Cortejando a la guerrera

Lariel



Descargo general: Vale, no son mías, sino de RenPics.
Sexo: Sí, por favor. Ah... os referís a la historia... je... qué corte. Si de Gabrielle dependiera, ya lo creo que lo habría. Pero ¿y la guerrera? Este relato contiene intentos patéticos de seducción. Por vuestra propia seguridad, no los probéis en casa.
Los patéticos intentos de seducción no retratan en absoluto la total falta de habilidad de esta bardo en ese terreno. Es una historia: ¡¡estoy usando mi imaginación!! (Vosotros seguidme el rollo...)
Muchas gracias: A Kamouraskan por sus incansables palabras de ánimo una tarde de domingo. Creo que nunca he oído las palabras "¿¿¿Cuándo vas mover el culo y escribir algo???" expresadas de una manera tan diplomática. Y por hacer de mi primera experiencia en la corrección algo tan indoloro y más o menos divertido. ¡Gracias de nuevo, Kam!
Se agradece cualquier tipo de comentario... y sugerencias para ligar con éxito... Lariel

Título original: Wooing the Warrior. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El pelo de los brazos se le puso de punta, como si intentara alcanzar a la atractiva mujer que estaba a su lado. Gabrielle miró a Xena por el rabillo del ojo: la guerrera caminaba a largas zancadas, con los sentidos alerta ante cualquier matiz sutil de sonido y luz a su alrededor, examinando la zona atenta a cualquier peligro mortal y ocurrencia general fuera de lo habitual.

Mmmff. No ves lo que tienes delante de las narices, ¿verdad, Xena?

Los agudos sentidos de la observadora guerrera no captaban en absoluto la nube de tensión sexual y lujuria al rojo vivo que emanaba prácticamente a presión de la bardo. Una vez más.

Gabrielle se tambaleó al lado de Xena, tropezando con la superficie pedregosa del camino por el que viajaban, y volvió a notar que su hombro rozaba el de Xena. La guerrera soltó un suspiro, agarró a la pequeña bardo del brazo y la enderezó.

—Gabrielle, ¿qué te pasa hoy? Te caes por todas partes. A ver si miras por dónde vas, ¿vale?

Gabrielle sonrió débilmente y asintió, con los ojos vidriosos, mientras el calor de la mano de Xena calcinaba todo el sentido común de su mente, dejando a su paso una senda abrasada por la que la lascivia podía (y así lo hacía) pasearse descaradamente. Subrepticiamente, volvió a examinar el perfil de la mujer: ojos azules claros que miraban inescrutables hacia delante, pómulos como vidrio tallado, barbilla firme y llena, labios dulces. Dioses, Xena... eres maravillosa... Perdida en su ensoñación y ocupada con su tercera fantasía del día, volvió a tropezar y de repente Xena se encontró con los brazos llenos de bardo jadeante, cortada y sonrojada.

—Por favor, Gabrielle. ¡Cualquiera pensaría que vas a por mí!

—¡Ja! —La bardo soltó una risita nerviosa—. Eso no se puede consentir. ¿Verdad, Xena?

Xena se limitó a sonreír y a volver a plantar a la chica sobre sus pies.

—Gabrielle, puedes soltarme en cuanto quieras. A lo mejor así te resulta más fácil caminar.

—Oh, sí... caminar... justo...

Cálmate, bardo... no es más que Xena. Sólo Xena. Tu mejor amiga. Xena. Toda de cuero... cuerrrro... mmm, oooh, qué ojos... ahhh... mmm... esto no está funcionando, bardo...

Vale, vamos a concentrarnos en algo que no tenga nada que ver con el sexo. O sea, quiero decir, con Xena. Sí... Gabrielle, puedes hacerlo.

Mmmm... veamos. ¡Argo! Sí... gran caballo de guerra... silla... oh, cielos, mira el arzón de esa silla... Xena se ha sentado ahí... ooooh, Xena sentada toda alta y orgullosa, el pelo negro flotando al viento... los pechos señalando el camino, ooooh, esos pechos... oh, no, esto no funciona para nada...

