Un día de asueto

Lariel



Descargo general: Xena, Gabrielle, Argo (y cualquier otro remotamente relacionado con la serie) son personajes propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende ninguna infracción de los derechos de autor ni se obtiene beneficio económico alguno. Por favor, que nadie me ponga un pleito. Ya vivo en un agujero del camino...
Violencia: No, se trata de un día de asueto para nuestro dúo dinámico. Bueno, algunos pececillos y un conejito monísimo sí que la palman... ¡pero es por el bien supremo! ¡No hay nada de gratuito en ello!
Amor: ¿Qué diferencia hay entre subtexto e insinuación? No me lo preguntéis a mí: ¡os lo pregunto yo a vosotros! En cualquier caso, aquí hay subtexto, así que si sois menores de edad, no podéis leer esto por motivos legales o simplemente no lo aguantáis... pasad a otra cosa.
Alimentad a la bardo: ¿Hay alguien ahí? No muerdo (a menos que queráis) y hasta puede que responda... Lariel

Título original: A Day Off. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


...y el oso se alzó sobre las patas traseras, mostrando sus temibles colmillos y agitando sus terribles zarpas, gruñendo y babeando mientras se acercaba cada vez más hasta que olí el hedor rancio de su aliento caliente sobre mi cara. Cuando levantó la poderosa zarpa, cerré los ojos con fuerza y grité y grité pero no me salió ni un sonido... noté que me lamía la nariz, me hacía cosquillas... cosquillas en la nariz... cosq... ¿¿por qué tengo cosquillas en la nariz??

Todavía medio dormida, la nariz pequeñita de la bardo se arrugó y movió mientras se iba apartando de mala gana de los agradables brazos del sueño. Abrió los ojos legañosos y se encontró con la cara traviesa de la Princesa Guerrera que sonreía de oreja a oreja justo encima de ella, poéticamente iluminada por detrás por la luz parpadeante de las estrellas.

—¡Despierta, despierta, Gabrielle!

—Xena, ¿qué pasa? —farfulló la bardo adormilada y malhumorada, tratando de abrir los dos ojos al mismo tiempo—. ¿Nos atacan?

—No.

Saliendo a medias de su cálido nido de mantas, Gabrielle miró furiosa a Xena guiñando los ojos.

—¿Entonces por qué estoy despierta? —Al ver la larga hoja de hierba entre los dedos de Xena, enarcó una ceja exigente. Xena se echó a reír.

—Argo todavía no está bien del todo de la pata izquierda y no quiero forzarla innecesariamente. —La ceja de Gabrielle que seguía horizontal subió hasta su compañera por debajo del flequillo—. ¡Así que tenemos un día libre! ¡Puedes dormir hasta tarde!

Gabrielle miró fijamente a la encantada Xena, que meneaba las cejas y sonreía como una loca.

—¿Me has despertado para decirme que puedo dormir hasta tarde?

Xena asintió, y la pequeña bardo saltó, gritando y abalanzándose hacia la nariz de la guerrera, que estaba muy a mano. La agarró con dedos de hierro y apretó con todas sus fuerzas, sin dejar de soltar incoherencias...

—¡¡¡Miiiinnnngggg dddadddiiiizzzz!!! —chilló Xena.


—¡Eh, Gabrielle!

—Mmmmm, unnnsssegunnn... —farfulló la bardo medio dormida, hasta que el tentador aroma a conejo asado alcanzó su nariz. De repente, unos ojos abiertos de par en par se quedaron mirando atónitos la nariz enormemente hinchada y roja brillante que se movía delante de ella—. Dioses, Xena... ¿qué te ha pasado? —Los ojos se abrieron aún más al recordar unos acontecimientos iluminados por las estrellas...—. ¡Oh, no! Oh, cuánto lo siento... ¡aunque la culpa es tuya por despertarme en medio de la noche! ¡Ah, vamos, no me pongas esos ojitos de cachorrito desvalido...! —Los ojos verdes subieron lanzados hacia los cielos.

La enfurruñada princesa de nariz resplandeciente le pasó a su bardo un trozo de carne suculenta.

—Gabrielle, la verdad es que no tenías necesidad de ponerte tan... eeeh... física conmigo. Además, ya te dije que lo sentía.

—Mmmmff.

—Cómete el desayuno. ¡Y no me mires así!

