Colgada

Lariel



Descargo: Mías no. Suyas. Nada de dinero. ¿Vale?
General: ¿Subtexto? ¡Dios, sí! ¿Violencia? ¡Como vuelvas a decir eso te parto la cara! ¿Lenguaje malsonante? ¡No, puñeta! ¿Ingenio despiadado y humor arrasador? Eso espero.
¿De dónde, en nombre de Ares, ha salido esto? Uno de esos concurso tipo "en el momento parecía buena idea"... esta vez, podéis agradecérselo al Centre for Xena Studies y a Lawlsfan, porque esto en realidad es culpa suya.
Cualquier comentario sobre esta historia será bien recibido en Lariel
[Nota de Atalía: Para aquellos que hayan podido leer este relato en versión original, o sea, en inglés, debo decir que he cambiado una cosa bastante importante del mismo, con el consentimiento de la autora, porque si no resultaba... chocante, por así decir, en español y se perdía la intención del relato. Ya os daréis cuenta de a qué me refiero, creo. ;-)]

Título original: Hanging Around. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


—Gabrielle, ¿cómo te las has apañado para meterlos ahí precisamente?

—Xena, me... me vendría muy bien tu ayuda ahora mismo... ¿sabes?

—Eso ya lo veo, Gabrielle. Uuu, eso tiene que doler.

—¿No me digas, Platón? —El tono de la rubia era más sucinto que su estatura.

—Oye, si te vas a poner así...

La ofendida guerrera —que al fin y al cabo sólo había estado intentando ayudar— se encogió de hombros y se alejó de la menuda bardo, que se retorcía y agitaba con frenesí.

—¡Xena! ¿Podrías al menos pasarme un poco de aceite, por favor? A lo mejor puedo... ya sabes...

—Oh, ¿ahora me necesitas? Lo siento, Gabrielle... a lo mejor no sé a qué aceite te refieres. No soy del tipo filósofo inteligente... ya sabes, como Platón, por ejemplo...

—¡¡Xena!! —Los ojos de la bardo relucían de furia verdosa—. ¡¡Mueve ese maldito culo y ven a ayudarme!!

—Oooh, Gabrielle... ¡por fin! No sabes cuánto tiempo llevo esperando oírte decir eso... —La perversa guerrera sonrió e hizo ciertos... movimientos lascivos... con su larguísima lengua rosa—. Tú dame ese aceite, bardita... ¡que te va a hacer falta!

—¡Sí, más quisieras! Cuidadito con esas zarpas ahora que estoy indefensa.

—¡Oh, pero Gabrielle! Si no puedo tocarte, ¿cómo te voy a sacar de ahí?

Agitó una ampollita de aceite ante los ojos de la rubita; éstos se balancearon en sus órbitas al seguir la reluciente ampolla que se movía de un lado a otro. A Xena se le ocurrió una idea repentina e increíblemente perversa, y sus ojos soltaron destellos al tiempo que su sonrisa se hacía más amplia. Observó los ojos de la bardo mientras se movían de lado a lado. Vale la pena intentarlo... puede que nunca vuelva a tener una oportunidad como ésta... reflexionó, y luego asintió al tomar la decisión definitiva. ¡Oh, sí! ¡Guerrera MALA! ¡¡Guerrera MALA!!

—Tienes sueño... —ronroneó, bajando la voz hasta convertirla en un zumbido grave y seductor.

—...sueño... —murmuró Gabrielle, mientras sus ojos bailaban como locos en sus órbitas intentando seguir el ritmo de la ampolla en movimiento.

—...muchísimo sueño... no puedes mantener los ojos abiertos...

—...abiertos... no puedo...

—...ciérralos... así te sentirás mejor...

—...oooh...

Ah, sí... ¡gracias a los dioses por todas esas lecciones en profundidad en la cabaña del sudor de las amazonas! Sabía que esta técnica me sería útil algún día... aparte de para curar, claro... por supuesto...

—...sólo oyes mi voz... te concentrarás sólo en mi voz... contesta todas mis preguntas con la verdad y cuando chasquee los dedos, te despertarás, descansada y... aaah, sí... sin un solo recuerdo de lo que ha ocurrido. No recordarás nada de esto. Para nada. ¿Está claro, Gabrielle?

