Revisión de Juego final

Klancy7



Descargo: Estos personajes pertenecen a MCA Universal y Renaissance Pictures. Se los devolveré, pero quiero hacer valer mis derechos como xenite después de ver Juego final. La muerte de Ephiny, resuelta en treinta segundos, dio pie a un estupendo episodio, pero no fue justa en absoluto con ella. Un conmovedor canto fúnebre, pero ninguna escena dramática en el lecho de muerte. ¡Hay que darle tragedia, demonios! Aviso de violencia moderada y lenguaje vulgar.
Klancy7@aol.com

Título original: Endgame Revisited. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Premio Xippy


Xena fue la primera en oír fuera la conocida voz, pero Ephiny volvió la cabeza hacia el sonido apenas un momento después. Seguía lúcida y alerta.

La regente amazona estaba recostada en un camastro de madera cubierta hasta arriba de pieles que no lograban darle calor, salvo cuando la fiebre la abrasaba. Xena la había ayudado a sentarse, porque así podría respirar mejor, durante un tiempo.

Xena se irguió y clavó los hundidos ojos azules en la puerta. Acababa de tomarle el pulso a Ephiny de nuevo, y en ese momento tenía tan mala cara como la amazona. Dos noches sin dormir explicaban la palidez de la guerrera, pero la expresión perdida y desolada era simple pena.

Las dos volvieron a oír a Gabrielle, que gritaba llamándolas. Acabaría por encontrarlas. Con rigidez, Xena se colocó delante de la cama, tratando de prepararse para los momentos desagradables que se avecinaban. Era posible que Gabrielle jamás la perdonara por esto.

—Xena, aparta. —La melodiosa voz de Ephiny seguía siendo cálida, sólo que más suave de lo normal—. No estoy tan mal como para no poder hacer frente a una pequeña bardo rubia y cabreada, aunque sea mi reina. ¿Qué va a hacer, amenazarme con llenarme el culo de mehndi?

Ephiny se esforzó por incorporarse más mientras los pasos de fuera se dirigían por fin a los escalones de madera que llevaban a la cabaña de la reina. Xena la ayudó a acomodarse y luego se retiró rápidamente a las sombras de la polvorienta estancia.

—Buena suerte —murmuró la guerrera.

—No te vayas muy lejos —le soltó Ephiny, cuyo valor empezaba a flaquear.

Calisto hacía entradas menos terroríficas.

Gabrielle de Potedaia estaba furiosa, cansada y a falta de tres días para empezar con el ciclo lunar. Los pies la estaban matando. Y estaba muy cabreada. Y admirablemente tranquila, pensó, al entrar en la cabaña, enarcando tanto la ceja izquierda que casi chillaba.

—¿Ephiny? —Los ojos de Gabrielle se acostumbraron a la luz más escasa. Cruzó la estancia, se plantó junto a la cama y contempló a su regente con una paciencia prudentemente considerada frágil—. A ver. Dime qué ha pasado, te escucho.

—Bien. —Ephiny miró a la mujer más joven con cariño—. Cuando conseguía que me prestaras atención, Gabrielle, aprendías más deprisa que nadie a quien haya enseñado en mi vida. Dioses, eras de armas tomar. Una pastorcilla virginal con el genio de una víbora si se la tomaba a la ligera. Cosa que todas hacíamos, al principio, yo incluida. —Los ojos de Ephiny chispeaban—. Perdona lo mal que te lo hice pasar, cuando acababas de unirte a nosotras, pero tienes que reconocer que eras...

—Ephiny, haz el favor de levantarte en mi presencia. —La voz de Gabrielle era amenazadoramente grave, y no se estaba dejando engañar por los halagos—. Sigues consciente sólo por la gracia de los dioses orientales, que me imponen este maldito pacifismo. ¿Por qué me has enviado a ocuparme de no sé qué tontería de tratado inexistente, nada más terminar la batalla más sangrienta que hemos tenido desde que acepté la máscara?

—Porque había alguien que te quería asesinar, y sabíamos que no te tomarías la amenaza en serio mientras estuviéramos en guerra. —La evidente ira de Gabrielle no parecía afectar a Ephiny. La sonrisa de la regente fue en aumento y ahora tenía un aspecto más vigoroso que en las últimas horas—. ¡Xena, pedazo de pringada! ¿Se enfada tanto contigo muy a menudo? Por los dioses, da gloria verla. Me parece que no puedo cerrar el puño.

Gabrielle seguía intentando comprender esa última frase, pero sus ojos recorrieron la estancia y encontraron a Xena.

—¿Un asesino? Xena, ¿no se te ocurrió que se me debía avisar de ello?

A Gabrielle se le apagó la voz cuando se colocó delante de Xena y la miró a la cara. Agarró a la guerrera del brazo y tiró de ella para que avanzara un paso, de modo que la luz de la antorcha revelara sus facciones.