La rubia bardo hacía mucho tiempo que había aceptado el hecho de que estaba enamorada de la guerrera: la adoración infantil se había convertido en un enamoriscamiento de colegiala que a su vez había madurado hasta transformarse en amor pleno, seguido rápidamente de una buena y acalorada dosis de pasión y lujuria. La lujuria, no correspondida, se mezclaba con la pasión y, para la pequeña y aturdida bardo, se estaba transformando rápidamente en un estado permanente de excitación insatisfecha... Oooh, no puedo aguantar así mucho más. ¡¡Voy a explotar si no me tiro pronto a la guerrera!! ¿Se puede morir de tensión sexual insatisfecha? Sus pensamientos pasaron a la preocupación al reflexionar sobre esta última amenaza para su salud física, aprovechando la oportunidad para desarrollar muchas fantasías con una apenada y atenta Xena, una Gabrielle mortalmente frustrada y muchos cuidados del tipo 'Gabrielle, puedo salvarte la vida, pero voy a tener que...'. No parecía ayudarla mucho.

Guerrera... volvió los ojos desesperados y llenos de deseo a la distraída guerrera que caminaba a su lado... ¡tómame! ¡Ahora! ¡¡¡Por favoooor!! ¿¿Por favor??

Xena seguía caminando, silbando desafinadamente. Al pillar a Gabrielle mirándola con una expresión muy rara, le sonrió, dio unas palmaditas a la chica en la cabeza y siguió adelante, dejando a la fanática bardo con una vista fascinante de un firme trasero cubierto de cuero balanceándose ante sus ojos ardientes.

Oooooh... ¡¡¡esta noche me voy a hacer con la guerrera así me mate!!!


—Gabrielle, voy a montar un rato en Argo, para buscar un sitio donde acampar.

Necesito un plan... tengo que seducir a esta tentadora y provocativa visión de guerrera de algún modo... porque no puedo pasar otra noche como la de ayer... ¡seducir! ¡Ésa es la respuesta! Seguro que capta el mensaje... puedo seducir... a ver, no puede ser tan difícil, ¿no?

—¿Gabrielle? ¿Me estás escuchando?

—¿Eh?

—Gabrielle, ¿te encuentras bien? —Mirando a los ojos vidriosos de su bardo, Xena frunció el ceño y colocó una mano grande y firme sobre la frente de Gabrielle—. Mmm. Estás un poco caliente. ¿Seguro que estás bien? —Gabrielle cerró los ojos y se tambaleó contra el pecho de Xena—. ¿Gabrielle?

—Ohh, Xeeeenaaaa... uhh, ¿Xena?

—Gabrielle, ponte derecha... pareces un saco de patatas. ¿Estás segura de que te encuentras bien?

—Sí... sí, estoy bien —¡¡Pedazo de grandullona, boba... fascinante, seductora... provocativa de la muerte...!! Los ojos de Gabrielle eran meras rendijas de pasión y sus pechos se agitaban dramáticamente, frotándose contra la guerrera. Xena los miró un momento y luego sonrió.

—Bien. Pues me voy.

Fascinada por el movimiento de la perfecta musculatura bajo la piel bronceada, Gabrielle se quedó mirando hipnotizada cuando Xena saltó a lomos de Argo y entonces se dio cuenta... oye... ¡oye! ¡¡El plan está en marcha!!

—Mm, Xena... ahora que lo pienso, sí que me siento un poco floja... ¿puedo... mm, puedo montar contigo? —Un brazo largo y ágil bajó hacia ella y la bardo fue izada a bordo y depositada detrás de la guerrera como un saco de grano. Se movió y agitó, intentando ponerse cómoda, y luego se arrimó un poco más para asegurarse.


Dos pequeñas manos rodearon las caderas de Xena, se pasearon un buen rato por su zona pélvica inferior y por fin encontraron dos firmes asideros. Gabrielle suspiró llena de felicidad.

—Gabrielle, no creo que tengas que sujetarme con tanta fuerza.

—Oh, pero Xena... me siento tan segura cuando te agarro así... —replicó la bardo coquetamente.

—No obstante, Gabrielle. Además, ése no es un sitio precisamente seguro para que te agarres. Pueba con la cintura... donde te sueles agarrar.

Suspirando, la bardo bajó las manos... mucho más abajo, acariciando lenta y sensualmente los costados de la guerrera al hacerlo.

