Y sólo es amor

Kamouraskan



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de RenPic y MCA, yo sólo las he hecho llorar un poco, pero sin daños físicos permanentes.
Sexo o violencia: Esta vez no, pero no puedo escribir sobre ellas de otra forma que no sea como almas gemelas y todo lo que eso implica.
Dolor y consuelo: Si lo he hecho bien, es de llorera. Ocurre en algún momento entre Un asunto de familia y Atracción animal.
Gracias por los perspicaces comentarios, Mary Morgan; por el esfuerzo y las correcciones, Ice. Unos paisanos de Quebec, los McGarrigle, me proporcionaron sin querer música y el título, y la Tabloid Ballad (Balada sensacionalista) del bardo es de la colección Childe. No se ha conseguido determinar su fecha exacta.
Se agradece y se contesta correo en Kamouraskan@yahoo.com
Para Corey Lippert. Seguimos echándote de menos.

Título original: And It's Only Love. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Día Uno


Corin:

Os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio os odio...


Xena:

Le devolví el pergamino a Gabrielle. Ella esperó a que hiciera algún comentario.

Gruñí:

—Dan ganas de leer el Día Dos.

Suspiró y miró al chico que estaba en el rincón y la ignoraba malhumorado.

—Esto no está saliendo como yo esperaba.

Oh, ¿en serio? Me limité a alzar las cejas. Tal vez no me parecía que ya le hubiera echado suficientes broncas por esta "misión". El crío no había hecho más que insultarnos y escupirnos desde que nos lo llevamos de su casa hacía tres días. Y no le culpaba.

Ella parecía casi derrotada.

—¿Xena...?

Me levanté y me alejé de ella, diciendo:

—¿Gabrielle? Idea tuya. Problema tuyo.

Consiguió disimular lo dolida que se sentía, pero supe que así y todo le había hecho daño. ¿Por qué le había dicho eso? Ya estaba dispuesta a seguir esta estúpida idea, ¿por qué no podía demostrarle más apoyo? No era que no supiera por qué había aceptado para empezar.

Porque sabía por qué. Porque ella quería que lo hiciera. Porque Gabrielle siempre consigue lo que quiere. Pero había algunas cosas que no podía darle. Pero el simple resentimiento no explicaba por qué intentaba hacerle daño.

A pesar del rechazo, me siguió hasta Argo. Hacía pocas estaciones, mi negativa habría bastado para hacerla callar. Pero ya no.

A veces echaba de menos esos días.

Saqué la almohaza y me puse a cepillar.

Ella dijo suavemente:

—Sé que sientes que te he obligado a hacer esto...

La detuve en seco.

—Gabrielle, nunca me has obligado a hacer nada. Pero llevarnos a ese crío ha sido algo rayano en el secuestro y, por lo que a él respecta, eso es exactamente lo que hemos hecho. Ahora bien, puede que tengas a la ley de tu parte, pero yo allí no vi un hogar desdichado ni a un crío desgraciado. Ahora sí.

Tal vez debería haberle pegado un puñetazo. Nos habría dolido menos a las dos.


Gabrielle:

Cuando le enseñé a Xena lo que había escrito Corin, no sé qué esperaba de ella. Me pareció una gran idea darle el diario y la oportunidad de expresarse. Cualquier cosa era mejor que los escupitajos y los insultos. Y tal vez lo ayude a la larga. Todavía queda mucho camino hasta Olinto. Espero poder averiguar qué es lo que está pasando aquí de verdad. Ninguna de las dos ha sido la misma desde que se me ocurrió esta malhadada misión. Tal vez ninguna de las dos está realmente preparada para hacer frente a la idea de devolver a un hijo a su madre. ¿Pero por qué? Es posible que sea yo la que debería escribir las cosas...


Día Dos


¿Sabéis lo que os va a pasar cuando os pille mi PADRE? Os va a partir el culo de tal manera que la única forma que tendréis de cagar será al toser.


Le devolví el pergamino a Gabrielle, destilando sarcasmo.

—Oh, sí, ha colmado todas mis esperanzas. Ya veo que se está adaptando...

Otro maldito suspiro.

—Xena...

—Gabrielle. ¿Qué me estás pidiendo? ¿Que hable con el chico? Ya me han escupido a la cara suficientes veces en mi vida.

Con todo, ella me cogió de la mano.