—...¿claro?...

La bardo tenía los ojos firmemente cerrados y su respiración se iba haciendo profunda; parecía que estaba a punto de desplomarse y ponerse a roncar. Salvo que, claro está, no podía, atrapada como estaba en el sitio por los... vaya, qué visión, pensó Xena apreciativamente. Por enésima vez, dio gracias a los dioses responsables del nuevo corte de pelo de Gabrielle y su ropa maravillosamente reveladora.

—Sí. No-recordarás-nada-de-esto. ¿Comprendes?

—...no-recordaré-nada-de-esto-¿comprendo?

Al oír esto, puso los ojos en blanco y suspiró profundamente mientras observaba a la bardo balancearse ligeramente (no tenía mucho espacio para moverse, con los... en cualquier caso, se la veía perfectamente...) con cara de boba. Xena hizo un gesto brusco con la mano delante de los ojos ahora abiertos pero clavados al frente con la mirada vidriosa; al no obtener ninguna reacción, le pellizcó un brazo y siguió sin haber reacción. ¡Estupendo! ¡Ya podemos empezar, bardita!

Retrocedió unos pasos y examinó su trabajo con regocijo. La verdad es que era raro tener a la bardo medio colgada de la pared de esa forma... ¿cómo Hades ha conseguido embutir esos buenos... y encima en un agujero tan pequeño... bueno, da igual, ¡a semental regalado no hay que mirarle la boca! Dio unos golpecitos de prueba a Gabrielle con un dedo en los abdominales: la chica se balanceó hacia atrás un poco y gimió ligeramente cuando el movimiento tiró de sus apéndices atrapados.

—Gabrielle, ¿me oyes?

—Mmm.

—¡Estupendo! Ahora, vas a contestar a mis preguntas con la verdad. —Mejor vamos a poner esto a prueba primero—. Gabrielle, ¿cuántos años tienes?

—Veintidós, Xena.

—¿¿Veintidós?? Pero serás... ¡me dijiste que tenías veintiséis!

—Bueno, los tendré algún día... —Todavía sumida en su trance hipnótico, la bardo hizo lo posible por encogerse de hombros con aire indiferente.

—¿Entonces cuántos años tenías cuando me conociste? —La voz de la guerrera iba subiendo más que Hércules en una visita a la familia en el Monte Olimpo.

—Diecisiete, Xena —contestó obedientemente.

—¿Diecisiete puñeteros años? ¡Por los dioses! ¡¡Me he llevado a una niña!! ¿Diecisiete añitos de Zeus? ¡No me lo puedo creer! ¡Me dijiste que tenías veintidós! ¡¡Pero qué horror!!

—¿Estás bien, Xena? —preguntó la bardo con mucha amabilidad.

—¡No, maldita sea! ¡Unas narices que estoy bien! Me he llevado a una niña y la he arrastrado por todo el puñetero mundo conocido y la he entrenado para que luche y he hecho que pierda su inocencia de sangre... ¡¡dioses!! ¡Dioses! ¿Cuántos años tenías cuando perdiste la...? No, no me lo digas. ¡No quiero saberlo! —Su pelo intentaba desesperadamente arrancarse de su cabeza y huir de los dedos que lo amenazaban con sus frenéticos tirones, mientras la guerrera daba vueltas nerviosísima alrededor de la bardo felizmente hipnotizada —. ¡¡¡Por los dioses!!! Todos estos años... ¡haciendo de niñera de la bardo! ¿¿¿¿Con una menor???? ¡Ahora sí que voy derecha al Tártaro...!

—Xena...

—Ah, esto explica... sí, esto lo explica todo... la adicción al pan de nueces, porque a ver, ¿qué ADULTO en su sano juicio se comería esa porquería? Y las historias y... ¡jo, los enamoramientos! De cada puñetero jovencito... ¡¡JOVENCITO!!... que nos encontrábamos en el camino. ¿¿Qué adulto en su sano juicio se quedaría colgado de esa clase de jovencito de pelo rizado?? ¡¡¡¡NINGUNO!!!! Y todo eso de encontrar un "Camino"... y lo de seguir cada nueva chifladura religiosa... porque ya sabemos a dónde nos llevó ESO, ¿¿¿¿verdad????

