Porque me amabas

Katelin B.



Descargo: Vale... por si todavía no os habéis dado cuenta: ¡¡¡¡NO SON MÍAS!!!! Ojalá lo fueran. No pretendo pisar callos a nadie. Basta.
Descargo, segunda parte: La letra de la canción Because You Loved Me tampoco es mía. Es de ese ruiseñor maravilloso que se llama Celine Dion. Y, por supuesto, de cualquiera que obtenga beneficios con ella. Qué suerte la suya.
Aviso: ¡El pañuelo a mano! Nada de sexo... lo siento. Es una historia lacrimógena.

Título original: Because You Loved Me. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Premio Xippy


Gabrielle despidió a las guardias reales que le habían dado escolta y entró en la cabaña vacía. La anciana reina amazona no notó el silencio de su alojamiento como lo había notado en los anteriores días de dolor constante. Hasta ahora, todo había sido como un mal sueño, una pesadilla angustiosa de la que no conseguía despertar. Pero la ceremonia le había hecho asimilar la realidad de todo ello. Xena, su pareja y alma gemela durante los últimos treinta inviernos, ya no estaba.

Pasándose una mano ajada por el pelo surcado de canas, Gabrielle se preguntó, una vez más, por qué. La muerte de Xena no tenía sentido. Un estúpido accidente que no habría ocurrido ningún otro día. Ojalá no hubiera habido una tormenta. Ojalá Xena no hubiera ido a ver cómo estaban los caballos. Ojalá el rayo no hubiera descargado cuando lo hizo.

Pero sí que habían ocurrido todas esas cosas. Y el rayo, unido a la repentina aparición de Xena, asustó a los caballos que llenaban el corral, que salieron de estampida. Derechos hacia la Princesa Guerrera. Todo el mundo suponía que estaba demasiado sorprendida o demasiado vieja para apartarse a tiempo, pero fuera cual fuese la razón, el resultado fue el mismo. Xena fue arrollada.

Veinte pares de pezuñas dejaron a la mujer en otro tiempo poderosa hecha un guiñapo pisoteado y ensangrentado, cuya vida pendía apenas de un hilo. La aldea estalló en actividad cuando todas las mujeres, guerreras y niñas por igual, acudieron a ayudar a la consorte de la reina.

Gabrielle salió corriendo a la lluvia, vestida tan sólo con una de las camisas de Xena, y al instante Ephiny la llevó a la cabaña de la sanadora, justo detrás de su compañera herida. Y allí se quedó. Durante tres días, mientras la tormenta aullaba fuera de las destartaladas paredes, Xena aguantó y Gabrielle se mantuvo a su lado.

Por unos momentos, Xena pareció mejorar y hasta Mira, la sanadora, se sintió esperanzada. Pero entonces le sobrevino la fiebre y el cuerpo de Xena estaba demasiado débil ya para luchar. Gabrielle supo entonces que era el fin, pero se negó tercamente a aceptarlo, y siguió aplicando fielmente compresas frescas incluso mucho después de que la carne acalorada de la guerrera se hubiera quedado fría. Y ni una vez derramó una sola lágrima.

Ahora, a solas en la cabaña que había compartido durante tantos inviernos con su compañera, la anciana reina se preguntó por qué no conseguía llorar por su pérdida. Miró a su alrededor, advirtiendo que nada había cambiado desde la noche en que salió, tanto tiempo atrás, según le parecía a ella. Entonces sus ojos se posaron en algo nuevo. Un pergamino, ajado y reseco por el tiempo, colocado encima de la mesa y que antes no estaba ahí.

Algo en su interior instó a Gabrielle a avanzar y alargó la mano, acariciando ligeramente con los dedos el sello de cera, marcado claramente con una estilizada X. Un movimiento experto con la muñeca y la cera saltó, dejando que el pergamino se desenrollara.

A Gabrielle se le aflojaron las rodillas cuando posó los ojos en los garabatos torcidos de Xena. Cogió tiernamente el pergamino con manos temblorosas y fue hasta la cama que habían compartido, donde se sentó con cuidado antes de atreverse a leer las palabras. Mientras leía, se le fueron empañando los ojos. Y por fin, a solas en el silencio de su cabaña vacía, Gabrielle se echó a llorar.

Duermes en nuestra cama mientras escribo estas palabras. Ruego a los dioses que no las leas hasta dentro de muchos inviernos. Hubo un tiempo en que anhelaba la muerte, pues estaba convencida de que mi destino era pasar la eternidad en el Tártaro.

Pero eso era antes de conocerte. Antes de que tu luz pura ahuyentara la oscuridad que había dentro de mí. Antes de que me diera cuenta de que mi alma todavía tenía una oportunidad porque la mitad de ella te pertenecía a ti. Antes de que te amara.

Me alegro de que decidiéramos vivir con las amazonas. Me llena de alegría verte tan feliz. Cada vez que veo tu sonrisa, sé que tomé la mejor decisión. Renunciar al camino tras diez largos inviernos de redención, para venir a casa y convertirte en mi esposa.

Sabes que las palabras no me resultan fáciles. Ese talento que tú posees no es una de las muchas cosas que sé hacer. Así que le voy a dar este pergamino a Ephiny, con la condición de que esté esperándote en nuestra cabaña tras mi entierro, para que, en cierto modo, no estés tan sola. Y así sabrás, por fin, lo que llevo tanto tiempo queriendo decirte, pero que nunca he tenido el don que me habría permitido decírtelo con palabras.

Durante mucho tiempo, todos los que nos rodeaban, incluso las amazonas, alababan mi capacidad para seguir adelante. Para superar obstáculos imposibles. Para luchar por el bien supremo, sin importar el coste personal. Para seguir esforzándome por hacer del mundo un lugar mejor para las nuevas generaciones, aun cuando estaba segura de que lo que me esperaba era el Tártaro. Todo el mundo se maravillaba de mi habilidad en la lucha y de mi capacidad para hacer las cosas más asombrosas. Cuando preguntaban: “¿Cómo haces eso?”, yo siempre respondía lo mismo:

“Sé hacer muchas cosas”.

Pero eso no era cierto. Cada vez que lo decía, pensaba en otra cosa. En algo que quería gritar desde lo más alto del Monte Olimpo, pero que no tenía el valor de decir, ni siquiera después de que Ephiny nos casara. Hacía todas esas cosas por ti, mi amada Gabrielle. Y sólo por ti.

Todas esas cosas que sé hacer. Todo ese poder y esas capacidades. Todas esas habilidades no eran nada sin ti. Sé que te dije muchas veces que tú eras un regalo para mí, ¿pero de verdad llegaste a comprender lo que quería decir? ¿Comprendes de verdad lo que eres para mí?

Eras mi fuerza cuando me sentía débil
Eras mi voz cuando no lograba hablar
Eras mis ojos cuando no veía
Eras lo mejor que había en mí
Me levantabas cuando no llegaba
Me dabas fe, porque creías
Soy todo lo que soy...
...Porque me amabas.


FIN


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