Enséñame todo lo que sabes

Lawlsfan



Contenido alternativo moderado: Este breve relato presenta un profundo e imperecedero amor entre dos personas adultas que resulta que son mujeres. En esta historia, comparten “algo” especial que a algunos les puede parecer ofensivo, aunque yo jamás lograré entender su razonamiento. Así que, aunque detesto tener que poner un aviso sobre este tipo de contenido, supongo que la costumbre me obliga a hacerlo.
Moderado destripamiento de episodios: Se han tomado prestados y se han incoporado a este relato elementos del episodio de la primera temporada Pecados del pasado.
Xena, la Princesa Guerrera
, sus personajes y todo el material relacionado son propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures © 1995-2000. La idea para el argumento de Enséñame todo lo que sabes es propiedad exclusiva de la autora (yo) © 2000 Lawlsfan. No se puede copiar y/o reproducir este relato en forma alguna sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Enséñame todo lo que sabes se terminó el 7/1/00.
Siempre se agradecen comentarios en: lawlsfan@aschweb.com. No seáis tímidos, decidme lo que pensáis. :-)

Título original: Teach Me Everything You Know. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Pues aquí estamos, al parecer en el punto donde empezamos hace tanto tiempo. ¿Hemos vuelto a los orígenes? No lo sé. Porque tú te marchas y yo me quedo, ¿y acaso no nos hemos enfrentado a una situación parecida en otras ocasiones?

En una habitación en penumbra iluminada únicamente por una vela vacilante compartimos un último y tierno momento tú y yo, mientras que fuera comienza el ruido de los preparativos. Al tiempo que una lágrima corre silenciosa por mi cara, alargo la mano y cojo la tuya y me maravillo por la suavidad que todavía pervive en esa carne que ha sufrido la ira de tantos crudos inviernos y los trabajos de una vida bien vivida.

—Por favor, tienes que llevarme contigo... —te ruego, apretándote más la mano—. Enséñame todo lo que sabes. No puedes dejarme aquí.

No hay respuesta, como ya me esperaba, y el silencio es ensordecedor para mis oídos. De mala gana te devuelvo la mano y me quedo mirando tu cara fijamente. Qué tranquila pareces, qué dispuesta a seguir adelante. Por los dioses, qué guapa has sido siempre. Y aunque en las últimas lunas la edad y el desgaste de tu cuerpo han apagado el fuego de tus ojos, tu espíritu eternamente ardiente no puede ser sofocado. Incluso ahora tu esencia me deja maravillada: me da fuerzas y ofrece firmeza a mi corazón. El poder tranquilo de tu amor, de tu fe, de tu esperanza y tu compasión sigue aquí, insuflando vida a mi débil existencia. Dejo que una sonrisa aflore en mis labios al recordar que hasta la guerrera que había en ti era capaz de emocionarse al instante por el llanto de un bebé o la muerte de una mascota muy querida.

—Quiero ser como tú.

Se me escapa otra lágrima que cae por mi mejilla al tiempo que alargo la mano y enredo un mechón de tu pelo entre mis dedos. Ay, cómo me maravillaba por su suavidad, y por ese color tan increíblemente precioso y tan distinto del mío. Menudo par éramos tú y yo: tan distintas, como la noche y el día. Y ahora me asombro al ver las numerosas canas que, hasta hoy, no había advertido ocultas entre los mechones que rodean tu cara. ¿Cuándo te salieron? Desvío la mirada y contemplo mi propio reflejo en un espejo que está encima de una mesita cerca de la pared. ¿Cuándo nos hicimos tan parecidas? Eso sólo podría decirlo el tiempo, pero ha estado demasiado ocupado pasando a toda velocidad.

Alguien llama suavemente a la puerta y una voz lejana declara que ya casi ha llegado el momento de que te vayas. Alargo la mano para aferrar la tuya una vez más y me la llevo a los labios, pues aún no quiero entregarte a la eternidad. Entonces noto una mano que se posa en mi hombro y al volverme me encuentro con unos ojos tristes, tus ojos, que me miran con una expresión lastimeramente inquisitiva.

