Adiós de nuevo

Lariel



Descargo general: Xena, Gabrielle y Joxer (y sus encarnaciones modernas, Mattie, Annie y Harry) son personajes propiedad de MCA/Universal y Renaissance Pictures. No se pretende ninguna infracción de sus derechos ni se obtiene beneficio económico alguno con esta obra de ficción.
Subtexto: Nada gráfico, pero si el concepto de mujeres que aman a otras mujeres os ofende o si legalmente no se os permite leer esto por la razón que sea, por favor, hacednos a todos un favor y no lo leáis.
Momento en el tiempo: Justo a continuación de donde terminaba Déjà vu repetido: ¿qué les pasó a Harry/Xena y Mattie/Gabrielle?
Siempre se agradecen comentarios en Lariel_a@hotmail.com

Título original: Goodbye Again. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Mattie se quedó sentada, apretando distraída la rodilla que tenía debajo de la mano mientras los recuerdos del tiempo que habían pasado juntas cruzaban su mente como un torbellino: las aventuras que habían tenido, el dolor que habían compartido, los amigos a los que habían llorado y el amor que habían hecho. El amor, sobre todo: un profundo amor que incluso ahora le inundaba la médula y ardía en sus venas y vasos sanguíneos, atravesando como un fuego todos sus órganos vitales. Avivado por la visión de una mujer de pelo de medianoche y ojos de cobalto con una sonrisa tan prometedora como la de la Gioconda. Una cara que había estado buscando toda su vida sin ni siquiera darse cuenta.

—¡Oh, Xena! —suspiró. Sus palabras estaban envueltas en un tono maravillado al sumergirse en una vida recordada a medias con la mujer que siempre había sido la plantilla con la que comparaba a sus amantes y siempre le parecía que no estaban a la altura. Bueno, quién lo habría pensado, reflexionó atónita. Esto de las vidas pasadas resulta que era cierto. El karma, colega.

Al aspirar el olor a cuero y caballo y al ver las imágenes en su mente, se había transportado a un paisaje onírico. Su cuerpo se relajó apoyado en los firmes y delgados contornos que tenía detrás mientras revivía, en un momento, sus años con Xena. Y entonces se dio cuenta de repente de que el cuerpo contra el que estaba tan apretada le resultaba extraño. No la pinchaba un peto, no sentía una piel suave haciéndole cosquillas en el estómago mientras unos brazos fuertes la estrechaban protectores, ni un pelo largo y suave acariciándole las mejillas. Nada familiar.

Harry estaba sentado con la esbelta mujer firmemente acurrucada a su lado, y estaba maravillado por las sensaciones que experimentaba con la presencia de la joven psicóloga, disfrutando del hormigueo eléctrico que le recorría el cuerpo donde su calor atravesaba su chaqueta. Por no hablar de todas las cosas raras que tenía en la cabeza, todavía medio convencido de que los recuerdos de Xena eran restos vagamente recordados de historias que le había contado Annie; todavía le quedaba mucho camino que recorrer para creer en esto de las vidas pasadas. Pero estaba claro que había una conexión entre la joven y él: sentía cosas que jamás había sentido en su vida, con ninguna otra mujer. Ni siquiera con Annie, y eso que por un tiempo había creído que era Ella. Un poco loca tal vez, pero así y todo... Se esforzó por eliminar de su mente todos los vestigios de Xena... era demasiado raro tener una mujer muerta hacía siglos viviendo en su cuerpo. Él era Harry, no esta Xena... y evidentemente reaccionaba ante Gabrielle —Mattie, se recordó a sí mismo rápidamente— de una forma muy masculina. Vaya que sí.

La mano que acariciaba distraída su rodilla se había parado y Mattie llevaba un rato diciendo algo, pero él había estado demasiado ocupado aclarándose la cabeza para escuchar de verdad. Ella se volvió a medias hacia él y se ciñó su brazo alrededor con más fuerza. Hipnotizado, se quedó mirando los grandes ojos verdes y el espeso pelo castaño que le parecía que en realidad debería haber sido rubio. Destacaría muy bien el color de sus ojos y su piel... se preguntó si se lo teñiría. Mattie abrió la boca para volver a hablar y de nuevo él no la escuchó. Se inclinó más hacia ella, con el deseo de capturar esos labios que se movían y acariciar su suave mejilla. Le resultaba tan familiar... sentía que estaba tan bien. Y sin duda era el mejor beso que le habían dado desde hacía mucho tiempo...

