Ojalá estuvieras aquí...

Lariel y Temora



Descargo: Los derechos de autor, de RenPics, no nuestros. Violencia/sexo, nada. Llevamos una vida limpia y sana. Hoy.
Advertencia: ¡Esto es lo que ocurre cuando dos bardos chocan! Pura tontería. Disfrutadlo... porque mañana estaremos sobrias. Como siempre, se aprecian comentarios... por favor, escribidnos a las dos, porque la culpa es de ambas.
Lariel: Lariel_a@hotmail.com
Temora: temoram@yahoo.co.uk

Título original: Wish You Were Here... Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El campamento estaba hecho un desastre: muslos de pollo a medio comer asomaban por unas botas altas de cuero, había toda clase de objetos colgando de los árboles y Xena estaba llorando.

De repente, se oyó un crujido genérico entre los arbustos. No sabía qué clase de crujido era exactamente, pero sí sabía que si era la clase de crujido que la veía llorando, tendría que sufrir una muerte horrible. Eran esos días del mes.

De modo que metió el pergamino de Millius y Boonus a medio leer donde estaban los huesos de pollo, agarró la espada (que siempre estaba a mano por si había interrupciones tipo crujido genérico) y se puso a afilarla con gran energía.

El crujido rubio apareció con los brazos cargados de pergaminos satinados, los dejó en el suelo en una pila y sonrió a la guerrera de oreja a oreja.

—Ah, así que estás afilando la espada, ¿eh? ¿Pero te queda espada?

—¿Qué es eso? —Xena señaló con desconfianza los pergaminos a todo color que ahora estaban a sus pies.

—Es que —anunció Gabrielle alegremente—, he tenido una idea maravillosa. ¿A que no sabes lo que vamos a hacer los próximos quince días?


—No me refería a esto —rezongó una bardo muy mosqueada al pasar de mal humor ante otro elaborado muestrario de armamento.

Xena, que, sin apenas disimular su deleite, estaba toqueteando un hacha cantarina de doble filo de Mesopotamia ("¡Canta al cortarte la cabeza!" decía la tableta de piedra que había al lado), se limitó a gruñir y pasó a la siguiente vitrina. Era un excelente ejemplar fenicio de cucharas rítmicas de tortura ("Talla única para todas las frentes"), una de cuyas variantes ella misma había usado a menudo en su maligno pasado. Muchos soldados fuertes habían acabado como una sombra derrotada y suplicante de su antiguo ser después de que Xena, regocijada, hubiera tocado su canción principal (con regocijo) en diversas partes de sus cuerpos. En aquellos días era de lo más ingeniosa. Ah, qué recuerdos...

—Xena, ¿quieres dejar esas cucharas? Son antigüedades, sabes, y el cartel dice que no se deben tocar.

—¿Qué cartel? —murmuró distraída la ex manejadora de cucharas.

—Ese cartel de ahí —señaló el dedo amonestador de la bardo.

"Absténganse de tocar el Armamento Asesino. Está muy afilado".

Cuando los labios de la guerrera dejaron de moverse, el dedo bajó un poco más, señalando un segundo cartel.

"La dirección no se hace responsable de la pérdida de sangre o miembros. Por favor, mantengan vigilados en todo momento a los niños y a posibles y desenfrenados señores de la guerra jubilados".

Xena dejó las cucharas con aire culpable y miró furtivamente a su alrededor para descubrir a su nervioso guía turístico allí cerca, flanqueado por doce fornidos ayudantes que murmuraban cosas como:

—Díselo tú.

—Yo no se lo digo. Sé quién es.

—Sí, y yo. Usó las cucharas con mi hermano en una ocasión.

—Y es más grande que yo.

Xena les sonrió con aire de disculpa y todos retrocedieron horrorizados. Gabrielle dio una patada a la vitrina y toqueteó la Manta Gigante de la Muerte de las amazonas, luego se volvió hacia Xena y dijo con calma:

—Yo sé utilizar esto, ¿sabes?

Los doce fornidos ayudantes se orinaron encima al instante y Gabrielle retrocedió horrorizada, gritando:

—¡Es diez veces peor cuando está mojada! No querréis que me... —Notó unos tironcitos vacilantes en el codo—. ¿Qué?

Era Xena.

—Gabrielle, si no nos damos prisa, vamos a perder el carro del viaje.

—¿Y?

—Que ahora vamos a visitar los Archivos de la Guerra.

Gabrielle se animó.

—Ooh... ¡archivos! ¿Quieres decir pergaminos?

—¿Pergaminos? Sí... sí... —replicó Xena—. Eso es lo que es. Te va a encantar... te lo prometo.

—¡Genial! ¿A qué estamos esperando? ¡Vámonos!

ATENAS, VERANO, 45 a. de C.
Querida Lila:
Como puedes ver, por fin he conseguido convencer a Xena para que nos vayamos de vacaciones. Así que estamos en Atenas y es igual que en esta postal. Salvo que llueve y huele un poco mal. Xena lo está pasando maravillosamente.
Besos,
Gabrielle


ATENAS, VERANO, 45 a. de C.
Hola, mamá.
Como puedes ver, por fin he convencido a Gabrielle para que se venga de vacaciones conmigo. Atenas ha cambiado un poco desde la última vez que estuve aquí. ¡La han reconstruido muy bien! Oye, ¿sabías que en los Archivos de la Guerra hay una exposición de restos humanos? Gabrielle no lo sabía. Lo estoy pasando maravillosamente.
Besos,
Xena

El carro turístico avanzaba botando por la calle empedrada, haciendo que la cabeza de Xena se meciera sobre el hombro de Gabrielle.

—Xena, despierta. Me estás llenando de babas.

Xena, medio dormida, murmuró:

—Nunca te has quejado. —Y volvió a quedarse dormida sin más.

—Bueno, nunca he participado en el viaje turístico "Lanzas, Espadas y Señores de la Guerra" —gruñó la bardo—. Yo quería hacer un viaje cultural, una gira turística para explorar las cosas bellas de la vida, Xena. Arte. Literatura. Música. Teatro. Pergaminos. Buenos hoteles, sitios donde no nos vigilen en todo momento...

Los doce fornidos ayudantes la saludaron desde el asiento de atrás.

Gabrielle torció el gesto y continuó.

—¿Pero de dónde has sacado este viaje? No estaba en ninguno de los folletos, y aunque hubiera estado, ¡es la última clase de viaje que habría querido hacer! Pero por favor... ¡restos humanos! ¡Recreaciones de batallas! Te has apuntado a este viaje sólo para fardar, ¿verdad? Para ser una guerrera de pocas palabras, ¡qué poco te importa que esas palabras traten de ti!

Xena entreabrió un ojo, evaluó la situación con sus extraordinarias facultades de señora de la guerra y decidió fingirse muerta.

La bardo no se dejó engañar.

—¡Sé que me estás oyendo! ¡Se suponía que estas vacaciones eran para las dos! ¡Algo que podíamos hacer juntas! ¡A mí no me gusta ver cabezas reducidas clavadas en picas!

—A mí sí —dijo Xena.

La ancianita sentada detrás de ellas se echó hacia delante y le clavó a Gabrielle un dedo huesudo.

—A mí me ha parecido una muestra fascinante del arte primitivo de la reducción de cráneos. En aquellos días todo era cuestión de estilo. Hoy día, no es más que encoger a toda prisa para acabar de una vez. No hay elegancia.

Xena sonrió.

—¿Lo ves, Gabrielle? Es arte.

ESPARTA, VERANO, 45 a. de C.
Querida Najara:
Ya sé que sigues en coma, pero estoy segura de que uno de esos guardias tan amables que tienes te leerá esto. Hoy hemos visitado mazmorras y prisiones y me he acordado de ti. A Xena le ha parecido genial: se ha pasado todo el día soltándose de los grilletes y escapando de todas las celdas por las que pasábamos. Cómo le gusta alardear. ¿Todavía sigues en contacto con los genios? Espero que estés bien. Tengo entendido que estar en coma es muy descansado. Bueno, nos vemos pronto.
Gabrielle