—Xena...

La guerrera de pelo revuelto tardó unos momentos en hiperventilar y someter su rabioso temperamento a su habitual control, sin dejar de echar miradas asesinas a la bardo, que seguía en la inopia. Por fin, su cerebro cargado de hormonas y adrenalina registró el hecho de que la bardo llevaba un rato intentando hablar.

—¿Qué?

—¿Me puedes bajar, por favor? Se me están irritando...

—¿Qué? ¡No! ¡Y una leche, niña! Ahora me voy a divertir un montón contigo... al fin y al cabo, ya tienes edad suficiente... apenas... —Tosió, tomo aliento un par de veces y volvió a toser—. Vale... concéntrate, Xena, puedes hacerlo. Recuerda, debes contestar a mis preguntas con la verdad. ¿De acuerdo?

—Con la verdad... sí...

—¡Pues vale! ¿Pérdicas y tú...? Ya sabes...

—Aaahhh... no... sé a qué te refieres...

—Claro que lo sabes, Gabrielle. ¿Todavía eres virgen?

—No. Pérdicas y yo lo hicimos un montón aquella noche.

—¿Qué? ¿Un montón...? ¡Si me dijiste que no sabías si lo habías hecho siquiera! Y habrías tenido... —Haciendo unos rápidos cálculos con los dedos, a Xena se le pusieron los ojos como platos—. ¡Pero qué zorrilla! ¡Pero si eras demasiado joven para casarte siquiera! ¡¡Con él!!... Vale... calma, Xena... puedes hacerlo. Así que tu pequeña e inocente bardo era aún más inocente y pequeña de lo que creías... no pasa nada. El pasado, pasado está... eso lo puedo perdonar. Vale, vamos allá otra vez. ¿Te gustó el sexo?

—¡Oh, sí! —Los ojos verdes de la bardo brillaban picarones.

—¿Sí? ¡¡¡¡Me dijiste que lo odiaste!!!!

—Oh, no —replicó la rubita sin darle importancia—. Me gustó un montón.

—¿Lo echas de menos?

—Sí. Sólo lo he hecho cuatro veces.

—¿Cuatro...???? ¿En una sola noche?

Guau... caray con el Perdi, el tío tenía resistencia...

—Vale, así que si lo echas de menos, pensarás mucho en ello...

Porque yo te juro por Hades que sí...

—Sí —fue la triste respuesta.

—Fantasías, ¿eh? —Sonriendo ante el gesto satisfecho de asentimiento de la bardo, Xena continuó—. ¿Y qué clase de fantasías tienes, Gabrielle?

—Estupendas, Xena. Cachondas.

La ronroneante y sonriente bardo hizo que a la libidinosa guerrera le corrieran escalofríos por la espalda mientras la contemplaba balanceándose ligeramente, luciendo la musculatura a la perfección gracias a su escasa vestimenta y la postura en la que estaba.

—Mmmm. Cachondas, ¿eh? —Hizo una pausa y disfrutó de una de las suyas—. Oh, sí, te comprendo muy bien, Gabrielle. Bueno, háblame de estas cachondas fantasías tuyas. ¿En qué consisten?

—Boniatos.

—Bo... ¿¿qué??

—Boniatos... —La bardo alargó la palabra, saboreándola en la boca y empujándola con la lengua. Xena puso los ojos en blanco mientras la chica fruncía los labios y hacía un mohín—. Boniatos rollizos y firmes...

—Por las tetas de Hera, ¿¿¿¿cómo puedes tener una fantasía sexual con unos puñeteros boniatos, por amor de Hera????

—Mmm. —La lengua rosa de Gabrielle rozó sus labios al tiempo que una sonrisa provocativa se iba extendiendo por su cara—. Bueno, a veces me imagino que estoy sola con dos preciosos, rechonchos y redondos boniatos... juego con ellos, los toqueteo un rato, disfrutando de la sensación de su áspera superficie contra mi piel.