Mattie había cerrado los ojos hasta que lo único que vio fueron dos penetrantes ojos azules que la miraban, con una suave luz de amor brillando en sus profundidades. Casi sentía unas largas guedejas que se enredaban entre sus dedos al estirarse y colocar las manos detrás de una cabeza, sujetándola, y supo que oía el ronroneo grave y seductor de la voz de su amante susurrando:

—Te quiero, Gabrielle. Siempre te querré.

Pero los labios eran duros e insistentes, la piel hirsuta y el pelo escaso y demasiado corto. Innegablemente masculinos. No los de Xena. La comprensión le atravesó el corazón y se apartó desesperada, dándose rápidamente la vuelta para ocultar la angustia que sabía que sería evidente en sus ojos y el sollozo que se le quedó atravesado en la garganta.

—¿Qué? ¿Qué pasa, Mattie?

Sin habla, ella sacudió la cabeza, con el pecho palpitante y agitado mientras intentaba calmarse, y Harry se acercó a ella y le colocó las anchas manos sobre los pequeños hombros, acariciándoselos distraído al tiempo que se imaginaba —por alguna extraña razón— que acariciaba unos músculos bien definidos que en realidad no había. Bueno, sonrió con ironía, de todas formas no me gustan las mujeres demasiado desarrolladas. Eso sí, bien dotadas es otra cosa... Le dio la vuelta y recorrió con mirada apreciativa las torneadas curvas y el firme y joven busto antes de encontrarse con sus dulces ojos verdes. ¡Dios, pero qué familiares le resultaban esos ojos...!

—Lo sé... es un poco demasiado, ¿verdad? Yo también me siento bastante afectado. —Intentó tranquilizarla al tiempo que ella se soltaba de sus brazos. Mattie le echó un ojo: la verdad era que no parecía especialmente afectado, pero se trataba de Xena... Él le pasó despreocupadamente el brazo por los hombros y se inclinó para darle otro beso. Ella sintió que el corazón volvía a golpearle el esternón al sentir el contacto de dos almas, hasta que de nuevo se quedó deshecha al darse cuenta de que este cuerpo no era el de Xena. Era... Dios, para colmo era el de Joxer.

Confundiendo su súbita palidez y el empujón con otra cosa, Harry chasqueó la lengua para tranquilizarla al tiempo que le acariciaba el pelo. Por alguna extraña razón, no podía dejar de tocar a esta mujer. Necesitaba sentirla. Quería hacer el amor con ella con todo su ser.

—¿Xena? —Su voz sonaba apagada y más que llorosa.

—Harry.

—¿Qué?

Unos ojos confusos y llenos de lágrimas se volvieron hacia los suyos.

—Me llamo Harry. No me llames Xena.

—Harry —dijo ella terminantemente, echándole una mirada apreciativa por encima del hombro.

—¿Lo ves? No ha sido tan difícil, ¿verdad?

Mattie se escabulló rápidamente al otro lado de la habitación y toqueteó un candelabro, dándole vueltas en las manos y sopesándolo mientras él seguía.

—¿Qué tal si vamos a comer algo? ¿Y hablamos de todo esto?

—Claro. Me parece... me parece bien.

Su estómago eligió ese momento para cobrar vida con un gruñido, y él se echó a reír.

—Supongo que algunas cosas nunca cambian, ¿eh? —Le dio unos empujoncitos con un dedo en el estómago y le hizo suaves cosquillas antes de rodearla con un brazo y llevarla hacia la puerta—. ¡Cómo lo he echado de menos! —Y no advirtió en absoluto la expresión angustiada y perdida que a ella se le cruzó por la cara al reconocer las burlas cariñosas que tanto habían divertido a su amante perdida.

Estuvieron sentados varias horas en un pequeño restaurante italiano, bebiendo vino y esforzándose por charlar cortésmente. Sin haber sido nunca el hombre más hablador del mundo, Harry luchó por mantener una conversación con la atractiva mujer que tenía enfrente; se dio cuenta de que, a medida que pasaba la velada, ella se iba quedando cada vez más callada y hundía la nariz profunda y frecuentemente en su copa de vino. Al no estar acostumbrado a hacer tal esfuerzo —por alguna razón, siempre había salido con mujeres habladoras que complementaban su propia personalidad taciturna— por fin se le agotó su pequeña reserva de charla trivial y se quedó allí sentado, jugando con un trozo de espagueti en el plato.

—Ejem. Tienes... tienes un poco de... —Mattie se señaló su propia barbilla con gesto revelador.

—Oh. —Usó rápidamente la servilleta y le sonrió dándole las gracias. Los claros ojos verdes le devolvieron la sonrisa y luego regresaron a su propio plato, que apenas había tocado.