ESPARTA, VERANO, 45 a. de C.
Querido Auto:
Qué gracia. Tardé horas en darme cuenta de que Gabrielle se había quedado encerrada en una de las celdas. Hicieron falta 12 fornidos ayudantes para sacarla y no te imaginas qué lenguaje más poco propio de ella. Yo me escapé de la infame caja escita de tres cerrojos y sólo hice daño a tres personas. Qué ganas tengo de que llegue mañana: ¡vamos a hacer una Excursión del Señor de la Guerra Misterioso! ¡Gabrielle está tan emocionada que se puso a hacer el equipaje anoche! Hace un tiempo estupendo.
Besos,
Xena

El pequeño grupo se congregó alrededor de su guía turístico, que agitaba su cartel de "L, E y S" en el vestíbulo del atestado anfiteatro. Xena, sonrojada y con los ojos brillantes, se volvió hacia Gabrielle llena de entusiasmo.

—Venga, Gabrielle, ¡no me digas que no te ha gustado!

—Bueno... tal vez si uno de los cristianos hubiera ganado... —contestó la bardo, con un tic nervioso.

—Ah, vamos, Gabrielle... —suplicó Xena, pasando las manos con alegre desenfreno por encima de la bardo salpicada de sangre—. Uuy... tienes una manchita...

—¿Se ha quitado ya? —preguntó Gabrielle con inocencia.

—Ahm... sí, ya está bien —contestó Xena con cautela, escurriendo subrepticiamente la parte de atrás del llamativo sari naranja que formaba parte del atuendo actual de la bardo.

—¡Atención, damas y caballeros! —exclamó el guía turístico—. Si todos tenéis una entrada, dirigíos a la parte de atrás de las prisiones, nuestra barbacoa fresca se servirá en cuanto la comida se sienta preparada.

—¡Oh, qué bien! —exclamó Xena, aplaudiendo emocionada—. Y después de comer, ¡vamos al Campo de Batalla Misterioso! ¿Qué será?

Gabrielle se frotaba enardecida los brazos y las piernas.

—¿Estás segura de que no tengo nada en la cara?

—No, estás bien. Pero no te acerques a los leones durante un rato.

CAMPO DE BATALLA MISTERIOSO, VERANO, 45 a. de C.
Querida Ephiny:
Qué gracia. Hemos ido a un campo de batalla misterioso y Xena se ha quedado muy decepcionada, pero a mí me han gustado las flores. No sé qué se esperaba, pero cuando quitas la batalla del campo, lo único que queda es el campo. Me dio mucha pena verla escarbando desesperada en busca de puntas de flecha entre las margaritas. Yo lo he pasado maravillosamente. Mañana, hacemos un viaje en barco por el Nilo. Xena me asegura que no es la época de inundaciones y que no hay pulpos en el Nilo. Estoy un poco nerviosa, pero seguro que todo va bien. ¿Qué tal están mis amazonas? ¿Hay que firmar algún tratado?
Todo mi cariño,
Gabrielle


CAMPO DE BATALLA MISTERIOSO, VERANO, 45 a. de C.
Querido Hércules:
El único misterio de este campo de batalla es si alguna vez hubo o no una batalla en él. ¡Peste de flores! ¡Qué timo! Gabrielle y sus brillantes ideas... Bueno, mañana llegamos a Egipto, lo cual será interesante, teniendo en cuenta que el Nilo está totalmente desbordado. A Gabrielle le apetece muchísimo: lleva cinco marcas hinchando odres de vino.
Besos,
Xena

Dejaron sus bolsas en el suelo y contemplaron su diminuta habitación, que tenía una forma muy rara.

—No tenía este aspecto en el folleto —rezongó Gabrielle, acercándose chapoteando a la palangana del rincón.

Xena intentó cerrar la puerta tras ellas.

—Chicos... vuestra habitación está bajando por el pasillo —dijo, echando a los doce fornidos ayudantes en el momento en que Gabrielle se quitaba la ropa ensangrentada y llena de barro y se lavaba por todas partes.

Los fornidos ayudantes echaron una última mirada lasciva al interior de la habitación y bajaron fornidamente por el frío y oscuro pasillo hasta su miserable morada.

—Posada Pirámide... cuatro estrellas, una mierda —refunfuñó la bardo, temblorosa pero limpia—. ¿Dónde está la cama en este antro?

Xena señaló.

—El sarcófago.