—¿Sí? —A pesar suyo, Xena estaba intrigada e inmersa en la descripción maravillosamente evocadora de la bardo. Además, tenía la ventaja añadida de poder observar las reacciones de la hipnotizada Grabrielle ante esta fantasía que estaba reviviendo—. ¿Y... y luego qué pasa, eh?

—O a veces me imagino que alguien me embadurna el cuerpo de puré de boniatos, frotándomelo por todas partes, y luego...

—¿¿Sí?? Sí... ¿¿qué viene a continuación, Gabrielle??

—Quien está conmigo, Xena.

La bardo, muy satisfecha, se retorció un poco contra la pared mientras luchaba por soltarse, y el espectáculo de la bardo cautiva, sujeta a la pared sólo por sus tensos y grandes... A Xena se le escapó un ruidito gutural... era el único sonido que consiguió emitir, dado que tenía la boca abierta de par en par. Oh, vaya, vaya, vaya, Gabrielle. Quién iba a pensar que una chica de veintidós años podía pensar estas cosas... por desconcertante que sea lo de los boniatos... Una vez más, hizo acopio de todas sus fuerzas de guerrera y más o menos consiguió sobreponerse.

—Y... y... y ¿quién está contigo, Gabrielle?

—Tú, Xena. Tú traes los boniatos.

—Yo. Boniatos. Una bardo muy núbil de veintidós años. Medio desnuda y sujeta a una pared. Oh, dioses. ¿Pero boniatos? ¿Podría montármelo con boniatos?

Echó un último vistazo a la sonriente bardo y se armó de valor. Estaban a medio día a caballo de la última aldea por la que habían pasado, pero había algunas granjas por los alrededores: ahora estaban en un granero abandonado. Seguro que se pueden conseguir boniatos en alguna parte. Puedo montármelo con boniatos... a ver, no puede ser muy difícil, ¿no?

Bendiciendo a las amazonas, a los dioses y a los boniatos, Xena posó las manos en las preciosas y esbeltas caderas de su agitada bardo y la sujetó en el sitio.

—Gabrielle. Cuando chasquee los dedos, te despertarás y no recordarás nada... NADA, ¿te enteras?... de esta conversación. Te despertarás sintiéndote descansada, pero con un curioso antojo de boniatos. ¿Te enteras? ¡Estupendo!

Chasqueó los dedos y al instante la bardo, parpadeando, la estaba mirando confusa.

—¿Xena? Xena, ¿qué está pasando? ¡Sácame de aquí! ¡Me está empezando a doler!

—Gabrielle, ¿pero cómo es que estás así?

—Me pareció buena idea... Oye, bájame de aquí, ¿eh, por favor, Xena?

—En serio, Gabrielle. ¿Es que tengo que vigilarte todo el tiempo... como si fueras una cría? A ver, tienes veintiséis años, ¿no? Ya tienes edad suficiente como para saber que no es posible que los pulgares quepan en unos agujeros tan pequeños...

Empujando, retorciendo, estrujando y con dos sonoros ¡pop! los pulgares atrapados de Gabrielle fueron liberados de los dos pequeños agujeros de la pared de madera donde los había metido llena de curiosidad. Se los frotó con tristeza, sonriendo abochornada.

—Gracias, Xena. ¿Podemos irnos ya? Estoy más que harta de este viejo granero y... la verdad es que tengo algo de hambre. Tengo un antojo enorme de... boniatos, ¿te lo puedes creer?

—¿Boniatos, Gabrielle? ¿En serio? —Xena rodeó con un brazo los hombros de la rubita, la sacó casi a rastras del edificio y la lanzó a lomos de Argo—. ¿Sabes? Hago una cosa estupenda con puré de boniatos... se te va a hacer la boca agua...

Y al poco, lo único que quedaba de su presencia era una enorme nube de polvo que flotaba sobre el camino y el resonante "¡¡¡¡Yujuuu!!!!" que quedó reverberando en la suave brisa del atardecer.


FIN


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