—¿No tenías hambre?

—¿Qué?... Ah, no. La verdad es que no.

Se hizo un silencio que duró cinco largos minutos, interrumpido por fin por el áspero roce del plato de Mattie cuando ésta lo apartó y echó otro gran trago de vino y carraspeó.

—Harry... Harry. Tenemos que hablar.

Él se quedó callado, esperando a que ella continuara, pero no lo hizo, sólo se puso a dar vueltas al pie de su copa. Molesto y con un fuerte suspiro, le quitó la torturada copa de entre los dedos temblorosos y volvió a ponerla en la mesa.

—Está bien, Mattie. A mí también me está resultando un poco extraño todo esto. Me siento como si te conociera desde hace siglos, pero evidentemente no es así. —Echándose un poco hacia atrás cuando notó su penetrante mirada clavada en él, empezó a hablar sin ton ni son—. No puedo explicar lo que pasó antes, pero yo atribuyo gran parte de ello a una especie de efecto post-hipnótico. Estoy seguro de que ese tipo de cosas puede tener efectos secundarios, especialmente cuando lo...

Ella arqueó las cejas bien formadas cuando se dio cuenta de lo que quería decir.

—¿Especialmente cuando lo realiza una aficionada de tres al cuarto?

—Oye, que sólo quería decir que no me creo eso de las vidas pasadas...

—¿Cómo puedes decir eso después de lo que hemos visto? ¿Cómo si no lo explicas tú? —Tenía las manos apoyadas en la mesa, el cuerpo inclinado hacia él, y era evidente que estaba muy enfadada.

—Pues no lo sé... He visto la serie. Annie la ve todo el tiempo. Por Dios, si es imposible moverse en nuestro piso por la cantidad de tonterías de Xena que hay. La verdad es que no me sorprende... probablemente hemos retenido historias de la serie sin darnos ni cuenta.

—No. Yo no veo esa serie. Menuda sarta de estupideces. No soporto ese tipo de programas.

—Mira, lo que te digo, Mattie, es que probablemente es estrés producido por... ¡no sé! A lo mejor no habíamos salido bien de la hipnosis. A lo mejor alguien nos ha implantado esos recuerdos.

—¿Me estás acusando de...?

—¡No! Dios... probablemente ha sido Annie. Está lo bastante loca como para creerse cualquier cosa.

—¡Xena! No creerás eso de verdad...

—¡No me llames así! Cuántas veces... ¡me llamo Harry, maldita sea!

Mattie se levantó tambaleándose y se agarró al respaldo de la silla para afianzar las piernas temblorosas mientras se erguía del todo.

—Creo que debería irme. Gracias por la cena —dijo entre dientes antes de coger el abrigo y abrirse paso hasta salir del pequeño y atestado restaurante. Suspirando, Harry dejó unos cuantos billetes en la mesa y salió corriendo tras ella.

—¡Mattie, espera!

La alcanzó en la esquina de la calle vacía.

—¿Qué quieres, Harry?

—¡Por favor, no te vayas así!

—Lo dirás en broma, ¿no? Prácticamente me has acusado de incompetencia, has despreciado todo lo que yo creo y has rechazado... lo nuestro. Nuestro pasado. ¿Qué quieres de mí?

—Tenía... tenía la esperanza de volver a verte.

—¿Por qué? ¿Es que antes te has olvidado de algo cuando me estabas criticando? —Su tono era casi tan cortante como su mirada.

Él se encogió un poco.

—Gabr... ¡Mattie! Yo sólo... ¡por favor! No me dejes plantado de esta manera. ¿Por favor?

La mujer se quedó inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos mientras sus ojos se movían por la calle, posándose en todas partes menos en él y en la cara que no quería ver. Él interpretó su silencio de otra forma y la besó rápidamente; los dos sintieron el hormigueo que les calentaba los labios y les disparaba el corazón. Él sintió el suspiro de Mattie a través de los labios sellados y apretó su lengua contra ella, intentando entrar. Por un momento, ella sucumbió, pero luego se apartó bruscamente con una mirada de desolación en los ojos cuando por fin los alzó hacia él.

—Lo siento, Harry. No puedo hacer esto. Contigo no.

—¿Qué? ¿Por qué? ¡Mattie! —Estaba rogando... ante su propio asombro, estaba rogando a una mujer a la que conocía sólo desde hacía escasas horas. No me dejes otra vez. Acabo de encontrarte—. Por favor, yo... —Te necesito.

Ella se echó a llorar suavemente.

—¡Oh, Dios, Xena! Lo siento tanto...