—Es una caja de piedra —dijo Gabrielle con tono apagado.

—Gabrielle, ¿y tu espíritu aventurero? —Xena apartó la tapa del sarcófago y miró dentro. Se puso pálida y se irguió—. Voy a ver si consigo uno vacío.

TEBAS, VERANO, 45 a. de C.
Querido Eli:
Estarías orgulloso de cómo he controlado mi genio hoy. ¿Sabías que en Egipto cualquiera puede ser vendido como esclavo, incluso los turistas? No, yo tampoco lo sabía. Xena tendrá que pagar dos cabras y una gallina para recuperarme. Sigo al pie del cañón con eso del amor y estoy encontrando mucha paz espiritual mientras espero a que haga el trueque. No sé por qué tarda tanto.
Muchos besos,
Gabrielle


TEBAS, VERANO, 45 a. de C.
Querida Alti:
Espero que recibas esto en tu "plano espiritual". Eres tan "omnipotente" que seguro que puedes leerlo estés donde estés. ¿Qué tal te va la muerte? Los egipcios tienen unas ideas interesantes sobre ese tema. Las compartiría con Gabrielle, pero parece haber desaparecido.
Chao, cacho perra,
Tu némesis,
Xena

—¿Es que no puedes intentar encajar al menos?

—¿Por qué? —preguntó Xena con despreocupación, ensartando otro dim-sum en su daga de pecho curva y devorándolo. Se lamió los labios, la barbilla y el cuello.

Gabrielle la miraba, fascinada. Al igual que los doce fornidos ayudantes, que estaban sorbiendo sopa de pollo con maíz con unas pajitas, pues eran incapaces de dominar el arte de comer sopa con palillos.

—Es una cuestión de cultura, Xena —gorjeó la bardo al tiempo que intentaba sujetar varios guisantes con los palillos—. Es una cuestión de tradición, es una cuestión de estar en armonía con tu entorno. Se trata del yin y el yang.

—Ya, ya —replicó la guerrera, ensartando un poco de pato crujiente de Gabrielle—. Oye, tienes un fideo en la nariz.

—¿Se ha quitado ya? —dijo Gabrielle, presa del pánico, recorriendo el restaurante con la mirada llena de agitación.

—Ahora sí —dijo Xena, despegándoselo hábilmente con el chakram.

CHIN, VERANO, 45 a. de C.
Querido Joxer:
NO ESTAMOS EN CHIN. Compré esta postal cuando pasamos por allí... hace varias semanas. Ahora no estamos ahí. En serio. Chin ha sido interesante. ¿Sabías que les gusta mucho la arquitectura? Es fascinante verlo de cerca. Xena se corrió una juerga inmensa que tenía algo que ver con vino de arroz y espadas curvas. Asegura haber encontrado una especie de poder espiritual, pero no sé si creerla. Con todo, ayudó a despejar muy bien los campos de arroz... y también el pueblo. Nos vamos en cuanto termine de escribir esto...
Besos (platónicos, como comprenderás),
Gabrielle


CHIN, VERANO, 45 a. de C.
Querido Joxer:
NO ESTAMOS EN CHIN. En serio. Aunque Chin ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí. Han empezado a construir una Gran Muralla para mantener a raya a los señores de la guerra desenfrenados... al parecer empezaron poco después de que yo me fuera. Qué gracia. Gabrielle se estaba asomando para ver bien los andamios y se resbaló. ¿Sabías que meten gente muerta en los cimientos? Gabrielle lo sabe ahora.
Hasta otra, idiota,
Xena

Gabrielle embutió a toda prisa mantas, varios rollos de tela de Chin, juegos extra de palillos y un jarrón Ming en el diminuto zurrón que llevaba al hombro mientras Xena estaba plantada en medio de la habitación intentando convocar sus poderes espirituales.

—No lo entiendo. ¡Hace cinco minutos los tenía!

—Oh, no... los aldeanos traen un ariete. ¿Te puedes dar prisa con esos poderes?

—¿Tienes una horquilla a mano?

—¡Éste no es momento para que te pongas a arreglarte el pelo!

Los doce fornidos ayudantes pusieron de inmediato doce fornidas horquillas en la mano anhelante de Xena. Las lanzó por la habitación con muñecas expertas, sin lograr nada, salvo quedar fabulosa.

