Encadenada

Lariel



Descargo general: Xena y Gabrielle son personajes propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende ninguna infracción de sus derechos ni se obtiene beneficio económico alguno con esta obra de ficción.
Violencia/amor: No hay violencia, pero sí algo de subtexto. Nada muy gráfico, pero si legalmente no podéis leerlo o simplemente no es lo vuestro, podéis iros.
Se agradecen comentarios: Me encantaría saber lo que os parece Lariel

Título original: Chained. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Recuerdo a mi amiga de Potedaia. Cuando cumplió los doce años, su padre llegó a casa del mercado un día con un regalo para ella. Era un pajarito precioso, cubierto de esponjosas plumas marrones y con grandes ojos negros, en una jaula de madera que le había hecho expresamente para él. Recuerdo que, cuando me lo enseñó toda orgullosa, miré por los estrechos barrotes de madera y vi al pájaro temblando en su percha, acurrucado al otro lado de la diminuta jaula. Ella adoraba a ese pájaro; le daba de comer todos los días y le hablaba y lo mostraba... hasta que se aburrió. Una vecina amiga suya tenía otro pájaro que hablaba y ella quería que su pájaro hablase, pero no podía. Así que dejó de hablarle y dejó de jugar con él.

Ese pájaro creció en esa jaula. Maduró y pasó de pajarillo a adulto en pocos años, y nunca conoció de verdad la amistad ni el amor, ni siquiera por parte de su joven dueña. Pero siempre que yo iba a hacer una visita, me quedaba mirándolo maravillada por la mirada vacía y atormentada de sus ojos de contorno blanco, y juro que veía reflejada en la superficie opaca la imagen vertiginosa de viento y alas, plumas y vuelo. Duró tres años y un día se dio por vencido.

Le conté a Xena la historia del pájaro, pero ella se limitó a echarme esa extraña sonrisa suya de medio lado y dijo que seguro que el pájaro quería quedarse donde estaba. Dijo que unos delgados barrotes de madera no bastaban para encerrar a un animal salvaje.

No creo que lo entendiera de verdad.

Ayer me dijo que me quiere y que me necesita. Yo también la quiero, y no sabía qué hacer.

Así que la abracé y la acuné mientras ella lloraba sobre mi pecho. Dijo que no sabía si podría seguir luchando contra su lado oscuro sin mi ayuda y que tenía miedo de lo que podría llegar a ser si yo la dejara algún día. Dijo que no tenía la fuerza suficiente para hacerlo sola.

Yo también lloré. No estoy acostumbrada a ver llorar a mi amiga. No creo que la haya visto llorar hasta ahora, por lo menos desde que visitamos la tumba de su hermano. Y me hizo prometerle que jamás la abandonaré. Creo que se acordaba de Atenas y Potedaia, cuando la dejé, y me sentí muy culpable cuando me dijo cuánto le había dolido aquello. Me dolía mucho el pecho y lloré un poco más.

Es mi mejor amiga y la quiero.

Así que la sostuve y la acuné y le dije en voz baja palabras de consuelo. Creo que le dije que la quería, pero esas palabras siempre me han salido fácilmente. Demasiado fácilmente, no como a ella. Hasta anoche nunca las había dicho, y la forma en que las dijo, su cara... era como si las tuviera enganchadas en las tripas y sólo el hecho de expulsarlas fuera una agonía. Y entonces empezó a besarme en el pecho, al tiempo que sollozaba y decía que me necesitaba. Y en los labios.

Yo no sabía qué hacer. Creía que era mi amiga.

Anoche dejé que me tomara.

Siento el pecho oprimido y me cuesta respirar con sus brazos a mi alrededor. Parecen fríos contra mi piel acalorada y sudorosa, como fríos eslabones de metal forjado que nos atan la una a la otra, y sus dedos se clavan en mis pechos, donde se cierran. Con cada bocanada forzada, siento que se aprietan y luego se aflojan, y cierro los ojos con fuerza para evitar la extraña sensación de estar encadenada por carne y hueso. Anoche, mientras estaba echada jadeante encima de mí, susurraba palabras de amor y sus suspiros me acariciaban los oídos como un beso y cada palabra se ceñía alrededor de mi corazón palpitante y lo sentía saltar y encogerse con cada embestida dentro de mi cuerpo hasta que creí que me iba a desmayar del dolor. Pero no me desmayé.

¿Qué puedo hacer? Es mi amiga y me necesita.

No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, veo la imagen de un pajarito marrón, y en mis ojos opacos estoy segura de que se reflejan las visiones de vuelos jamás emprendidos, de sueños jamás perseguidos. Así que deseo que pase esta noche y espero a que llegue el día y me quedo mirando los árboles, que entrecruzan mi visión como los barrotes de madera de una jaula dorada de amor.


FIN


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