El desayuno quedó consumido, los huesos roídos y la hoguera apagada. La pata delantera de Argo recibió su linimento y el campamento quedó bien organizado.

—Vale, Xena. ¿Qué planes tenemos para hoy? Hace tanto tiempo que no nos tomamos un día de asueto, ¡que ya no me acuerdo de lo que hacemos!

—¿No, Gabrielle? —Xena meneó las cejas—. ¡Podría ayudarte a hacer memoria! —Guiñó un ojo y sonrió con descaro.

—Tal vez más tarde, Xena. Cuando se te haya apagado la nariz —soltó Gabrielle, sonriendo al tiempo que retorcía la irritada nariz.

—¡Ay! Gabrielle... ¡qué cosas sabes hacer con los dedos!

—Más quisieras. Bueno, ¿qué planes hay para hoy?


—¡Ajá! —La sonriente guerrera dejó caer del hombro a la bardo, que no paraba de debatirse, y la depositó junto al lago—. Como es una ocasión especial, he pensado que podríamos hacer algo especial. ¡No todos los días nos tomamos un día libre!

—Sííííí —dijo despacio la menuda rubia con desconfianza, mirando de hito en hito las dos recias cañas que estaban bien clavadas en la hierba a la orilla del agua.

—¡Nada como un poco de pesca para animar el día!

—¿Pesca? ¿Pesca? ¿¿Pero a ti qué te pasa con la pesca?? —Sobre la cabeza de la joven bardo se formaron rubias nubecillas de tormenta y se quedó mirando furibunda a la guerrera, que no se enteraba de nada y estaba colocando el sedal en las dos cañas de pescar, silbando una extraña musiquilla que había aprendido en sus viajes—. ¡No voy a pasar mi día libre sentada aquí durante horas mirando cómo luchas con unas cosas pringosas, mal olientes y llenas de escamas!

—¿Gabrielle? ¿Pero no te gustaba pescar? —Xena parecía dolida y la nariz se le puso aún más roja.

—¡Xena, es nuestro día de asueto! ¿No podemos hacer algo que no hayamos hecho nunca antes?

Xena se quedó pensando un momento y luego sonrió maliciosamente.

—Bueno, ya que estás dispuesta, siempre tenemos ese juego del centurión y el gladiador que nos enseñó Joxer... ¡y tengo salsa de chocolate!

—Ni ha... ¿la tienes? ¿Dónde? —Los ojos de Gabrielle se iluminaron y Xena sonrió: sólo había una forma de llegar al corazón de su bardo... Bueno, vale, tal vez dos.

—Luego, Gabrielle. Deja que primero me ponga en situación... —La provocativa guerrera toqueteó el sedal de su caña de pescar con indolencia y sonrió con aire suficiente a la jadeante bardo.

—¿Qué puedo hacer para ayudar, Xena? —dijo Gabrielle, cayendo como un chorlito.

—Podrías venir aquí, Gabrielle. No, más cerca... sí, eso es... —murmuró cuando Gabrielle acabó en sus brazos, y en su cara se dibujó una sonrisa malévola.


—¡No puedo creer que me lo haya vuelto a tragar! Pues espero que estés contenta, bruja guerrera. ¡Esta noche no mojas! —dijo Gabrielle gesticulando como loca.

—¡Gabrielle! —Xena dirigió su mejor puchero a la furiosa bardo mientras ataba el espeso mechón de pelo dorado alrededor del clavo y sujetaba éste al sedal que rodeaba su caña.

—¡A este paso, me voy a quedar sin pelo! Me lo voy a cortar...

—Ahh, no... me encanta tu pelo largo. Viene tan bien cuando te tengo que sujetar al petate.

—Sí, no me hables. Todavía me duele la cabeza de hace tres días. —Se frotó entristecida el mencionado miembro—. Y eso no es todo...

—¡Has dicho que querías que me pusiera en situación! Ya sabes cómo me pongo después de pescar...

—Ya, no es cómo te pones, Xena, es cómo hueles.

—Me daré un baño. Cuando haya cogido unas cuantas bellezas más de éstas... —Tiró de la caña y echó a la orilla una sardineta diminuta. Gabrielle enarcó una ceja burlona.

—¿Eso es todo? ¿He sacrificado mi pelo por un embrión? —Cogió aquella cosa minúscula y escurridiza y la plantó bajo la nariz de Xena.