Varios hombrecillos diminutos vestidos con negras túnicas sueltas y chillando "¡Hi-ya!" atravesaron las paredes, el techo, el suelo y uno abrió la puerta. Brincaron por la habitación haciendo complejos movimientos cortantes con las manos y los pies. Los doce fornidos ayudantes salieron corriendo como un solo hombre, llevándose a rastras a Gabrielle y su pesado zurrón. Mientras la sacaban en volandas de la habitación tachonada de horquillas y ella protestaba enérgicamente, lo último que vio fue a Xena desapareciendo bajo una pila de negras túnicas sueltas y gritando:

—¡A los hombrecillos pequeños hay que hacerlos pequeños! ¡O sea, más pequeños!


Xena se deslizaba por el bosque de las banshees, cubierta con un manto hecho de diminutas y negras túnicas sueltas.

—Sé que la dejé aquí la última vez... ¿dónde Hades la puse?

—Escucha, ¡olvídate de esa espada! Sólo porque consiguieras sacarla una vez de esa piedra... Tenemos que volver con el grupo, el carro sale para la Galia esta tarde.

—Gabrielle, el carro sigue en Chin. Ahora vamos a nuestro aire... ¡como auténticas viajeras!

Gabrielle puso mala cara.

—Odio vivir sin comodidades —refunfuñó—. Sobre todo con estos malditos elfos que hay por aquí. No dejan de mirarme el culo.

—No pueden evitarlo. Tienen los ojos a esa altura.

—Xena... están en los árboles. —Gabrielle se tapó el culo con un manto diminuto de negra seda suelta. Un débil griterío de decepción surgió de todos los árboles que las rodeaban. Gabrielle chilló de repente, horrorizada—. ¡Malditos elfos! ¡No sabía que también estabais aquí abajo! —En la negra seda suelta aparecieron de repente unos bultos y tres figuritas saltaron y buscaron refugio para protegerse de la bardo, que no paraba de dar manotazos.

—¡Malditos elfos! ¡Alejaos del culo de mi bardo! Os voy a coger a todos...

Mil doscientos elfos aparecieron al instante en el claro plagado de setas.

—¿Eso es un desafío? —preguntó uno con voz chillona.

—¡Os podéis apostar el culito de Gabrielle a que sí! —rugió la guerrera, con los ojos rojos.

Lo último que vio Gabrielle fueron los pies de Xena cuando quedó cubierta de diminutos elfos de la cabeza a los pies. Los gritos lastimeros de Xena resonaban por el tranquilo y verde claro.

—¡Malditos hombrecillos verdes! Elfos diminutos... ¡odio a los hombrecillos pequeños! ¡¡¡Hay que hacerlos pequeños...!!!

BRITANIA, VERANO, 45 a. de C.
Querido Iolaus:
Al final decidimos que el paquete turístico no era en realidad lo nuestro, así que ahora vamos por libre. Pensamos que Britania sería un lugar bastante seguro: aquí están acostumbrados a los turistas. Los nativos son muy hospitalarios, aunque muy pequeños. Algunos son incluso más pequeños ahora. Xena ha descubierto que le gusta la cocina de aquí: parece recordarle su época de malvada señora de la guerra, aunque yo preferiría usar cuchillo y tenedor. He conseguido convencer a Xena para que intente adoptar la vestimenta y tradiciones del lugar. Lo está pasando muy bien. Siempre he sabido que le gustaría la religión organizada si le daba una oportunidad. La verdad es que son muy refinados.
Con todo mi cariño,
Gabrielle


BRITANIA, VERANO, 45 a. de C.
Querido Toris:
Saluda a mamá de mi parte. Gabrielle decidió que el paquete turístico no era lo suyo, así que estamos explorando Britania por nuestra cuenta. Dile a mamá que no se preocupe: los nativos son muy hospitalarios. Mucho. Gabrielle se ha enganchado a otro culto, pero éste consiste en llevar faldas llamadas kilts y beber un horrible brebaje fermentado que llaman whisky. Yo también me he unido. El tartán me sienta muy bien y lo que más me gusta es el sporran. Es muy útil. Gabrielle no está muy acostumbrada a beber y su kilt no para de levantársele hasta la cabeza con los vendavales. Se ha hecho muy popular por estos pagos.
Muchos besos,
Xena

El guía turístico se quedó horrorizado al divisar a las ya conocidas (aunque vestidas con tartán) figuras de la guerrera y la bardo errantes abriéndose paso por el abarrotado Coliseo. Se le desorbitaron los ojos cuando vio el sporran de Xena y le entró un tic nervioso.

—¡Yujuu! —Xena saludó desde el otro lado de la arena—. ¿Habéis visto ya los baños? Nosotras sí, ¡y mirad lo que hemos encontrado! —Los doce fornidos ayudantes saludaron también, muy sonrientes. Gabrielle parecía un poco azorada y algo mojada.

—Ah, Xena. Gabrielle. Y vuestros... acompañantes. Cuánto me alegro de volver a veros —consiguió decir el guía a duras penas.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Gabrielle—. Estoy segura de que había más de tres personas en nuestro grupo.

—Sí. Las había. Los chinos se comen cualquier cosa, sabes.

—¡Oh, cielos! ¡Qué horror! —El guía turístico se apaciguó ligeramente ante el evidente espanto de Xena—. No me puedo creer que la gente incluya este tipo de cosas en su dieta —continuó, escupiendo su pincho de espaguetis a la boloñesa—. Este potingue sabe fatal.

Mientras, Gabrielle observaba nerviosa el patio y se pegó más a los doce hombres fornidos, que parecían absolutamente encantados.

—Xena, ¿no crees que al menos deberíamos disfrazarnos?

—¿Por qué, Gabrielle? —La distraída guerrera estaba ahora devorando una lasaña.

—Ehh... ¿romanos?

—¿Quién?

—¿Centuriones?

—Ahora no vamos a jugar, Gabrielle. Demasiado público.

—Oh, por los dioses, Xena... ¡¡César!!

¿¿Dónde?? —chilló Xena, cuya lasaña salió volando y cayó encima del guía turístico. Asumió la postura recién aprendida (y muy eficaz) de la Grulla Colgante y adoptó el aspecto más pérfido y malévolo que pudo sin su largo abrigo negro. La pose hizo que su sporran abultara aún más y que empezara a agitarse un poco.

—¡Xena! ¿Qué está pasando en tu sporran? ¡¡No me digas que has...!!

La guerrera se movió con aire culpable y adoptó la postura del Pato Agachado (igual de eficaz).

—¿Qué? —Su cara poseía toda la inocencia de que era capaz una antigua y malvada señora de la guerra.

—No me pongas esa cara. Te los has traído, ¿a que sí?

—No.

—¡Dame ese sporran!

—¡No!

—¡¡Dámelo!!

¡¡No!! ¡Es mi sporran! ¡¡Es privado!!

Justo en ese momento, las costuras del sporran reventaron y apareció una piernecita diminuta, temblorosa a la luz del sol.

¡¡¡Xena!!! —chilló la bardo furiosa con los ojos desorbitados—. ¡Esa pierna me está mirando el culo!

ROMA, VERANO, 45 a. de C.
Querida Lila:
Por fin regresamos a casa. Qué ganas tengo de volver a Grecia: estas vacaciones no han sido muy relajantes hasta ahora. La última vez que dejo a Xena suelta en las oficinas de Vacacionus Deascus. La próxima vez me encargo yo, y no vamos a ir a ningún sitio donde haya una fiesta de la toga con lanzamiento de vírgenes incluido, eso te lo aseguro. Hace una semana que no veo a nuestros doce fornidos ayudantes ni a Xena. Se podría pensar que con ese precio que le han puesto a su cabeza, querría pasar desapercibida, pero se empeñó en vociferar "¡Ueeey! ¡Al loro con esos Idus, tronco!" en un momento de silencio durante el discurso de César de ayer. Al menos hicimos una visita muy a fondo (aunque muy rápida) de los callejones de Roma. ¿Sabías que si te caes por accidente en una de las alcantarillas abiertas que hay aquí, puedes acabar en el mar Adriático? Xena sí lo sabe. Ahora.
Besos,
Gabrielle