—Xena, ¿qué te pasa? Tienes muy mala cara. —Todavía parecía enfadada, pero a veces el enfado y la preocupación sonaban igual en el caso de Gabrielle—. ¿Estás enferma? No te habrán herido durante la...

—Estoy bien, Gabrielle. —Xena se soltó de la mano de la bardo—. No te preocupes, encontramos al...

—Un momento. —La joven reina miró a su amante y luego a su regente, y en sus agudos ojos verdes apareció una expresión desconfiada—. No me lo estáis contando todo.

—No —asintió Ephiny. Se movió un poco en la cama y suspiró—. He tenido mala suerte, Gabrielle. Me alcanzó un dardo de tolmane durante la batalla. No me queda mucho tiempo de vida. Tal vez una hora más.

—Una hora. —Gabrielle se quedó un momento contemplando la pared, luego se fue a la cama de madera y se sentó en el borde, con las manos flojas sobre el regazo—. Ephiny, eso no tiene sentido.

—Es la verdad. Te aseguro que el único motivo por el que estoy tan tranquila es por ese jugo de hierbas asqueroso que tu matona esa de ahí me ha obligado a tragar. —Los ojos castaños de Ephiny se cerraron con cansancio.

—Un sedante —aclaró Xena en voz baja—. No sufre ningún dolor, Gabrielle.

—¡Pero una mujer adulta puede sobrevivir a un dardo de tolmane! Xena sobrevivió. —Gabrielle se volvió para mirar a Xena, y a la guerrera se le puso un nudo en la garganta al ver su expresión aturdida.

—Por los pelos, Gabrielle. —La voz grave de la guerrera estaba ronca de tristeza—. Y la constitución de Ephiny no es tan fuerte como la mía.

—Te obligaría a demostrarlo, si pudiera levantarme —murmuró Ephiny—. Tiene razón, Gabrielle, no me queda mucho tiempo. Escúchame. O pescas o cortas el cebo.

—¿Qué?

—Tu tribu necesita una reina. Las conozco, a todas y cada una de estas mujeres, y se merecen una reina, no una figura decorativa que se deja caer por aquí de vez en cuando. Les debes a ellas tomar la decisión, ahora, de si te comprometes a reinar o le pasas la máscara a una nueva dirigente. —El largo discurso la cansó, y volvió a apoyar la cabeza en la cama.

Era evidente que iba muy por delante de Gabrielle, quien todavía estaba asimilando la primera parte del informe de su regente.

—Espera un momento. Ephiny, deja de... dictar tu epitafio, es horrible. ¿Me estás diciendo que no hay nada en todas las provisiones de hierbas medicinales de esta aldea que te pueda salvar? ¿Xena? —Se volvió de nuevo para mirar a su amante, enfureciéndose de nuevo—. ¿Lo has intentado siquiera?

—Considera a Sarah, si renuncias a la máscara —continuó Ephiny—. Es mayor, no puede luchar desde que se lesionó la cadera, pero es listísima. Eponin le proporcionará los conocimientos militares que a ella le faltan. —La expresión de la regente se suavizó—. Eponin...

Gabrielle seguía concentrada en Xena.

—¿Por qué no haces algo? Ha sido tu enemistad mortal la que ha provocado esta batalla, Xena, y no puedes quedarte ahí plantada mirándome como un maldito fantasma mientras nuestra mejor amiga...

Ephiny alargó la mano como un rayo y agarró la muñeca de Gabrielle. Nunca, ni siquiera en los primeros tiempos en que despreciaba a la bardo, la había tocado con rabia. Ahora sus dedos la aferraron por un instante, fríos como el hielo, lo mismo que su voz, cuando Gabrielle se volvió atónita para mirarla.

—Gabrielle, ¿es que estás poseída? ¡Xena no ha sido la causa esa batalla! Esta guerrera se ha jugado la vida por tu tribu, una y otra vez, ¡y ni siquiera es amazona! ¡La quieres demasiado y le debes demasiado para ponerte a gritarle como una verdulera!

Ephiny soltó a la reina de golpe, ahora más pálida.

—Ahora escúchame, porque también estás en deuda conmigo, Gabrielle. Yo te enseñé a luchar con una vara de combate, que al principio manejabas con la gracia de un buey. Y por cierto, no me puedo creer que tiraras esa vara al río, te la hice yo misma. Yo te guié a través de las ceremonias y los rituales, y durante el repugnante levantamiento de Velasca, y ahora me debes un poco de respeto en mi puñetero lecho de muerte.

Xena se movió inquieta.

—Ephiny, no te canses.

La hermosa regente se quedó mirándola.

—¿Por qué, para que pueda estar descansada para el funeral?

Gabrielle rechinó los dientes.

—Ephiny, deja de...

