalá hubiera luchado a tu lado desde el principio. Pero es que era mi camino: el camino del crecimiento, el camino del aprendizaje, el camino que durante un tiempo elegí como mío. Y tu camino era hacerte a un lado para verme crecer y pasar de niña a amiga, a mujer y, por fin, a persona convencida de su propio poder interior. Paciente y sin pretensiones, observaste todo y me diste la libertad de ir tropezando por mi camino de autodescubrimiento. Me sostuviste, me dejaste caer, me recogiste, me dejaste caer, me dejaste aprender y, sobre todo, me permitiste ser humana. Sí, amiga mía, sólo humana: así que, ¿qué podría haber hecho yo para cambiar este destino? Te miro a la cara y a los ojos, tan dulces y llenos de una curiosa paz, y me doy cuenta de que la culpa aquí no tiene lugar, sólo la fe y el amor. Pero así y todo debo preguntarme, ¿qué podría haber hecho yo para demostrarte cuánto te quiero por permitirme ser humana? Tiene que haber algo que pueda decir ahora para que lo sepas. Siento que se me acelera el corazón cuando el ruido de los martillazos se detiene de repente. Están listos para nosotras.

Ay, en serio, ¿qué puedo decir? Palabras, palabras, palabras, no significan nada. No son más que sonidos vacíos que proferimos cuando nos da por ahí en un mundo que a veces es demasiado ruidoso para que consigamos oírlos o captarlos siquiera. Arremolinadas en ese estrépito de la existencia cotidiana, las palabras son sólo pretensiones interpretativas del significado más auténtico de nuestra alma y muy a menudo son efímeras. Sí, las palabras son tan queridas para un bardo que por algún motivo siento que son las dueñas de mi alma. Sin embargo, de verdad creo que yo también las domino, igual que tú, la guerrera, dominas tu espada y tu chakram. Pero hoy tu chakram se ha vuelto contra ti en manos de otra y parece que mis preciadas palabras me han abandonado también y me han hecho esclava de su inutilidad. Pues aquí estamos, en el momento final, y no sé qué decir para expresar cómo me siento de verdad. ¿Sería posible que lo supieras de todas formas? ¿Lo sabes? Tus ojos me contemplan maravillados, doloridos, apenados, furiosos, aliviados. Esos ojos amenazadoramente hermosos y penetrantes: me llena de tristeza ver las lágrimas que los colman y que se llevan tu espíritu indomable. No, no tienes que decir ni una palabra, lo sé. Las palabras ya no nos pueden salvar.

Vienen a buscarnos. Oigo los pasos que se acercan por el pasillo. Se acercan... ellos se acercan y nosotras caemos demasiado deprisa a nuestro oscuro destino.

“Jamás te dejaré...”

Mis pensamientos arremolinados se dirigen rápidamente a la desesperación: estoy desesperada por llegar a la verdad. ¿Tú conoces la verdad? Tienes que conocer la verdad. Por los dioses, qué bella eres.

“Incluso en la muerte...”

¡Agárrate a mí y no me sueltes nunca! Pareces sobresaltada cuando unas manos amenazadoras y frías te agarran y tiran... nos separan tirando de nosotras. Desesperada, me aferro a ti y lanzo palabras de súplica en un intento de rechazar su intrusión.

—¡No! ¡Todavía no! —No te lo he dicho. Tengo que decírtelo. Me tienen que dar tiempo—. ¡Por favor, un minuto más! Por favor...

Los secuestradores anónimos y sin rostro ceden despacio y de mala gana por el momento y te miro a la cara una vez más en silencio. El amor es la fuerza más poderosa del universo, ¿no? Entonces, ¿por qué las palabras “te quiero” suenan tan huecas en mi mente en este momento? No consigo obligarlas a salir de mis labios. En cambio, vuelvo a acunar tu cabeza entre mis brazos y te estrecho contra mi pecho. Pareces dispuesta a descansar ahí y exhalar tu último suspiro. Ojalá pudiera ser así de fácil. Pero el final será frío, descarnado y doloroso. Lo sabes. Sin embargo, tu rostro brilla de valor, dignidad y confianza. ¿Oyes cómo late mi corazón por ti? Coloco la mano sobre tu mandíbula y vuelvo tu cabeza hacia mí. Tienes la piel fría. Pero tus ojos gélidos arden como el fuego. Tus ojos declaran desafiantes: Jamás te dejaré...”

Se nos acaba el momento. Las manos amenazadoras vuelven a caer impacientes y despiadadas sobre nosotras, te agarran e intentan arrancarte de mis brazos. Tiro de ti, te estrecho con más fuerza, aguantando, luchando contra ellos con todas mis fuerzas. Con el poder del amor, nuestro amor, aguanto. Conozo la verdad... ¿y tú? Las palabras me han fallado, pero el amor no y nunca me fallará. Creo en su poder. Por primera vez y última, coloco mis labios sobre los tuyos con amor y en ese único y precioso instante, nuestro silencio se rompe. Tus labios son cálidos, suaves, persistentes y receptivos a mi vacilante y silenciosa declaración. Y entonces, me doy cuenta de que lo sabes... lo has sabido siempre, ¿verdad?

“Incluso en la muerte, Xena... siempre te amaré”.

Nos sonreímos la una a la otra en silencio mientras te apartan de mí a rastras. Pero es suficiente porque sé que tú lo sabes. Pues muy bien, que empiece la eternidad...


FIN


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