Delicadas atenciones

o Cómo conseguí superar la irritación y amar a la bardo

Kamouraskan y Lariel



Descargo general: Los sospechosos habituales son propiedad de RenPics y Studios USA. Esto es un fanfic, gente. Aaah... pero hay algunos momentos delicados relacionados con el sexo y los cuidados íntimos. Entre dos mujeres. Así que quedáis advertidos.
Se agradecen comentarios: Escribidnos a los dos, si queréis. Nos encantará descubrir qué tipo de persona está dispuesta a leer esto... Kamouraskan@yahoo.com y Lariel_a@hotmail.com

Título original: Tender Mercies, or How I Learned to Stop Chafing and Love the Bard. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


I: Nadie es un héroe para todo el mundo todo el tiempo, o Metiendo la pata

—¡LOCIÓN PARA LOS PIES!

—Escucha, Gabrielle... —Xena sonrió débilmente mientras hacia gestos apaciguadores con las manos. La bardo, congestionada y retorciéndose, no la escuchaba, al menos con amabilidad, y la guerrera se había dado cuenta de que no iba a conseguir salir de ésta a base de encanto. Gabrielle se echó hacia delante y le gritó en la oreja.

—¡LOCIÓN PARA LOS PIES! —La terca guerrera hizo una mueca de dolor mientras la bardo postrada seguía vociferando—. YA me estaba doliendo. Y entonces la BRILLANTE y experta sanadora, la Princesa Guerrera, va y dice, "Ya sé lo que te puede aliviar blablabla..." ¡Arrrggghh! ¿¿Pero cómo se te ha ocurrido usar Loción para los Pies?? —Gabrielle agitó el pequeño frasco de piedra justo delante de los ojos de Xena.

—Nos hemos quedado sin aceite para niños y has dicho que estabas irritada...

—¡Xena! —Volvió a blandir la botella y un dedo tembloroso golpeó la etiqueta con fuerza—. Pie... ¿Vagina?

Una vez más, Xena sonrió débilmente mientras la mujer más menuda, tumbada boca arriba con las rodillas levantadas, apretaba los puños con impotencia y soltaba gruñidos. Por suerte, la bardo era incapaz de moverse... es lo que tiene el dolor físico intenso, reflexionó Xena, apartándose disimuladamente de la distancia de tiro. Gabrielle siguió sermoneando y despotricando.

—Mírame los labios. ¡Pie!... ¡¡¡¡Vagina!!! ¿Pillas la DIFERENCIA?

—¡Pero leí la etiqueta! —fue la respuesta a la defensiva—. Decía, "Hidrata los pies secos y ásperos. Adecuado para la piel sensible..."

—¡De los PIES! —Gabrielle casi logró levantarse del húmedo petate. Casi. Por los dioses, pensó Xena para sus adentros. Parece una tortuga boca arriba. Los blancos brazos se agitaban con furia, y Xena sintió alivio al ver que dichos brazos no conseguían alcanzar los sais metidos en las botas de la bardo.

—Sí que lo probé primero con piel sensible... —comentó Xena, con aire sumiso.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

—Pues, ya sabes, mientras a ti se te irritaba... eeeh... eso, a mí se me estaba irritando otra parte del cuerpo...

—Lo probaste en las rodillas. —La voz sonó extrañamente monocorde. Por un momento—. ¡¡¿¿LAS RODILLAS??!!

Xena decidió cambiar de táctica.

—Escucha. Te comportas como si fuera culpa mía. Yo no era la que no paraba de empujar y frotarse. Tú lo hacías todo... ¡AAAYYY!

Los ojos de la rugiente Gabrielle eran apenas dos rajas cuando clavó en Xena una de sus mejores miradas fulminantes. Es una mirada estupenda, pensó Xena. Es evidente que ha estado practicando. De nuevo, la contrita guerrera sonrió trémulamente. Los ojos de Gabrielle se hicieron aún más pequeños, y Xena prácticamente palideció bajo aquella mirada asesina a plena potencia. El hecho de que la pobre rubia se estuviera retorciendo en el petate y frotándose con mucho cuidado cierta parte de su anatomía añadía una mayor carga a la sensación de culpa que tenía Xena en ese momento, y reaccionó con todo el apoyo moral del que era capaz.

—Ya te he dicho que lo siento. Iré a la botica. Pero creo que deberías reconocer que ha sido un error que podría haber cometido cualquiera.

La mirada matadora de la rubia podría haber congelado el agua de un vaso.

—Ya. Bueno, pues así lo tendrás MUCHO más fácil. Puedes ponerte a la cabeza de la inmensa cola de personas que han puesto hoy LOCIÓN PARA LOS PIES en la vagina de sus novias y prestar atención a lo que el boticario les aconseja hacer a tooooodos los demás.


II: Trágate la medicina como una guerrera

—¡Xena! ¿Qué podemos hacer por ti? —La figura regordeta y alegre que tenía delante puso la guinda en el día que llevaba.

—Salmoneus. Por favor, dime que hay otro boticario a un día a caballo.

—No, mi nuevo socio, Sol, y yo tenemos los derechos exclusivos de toda la zona. —Ante la expresión incrédula de Xena, señaló una cueva situada justo detrás de ellos, colina arriba.

—¿El que está en la cueva es Sol? —preguntó ella, estudiando el intrincado sistema de cuerdas y poleas que unía la "oficina" del regordete empresario con la cueva. Salmoneus miró a su alrededor con aire furtivo y luego le hizo un gesto para que se acercara, susurrando en tono confidencial.

—Estábamos teniendo problemas con unos chicos. Drogadictos. Así que Sol se queda ahí arriba y me baja los pedidos cuando le grito lo que quiero.

—Le gritas los pedidos... —La guerrera echó un vistazo a la cola de gente que se agitaba impaciente detrás de ella y cerró los ojos—. Sal... esto es un mercado público.

—Ya lo sé. Tengo que vociferar de lo lindo para que me oiga. Pero funciona estupendamente. ¿Qué necesitas?

—Dioses. —Elevando una breve oración a los cielos, se lanzó valientemente—. Necesito... necesito algo... —balbuceó, de forma muy atípica en ella. Salmoneus esperaba pacientemente, y los dos guapos soldados que había detrás de ella sonrieron animándola.

—Vamos, Xena. Soy un profesional. —Salmoneus le dio unas palmaditas en el brazo.

Ella sacudió la cabeza y respiró hondo.

—Necesito algo para la irritación vaginal.

El rechoncho comerciante dio un paso atrás.

—¿Y puedes montar a caballo? Me dejas impresionado.

Xena intentó no empezar a rechinar los dientes.

—Oye, Salmoneus, tú haz el pedido.

Él se volvió y vociferó:

—¡EH, SOL! ¡AQUÍ LA SEÑORA NECESITA ALGO PARA LA IRRITACIÓN VAGINAL! ¡¡VAGINAL!!

—Dioses. —Echó una mirada de advertencia glacial a su alrededor, apagando el cachondeo que se iba extendiendo por la larga cola que tenía detrás.

Salmoneus carraspeó.

—¿Xena? Estooo... Sol dice que pruebes con cera caliente.

La ex Destructora de Naciones consiguió conservar la calma... por no hablar de la cordura. Sólo la imagen de su pobre bardo indefensa y furiosa sobre una manta logró controlarla.

—Te voy a dar yo a ti cera caliente, pedazo de... Depilación no, Sal. ¡He dicho irritación!

Alzando las manos con gesto de disculpa, Salmoneus gritó:

—¡SOL! Depilación no. ¡Irritación! ¡IRRITACIÓN VAGINAL!

A su lado se oyó un profundo y abatido suspiro.

Por fin, con un chirrido tremendo cuando las cuerdas y poleas entraron en funcionamiento, al cabo de un momento se encontró con un frasquito en las manos.

—¡Aquí tienes! Para cualquier otro serían cinco dinares, pero tratándose de ti...

—¿Qué es esto? —Lo destapó e hizo una mueca al oler el espeso líquido marrón que había dentro.

—Aaaah... el Preparado Alfa. Para las almorranas y el picor vaginal.

—¿Y esto es lo adecuado? —preguntó ella con insistencia—. Mi vida, y la tuya, no valdrán nada si te equivocas.

—Xena. Me ofendes. Para los amigos siempre hay una garantía de devolución del dinero. Además, sólo tenemos una cueva.

A toda prisa, le puso cinco dinares en la mano extendida, saltó sobre Argo y salió a galope tendido.

Salmoneus la miró partir, casi sin hacer caso de la voz de su socio que seguía recitando las propiedades del Preparado Alfa. Hasta que algo le llamó la atención.

—¿Qué, Sol? ¡¿QUÉ?! ¿Que también sirve para quemar callos y juanetes? ¿Has dicho quemar?

Echando una mirada temerosa al lugar donde había visto a la guerrera por última vez, Salmoneus quitó apresuradamente el llamativo cartel de "Curas y Ungüentos Patentados del Doctor Salmoneus" que adornaba la parte delantera de su mostrador y se puso a guardar los diversos certificados y testimonios que había esparcidos por el recinto cubierto de hierba.

—Sol, ¿a qué velocidad nos podemos trasladar a la otra cueva?


III: Salir de Guatemala para llegar a Guatepeor

—¿Gabrielle? ¡Gabrielle! Creía que te ibas a quedar en ese arroyo tan fresquito hasta que volviera.

—¿Xena? Ha venido Iolaus. —El tono de la bardo era curiosamente inexpresivo.

Lo mismo que sus ojos.

—¿Ah, sí? ¿Y qué ha dicho?

—¿Xena? Yo estaba desnuda y abierta de piernas, incapaz de moverme, tumbada en un arroyo. Él tragó varias veces, se ruborizó y salió corriendo. ¡NUNCA me he sentido tan HUMILLADA!

—¿Entonces no dejó ningún mensaje? —replicó la guerrera, ofreciéndole titubeante el frasquito.

—¡XENA!

—Bueno, ¿quieres ponerte esto o prefieres que lo haga yo?

—¿Te crees que me lo vas a poner tú? Más quisieras.

—Gabrielle. Será más fácil si lo hago yo... —Xena señaló el lugar en cuestión.

Gabrielle lo pensó un momento, le echó una última mirada fulminante y luego asintió.

—Está bien. Cuidado... ¡CUIDADO! No... despacio...

—¿Qué tal?

—Oh, dioses...

—¿Gabrielle?

—¡¡POR LOS DIOSES!! ¿¿Qué has HECHO?? ¿Echarme fuego griego y prenderlo con una antorcha?

—¡¡Gabrielle...!! ¡¡No te puedo ayudar si no paras de pegarme...!!

—¡Quítamelo! ¡¡¡¡¡QUÍTAMELO QUÍTAMELO!!!!!


IV: Los reembolsos son la pera

¡Ay! ¡Xena! ¿Es ésta forma de tratar a un amigo? ¡¡AY!! —gritó Salmoneus al recibir un golpe en la cabeza por tercera vez. Por desgracia, los golpes se los asestaba la cabeza de Sol. Xena sonrió inexorable al tiempo que levantaba a los dos hombres del suelo y volvía a estrellar sus cabezas la una contra la otra.

—Vosotros... dos... no... tenéis... ni... idea... de... lo... que... habéis... ¡HECHO! —Cada palabra iba acompañada de chillidos, lloriqueos y gritos mientras intentaba explicar a los dos hombres lo grave que era el error que habían cometido.

—¡Xena! ¡¡Te hice un descuento!! —intentó Salmoneus por última vez, sin éxito. Con una bardo vociferante, convulsa y últimamente violenta en su cama (o más bien, no en su cama) Xena no estaba de humor para mostrarse clemente. Dejó caer a los dos hombres, cada uno hecho un guiñapo tembloroso, y los miró iracunda. Los dos se encogieron bajo el peso de la mirada. Era casi tan buena como la que le había dirigido Gabrielle, justo después de que Xena consiguiera quitar la mayor parte del Preparado Alfa de ese lugar tan hipersensible. Tarea bien difícil si no se te permite usar los dedos y cuando la paciente grita, chilla y golpea todo lo que tiene a un metro y medio a la redonda. Xena había tenido que hacer un alarde de ingenio. Se chupó los labios adormecidos con la lengua anestesiada e intentó calmarse.

—Bien. Ahora escuchadme... tengo una... amiga... —clavó en Salmoneus una mirada de advertencia—, ...¡que NECESITA algo YA! ¿Veis estos moratones? Pues ASÍ es como lo necesita... Ahora, pareja de matasanos, ¿¿qué tenéis en esta supuesta botica que pueda aliviar el dolor y la irritación de PARTES MUY SENSIBLES??

Sol se escabulló a cuatro patas, hurgó en sus diversos zurrones un rato y regresó con una planta de aspecto espinoso.

—Esto debería servir —consiguió decir, temblando.

Apareció una sonrisa fría.

—Tienes ganas de morir, ¿verdad? ¿Crees que voy a frotar a Gabrielle con ESO?

—Es áloe. Es famoso por sus propiedades curativas.

—Y Gabrielle es famosa por su... escucha, no puedo frotar una planta llena de espinas en...

—No, Xena. —Sol parecía a punto de morirse de miedo. O algo así—. Es un cactus. Un contacto mío se lo agenció... eeeeh, lo adquirió en su último viaje. Es muy valioso, o al menos lo sería si fuera legal aquí. Je.

—¿Legal? —La voz de Xena sonaba más plana que una rana aplastada por un carro con exceso de velocidad. Y sus ojos no prometían nada bueno.

—Es muy eficaz, Xena. Sólo tienes que ordeñar el cactus... —La nuez de Sol subía y bajaba rápidamente y Salmoneus hacía valientes intentos de escabullirse sin que se notara.

—¿Que ordeñe el cactus? ¿Estás loco? —Xena alargó un brazo moreno y agarró al fugitivo Salmoneus. Es asombroso cómo un puño alrededor del cuello puede frustrar los intentos de fuga, pensó maravillada, viendo cómo la cara del supuesto sanador adquiría una extraña tonalidad colorada—. ¿¿Cómo en nombre de Hades voy a ordeñar un maldito CACTUS??

—Estooo... ¿podrías...? —Sol señaló a su ahogado colega—. Me resulta muy desagradable.

Con una última sacudida, Salmoneus cayó a un lado. Xena se agachó, le enderezó el cuello de la camisa y le dio unas palmaditas amenazadoras en la cabeza. Sol asintió agradecido, se acercó a su jadeante y todavía congestionado cómplice y se puso detrás de él mientras explicaba el complicado proceso para ordeñar una planta que no tenía ubres visibles. Con una última y concluyente mirada asesina, Xena agarró la planta y salió corriendo, sin oír en absoluto las últimas palabras del tembloroso "médico".

—Xena... no uses la corteza externa... oh, ¿crees que me ha oído?

Salmoneus se puso de pie con las piernas temblorosas.

—¿Sabes? He oído que últimamente están teniendo problemas en Egipto con unas plagas de forúnculos. ¿Qué te parece?

—Vámonos.

Los dos volvieron a recoger sus bártulos y huyeron.


V: La mañana siguiente de la mañana siguiente

—¿Gabrielle?

No hubo respuesta.

Xena volvió a intentarlo.

—Bueno, para mañana ya podrás caminar de nuevo...

Silencio.

—Te puedo poner el áloe. ¿Es ya hora para otra...? —Cogió la planta con mucho ánimo, rompió una de las ramas y se arrodilló junto a la bardo.

—NO. ME. TOQUES.

Gabrielle habría saltado de la manta, si se hubiera podido mover. Pero no podía: estaba tumbada boca arriba con las piernas en el aire y ciertas partes de su anatomía cubiertas de un gel viscoso. La guerrera, siempre intuitiva, se dio cuenta de que no estaba contenta.

—¿Gabrielle? Algún día recordaremos esto y nos reiremos... —Los ojos azules la miraban con esperanza.

—Algún día puede que volvamos a dormir bajo la misma manta, pero yo no te recomendaría que aguantes la respiración hasta que eso pase...

Xena —que se sentía acosada y culpable desde el... aaaah... desafortunado incidente— no pudo soportar esta última y francamente injustificada amenaza por parte de la menuda rubia.

—Al menos tú puedes ponerte áloe en... eeeh. ¿Y mi lengua qué? —Sacó dicho músculo y lo agitó ante los ojos de Gabrielle, para ilustrar su razonamiento. En los ojos de la bardo asomó un brillo peligroso y momentos después, la larga y rosada lengua de Xena era atrapada, estrujada y retorcida.

—¿Mejor ahora? —preguntó la bardo, con dulzura—. ¿Y qué tal van las rodillas?

—Dodavía un poco dozadaz —ceceó Xena.

—Ahh... pobre Xena. ¿Por qué no te pones un poco del PREPARADO de las narices ALFA?

—Ahh... pero mira, Gabrielle. —La lengua de Xena volvió a alargarse—. Ahora me la has dejado toda roja.

—No te acerques a mí con eso.

—¡Pero mira...!

—¡Apártalo de mí!

—Pero me duele... necesita besitos para ponerse bien...

—¿Dónde tienes el chakram? Te voy a enseñar lo que nece... ¡mmmmfff!

Se hizo un silencio mortal (bueno, casi silencio) durante largos minutos mientras la lengua de Xena le demostraba a Gabrielle lo dolorida que estaba. La bardo, sin embargo, era tan desconfiada que se empeñó en un par de demostraciones más para asegurarse.

Con un chupetón final, las dos se separaron y Xena dijo toda contenta:

—Bien... ahora tengo la lengua mucho mejor.

—Mmmmff.

—¿Y qué tal vas tú?

—Mmm... todavía un poco dolorida, la verdad.

La bardo se reclinó en la manta y se estiró sensualmente. Los ojos de Xena se iluminaron ante el familiar espectáculo.

—¿En serio? ¿Te tocará ya el siguiente tratamiento?

Los ojos algo vidriosos de Gabrielle se aclararon ligeramente.

—Mmmm. Supongo... Pero todavía estoy muy delicada para frotar. Aaah... ¿a menos que tengas otra cosa con la que puedas... aaah, aplicármelo?

—Mmm. Bueno, ahora tengo la lengua muchísimo mejor —dijo Xena con una sonrisa impúdica al tiempo que recogía la planta de áloe que antes había tirado y exprimía un poco de gel.

—Eeehh... Xena... así es como nos metimos en este follón. ¿Recuerdas? ¿Xena? ¡Xena!... ahh, oh, sí... oh, al Hades con todo...

Y con un suspiro de deleite, Gabrielle rodeó a la guerrera con los brazos y se tomó la medicina. Tomó más de la necesaria, en realidad.

A fin de cuentas, mañana sería otro día.


FIN


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