—Gabrielle, perdóname —la interrumpió Ephiny—, pero he visto cómo has pasado de ser una joven segura, amable y maravillosa, con un auténtico potencial para el liderazgo, ¡a convertirte en una pequeña arpía satisfecha de sí misma en el curso de una sola estación! No he llegado a enterarme de lo que ocurrió, y ahora no tengo tiempo, pero ¡maldita sea! Sigue así, y acabarás echando a perder la relación más bonita que he visto en mi vida, y que no he tenido la suerte de experimentar. Y vas a conseguir que maten a Xena, si no dejas este rollo, y seguramente a ti también.

Gabrielle se había quedado boquiabierta más o menos al oír lo de arpía. La joven reina realmente nunca se había planteado siquiera las cosas de las que la acusaba Ephiny, pero no tenía espacio suficiente en la mente o el corazón para hacerlo ahora. Se quedó mirando a su vieja amiga en un silencio atónito.

Había algo en su expresión que conmovió a la mujer de más edad, que se ablandó. Ephiny tomó aire despacio y con dolor, y su tono se hizo más ligero.

—Las amazonas no tienen miedo de morir, Gabrielle, tú lo sabes.

—Eso es un mito —susurró Gabrielle. Se puso la mano fría de Ephiny en el regazo y jugueteó con sus dedos.

—Pues esta amazona no lo tiene. —Ephiny cerró los ojos, horrorizada por lo que tenía que decir—. Tampoco lo tenía Solari. Cariño, también la hemos perdido a ella.

Aquello fue la puntilla. Gabrielle estalló en lágrimas, sin control, sin taparse los ojos con delicadeza, sino a chorros y sollozando. Lloró, destrozada, mientras aferraba la mano de Ephiny. Solari también había sido su amiga, y este nuevo e inesperado mazazo de pérdida deshizo por completo a la bardo. Xena apartó la mirada, tragando con fuerza, para no echarse a llorar con ella.

Pronto se produciría una segunda pérdida, más profunda. Xena volvió a aceptarlo al mirar a Ephiny, y casi vio las olas de energía cada vez más débiles que surgían de ella y se disipaban en el aire. Ephiny la miró a los ojos por encima de la cabeza gacha de Gabrielle, y la guerrera y la regente se quedaron mirándose en silencio.

—Vete. —La amazona moribunda apretó la mano de Gabrielle, una vez, y luego la soltó—. Tengo que prepararme. Xena dice que simplemente me quedaré dormida. Tengo una vida entera que recordar, antes de que eso ocurra, y necesito intimidad.

Nadie se movió al principio. Por fin, Xena se despegó de la pared. Cogió la vaina de la espada de Ephiny que descansaba en un banco y sacó la castigada y hermosa espada que llevaba dentro. Xena la dejó con cuidado en la cama al lado de Ephiny, y le colocó los dedos cada vez más débiles alrededor de la empuñadura. Luego se irguió y miró a Gabrielle.

—Dale la Bendición de la Reina, Bri.

Ephiny frunció el ceño y volvió la cabeza en la almohada.

—Vamos, Xena. Ya ha tenido suficientes disgustos por hoy, déjala en paz. —Posó la mano marcada con cicatrices en el suave pelo rubio, con delicadeza—. Además, ella ya ha bendecido mi vida.

Pero Gabrielle se arrodilló al lado de la cama y envolvió la mano de Ephiny con las suyas. Se quedó mirando a su amiga largo rato, memorizando sus facciones, antes de hablar.

—Ephiny de Adesia, hija de Elen. —El tono de Gabrielle era forzado, pero tranquilo y dulce—. Dejas atrás a quinientas amazonas, que son más fuertes por haberte conocido, y que te quieren muchísimo. Cantarán tus canciones a las nuevas hijas de nuestra tribu. En nombre de todas ellas, te doy las gracias, por tu ferocidad, por tu valor y por tu buen corazón. Por dedicar tu vida a la supervivencia de las mujeres de Artemisa. —Gabrielle sonrió, y se le saltaron las lágrimas—. Eres mi reina, Ephiny. Eres mi hermana, y se me parte el corazón.

Xena esperó, luego se inclinó sobre Ephiny y posó sus labios sobre los de ella durante largos instantes.

—Ve en paz —susurró.

Gabrielle miró a la guerrera a los ojos. En realidad no la veía, porque tenía los ojos arrasados de lágrimas, pero notó la mirada compasiva de Xena como una caricia de seda en la cara. Vio que se volvía y salía en silencio de la cabaña.

—Vete —susurró Ephiny, cerrando los ojos—. Seguiré cuidando de vosotras, de las dos, si puedo.

La reina se llevó la mano de Ephiny a la mejilla. Luego le dio un beso en la palma y colocó su mano con ternura encima de la manta.

Ephiny se quedó contemplando el color rojo de sus párpados cerrados mientras los pasos de Gabrielle se iban apagando. Calculaba que le quedaban unos minutos, pero curiosamente, se sentía preparada ya.

Ephiny se relajó y esperó a oír las voces de sus madres.


FIN


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