Xena miró con aire displicente.

—Ya irán creciendo. Sólo estoy entrando en calor.

Gabrielle volvió a echar al agua aquella cosita que no paraba de moverse y no hizo el menor caso de la mirada asesina de Xena.

—Ya, pues más te vale entrar en calor, Xena. Quiero cenar una buena trucha. Y hablando de calor, ¡hace un frío que pela! Voy a buscar mi manto... ¿quieres el tuyo?

—No, estoy bien. —La Princesa Guerrera había desaparecido: Gabrielle reconoció la concentración absoluta de su mirada mientras observaba el palito que había atado al clavo con el pelo de la bardo, esperando a que se hundiera y agitara. Le encantaba el desafío, la espera, la emoción.

—Mmm. ¿Sabes, Xena? A veces me pregunto si tu amor por la pesca no ocultará algo más siniestro.

—¿¿Eh??

—Bueno, míralo de esta manera. La caza, el sigilo, la táctica. La lucha. El poder, la pasión... sí. Está muy claro.

—¿Crees que mi amor por la pesca está ocultando mi lado oscuro? —La guerrera estaba ahora preocupada de verdad. Gabrielle captó la incertidumbre que se agitaba en aquellos preciosos ojazos azules.

—¡Caray! ¿Tú crees? —La pequeña arpía rubia parpadeó con sus inocentes ojos verdes, mirando a la preocupada guerrera.

—¡No puede ser! O sea... sólo es pesca... los peces no son personas... no es como planear una batalla ni nada. Vale, me he levantado al amanecer para preparar el equipo, pero... —Volvió a distraerse, farfullando para sus adentros mientras el palito flotaba grácilmente en la superficie intacta del lago. Gabrielle sonrió malévolamente y se alejó para coger su inmenso manto.


Gabrielle estaba sentada bien arrebujada y arropada en su gran manto de lana, observando cómo Xena se iba irritando cada vez más. Por fin, la pescadora guerrera estalló.

—¡Por las tetas de Hera! ¿Por qué Tártaro no pican hoy esos malditos peces? Gabrielle, ¿te has hecho algo en el pelo?

—¡Eh, a mí no me eches la culpa, Xena! Prueba con otro cebo.

—¿¿Cómo qué?? —Xena no daba crédito—. Éste es un antiguo método de familia, transmitido de generación en generación, de padre a hijo. Y a hija... ¡No ha fallado nunca!

—Ya, pues aquí hay cierta escasez de peces, ¿no crees? Además, no sabía que Ares pescaba.

Recibió una fría mirada de pez.

—Ares no es mi padre.

—¿Y un gusano?

—Bueno, sí, es un gusano, pero...

—¡Que no, Xena! ¡Que pruebes con un gusano de cebo!

—¡Como que eso va a funcionar, Gabrielle! ¿Desde cuándo los peces son tan tontos que se van a dejar engañar por un truco tan bobo?

—¿Desde que las guerreras bobas son tan tontas que se creen que al poner mi pelo en un clavo torcido los van a pescar? —murmuró Gabrielle por lo bajo.

—¿¿Qué has dicho??

—Me voy a buscar gusanos. Trata de no meterte en líos, Xena. —La bardo se levantó, se agitó mucho bajo la voluminosa ropa que la envolvía y se alejó por entre los espesos matorrales.


La bardo salió de los arbustos dando traspiés y sin parar de reír, se acercó a Xena tambaleándose y se agarró a su brazo para no caerse.

—Gabrielle, ¿dónde has estado?

—¡Gusaneando!

—Has tardado siglos —refunfuñó la mujer malhumorada y sin peces—. ¿Qué es eso que te chorrea por la barbilla? Gabrielle, no te habrás vuelto a poner bichos aplastados en los labios, ¿verdad?

—¿Bichos? ¿¿Dónde??

Los ojos de la bardo se iluminaron al tiempo que se aferraba emocionada al brazo de la guerrera y Xena se los quedó mirando. ¿Qué pasa? A Gabrielle le pasa algo raro en los ojos. ¡Dioses, no tiene ojos! Bueno, pupilas.

—Gabrielle, ¿qué has estado comiendo? —Miró rápidamente a su alrededor con desaliento—. Oh, no, Gabrielle... ¡dime que no es cierto! Dime que no te has comido esas bayas.

