Tocaba muy bien por nada

Kamouraskan



Descargo: Hace poco se han estado haciendo ciertos comentarios a través de la renuncia. Opino que esta muestra de infantilismo debe cesar.
Dos mujeres mantienen una relación amorosa implícita. Hay muchas historias ahí fuera que no tratan del cariño y el amor y que no ofenderán vuestra sensibilidad.
Los personajes aquí descritos son propiedad de Renpic, y se usan únicamente por diversión, no para obtener un beneficio personal. La historia es mía. Si se obtiene algún beneficio económico, se debe dirigir a Archaeobard, para mantenerla en sus años de decadencia. Lo antes posible.
Kamouraskan
El título y la historia se inspiran en la canción He Played Real Good for Free de Joni Mitchell.

Título original: Played Real Good for Free. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


La bardo era joven, pero expresiva. Sus palabras y sus manos volaban por la sala mientras describía vívidamente el ataque contra su acompañante y ella misma. La reina observaba con intensa pero entristecida admiración, mientras los ojos de la narradora soltaban destellos, dominando la sala. Era muy buena, pensó la reina, hasta que la interrumpió una ayudante.

—¿Majestad?

La reina desvió la mirada con cansancio, pensando en las minuciosas negociaciones que todavía quedaban por delante.

—Sólo un momento —ordenó. Luego hubo una pausa y la voz añadió—: Por favor.

La ayudante, atrapada entre las limitaciones del programa y su absoluta lealtad, asintió rápidamente y volvió a sentarse. En el escenario, la bardo continuó describiendo un combate en el que su acompañante derrotó a una docena de tratantes de esclavos sin ayuda de nadie. La reina advirtió risueña que a la narradora la había empujado a un lado para que no corriera peligro cuando empezó la lucha, y que había un claro resquemor al respecto. Pero en su tono sólo había admiración hacia su camarada, y la sala siguió en silencio mientras ella continuaba describiendo sus aventuras. No se oyó el menor ruido en la taberna hasta que puso fin a la historia. La bardo se levantó y agradeció los aplausos.

—¿Reina Gabrielle? —La ayudante volvía a estar a su lado, y con un suspiro, la reina indicó que llevaran unos dinares a la bardo, y luego se dirigió meditabunda hacia su transporte. Las amazonas que le servían como porteadoras se pusieron firmes al instante. Por mucho que la reina odiara las formalidades, reconocía que la seguridad era necesaria y que su obligación era impresionar cuando realizaba visitas de estado. Pero había una figura alta y fornida que no se levantó de un salto, sino que se desplegó despacio hasta erguirse a medida que ella se acercaba.

—No estabas lista, ¿verdad? —dijo su consorte, ceñuda.

La reina sonrió levemente.

—Era muy buena...

—... pero no la mejor —añadió su consorte.

La reina agarró la mano de su consorte y la apretó, luego se metió por la puerta en el landó y se acomodó en su interior. La consorte se quedó mirándola preocupada. Cuando alzaron el palanquín echó a andar a su lado, atenta a la seguridad, a los transeúntes, pero su centro de atención era, como siempre, la mujer que viajaba dentro.

Habló a la mujer que iba dentro del transporte:

—Todavía podrías hacer eso, que lo sepas...

Gabrielle se echó a reír.

—Sí, ya... —Hizo un gesto irónico indicando el boato de la realeza, la acumulación de poder que sus diez años como reina le habían proporcionado. La unión y el crecimiento de las diversas tribus de amazonas habían convertido a su reina en una fuerza dentro de la política griega y mundial, pero su aversión a los protocolos jamás había disminuido.

—Lo digo en serio —continuó Xena—. No paras de prometer que nos vamos a tomar un descanso, no a viajar como reina y consorte, pero siempre acabamos con alguna cosa urgente o con alguna misión...

Gabrielle sacó la mano para tocar a su guerrera.

—Xena, tranquila... Sabes que no hay nada por lo que pudiera cambiar esta vida, lo que hemos tenido y logrado. Creo que me estaba sintiendo un poco vieja... Todos envejecemos... hay cosas que todos dejamos atrás...

La guerrera soltó un resoplido.

—Eso lo dirás por ti. —Y, sobresaltando a las ayudantes amazonas, pegó un salto hacia arriba, tocó el landó ligeramente y luego aterrizó perfectamente al otro lado.

Casi perfectamente.