—Mmm... supongo que ése es un asidero más seguro, Gabrielle, pero la verdad es que es bastante incómodo cuando voy a caballo.

La bardo se mordió el labio, movió las manos temblorosas y se agarró a la esbelta cintura cubierta de cuero que tenía delante. ¿Cómo cortejar a la guerrera? Se deslizó con cuidado hacia delante, para que sus pechos rozaran la espalda de Xena. Con frecuencia. Xena empezó a moverse en la silla, agitándose y tratando de apartarse de Gabrielle. La pequeña bardo sonrió satisfecha y en un tono suave y puro como la nata fresca, ronroneó:

—¿Te ocurre algo, Xena? —Y movió un dedo distraído por la espalda marrón que tenía delante.

—Sí... qué Hades de picor... ¿no podrías, podrías...? Justo debajo del omóplato... ohh, sí... ahí es...

Los ojos de la intrigante bardo se iluminaron con un astuto plan.

—Xena, estás tiesa como una tabla. ¿Qué tal si te doy un buen masaje de espalda? Ya sabes que eso siempre hace que te sientas mejor.

—No, estoy bien, gracias. Ahh, ya hemos llegado... no, la cueva no, Gabrielle. He pensado que podríamos pasar una noche bajo las estrellas...

—¡Oooh, Xena, qué romántico! —Los ojos de Gabrielle brillaban como faros.

—¿Eh? Ah, es sólo que me ha parecido más fácil para Argo...

—Oh. —Esto podría ser más difícil de lo que creía...


—Ya está, Xena... la cena está lista.

Gabrielle metió el cucharón en el guiso especial que había hecho y lo sirvió en los dos cuencos de madera toscamente tallados, colocándolos a continuación sobre la piedra plana que había arrastrado hasta la hoguera. También había acabado con sus últimas provisiones de velas y la zona estaba llena de lucecitas titilantes que daban al lugar un cálido resplandor rojizo. Los últimos toques... sirvió vino en una sola copa y la puso en medio de la piedra, entre los cuencos, y llenó la otra copa de agua con unas bonitas flores silvestres, cuyo dulce perfume se mezclaba con el aroma del guiso. Sí... el camino para llegar al corazón de una guerrera pasa por su estómago y Xena no podrá resistirse a esto... ¡Gabrielle, has dado en el clavo! ¡¡Oh, sí, esta noche sólo habrá un petate, bardo!!

—Estupendo, me muero de hambre. Tiene una pinta genial, Gabrielle... —Xena se sentó sin gracia, cogió el cuenco más cercano y empezó a meterse la comida en la boca a toda velocidad.

—¡Xena, para! Toma, bebe un poco de vino.

—¡Genial, vino! ¿Por qué sólo hay una copa?

—Pues es que... mm... podemos compartirla. ¿Eh, Xena? —La bardo cogió la copa y se la llevó a los labios, bebiendo un buen trago. Se lamió a fondo los labios con una húmeda lengua rosada antes de acercar la copa a la boca de Xena—. Toma... —ronroneó, con su mejor tono seductor.

—Estupendo. Estoy seca. —La guerrera agarró el vino, se bebió la copa de un trago y eructó—. ¿Queda más?

—Ahhh... sí, toma. Te lo sirvo... —La copa quedó rellenada y en manos de Xena—. Xena, tengo las manos un poco ocupadas... ¿me ayudas con el vino?

—Claro, Gab... —Incrustó la copa en la cara de la bardo y ésta intentó beber desesperada al tiempo que el vino se derramaba, le caía por toda la cara y le resbalaba por el cuello.

—¡Aajj! Xena... ¡basta!

—¿Ya es suficiente, Gabrielle? —preguntó Xena con aire inocente, y luego se bebió el resto del vino de un trago.

La pequeña y frustrada bardo suspiró profundamente, luego se armó de paciencia y volvió a intentarlo.

—¿Qué tal está el guiso, Xena?

—¿El guiso? Ah, sí... bien...

—¿No quieres saber lo que lleva?

—No sé. Algo de carne blanca, creo...

—Vale, pues prueba uno de estos. —La pequeña rubia le ofreció un tallo de espárrago, cuya superficie relucía untada de mantequilla, y lo meneó ante la cara de la guerrera. Los ojos de Xena se llenaron de alegría.

