Asentarse

Kwipinky



Descargo: Xena, la Princesa Guerrera, y su mundo, incluidos Gabrielle y todos los demás, no son de mi propiedad. Son de RenPics. Supongo, porque la verdad es que no lo sé. Yo no voy a ganar ni un dólar, dinar, dracma, lira (o podéis insertar aquí vuestra propia moneda) con este relato. No he escrito esto por dinero. Espero que os guste. Decidme lo que os parece. kwp75@aol.com
Sexo: Nada.
Violencia: Como en cualquier episodio. Pero sigue siendo para mayores de 13 años. Alguna que otra palabra malsonante.
Episodios desvelados: La maternidad.

Título original: Settlers. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Dos viajeras avanzaban por un camino polvoriento y hablaban apaciblemente, en un cálido día de verano.

—¿Xena?

—Sí —contestó la princesa guerrera de pelo negro y cano.

—¿Has pensado alguna vez en echar raíces? ¿En dejar de dar palizas a los malos, dejar de perseguir a los ex amantes de Eva? Ya sabes, ¿dormir todo el día si te apetece? —preguntó la rubia bardo observando el rostro de Xena, analizando cada rasgo y deteniéndose en los ojos azules.

—Pues no —contestó Xena, sabiendo que Gabrielle se subiría por las paredes por la brevedad de su respuesta. En realidad sí que había pensado en asentarse, y no sólo había pensado en ello, sino que había hecho algo al respecto. Allí era donde se dirigían. Ahora que ya no tenía que ir detrás de Eva, Xena pensaba que podía hacer justo lo que le había preguntado Gabrielle. Pero iba a chinchar a la bardo un poco más—. ¿Y tú?

Gabrielle se detuvo y la miró a los ojos. Meneó la cabeza.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Qué ibas a saberlo —dijo Xena antes de que completara la frase. Pero sabía que Gabrielle sabía lo que iba a decir, y también a hacer.

—Claro que lo sabía. —Gabrielle echó a andar—. En cualquier caso, sí, he pensado en ello y, la verdad, me gustaría quedarme con mis padres en Potedaia. Ya son muy viejos y me necesitan. —Gabrielle sabía que Xena había dejado de caminar en cuanto ella había dicho lo de Potedaia, y siguió con la broma—. Sí, Lila tiene mucho que hacer con los críos de Sal. Fíjate qué cosas tan increíbles pueden llegar a pasar. A Sal lo condenan a hacer trabajos comunitarios en Potedaia y Lila se lo encuentra un día cuando está despejando el camino y van y se enamoran. Increíble. Y ahora, cincuenta y tres nietos después, sigue siendo feliz. —Se volvió y regresó hasta Xena, alargó la mano y le cerró la boca, y luego le agarró la mano y tiró de ella para que volviera a ponerse en marcha.

—Gabrielle, ¿lo dices en serio?

—Claro, tan en serio como tú. Yo también puedo tomarte el pelo, que lo sepas. —Gabrielle se echó a reír de Xena. Ésta se enfadó—. Vamos, puedes encajar una broma, ¿no? Y es cierto que fue curioso cómo mi hermana acabó con Sal y se enamoraron. Y los diez hijos, más los hijos de estos, ¡caray! Pero creo que es feliz, ¿no?

Xena estaba rabiosa, pues no le hacía gracia que se rieran de ella. Se planteó hacer de nuevo lo que había hecho con el chakram cuando las Furias se metieron en la cabeza de Gabrielle. Entonces aquel recuerdo la ablandó. Gabrielle nunca lo había hablado con ella. Pero no sabía por qué. Ella tampoco le había preguntado nada al respecto. En fin.

—Sí, son felices, con sus diez hijos y sus cincuenta y tres nietos. Gabrielle, a Sal por fin le ha salido algo bien.

—Sí, y la pequeña Xena es la bardo, y Gabi es la que da zurras, curioso, ¿eh? Creo que a veces Eva tiene celos. Me dijo que le habría gustado tener una hermana. ¿Tú crees que Sal podría entenderse contigo...?

Clac. Gabrielle se levantó. Buscó lo que la había hecho tropezar y ahí estaba. Pegó un pisotón a Xena en la punta del pie. La miró a los ojos.

—Justo castigo.

—No, la zancadilla ha sido el justo castigo, ahora me debes una —dijo Xena, y pegó un empujón a su amiga.