—¿La abuelita se va ya?

Se me escapa otra lágrima al asentir con la cabeza y luego le rodeo los hombritos con el brazo y la estrecho contra mí. Apoya la cabeza en mi hombro y se queda mirando tu cara. Suspira.

—Echo de menos. —Le tiembla la voz al mismo ritmo que el temblor de su labio inferior. Te coge la mano, te besa el dorso con ternura y vuelve a depositarla con cuidado en la mía—. Para siempre —dice suavemente, sonriéndome alegremente a través de las lágrimas.

—Sí —respondo apagadamente, y con una pena desgarradora te suelto por fin la mano y me levanto.

Noto unos deditos que rodean los míos y les dan un suave tirón. Entonces una voz valiente pero infantil, con inocencia pero sin saberlo, me atraviesa hasta lo más profundo de mi ser.

—Da beso de adiós.

A través de las lágrimas que empiezan a manar como agua de mis ojos, vuelvo a contemplar tu rostro y lo observo atentamente. Cada arruga, cada curva, cada precioso contorno se me quedan grabados instantáneamente en la memoria para permanecer en ella durante todo lo que me quede de vida. El recuerdo me sostendrá, tendrá que hacerlo. Luego, tras depositar con ternura un último beso en tus labios, por fin te dejo ir y me doy la vuelta al tiempo que entran y comienzan los preparativos para tu marcha.

Dos bracitos me rodean la pierna y noto cómo me da un beso ligerísimo en el muslo. Cierro los ojos y suspiro, luego me agacho y la levanto en brazos. Me rodea el cuello con fuerza con sus brazos y observa detrás de mí toda la actividad que te rodea, y luego, tras un largo momento, apoya solemnemente la cabeza en mi hombro. Cuando le froto la nuca con la nariz, me doy cuenta de que el pelo le huele a lilas y a verano, igual que a su abuelita. Cierro los ojos y me pongo a tararear tu canción preferida y al poco ella también la tararea. Te habrías sentido orgullosa: se parece tanto a ti y, sin embargo, es capaz de cantar. Sonrío un poco entre lágrimas. Es la hora.

Vamos detrás cuando te llevan a la pira funeraria preparada en el centro de la plaza. Al caminar despacio hacia ella a través de la multitud de ojos llorosos que te acompañan, sólo soy consciente de dos cosas: del doloroso latido de mi propio corazón y del sonido de tu voz que resuena en los recovecos de mi cerebro.

No te voy a decir adiós, Xena, porque volveremos a estar juntas... algún día.

El triste golpe de los tambores cesa de repente. En el silencio todo el mundo espera: espera a que yo te libere y te envíe a tu viaje. Me siento la mano como si fuese de piedra y me cuelga al costado, demasiado pesada para levantarla. Pero debo levantarla, pues ha llegado la hora y nuestro breve momento en esta vida ha terminado. Cierro los ojos y suspiro, resignada, buscando las fuerzas en mi interior. En mi mente, veo tu cara, sonriente y tranquilizadora. De repente, vuelves a gozar de juventud y vitalidad y me ruegas una vez más:

—Enséñame todo lo que sabes...

Enséñame todo sobre la fuerza, sobre el amor, sobre la esperanza, sobre la vida.

—Gracias, Gabrielle —digo suavemente al tiempo que alzo despacio la mano y doy la señal a las arqueras. Disparan a la vez sus flechas llameantes y la pira estalla en llamas ante mí. La contemplo con calma unos momentos, notando el calor en la cara. Luego cierro los ojos y vuelvo a ver tu cara, una sonrisa se apodera de mis labios y una tranquila paz me envuelve el corazón, pues ahí residirás hasta el día en que deje de latir.

Mientras las llamas ascienden cada vez más hacia el cielo oscurecido, siento que tu alma toca la mía y por un intante en el tiempo volvemos a ser una sola, y entonces, en un segundo, desapareces.

—Hasta algún día, amor mío...


FIN


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