—¡¡Me he comido las bayas, Xena!! —La bardo se giró bailando, hizo unas piruetas por la orilla y se cayó de bruces en el agua. Xena la agarró por los tobillos y la sacó bruscamente. La mujer más menuda se quedó boca abajo, riendo como loca y tratando de hundir la cara en la arena blanda y húmeda. Soltó un chillido de alegría y sacó un momento la cara para respirar—. ¡Xena! ¡Gusanos! —Luego volvió a meter la cabeza en la arena, emergiendo segundos después con un largo gusano que le asomaba agitándose por la boca pintada de arena.

—¡Puaaajj! ¡Gabrielle!

—Veena, gfnns prr pscc...

—Oh, por favor, Gabrielle... ¡escúpelo!

La bardo se desplomó de espaldas en la arena mientras el gusano bailaba frenético sobre su barbilla. Xena no pudo soportar ver a su hermosa bardo con una cosa larga que se meneaba colgando de ella y con cuidado le quitó la desagradable criatura.

—¡Gusano, Xena! —Gabrielle señaló el gusano que ahora colgaba inerte. Xena lo había dejado sin sentido con el punto de presión y ahora lo sujetaba con el brazo estirado, bien lejos de los dedos curiosos de la atontada bardo—. ¡Ponlo en la caña! ¡Verás cómo atrapas bichos pringosos!


Xena lanzó a la orilla un nuevo pez plateado y reluciente que se unió a la creciente pila que ya se había formado allí.

—¡Marchando otro, Gabrielle!

—¡Oooh! —La bardo cogió otro gusano del montoncito que se agitaba alrededor de los dedos de sus pies (hacía ya un rato que se había quitado las botas y las había llenado de agua, los dioses sabrían por qué) y se lo lanzó a Xena, que lo enganchó hábilmente en el anzuelo y volvió a lanzar el sedal, tras lo cual suspiró profundamente con perfecto contento. Echó una mirada pensativa a Gabrielle. Ésta chillaba y reía mientras los viscosos gusanos se escurrían entre los dedos de sus pies.

—Gabrielle, bonita, no te comas la arena. —Su bardo de pelo dorado tenía la barbilla salpicada de manchas marrones tras haberse metido puñados de arena apelmazada en la boca. ¿Qué hacer con la bardo?—. Gabrielle, ¿cuántas bayas de ésas te has comido?

—¡Me he comido las bayas, Xena! —espurreó con la boca llena de arena gusanosa.

—Sí, Gabrielle. Ya lo veo. ¿Cuántas?

—Oh, una, dos... no sé. Muchas —fue la respuesta, que Gabrielle ilustró levantando los diez dedos.

Xena suspiró de nuevo. Conociendo el apetito de su bardo, Xena calculó que se había cepillado unos cuantos puñados, y si esas bayas eran lo que creía que eran... bueno, Gabrielle podía añadirlas a su creciente lista de drogas alimentarias con las que había experimentado. Genial, pensó malhumorada. Un día de asueto en todo el puñetero año y va Gabrielle y se pilla un colocón. Ah, bueno, podría ser peor, supongo. Y al menos había mucho pescado para comer y de sobra para ahumarlo y guardarlo como provisiones para el camino.

—Gabrielle, ven aquí. —Dobló el dedo y la bardo se levantó de un salto y correteó hacia los arbustos de bayas—. Oye, ni se te ocurra... Gab... no...

Un momento después, Gabrielle, que no paraba de moverse, estaba firmemente atrapada bajo un fuerte brazo que la arrastraba al borde del agua, la obligaba a caer de rodillas sin ceremonias y le lavaba la cara a fondo.

—Escupe, Gabrielle. —La bardo apretó la boca con fuerza—. Escupe la arena, Gabrielle. Vamos, comer arena no te hace ningún bien. —La boca se cerró con más fuerza—. Por todos los dioses del Olimpo, Gabrielle... ¡no me obligues a meterte los dedos!

—¿Por qué, Xena? —farfulló la risueña bardo—. ¡No sería la primera vez!

—¡Gabrielle! —La guerrera, normalmente impasible, miró horrorizada la expresión lasciva que se advertía en la cara inocente de su, por lo general, tímida y reservada bardo.

—¡Xena! —En la cara de Gabrielle se formó de repente un inmenso ceño y el labio le empezó a temblar preparándose para hacer un puchero de proporciones descomunales. Xena sintió que se le estremecían las entrañas—. ¡No quiero pescar más!

—Ga-bri-elle... —Las entrañas de Xena se ablandaron considerablemente.

—¡Xena! ¡Pescar es estúpido! ¡Quiero hacer otra cosa!

Las entrañas de Xena empezaron a volverse líquidas.

—¿Y qué quieres hacer, Gabrielle?

La cara de la bardo se iluminó con una inmensa y radiante sonrisa y Xena sintió que se le escapaban las entrañas del cuerpo al verla. Oh, dioses, qué sonrisa, qué ojos... qué cara. ¿Cómo puedo resistirme a eso?

—¡Quiero ir de compras!

—Oh, dioses, no... ni hablar, Gabrielle. ¡No te voy a dejar con otra gente en este estado!

—Quiero ir de compras. —La sonrisa radiante perdió parte de su intensidad y la mirada de adoración se convirtió más bien en una mirada fija.

—Gab...

—De compras, Xena. A fin de cuentas, es mi día de asueto. —Una afirmación sorprendentemente lúcida por parte de la bardo cuya mente flotaba por las alturas como un pergamino volador—. Tú no quieres ir porque crees que la gente se va a quedar mirándote esa napia colorada que tienes.

Un momento después, Xena iba arrastrada por el camino por una entusiasta bardo que intentaba meterles a las dos pescado en la boca, al tiempo que contaba sus dinares y soltaba un discurso sobre las ventajas de comprar gangas. Por las bragas de Afrodita, cómo me tiene la bardo de dominada, pensó Xena lúgubremente.


La bardo, con su parloteo frenético, caminaba haciendo eses delante de ella mientras Xena intentaba desesperadamente no quitarle el ojo de encima a su errante compañera, al tiempo que repasaba diversas estrategias que podía emplear para evitar que Gabrielle pusiera el pie en la aldea que quedaba a pocos kilómetros de donde habían acampado. Inmersa en profundas conversaciones consigo misma, salió de sus reflexiones a causa de un chillido agudo y un ruido de pies que corrían. ¿Eh? Levantó la mirada y vio que Gabrielle había saltado por encima de una valla, había echado a correr por el campo de un granjero y se dirigía a un par de cabras que pastaban ociosas la rica hierba y que —según advirtió Xena alarmada— miraban a su tambaleante bardo con interés. Oh-oh.

—¡Xena! ¡Cabras! ¡Cabras quieren decir leche de cabra! ¡Me encanta la leche de cabra!

Xena salió disparada más deprisa que el arco de la flecha de un asesino, sin parar de gritar como una posesa.

—¡Gabrielle! ¡Odias la leche de cabra! ¡Te salen granos! ¡No te acerques a esas cabras!

La bardo y la guerrera se detuvieron derrapando.

—Xena, mira esas cabras. ¿No son una ricura? ¿Podemos quedarnos con una?

—No, no podemos tener una cabra, Gabrielle. Venga, vámonos.

—Pero Xena... ¡mira! ¡Cabras! ¡Beeee!

—Gabrielle, eso es lo que hace una oveja, venga, creía que querías ir de compras.

—¿Puedes hacer ruido de cabra, Xena?

—No, Gabrielle.

—¡Anda, haz ruido de cabra, Xena!

Con esos dos ojos redondos y suplicantes que la miraban, Xena no pudo resistirse. El sentido común recogió las alforjas y la abandonó como el traidor que era, dejando atrás sólo a una mujer dominada por una bardo. Xena hizo ruidos de cabra hasta que Gabrielle dejó de aplaudir y chillar encantada. Se volvió para salir disimuladamente de su campo personal del Tártaro, pero la mano de Gabrielle la detuvo. Estremeciéndose, se dio cuenta de que su tortura no había terminado.

—Xena. ¿Me consigues un poco de leche, por favor? Tengo sed.

—Te conseguiré leche en la aldea, Gabrielle.

—Oh, pero Xena... ¡leche fresca de cabra! ¡Sienta mejor cuando es fresca! —Una vez más, las afirmaciones sorprendentemente lúcidas, unidas a la cara acalorada y los ojos danzarines de pupila minúscula de la bardo, fueron su perdición. Con todo, no podía rendirse sin presentar batalla. De algún tipo.

—Gabrielle, con la leche de cabra te pones perdida de granos.

—Qué va, ésta es leche fresca de unas cabras muy monas. No me va a pasar nada.

Abriendo la boca para seguir presentando sus argumentos, Xena acabó callándose al ver que a Gabrielle se le ponían los ojos como platos. Señaló con un dedo tembloroso.

—¡Vacas! ¡Xena, vacas! ¡Con la leche de vaca no me salen granos!

Sí, ahí arriba hoy hay alguien que se lo está pasando en grande conmigo. ¿Verdad? ¡Malditos dioses!

Y así fue como la Princesa Guerrera, afamada y temida Destructora de Naciones, acabó tumbada cuan larga era encima de una humeante boñiga de vaca, con una bardo cubierta de porquería y arena encima de ella que no paraba de chupar la leche de una ubre que se balanceaba por encima de su cara. Qué agradable, reflexionó Xena mientras escuchaba los sorbetones y chupetones guturales de Gabrielle. La vaca reaccionó ante el estímulo que recibía de la forma típica que llevaba en los genes y depositó otra boñiga en la cara de la estremecida guerrera. Qué agradable.


La aldea estaba animada, atestada de gente de las regiones circundantes que venía a vender al mercado. Gente sabia y hastiada del mundo que había venido de las grandes ciudades y quería volver a la paz rural y la vida sin complicaciones del campo. Gente que ya había estado allí, ya había hecho eso y había visto mucho, pero que nunca había visto nada parecido a las dos mujeres mugrientas y desaliñadas —una de las cuales llevaba a su compañera más pequeña firmemente sujeta por el brazo— que entraron caminando en la aldea, chapoteando y apestando mientras se abrían paso por la pequeña plaza del pueblo. Los fruteros intentaron frenéticos tapar sus productos. En los puestos de los granjeros se oyeron suspiros de alivio cuando las dos mujeres —la más pequeña de las cuales no paraba de intentar escabullirse y hacer carantoñas a los pollos— se dirigieron a la taberna más cercana.

Malvinius, el tabernero, estaba teniendo un buen día. El día de mercado siempre traía negocio y su "especial de la casa" (ejem) se estaba vendiendo como rosquillas. Estaba sacando brillo a las jarras cuando oyó una tosecilla cortés. Levantó la vista, la bajó, alzó la cabeza de golpe una vez más y en su cara se dibujó una mueca de terror.

—Oporto. Fuerte. Baño —soltó aquella cosa... ¿qué era, una mujer? ¿Un hombre?... embadurnada de inmundicia que estaba apoyada en su barra—. Ahora. —Se quedó boquiabierto y tardó demasiado en ver a su amiga más pequeña que alargaba la mano y le metía dentro un dedo mugriento—. Ga-bri-elle... —La... ¿mujer? ¿Hombre?... de aspecto guerrero se pasó una mano por los ojos (extendiéndose aún más la porquería: parecía que llevara pintura de guerra de las amazonas) y regañó a su menuda y risueña amiga—. Eso no se hace.

—Ah... < puaj, puaj > no importa... emm, ¿señora? —Sus ojos se posaron sin poder remediarlo en su gran nariz roja, que destacaba en medio de su cara manchada de marrón como una antorcha destaca en medio de la noche.

—Eso es. —Agarró la jarra de oporto como una mujer a punto de ahogarse se agarra a una rama y se la bebió de un solo trago, sin inmutarse siquiera cuando el fuego líquido le bajó ardiendo por la garganta—. Ah. Qué falta me hacía. No tienes idea. Más.

—¿Y para tu amiga? —La cual se estaba arrastrando por debajo y por encima de las mesas, asustando a los clientes con su parloteo frenético.

—No, no. No, ella ya ha bebido algo. Está bien. Drogada perdida, pero no cubierta de caca de vaca. No. Ni tiene que llevar a rastras a una bardo de veinte años que se comporta como si tuviera seis. No, ella está bien. Para ella, nada. No. —Agitó la jarra vacía con aire desesperado. Él se apiadó de ella.

—¿A lo mejor te vendría bien algo... aahh, más fuerte?

Lo miró como si fuera Zeus personificado.

—¿Más fuerte? —exclamó casi sin aliento del alivio—. ¿¿Más fuerte?? —Ahora casi lloraba—. ¡Trae p'acá! —Dos jarras del "especial de la casa" (no se lo digáis a los ancianos del pueblo) y se relajó visiblemente. Dos más y sonrió. Otras dos y se desplomó encima de la mesa al lado de su amiga, que estaba roncando.

Estupendo, pensó él. Tengo a dos mujeres cubiertas de caca de vaca y colocadas perdidas dormidas encima de la mesa... y han ahuyentado a todos mis clientes. Se subió las mangas, llamó a su hijo mayor y se dispuso a llevarlas arriba.


A Xena le dolían los ojos. Le dolía la cabeza. Dioses, cómo le dolía la nariz. Y el estómago... bueno, por los dioses, ¿es que no había una sola parte de su cuerpo que no gritara de agonía al salir de su feliz olvido? Con cuidado, de muy mal grado, consiguió despegar un párpado.

Gabrielle estaba tirada a su lado, roncando estentóreamente con la boca abierta de par en par. La bardo tenía tal expresión de calma y paz interiores y sus mejillas tenían un color tan sonrosado y saludable que a Xena le dieron ganas de pasarse un rato dándole de tortas. Combate tu lado oscuro, Xena... dale más tarde. Las venganzas salen mejor cuando se han madurado. ¡Ya te pillaré, preciosa!

Agradecida, volvió a recostarse en la cama y se sumió en sus pesadillas torturadas, en las que por algún motivo hoy aparecían más vacas y bardos que de costumbre.

Varias horas después, volvió a despegar los párpados y esta vez hizo acopio de todo su legendario control para mantenerlos abiertos. El dolor de cabeza le presentó batalla por un momento y luego, derrotado a base de pura fuerza de voluntad y personalidad, se retiró a un rincón tranquilo de su mente, gimoteando un poco. El sentido común regresó de nuevo, refunfuñando y repitiendo sin parar: "Te lo dije".

Gabrielle seguía echada a su lado, pero esta vez bien despierta. Aliviada, Xena notó que parecía haber recuperado los ojos. La bardo sonrió llena de felicidad y acarició suavemente la mejilla de la guerrera.

—Hola. ¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera machacado la cabeza un ejército de centauros equipados con pezuñas más gruesas de lo normal.

—Mmm. El tabernero hace su propio licor a base de patatas fermentadas. Es mortífero.

—¿¿Quieres decir que me encuentro así de mal por haber bebido zumo de patatas??

—Sí. Gracias por cuidar de mí, por cierto.

Xena acarició a su vez amorosamente la mejilla de la bardo.

—De nada. ¿Y cómo te encuentras tú?

—Bien. Muy bien, en realidad.

—Bien. No vuelvas a hacerlo nunca más.

—De acuerdo. Vuelve a dormirte. El tabernero nos ha dejado esta habitación gratis y he hablado con él para que incluya un baño más tarde.

—Mmmmm. Gabrielle, ¿qué haría yo sin ti?

Justo cuando se estaba quedando dormida de nuevo, Xena creyó oír a Gabrielle susurrar:

—¡Pero qué dominada te tiene la bardo, Xena!

Entreabrió un ojo fangoso.

—¿Qué?

—¡Oh! ¡Nada! —Gabrielle sonrió alegremente y acarició la mejilla de Xena para calmarla. Los ojos azules como el hielo se estrecharon con desconfianza.

—Gabrielle, ¿cuántas de esas bayas te comiste?

—Las suficientes, Xena. Las suficientes.

Clavada a la cama por la fuerza de la mirada asesina de la guerrera, la sonrisa nerviosa de Gabrielle se hizo más ancha.

—Xena, ¿quieres echar un pulso?

—No, Gabrielle.

—¿Centurión-Gladiador?

—No, Gabrielle.

—¿Señora de la guerra-Esclava?

—No, Gabrielle.

—Andaaa, Xena. ¿Y si esta vez tú eres la señora de la guerra?

—Ga-bri-elle...

—Xena, ¿qué tal esa salsa de chocolate?

—Ga-bri-elle...

—Eh, escucha... ¿y si esta vez te dejo que me la untes tú a mí? ¿Eh? ¿Xena? ¿Xena?


Ahhh... así acaba un día perfecto para nuestra guerrera y nuestra bardo. ¿Qué tal vuestro día?


FIN


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