—Me da miedo preguntarlo... pero a lo mejor si le prometiéramos que lo llevaremos de vuelta si...

Ahora que me enfadé.

—¿Si no sale bien? ¿Ocho días de viaje por territorio peligroso para dejarlo todo como estaba? ¡Gabri-elle!

Vaya, menudo apoyo el mío. Maldición de maldiciones. Por los dioses, ¿cuándo seré capaz de hablar, aunque sólo sea a la persona que significa todo para mí? Tiene tanto amor y desperdicia tanto en una guerrera insensible.

Me alejé a grandes zancadas, hacia Argo, con la esperanza de que al menos mi caballo no se hubiera enterado de lo estúpida que había sido. Pasé el rato tratando de dilucidar qué podía decir, cómo podía disculparme. Sí, no creía en lo que estábamos haciendo, ¿pero cuántas veces la había obligado yo a ir en contra de sus creencias?

Miré al chico que era la raíz de mi última estupidez. Casi un hombre. Lo bastante mayor como para decidir lo que quería. Y si quería quedarse con el padre que lo había criado durante ocho años, aunque el tipo fuera un cabrón que se lo arrebató a su madre, ¿quiénes éramos nosotras para decidir por él? Pero Gabrielle y esos increíbles ojos verdes rogaron:

—Lias ni siquiera sabe si está vivo, Xena. Se ha pasado los últimos ocho años torturándose, arruinándose, intentando una docena de planes para recuperarlo, acostándose cada noche preguntándose si ha hecho lo suficiente. Podemos hacer esto por ella, Xena. Podemos tranquilizar su corazón.

Bueno, ¿y qué pasaba con el chico? Estaba bien hasta que aparecimos nosotras con nuestras buenas intenciones. Entramos en el recinto familiar y no encontramos más resistencia que la suya. Se puso a dar patadas y a chillar y me lo llevé a rastras. Nada de lo que le decía Gabrielle le hacía cambiar de opinión. En cuanto se mencionaba a su madre, se ponía a vociferar uauauaua y se tapaba los oídos como si fuera un niño de cinco años y no casi un hombre de catorce. Contemplé su cara hosca al otro lado del campamento. Quise atarlo después del último intento de fuga. A lo mejor mi problema era que no conseguía dormir lo suficiente por tener que perseguirlo. Sí, ya.


No, hasta ahora, ésta no había sido una de mis mejores ideas. Xena y yo no nos hablábamos. Estábamos arrastrando a un niño por un territorio donde lo podían matar. Y mi guerrera supo desde el principio que sería así. Pero yo se lo pedí y ella me siguió. Maldición, era una suerte que no nos hubiera abandonado ya a los dos. Pero no lo haría. No podía. Y la misma razón que le impedía hacer eso era lo que había usado yo para obligarla a emprender este viaje. Lo odio. Y cada vez que veo la rabia y el dolor en su cara, me odio a mí misma.

Pero Lias había sido una buena amiga en Potedaia. Era mayor que yo y fue la primera del grupo que se casó, que tuvo un hijo y luego dos. A mí me caía bien su marido hasta que descubrí lo desgraciados que eran. Era macedonio, y acabó abandonándola a ella y a los niños para volver a su tierra. De vez en cuando, venía de visita y no hacía caso de su hija mayor ni de su mujer y se llevaba al niño de excursión. Un día, escandalizó a la aldea al regresar acompañado de otra mujer. Pero había abierto una tienda y aceptó firmar la petición de separación de Lias. Así que para asegurarnos de su cooperación y para dejar que Corin pudiera conservar a sus dos padres, intentamos aceptar su presencia. Entonces, un buen día, desapareció con el niño. Se descubrió que la tienda tenía deudas sin pagar y un casero furioso. Las peticiones a los señores del lugar dieron como resultado que se le declarase secuestrador, pero eso no le devolvió a su hijo. Pasaron días, meses y luego años. Cada uno colmado de tramas y planes de Lias para encontrarlo. Casi todos a costa del poco dinero que tenía o podía conseguir. Había ahorrado lo suficiente para viajar a Macedonia, pero la familia de él la obligó a volver. Contrató a gente, envió cartas, pero jamás recibió noticias. Pero Lias nunca se rindió. Nunca se rendiría.