ROMA, VERANO, 45 a. de C.
Querido Hércules:
Me he acordado de ti después de la última aventura de Gabrielle. ¿Sabías que en el mar Adriático hay enormes serpientes marinas? Qué gracia. No creo que Gabrielle se cayera a propósito en la alcantarilla, pero no estaba mirando por dónde iba: el kilt le había vuelto a tapar los ojos. Se ha hecho muy popular por aquí. El caso es que la saqué y ahora está toda limpita. Podrás decir lo que quieras de los romanos, pero te aseguro que saben lanzar vírgenes. A mis pobres doce fornidos ayudantes los lanzaron de un extremo de la ciudad al otro. Ahora han desaparecido. El otro día vi al mutante mariquita mal peinado y cara paella de César. Estaba soltando otra vez todo ese rollo de "Amigos, romanos, compatriotas". En serio, algunas personas es que no son capaces de aceptar un buen consejo. Ahora estamos regresando a casa, cosa que lamento mucho. Han sido unas vacaciones fantásticas y Gabrielle parece haberlo pasado en grande. Cuánto me alegro de que se me ocurriera. Tenemos que vernos cuando volvamos: tenemos toneladas de dibujos de las vacaciones que enseñarte. Hay uno buenísimo de Gabrielle en Britania, ya sabrás cuál cuando lo veas.
Besos,
Xena

El campamento estaba hecho un desastre. Había togas y kilts colgados de los árboles, Xena tenía las mejillas pringadas de tiramisú y Gabrielle estaba llorando. Al elfo no se lo veía por ninguna parte.

—A mí me parece un dibujo estupendo, Gabrielle —dijo la guerrera con tono tranquilizador—. Y todo el mundo piensa lo mismo. ¡Joxer lo va a enmarcar!

Los sollozos de la bardo duplicaron su intensidad.

—Y se está vendiendo como churros en Britania. De hecho, ¡quieren que vuelvas para hacer un calendario completo!

Gabrielle se tiró en su petate presa de un ataque de angustia.

—¡No voy a hacer ese estúpido calendario! ¡No voy a ir a ninguna parte! ¡Nunca volveré a salir de Grecia!

Xena se quedó cariacontecida.

—Oh. ¿Nunca?

¡¡No!! ¡¡Nunca!! ¡Odio las estúpidas vacaciones! Malditos extranjeros con su estúpida comida y su estúpida ropa y sus estúpidos muertos en las paredes. ¿Y a quién se le ocurre dejar abiertas las alcantarillas? ¿Es que vivimos en la época primitiva o qué? ¿Es que no han oído hablar de la civilización? ¿De la cultura? ¿Del arte? ¡De la comida decente! ¿De los cuchillos y los tenedores? ¿¿¿De que no te miren el culo las veinticuatro puñeteras horas del día???

—¿Eh? —dijo Xena, subiendo rápidamente los ojos a la cara de Gabrielle.

—Es que por favor... ¡malditas vacaciones! Y en cuanto a lo de un agradable crucero por el río... "oh, sí, no te preocupes, Gabrielle. El Nilo está muy tranquilo en esta época del año..."

—Yo no sabía que los egipcios eran aficionados a esa clase de deporte acuático —dijo Xena con expresión soñadora.

—¡Y odio ese dibujo también!

—Oh —dijo la guerrera—. ¿Entonces eso quiere decir que tampoco vas a hacer el calendario egipcio?

—¡Malditos extranjeros con sus estúpidos calendarios! ¡Y los kilts! ¿De qué Hades van esas cosas? ¿¿Cómo consigues mantenerlas sujetas??

Xena se acercó un poco más a ella, con su expresión más zalamera.

—Ah, vamos, Gabrielle. Lo hemos pasado bien, ¿no?

¿¿¿Cuándo???

—Es que ahora estás un poco deprimida. Son esos días del mes. Yo sé lo que te puede animar.

La bardo sorbió y miró esperanzada a Xena, que sonreía con regocijo.

—¿Lo sabes? —gimoteó.

—¡Sí! —Xena depositó un puñado de pergaminos satinados en las manos temblorosas de la bardo—. Mira la página 15. ¿A que no sabes dónde vamos a ir los próximos quince días?


FIN


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