La reina sonrió con sorna.

—¡Vas a cojear!

La guerrera continuó mirando al frente.

—No hasta que lleguemos a nuestra habitación.

Se oyó una risa procedente del interior del transporte, y no hubo señal de lesión alguna mientras la pareja real se dirigía al palacio.

La conversación cayó casi en el olvido durante los días de negociaciones, pero por la noche del victorioso día de la firma, la reina se despertó sola. Hubo un movimiento y el ruido de algo que se desplomaba fuera de la puerta. Alcanzando sus sais, estaba agachada cuando Xena entró arrastrando a la guardia amazona inconsciente.

—¿Pero qué haces? —preguntó la reina indignada.

—Necesitabas un descanso...

—¿Y por eso has empezado con su cabeza?

La guerrera miró a su compañera con cierta diversión.

—No, sólo es un “pellizco”. Vístete.

La reina no se movió.

—¡Vamos! —insistió la guerrera.

—¡Xena, no puedo hacer novillos contigo sin más! Lamento haberte dado la impresión de que estaba suspirando por mi inocencia perdida, pero se me pasará. Tengo responsabilidades con la Nación, y tú has jurado lealtad a esa misma Nación.

Xena se acercó a ella despacio, agitando amenazadora los dedos de los puntos de presión.

—Ni hablar. Juré que tus intereses estarían por delante de los de la Nación, y que si alguna vez entraban en conflicto... —Siguió avanzando con aire amenazador.

Gabrielle se movió para interponer la cama entre las dos.

—Xena, esto es ridículo, ya no somos unas crías, no podemos...

Xena hizo un amago con los dedos, una rápida finta, y al tratar de esquivarla, la reina perdió el equilibrio, y la guerrera la levantó en brazos antes de que pudiera apartarse.

—Escucha —le dijo al protestón fardo—, cuanto más dices esas cosas, más me convences de que necesitas vacaciones.

—Hagas lo que hagas, coge mis sais, que están en la cama. —Sosteniendo a la reina en sus brazos, Xena abrió en cambio la puerta y metió la vara que había dejado fuera.

Gabrielle contempló el familiar objeto con desconcierto.

—¿Se trata de esto entonces? Xena, no podemos volver atrás, yo no necesito ni quiero...

La expresión de su guerrera la hizo callar.

—Yo tampoco quiero ni necesito a esa niña, amor. Pero, esto... ¿por mí? —Y le ofreció la vara.

Gabrielle meneó la cabeza, pero la aceptó.

—Te estás convirtiendo en una vieja sentimentalona, ¿lo sabes?

La ex Destructora de Naciones frunció el ceño.

—Sí, creo que es cierto. Y como se lo digas a alguien, tendré que matarte. Despacio.

—Oooooh —se burló la reina.

Había una escala fuera, apoyada en la ventana. Gabrielle soltó una risilla cuando Xena, que seguía cargando con la reina, empezó a subirse a ella.

—Me acuerdo de cuando no necesitabas una escala.

Xena se quedó rígida un momento y luego se apartó de la escala. Gabrielle chilló cuando se precipitaron hacia el suelo, aterrizando en medio de un grupo de amazonas armadas.

Chilapa asimiló la escena. La consorte escapándose por una ventana cargando en brazos con una reina amazona que ofrecía moderada resistencia. La regente frunció el ceño con toda la altivez que le permitía dicha escena. Preguntó con cautela:

—¿Se puede saber qué está pasando?

La consorte miró a la reina y luego volvió a mirar a la regente y a sus guerreras amazonas.

—Creo que es un secuestro —contestó con seriedad. Gabrielle alzó la mirada y asintió. Xena volvió a mirar a la regente—. Sí, es un secuestro, sin duda.

Chilapa se lo pensó.

—¿Cuánto dirías que va a durar este secuestro?

Hubo otra conversación sin palabras entre secuestradora y víctima, y las dos acabaron encogiéndose de hombros.

—No lo sabemos —replicó Xena por fin.

La regente reflexionó sobre ello.

—Tal vez podría haber algunos mensajes, ¿como una nota pidiendo un rescate de vez en cuando...?

Ambas volvieron a mirarse y asintieron.

—Eso sería lo tradicional, ¿no? Pues vale.

—¿Qué les decimos a los delegados, cuando la reina amazona no aparezca mañana en el banquete que se celebra en su honor?

La secuestradora interrumpió la respuesta de la reina amazona.

—Decidles que la reina, como el arco iris, llega y se va. Y sin embargo sé que, vaya donde vaya, habrá desaparecido una gloria de la tierra...

—Luego decidles que estoy llevando a cabo otras duras... negociaciones —añadió Gabrielle.

—A tus órdenes. —Chilapa se inclinó, y la guerrera se alejó hacia los árboles. Oyeron una última conversación antes de que desaparecieran en la noche.

—Eso ha sido excelente, eso del arco iris —decía la reina.

—Gracias. Es lo justo, tú consigues algo de guerrera, yo consigo un toque de bardo.

—¿Así es cómo funciona?

—Pues sí.

—Pues por eso, vas a conseguir mucho más que un toque de bardo...


El príncipe observaba con el resto del campesinado mientras la bardo tejía su hechizo. No tocaba el vino desde el instante en que había empezado, y sabía que sus ayudantes no tardarían en exigir que regresara a su carro. Sus planes para reunirse con la reina de las amazonas se habían retrasado una vez más y sólo pretendía distraerse un momento en esta vulgar taberna. Pero ese plan se fue al garete en cuanto la bardo subió al escenario.

Era una mujer muy atractiva, menuda, pero vestida con sencillez. Apenas se había oído un ruido desde hacía más de dos marcas, y todavía los tenía a todos embelesados. Guapa y con talento, pensó mientras observaba cómo se movía por el escenario. Había llegado al punto culminante de su historia sobre Troya: descripciones tan vívidas que era como si todos estuvieran en los muros de aquella gran batalla. Terminó, y la sala se quedó en silencio unos segundos antes de estallar en aplausos y gritos pidiendo más. Haciendo un gesto tímido con la cabeza, la bardo se bajó del escenario y hubo un poco de revuelo cuando algunos de los admiradores más encendidos quisieron acercarse para felicitarla. Sus guardias se desplegaron para defenderlo por si había problemas, pero él les indicó que fueran a ayudar a salir a la mujer menuda. Resultó innecesario cuando una guerrera alta y morena se apartó de un rincón y al instante apaciguó al gentío. La bardo dirigió una mirada de agradecimiento a su protectora, que le fue devuelta, y el príncipe se dio cuenta en ese momento de que no había esperanza para su idea de preguntarle cómo se llamaba o solicitar su compañía. Era lo bastante avispado como para saber cuándo un corazón ya tenía dueño. Suspiró, e indicó a sus hombres que le llevaran unas monedas, para que al menos pudiera dormir cómodamente esta noche.

Se puso a pensar en el destino. Antes él tocaba el laúd y soñaba con actuar en público, con ser un trovador errante. Pero la muerte de sus hermanos lo había obligado a ocupar el puesto que ahora desempeñaba, y se había acostumbrado demasiado a los lujos para lamentar la pérdida. Mientras se trasladaba a su carro, vio a la guerrera y a la bardo con una vara, abriéndose paso, cogidas de la mano, por el mercado que ya estaba cerrando. Las dos se movían con la tranquila familiaridad que sólo se produce cuando se ha pasado mucho tiempo en mutua compañía. Se subió a su asiento, y seguía mirando cuando la mujer más alta recibió un golpe en el trasero con la punta de la vara que llevaba la bardo. Una rápida bota de guerrera le devolvió el golpe. Hubo una risueña conversación, que acabó con la mujer más menuda riendo a carcajadas, ahí mismo, en medio de la calle. Ojalá la vida fuese así de sencilla, pensó, y el anhelo que le entró le provocó una leve punzada de envidia, pero se le pasó en cuanto se imaginó su vida. ¿Dos mujeres, en el camino, durmiendo y comiendo donde y lo que buenamente pudieran? No había motivo para envidiarlas. Les indicó a sus hombres que arrancaran, pero miró por última vez a las dos mujeres antes de marchar. La mujer grande y morena estaba detrás y tenía abrazada a la rubia más baja, mientras la bardo señalaba algún aspecto de los últimos rayos de la puesta del sol, arrebujada a salvo en sus brazos.

¿Envidia? Sí, sentía cierta envidia en el fondo de su corazón.

A pesar de todo, seguía siendo humano.

Su carro inició la marcha, y mientras se ponía el sol, le pareció que formaban una sola figura, dibujada con una luz oscurísima.


FIN


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