De modo que pensé que ahí estaba yo, solucionando problemas con esta gran guerrera. A lo mejor podía solucionar por fin esta gran tragedia de mi hogar y mi pasado. A lo mejor para variar podía ayudar a que una madre y un hijo estuvieran juntos. Pero ocho años es lo único que puede recordar un niño, y el niño-hombre que arrastrábamos con nosotras no estaba dispuesto a llenar de alegría el corazón de nadie.

Qué heroica me siento ahora.


Día Tres


La Zorra y la Nena no se hablan. Papá me ha dicho que los homosexuales no están juntos mucho tiempo, sólo lo suficiente para tener sexo. Pero no me hace gracia la idea de que a lo mejor la alta va y explota.


Esto me hizo reír.

—Interesante mezcla. Ignorancia y perspicacia.

Gabrielle levantó la mirada ante el inesperado sonido. Me apresuré a apagar su mirada llena de esperanza.

—Date prisa, Gabrielle.

Sabía que estaba provocando casi deliberadamente otro estallido de la preocupada bardo mientras luchaba con nuestro poco dispuesto pupilo. Pero el barco que yo había encontrado estaba preparado para partir y los caballos ya estaban a bordo. Habíamos tenido suerte de encontrar algo que fuera a Potedaia dispuesto a llevarlos a ellos y a un chico retenido en contra de su voluntad. Desde allí sólo había un día a caballo hasta Olinto, donde con suerte podríamos librarnos de esta carga de cuarenta kilos. A lo mejor las cosas volvían a la normalidad entonces. A lo mejor.

El plan original era hacer todo el viaje por tierra, pero aquí estábamos, disponiéndonos a embarcar para cruzar el golfo. Gabrielle había propuesto de repente que fuéramos por mar, a pesar de lo mucho que lo odia. Yo sabía que era por la culpa que le había hecho sentir, pero no rechacé su idea. Nos ahorraba mucho tiempo y tenía mucho sentido. Pero no por eso me sentía mejor. Los arreglos para la travesía y para cuatro malhumorados pasajeros exigieron casi toda mi atención, pero ahora no tenía nada más que hacer que ver cómo el amor de mi vida me rehuía la mirada.

Incluso cuando hice un intento.

—¿Gabrielle?

—¿Sí?

Si hubiera habido rabia o resentimiento en su tono, lo podría haber soportado, pero en cambio parecía como si se estuviera preparando para recibir otro golpe. Me enfurecí de tal manera conmigo misma por hacer que se sintiera así que aunque sabía que se sentiría peor, sacudí la cabeza y me acerqué al borde del muelle. De nuevo me siguió. No debería haberlo hecho. Me volví hacia ella y sé que se quedó sorprendida por la expresión de mis ojos.

—Xena, tenemos que hablar de...

—¡No, Gabrielle! Ahora no vamos a solucionar nada hablando. ¿Quieres que crea en lo que estamos haciendo? Porque no creo. Me encantaría creer que tienes razón, pero no eres la persona indicada para decir que un niño está a salvo con su madre, ¡¿vale?!

Las palabras se me escaparon de la boca antes de que pudiera retenerlas. Oh, dioses, ¿qué había dicho? ¿De verdad había dicho eso? Creo que me habría sentido mejor si ella me hubiera dado una bofetada. Si hubiera hecho algo. Pero sólo se encogió y vi que la expresión de su cara cambiaba y luego se fue.

¿De dónde había salido eso? ¿Cuando lo que quería decir era justo lo contrario?

¿Y la gente quiere saber por qué no hablo mucho? Pues deberían escucharme en momentos como estos.


El barco no ha levado anclas aún y yo ya estoy probando todos los trucos que me ha enseñado Xena para que mi estómago se quede en su sitio. Como teníamos que llevar los dos caballos, sólo teníamos unos pocos barcos donde elegir y éste además transporta ovejas. ¿Por qué, por los dioses, alguien querría enviar ovejas a Potedaia? No tengo ni idea, pero su olor me llega con cada crujido de los mástiles. Afortunadamente, hace buen tiempo, así que puedo quedarme cerca de la borda, respirando todo el aire fresco que puede haber en esta gabarra.

Pienso en lo que acaba de ocurrir. Sabía que quería que la dejara en paz. Pero voy yo y sigo presionando. Y aunque la perdono por lo que ha dicho, la pregunta, como siempre, es, ¿se puede perdonar ella a sí misma?

Por los dioses, ojalá estuviera aquí. Abrazándome. Sé que con la suerte que tenemos, seguro que le vomito encima. Me estoy concentrando desesperadamente en mantener a raya las náuseas. En mi mente veo su cara. Me imagino que siento cómo se relajan sus músculos cuando se mueve para abrazarme mejor.

Tengo que averiguar qué está pasando, sé que sólo hay una cosa que pueda doler tanto, pero no descubro la conexión. Tengo que pensar, necesito escribir, pero no creo que pueda hacer dos cosas al mismo tiempo.

Ay, no. Me he equivocado...


Día Cuatro


Hoy he visto un cartel con un dibujo de mi cara. Me ha dado mal rollo. Tiene que ser una trampa.


No me extrañó que el chico se quedara de piedra. Gabrielle encontró el cartel entre un grupo de cartas devueltas desde Fila. Una cosa era que le dijeran que esta mujer todavía los enviaba a todas partes, todavía intentaba ponerse en contacto con alguien que pudiera ayudarla, pero otra muy diferente era ver una auténtica prueba física de ello.

Yo no estaba mucho mejor. Al dorso, Gabrielle había escrito un poema. Yo estaba tan encantada de que estuviera escribiendo que tardé un poco en darme cuenta de qué trataba.

Algunos dicen que un corazón es como una rueda,
si lo tuerces,
ya no puedes arreglarlo.
Pero mi amor por ti es como un barco que se hunde,
y mi corazón está en ese barco en medio del océano.
Y sólo es Amor y sólo es Amor
lo que puede atrapar a un ser humano y destrozarlo.
Y sólo es Amor. Y sólo es Amor.

Me quedé hecha polvo. ¿Qué he hecho? La trato como a un trapo durante días, la golpeo en uno de sus puntos más vulnerables, ¿y ahora me sorprende que haya empezado a dudar de su amor por mí? ¿Qué he hecho?


Casi es de noche. Mañana a estas horas estaremos en Potedaia. Xena y yo incluso hemos olvidado nuestra habitual discusión sobre si veremos a mis padres juntas, por separado o para nada. Ha pasado todo el tiempo con el capitán desde que vio el cartel, con miedo incluso de mirar hacia mí. ¿Se trata de verdad de Corin o se trata de nuestros hijos? Escribir el poema sí que me ha aclarado las cosas. Sé que el eslabón es el amor. Pero necesito saber qué está pensando ella. Los dioses saben que hablar no es la solución. Todavía no. Tengo que creer que se me ocurrirá. Teniendo en cuenta cómo me siento ahora mismo, podría estar totalmente loca, pero tengo que confiar en lo que me dice el estómago. ¡Oh, dioses, por qué he tenido que expresarlo así! Me voy...


Día Cinco


Hemos atracado en Potedaia. No sé qué va a pasar, pero Gabrielle trama algo. No para de mirarme.


Ya estamos de nuevo en tierra. Argo está casi tan ansiosa como yo de llegar a un sitio abierto. Gabrielle estaba tan callada cuando desembarcamos que me arriesgué a parecer estúpida y comprobé si tenía fiebre. Me echó una débil sonrisa y cogió sus bártulos. Había un viejo bardo cantando una canción en los muelles, pero no presté atención hasta que vi que Gabrielle tropezaba y apenas llegué a tiempo de sujetarla. Tenía una expresión tal de dolor y, no sé, de culpa en los ojos, que me asusté por ella. Estaba a punto de hablar cuando me puso un dedo en los labios y me hizo callar. Esperé un momento en esa ridícula postura, hasta que vi que esa conocida mirada de comprensión le inundaba los ojos.

Se irguió, todavía en mis brazos, y dijo:

—¿Te acuerdas de cuando estábamos bajo ese hechizo de Afrodita? ¿Y ninguno de nosotros se daba cuenta de lo que obsesionaba a los demás por culpa de nuestro propio encantamiento? Pues creo que acabo de romper el mío. Vamos a estar bien, amor. Tú confía en mí. ¿Confías en mí?

Yo estaba a punto de decir algo, pero ella mantuvo el dedo apoyado en mi boca y dijo:

—Asiente. —Y yo sonreí y así lo hice. Entonces ella se apartó y corrió a darle unos dinares al viejo bardo.

Desde entonces, ha tenido esa expresión que se le pone cuando está resolviendo uno de esos rompecabezas. No sé qué va a ocurrir, pero ya me siento mil veces mejor.


No sé cuándo me di cuenta de verdad de la historia que cantaba el anciano. Todavía estaba concentrada en nuestros problemas, cuando por fin penetró en mi dura cabeza.

Regresó a casa de su padre, al-ali-a-loney
Allí tuvo dos preciosos niños, junto al verde bosque
Sacó su pequeña navajita, o-ally-a-loney
Allí quitó la vida a los dos niños, junto al verde bosque

De repente esa voz cascada y vieja era lo único que conseguía oír, y me llenó la mente hasta que creí que me iba a estallar.

Se frotó la hoja en el zapato, all-a-li-a-loney
Cuanto más frotaba, más roja se ponía, junto al verde bosque...

No recuerdo haberme caído, lo único que sentí fue el dolor y la angustia hasta que vi mis propias emociones reflejadas en esos perfectos ojos azules de la mujer que me sostenía, la mujer que también sostenía mi alma. La mujer que estaba sufriendo como yo, porque las dos creíamos, casi resentíamos, el hecho de que Lias nunca hubiera renunciado a su hijo, nunca hubiera perdido... ¿lo digo? Nunca había perdido la esperanza.

Y entonces supe lo que tenía que hacer.

Había oscurecido cuando llevé a Corin al mercado. No costó mucho encontrar uno de los carteles de él. Se dio cuenta de que llevaba allí algún tiempo, y sé que eso le hizo mella. No parecía recordar nada de su hogar, pero al menos me dirigía la palabra, aunque en su mayor parte fueran gruñiditos de irritación. Estoy acostumbrada a eso, de todas formas.

Me alegré de que fuera de noche. Todavía intentaba evitar a las personas que conocíamos. Sólo me cabía esperar que si mis padres y Lila se enteraban de que habíamos pasado por aquí, pudiéramos regresar a tiempo de pedir disculpas. Las cosas se tienen que arreglar antes de que me meta otra vez en esos viejos problemas.

Encontré un anuncio de uno de los conciertos de Lias para conseguir dinero para la búsqueda de Corin. Lo arranqué del poste y se lo puse en las manos. Creo que estuvo a punto de romperlo, pero no pudo. No dijo nada durante un buen rato, hasta que por fin levantó la mirada y dijo:

—No era un truco, ¿verdad?

Yo negué con la cabeza. Era un comienzo. Ahora vendría la parte difícil.


Día Seis


No sé qué pensar. El cartel era parte de una serie de representaciones. ¿Por mí? Si todo lo que creía era una mentira, ¿cómo puedo fiarme de esto?


Anoche dormimos al raso para que nadie viera a Gabrielle en el pueblo. No me hace mucha gracia. Lo que necesita después de estos últimos días es a alguien, a su familia, que le pueda demostrar que la quiere. Y yo todavía estoy demasiado tensa. La idea de regresar con este gamberro dentro de unos días no me ayuda. Ojalá supiera lo que ella tenía planeado; su expresión no me tranquilizaba mucho.


Esta mañana me desperté bajo un cielo gris y un petate frío. No creo que Xena llegara a acostarse. Así que estaba decidida a que esta mañana nos enfrentaríamos a algunos demonios, antes de recorrer una sola legua más.

Llamé a Xena. Vino como si le estuviera pidiendo una muela, pero se encogió y vino. Le susurré que estaba a punto de forzar las cosas con Corin y que la necesitaba cerca. Ella sabía que estaba mintiendo, al menos en parte, pero se quedó a su lado.

Él no era tonto. Estaba casi tan tenso como Xena y el doble de preocupado. Así que sonreí con toda la ingenuidad que pude y me senté delante de él.

—¿Me dejas el cartel? —pregunté.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó el anuncio del concierto que habíamos encontrado la noche antes.

Se lo cogí y mientras lo desdoblaba, expliqué:

—Ha organizado docenas de estos conciertos, en los pueblos de toda la península, ¿sabes? En ellos han actuado músicos y bardos muy buenos. Hasta yo participé en un par de ellos.

Él se quedó mirando al suelo un momento hasta que le oí murmurar:

—Mi padre... mintió sobre ella, ¿verdad?