—¿Ah, sí? ¿Quieres hacerlo ahora? Princesa Guerrera una m...

Plaf. Gabrielle aterrizó de culo. Se dio cuenta de que hoy iba a ser un buen día de lucha. Se levantó de un salto y se subió a la espalda de Xena. Se agarró a ella y Xena le empujó, pero no logró quitársela de encima. Gabrielle sabía que Xena no podría soltársela del cuerpo si no se tiraba al suelo.

—¡Uuf! —Se soltó.

Xena la sujetó al suelo con la bota. Gabrielle le dedicó unos cuantos improperios. Xena se limpió las uñas con su daga de pecho. Miró a la que en ese momento era su odiada compañera.

—¿Te has tomado las hierbas que te he preparado para tu ciclo lunar? Ya sabes cómo te pones.

—Sí, me las he tomado, y sabían a... bueno, sabían tan mal que nunca he tomado nada que supiera tan mal como sabía esa mezcla. ¿Por qué tienes que hacer que sepan tan mal? Y encima has puesto algo que picaba. He tenido que estar todo el rato preparada para salir corriendo al bosque. —Gabrielle lanzó una mirada feroz a Xena, que la miraba con aire risueño—. Lo has hecho a propósito, ¿a que sí?

—Sería muy poco amable por mi parte hacerle eso a alguien, ¿no crees? —preguntó Xena con tono airado, para disimular la sonrisa que le atacaba los labios, porque Gabrielle había dado de lleno en el clavo. Luchó por controlar la risa que le entraba cada vez que se acordaba de Gabrielle saliendo a la carrera del campamento.

—Ya, pues te vas a enterar, Xena. —Gabrielle sorbió dignamente y se alejó.

—No sé yo si me voy a enterar mucho...

—Te he oído, pedazo de...

—Mucho cuidado —gritó Xena a pleno pulmón.

Gabrielle pegó un respingo, al darse cuenta de que se había pasado. Al menos no se le había escapado el insulto. Esperó a que Xena la alcanzara.

—Lo siento, es que estoy... cansada, supongo.

—Ya, bueno, las dos estamos cansadas. Llegaremos dentro de una marca o menos —dijo Xena con tono condescendiente. Pero no pretendía mostrarse condescendiente, simplemente nunca se le había dado bien ser una persona “sensible”. Por lo menos con ese tipo de sensibilidad.

Siguieron caminando hasta que llegaron a un desvío a la izquierda, por lo que siguieron por la derecha. Xena le tapó los ojos a Gabrielle con la mano y la llevó hasta un pequeño claro.

—No mires —le advirtió Xena. Fueron hasta un punto donde había una gran roca y Xena quitó la mano—. Vale, ya puedes mirar.

Gabrielle contempló la estampa. Miró a Xena y Xena le hizo una reverencia y alargó los brazos, presentando la finca a Gabrielle. Observó el paisaje. Correteó siguiendo los arbustos que flanqueaban el liso camino de arena que llevaba a la casa. Aturdida de felicidad, entró en la casa y se quedó en el umbral. La casa tenía tres habitaciones: una gran sala, una cocina con un hogar de piedra para cocinar y una chimenea, y un gran dormitorio con una gran cama. El interior era alegre y la ventana de la cocina estaba adornada con cortinas de vivos colores.

El dormitorio tenía una gran ventana que daba al este y ofrecía una magnífica vista del lago que daba agua limpia y fresca para uso de los ocupantes. El jardín estaba cubierto de sombra y la parte externa del edificio estaba rodeada de arbustos en flor. Unas jardineras de flores flanqueaban el camino hasta la entrada trasera. Una gran valla separaba la parte trasera de la finca del barranco que caía quince metros a unos cien pasos de la puerta trasera. Justo a la izquierda de la valla trasera se acababa de construir una caseta de servicio. La puerta estaba grabada con una pequeña X rodeada por una pequeña G. Estaba claro que se trataba de un nuevo hogar rodeado de un jardín bien cuidado. Era el paraíso. Gabrielle no se lo podía creer. Sonrió, regresó corriendo y abrazó a Xena.

—¿Qué es esto, Xena? —Lo sabía, pero quería que Xena se lo dijera.

—Es un hogar, nuestro hogar —dijo Xena, rodeando con el brazo los hombros de Gabrielle—. Bienvenida.


FIN


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