—Harry.

Ella lloró con más fuerza, pero se apartó rápidamente de sus brazos cuando él intentó abrazarla.

—Lo siento, Mattie. No quería disgustarte. Creo que eres una buena hipnotizadora. De verdad. —Ahora estaba desesperado y sonaba patético incluso para sí mismo. Pero no le importaba—. Y si de verdad crees en esto de las vidas pasadas, pues está bien. Mattie... podemos arreglarlo, ¿verdad?

—No. No podemos.

—¿Pero por qué? —Casi lloraba ahora, sintiendo que lo mejor de su vida se le estaba escapando, deslizándose entre sus dedos como arena fina.

—¡Xena! —Ahora sollozaba con fuerza agarrada a su manga, mirándolo frenética como si buscara algo, y él, con el corazón roto, supo lo que estaba buscando. A Xena.

—¡Estoy aquí, Mattie! ¡Debajo de todo esto, sigo siendo yo!

Ella sacudió la cabeza con fuerza y las lágrimas se le derramaron de las pestañas relucientes.

—¡Y yo sigo siendo yo, Xena! ¡Ése es el problema!

—No lo comprendo...

—¡Te sigo queriendo, Xena! Te sigo queriendo a ti... ¡no a este cuerpo de hombre en el que estás ahora! Sigo siendo lesbiana, Harry.

—¿Lesbiana? Pero... pero tú... todavía puedes quererme, ¿verdad? A lo mejor es que no has encontrado al hombre adecuado...

Dos pequeños puños le golpearon el pecho mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

—¡No seas tan imbécil!

Él le cogió las manos y se las frotó desesperadamente; ella se apartó de golpe y echó a andar calle abajo. Él tuvo que correr para mantenerse a su altura.

—Crees que soy Xena. ¡Pues lo soy! Me quieres, ¿no? ¡Pues quédate conmigo! ¿Y qué si soy un hombre? Sólo es un cuerpo... ¡sólo es sexo! —rogó, y dio vueltas a su alrededor, tocándola donde podía—. Sólo es sexo. Los hombres y las mujeres lo hacen todo el tiempo. A lo mejor hasta te gusta... Yo... ¡Sólo porque seas lesbiana no quiere decir que no podamos estar juntos!

Nunca hasta ahora había tratado con una mujer homosexual. Su orgullo masculino se sentía herido y la Xena que llevaba dentro le gritaba para que agarrara a su bardo.

—¡Para mí no es sólo una cuestión de sexo! ¡Es lo que soy! ¿No lo comprendes? No puedo conectarlo y desconectarlo sin más... —Se secó la cara con gestos bruscos y luego le cogió las manos entre las suyas y las besó ligeramente—. Cuando cierro los ojos, te veo y recuerdo todo lo que éramos la una para la otra. Llevo toda la vida buscándote; tu cara ha llenado mis sueños. ¿Sabías que todas las novias que he tenido han sido de pelo oscuro y ojos azules? Pero cuando abro los ojos y te miro... veo a otra persona. No a ti. No a la mujer con la que he soñado, a la que he esperado, durante tanto tiempo. No a la mujer de la que me enamoré. Soy lesbiana, Harry, y tú no lo aceptas. No es una buena mezcla.

—Podemos buscar una solución.

—¡Por Dios, Harry! Una relación entre nosotros jamás funcionaría. ¡No quiero hacer el amor contigo! ¿Me entiendes? ¡Quiero hacer el amor con Annie, no contigo! Siento como si mi amor se hubiera partido en dos... ¡quiero a mi Xena!

Se vino abajo y él la estrechó entre sus brazos, sintiendo cómo sus sollozos estremecidos sacudían su cuerpo menudo.

—Yo podría ser tu Xena.

Suspirando, ella se apartó de él y le acarició la mejilla, secando tiernamente las lágrimas que había en ella.

—No puedo cambiar, Harry. Ni siquiera por ti. Así es como soy.

—Por favor, inténtalo.

—Lo siento.

Le besó los nudillos, se dio la vuelta y echó a andar rápidamente por la calle iluminada por las farolas, con los hombros encogidos contra la lluvia helada y racheada que le daba en la cara.

—Gabrielle... —susurró él—, te quiero.

Contempló la espalda de la mujer a la que siempre había amado alejándose cada vez más mientras salía de su vida, y el eco de sus pisadas se fue apagando cuando la lluvia se convirtió en nieve e iluminó el cielo con un resplandor irreal, cubriendo el suelo sucio de una capa de blanco grisáceo, como un sudario. Se dio la vuelta y regresó a casa.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades