A la luz del fuego 3

Lariel



Descargo general: Xena y Gabrielle son personajes propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende ninguna infracción de sus derechos ni se obtiene beneficio económico alguno con esta obra de ficción.
Dolor/consuelo: Ambientada justo después de ¿Hay algún médico en la casa? (uno de mis episodios preferidos de todos los tiempos), ésta es una breve historia que explora los pensamientos de Xena sobre su bardo.
Siempre se agradecen comentarios en Lariel

Título original: By Firelight 3. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


No consigo cerrar los ojos. El sueño se rompe con las imágenes que atraviesan mi mente: ella tumbada en el altar, mis manos cubiertas de su sangre mientras coso una herida tras otra. Esto es mi Tártaro, que ha llegado antes de la muerte. No quiero tener su sangre en mis manos, pero lo que yo quiero no importa. Soy tan responsable de lo que ha ocurrido como si yo misma le hubiera clavado la espada.

Abro mis ojos atormentados y vuelvo a mirarla por enésima vez esta noche. Duerme mal, con el pecho luchando por hincharse cuando inhala aire dolorosamente en sus pulmones lacerados rodeados de costillas rotas. Su camisa marrón de amazona es testimonio de la lucha agónica por la que ha pasado: desgarrada y con pétalos rojos de sangre que florecen en el áspero paño y que contrastan duramente con las vendas blancas con que le envolví el torso hace dos días. ¿Fue sólo hace dos días?

Y su cara. Mortalmente blanca y cerúlea con su palidez enfermiza, esta noche la luz del fuego que baila sobre su piel no le da ningún tinte rosáceo ni crea sombras delicadas en ella. Sólo acentúa las ojeras oscuras bajo los ojos agitados. Tiene los labios exangües ligeramente entreabiertos mientras lucha por cada bocanada de aire y veo el esfuerzo dibujado en su joven rostro y me dan ganas de llorar, sabiendo que el sufrimiento por el que ha pasado ha sido por mi causa. Ella es mi Tártaro viviente.

Por enésima vez, compruebo sus vendajes y luego le aparto el pelo húmedo de la frente, colocando las suaves hebras detrás de su oreja. Si pudiera darle la sangre y el aire de mi cuerpo, lo haría. Daría cualquier cosa por volver a tenerla conmigo, ilesa y alegre, como era antes. Toda la vida de la tierra, concentrada en un cuerpo menudo e irrefrenable. No esta sombra, esta vida vacilante, que estalla y se apaga como una vela con la mecha gastada.

—Lo siento tanto. Ojalá hubiéramos tomado el camino del sur. —Mi voz, que susurra débil y temerosa, se quiebra ligeramente.

—No es culpa tuya.

Apenas oigo las palabras titubeantes: creía que estaba dormida. Intenta llegar a mí, consolarme. No me culpa, nunca me culpa. Pero la culpa es mía.

—Ssh. Vuelve a dormirte.

Le acaricio la frente e intento que vuelva a echarse, pero se ha desvelado.

—No es culpa t... tuya. No cargues con esto... fue... fue decisión mía... salir. Decisión mía.

¿Cómo puede estar tan dispuesta a perdonar? Mi sentimiento de culpa le está causando más dolor; vuelve sus ojos atormentados hacia mí e intenta levantarse. Tengo que empujarla de nuevo a la manta y sujetarla, pero la verdad es que está demasiado débil para forcejear conmigo.

—Duérmete, Gabrielle. Hablaremos de esto cuando estés más fuerte.

La estrecho entre mis brazos con cuidado, con la esperanza de que los fuertes latidos de mi corazón junto a su oído animen a los suyos a continuar, y le acaricio la espalda suavemente mientras le canto en voz baja para que se duerma. Poco a poco se va adormeciendo.

—Por favor, no vuelvas a dejarme —susurro, aferrada al cuerpo cálido y lleno de vida como uno que se ahoga se aferra a la rama de un árbol.

Ella es mi ancla. Acabo de darme cuenta de lo mucho que necesito que me sujete a esta vida que llevo y a los cambios que estoy intentando hacer. Sin ella no significan nada. Con las amarras cortadas, me quedé horrorizada por lo deprisa que me atravesaron las crudas emociones, cortando la delgada capa de control con que había conseguido cubrirlas. Ella me hace más fuerte, cada sonrisa y caricia que me da alimentan mi alma hambrienta desde hace tanto tiempo. Su amor es el faro que brilla en medio de las agitadas aguas de mi inseguridad, guiándome a través de los escarpados escollos hasta la cala acogedora donde mis pies pueden volver a tocar tierra firme.

Miro su cara apoyada en mi pecho. Ahora duerme bien, y me digo que tal vez esté absorbiendo un poco de la fuerza de mi cuerpo. Está a salvo sólo mientras esté en mis brazos. Me doy cuenta de esto con un sobresalto y la aprieto más contra mí. Jamás volveré a dejarla. Gime de dolor y la suelto de mala gana, pero se queda donde está y se pega más a mí. Una vez más, la envuelvo en un abrazo, con los brazos delicados como un beso, y cierro los ojos y trato de dormir.

Su calor apretado contra mi pecho y la sensación de su aliento que acaricia suavemente mi piel ahuyentan las imágenes de pesadilla que tengo, y en cambio veo otras imágenes de una muchacha risueña de pelo dorado. Va a ser difícil: ella necesita tiempo para curarse y yo necesito tiempo para adaptarme. No estoy acostumbrada a necesitar a la gente, y parte de mí ya se está rebelando contra esto, pero sé que todo saldrá bien. Porque sé que ella también me necesita.

Deposito un beso en su pelo de miel. Siento cómo se forma su sonrisa contra mi pecho, y se acurruca más contra mí y dice:

—No te dejaré. He vuelto por ti... te quiero... te quiero, Xena.

Tengo una deuda con Hades. Se me encoge la garganta por sus palabras y lo único que puedo contestar es:

—Ssh. Ahora duérmete.

Las dos nos dormimos, entrelazadas en un tapiz de cuerpos y almas. Nos necesitamos. Todo saldrá bien.


FIN


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