—¡Ooh, espárragos! ¡Me encantan los espárragos!

—¡Genial! —prácticamente jadeó Gabrielle e intentó meterse el espárrago en la boca abierta. Se le dobló y le resbaló por la barbilla, luego se le escurrió de los dedos y se le cayó en el regazo.

—Mira, se hace así. ¡Observa! —Xena cogió un espárrago entre los dedos pulgar e índice y luego se lo llevó despacio a los labios abiertos. Una lengua rosada salió despacio y lamió toda la mantequilla, tras lo cual unos dientes blancos y perfectos mordisquearon la punta. A Gabrielle se le volvieron a poner los ojos vidriosos y su pecho se agitó como un fuelle.

—Oh, por los dioses, Xena... eso es... ¿¿me harás eso... eh... mmm, o sea... me enseñarás todo lo que sabes... por favor??

—Tienes boca, ¿no? Es fácil... sólo tienes que usar la lengua y hacer lo que te salga de forma natural. —Volvió a hacer una demostración, y esta vez los ojos verdes casi se salieron de sus órbitas, ahogados en visiones intensamente eróticas—. No te olvides de limpiarte los dedos después... —Se chupó los dedos a fondo. Gabrielle se metió tambaleándose entre unos arbustos cercanos y pasó varios minutos frenéticos intentando serenarse.

Oh, esto no funciona para nada. Vale, bardo... pasemos al plan beta.


—Xena, estoy pegajosa de tanta mantequilla. ¡Vamos a darnos un baño! He visto un manantial caliente en la cueva, que, por cierto, aún no comprendo por qué no estamos utilizando...

—¡Estupendo! Ve tú primero, Gabrielle. No vuelvas a perder el jabón.

—Mm, Xena... ¿podrías... venir y lavarme la espalda? Ya sabes lo que cuesta llegar a ciertas partes...

—¡Claro, Gab! Ve y acomódate y dame un grito cuando quieras que te lave la espalda.

—¿Tú no vienes?

—Bueno, el manantial no es tan grande como para que quepan dos... estaríamos bastante apretadas...

Dos segundos después, la guerrera se encontraba desnuda y empotrada en una poza de agua caliente con una bardo muy mojada prácticamente sentada en sus rodillas. Gabrielle se agitó llena de emoción.

—¡Xena! ¿¿A que esto es genial??

—Sí... —Xena puso los ojos en blanco al verse ante una buena extensión de carne de bardo blanca como la leche y el jabón—. ¿Dónde está la esponja?

Gabrielle se volvió para mirarla, con aire coqueto.

—Oh... —Cerró el puño alrededor del blando objeto—. Creo que la he perdido. Tendrás que usar las manos. —Las pestañas rubias se agitaron con frenesí y aparecieron dos hoyuelos en dos mejillas redondas.

Tras un lavado muy breve y eficaz, la bardo estaba sentada de nuevo junto a la hoguera envuelta en una manta y escuchando los ruidos alegres de la guerrera que chapoteaba y gorgoteaba en el agua.

—Maldito sea el Hades, Xena... ¿¿¿¿es que intentas volverme loca???? —murmuró malhumorada, contemplando la entrada de la cueva sin disimular su rencor—. Eres mía, mujer guerrera... sólo que aún no lo sabes... vale, el plan beta no ha funcionado. ¿Qué me toca ahora?


Gabrielle echaba humo y mascullaba... los planes de C a F tampoco habían funcionado... bueno, es que mira que preguntarle si venía mucho por aquí... vale, bardo, para dedicarte a la literatura, tu conversación de ligue deja mucho que desear. La última vez que digo eso de "qué hace una guerrera como tú en una cueva como ésta". ¡Pensé que me moría de la vergüenza!

Había llegado el momento del plan gamma. Gabrielle se colocó delante de Xena y dejó resbalar despacio la manta por sus hombros.

—Hola, Xena... ¿has disfrutado del baño? —canturreó, algo jadeante.

Xena levantó la mirada y de repente los ojos se le llenaron de gran cantidad de pecho de bardo. Los pezones de Gabrielle se erguían con orgullo y a Xena se le pusieron los ojos algo redondos.

—Ga-bri-elle...

—¿Sí, Xena? —dijo la joven bardo casi sin aliento, con los ojos iluminados por fin de esperanza. Sintió escalofríos por la espalda al notar el cálido aliento de la guerrera deslizándose por su piel expuesta, haciendo que su carne bullera de excitación.

—¿...tienes frío? Toma, se te ha caído la manta... no querrás pillar un resfriado...

—¿Resfriado? ¿ me hablas a de resfriado? ¿¿Resfriado?? ¡¡¡¡Te voy a dar resfriado!!!! —La bardo regresó enfurecida a su pequeña roca junto al fuego. Sus flores silvestres se habían marchitado y las velas chisporroteaban como locas, casi agotadas.

Pocos minutos después, la bardo volvía a estar sentada al lado de Xena, bien envuelta en su abrigosa manta y con una expresión decidida (algunos podrían decir que terca) en su joven cara.

—Xena, ¿tú dirías que eres una buena observadora de la naturaleza humana? —soltó, con voz tensa.

—Sí, Gabrielle.

—Así que, ¿por lo general sabes lo que piensa la gente?

—Sí, Gabrielle.

—¿Entonces conoces a la gente?

—Pues sí, Gabrielle.

—¿Y se te da bien captar las intenciones de la gente?

—Eso creo, Gabrielle.

—Es decir, que por lo general sabes cómo van a reaccionar, ¿no?

—Sí. En un combate. Sí.

—¿Entonces por lo general sabes interpretar lo que van a hacer?

—Sí, Gabrielle. Por lo general.

—De modo que se te da bien interpretar lo que sienten por lo que hacen, ¿no?

—Supongo.

—Así que, si yo hiciera algo... digamos... tú podrías... mm... interpretarlo, ¿no?

—Normalmente lo hago, Gabrielle.

—Vale. —La pequeña rubia se quedó pensando un momento, luego se lanzó sobre la guerrera, se aferró a sus labios y se los chupó ávidamente—. ¡¡¡¡Pues interpreta esto, nena guerrera!!!!

Xena logró soltarse de las manos de la bardo que le tenían aferrado el cuello y exclamó jadeante:

—¡Gabrielle!... Esto es tan repentino... [smuac]... Ga... [jadeo]... brielle... [chupetón] si me hubieras avisado... [lametón]... ¡¡Gabrielle!! ¡¡Pero por favor, mujer!!

—¡Xena! ¡Te necesito! ¡Te deseo! ¡Te amo! Pero sobre todo te necesito... ¡ahora!

—¡¡¡Arrjjj!!!


Xena yacía en su petate, contemplando las estrellas con ojos vidriosos y expresión desconcertada. Una bardo muy contenta estaba acurrucada a su lado, con una sonrisa beatífica en la cara. Cambió ligeramente de postura para plantar un beso muy húmedo, muy desmañado y muy largo en su guerrera y luego volvió a acomodarse toda feliz.

—En serio, Gabrielle, yo jamás...

—¿En serio? Pues nadie lo habría dicho... —dijo la menuda mujer con una sonrisa pícara.

—Sé que nunca...

—¡Oye! ¿Qué quieres decir con eso? —La sonrisa se transformó rápidamente en una expresión indignada.

—Bueno, pues tu técnica de seducción, para empezar... es espantosa.

—¿¿Qué??

—Creía que nunca ibas a llegar al grano. La paciencia de una guerrera tiene sus límites, sabes.

—¿Quieres decir...? ¡¡¡¡¿Quieres decir...?!!!! —La bardo cayó sobre el pecho de su amante—. ¡¡¡¿¿¿¿¡¡¡¡Quieres decir...!!!!????!!!

—Ya veo que tienes mucho que aprender, mi pequeña narradora. —Xena hizo le cosquillas en el firme estómago, observando encantada cómo se contraían los músculos bajo sus manos errantes—. No veo el momento de empezar las lecciones...

—Pues entonces, oh gran sabia... ¿a qué estamos esperando? —replicó la bardo con coquetería y se inclinó para plantar otro beso demoledor en los labios expectantes de su guerrera.

Y así empezó la larga campaña de aprendizaje de la guerrera y la bardo.


FIN


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