—¿Te dijo que a tu madre no le importaba, que te dejó marchar sin más? ¿Que sólo causaba problemas?

Asintió ligeramente.

Dije con una vehemencia que nos sorprendió a los dos:

—Pues mintió. Y mucho.

Él asimiló eso durante un rato. Esperé.

—Yo no tenía muchos más años de los que tienes tú ahora cuando te... apartaron de su lado. Nunca hasta entonces había visto a una mujer conocida sufrir tanto dolor. Fue algo gradual. No dejaba de pensar que era un error o una broma cruel. Que contestaría a la puerta y estarías allí... Cuando quedó claro que él había planeado que esto fuera para siempre...

—¿De verdad sentía dolor?

Por lo bajo maldije a su padre por el hecho de que Corin tuviera que preguntar eso siquiera.

—¡Por supuesto! Era madre. —Oí el gruñido de mi guerrera ante esto y sentí el mismo dolor en mi propio corazón. Me acobardé, porque cambié de tema—. Y además estaban los problemas de tu hermana...

—¿Mi hermana?

—Sí, tu hermana mayor. Luthra tuvo otros problemas cuando te llevaron. Te quería, pero tenía que hacer frente a una madre destrozada y a un padre que la había abandonado porque sólo quería al niño. Intenta imaginarte que vives todos los intentos de tu madre, año tras año, por recuperarte, por averiguar cómo estabas. Gastando el poco dinero que tenían, empleando su tiempo en intentar conseguir más. Acudiendo a todas estas reuniones y llorando en su habitación de noche. Luthra lo pasó muy mal, ¿te das cuenta?

Asintió en silencio.

—Sentía mucha incertidumbre... porque sentía rabia hacia ti y al mismo tiempo te echaba de menos.

Parecía que podía imaginárselo muy bien. Volvió a bajar la mirada y murmuró:

—Deberían haberse olvidado de mí.

Ahí estaba. Tomé aliento, sabiendo que todo lo que estaba a punto de decir nos haría mucho daño a mi guerrera y a mí.

—No podía hacer eso, Corin. Era madre. No podía evitar preguntarse qué estabas haciendo, qué pensabas de ella, si estaba haciendo lo suficiente. ¿Puedes imaginar lo que es perder a tu hijo? ¿No saber si está vivo o muerto, a salvo y bien alimentado? ¿Intentar dormir cada noche, sin saber nada? Eso es lo que hace una madre. No lo puede evitar...

No sabía cómo podía decir esto. Sentía que cada palabra rezumaba hipocresía al venir de mí, pero tenía que soportarlo por este chico, por Xena.

—Me van a odiar...

Le agarré los puños que había apretado y los sujeté con firmeza.

—No. El momento en que te vea será el momento con el que ha soñado todas las noches durante ocho años. Eso lo sé, sin la menor duda. Para tu hermana será igual. Éste ha sido su sueño durante ocho años.

—Yo creía que... él dijo que...

Y le salió todo de golpe, e incluso cuando sentí que Xena se marchaba, ella misma próxima al llanto, sólo pude abrazarlo contra mí e intentar murmurarle palabras de consuelo. Vi que mi guerrera se alejaba tropezando y seguí acunando a este niño, diciendo:

—Tu mamá te quiere, tu mamá siempre te ha querido...

Esperé hasta que se calmó y lo miré a la cara cubierta de lágrimas con la mía. Le devolví el cartel con cuidado.

—Quiero que mires esto y pienses en lo que significa. Ya eres lo bastante mayor como para tomar tus propias decisiones, pero esta mujer se ha esforzado mucho, durante muchos y largos años. Se merece abrazar a su hijo, mirarlo a los ojos y saber que al menos está vivo. ¿Puedes hacer eso?

Asintió de nuevo, y lo dejé para buscar a la otra persona que sufría.

Estaba sentada a solas en una roca. Sabía que yo estaba allí, pero no se movió.

Me senté a su lado y le di tiempo. Por fin rompió el silencio.

—Eso es lo que hacen las madres. Tienes razón. Eso es lo que deberían hacer. —Volvió su cara llena de dolor hacia mí—. ¿Qué puedes pensar de mí? —Y se volvió de nuevo.

Me puse a hablar con tono despreocupado.

—Me he estado preguntando toda la semana qué era lo que nos estaba pasando, ¿sabes? No conseguía averiguar cuál era nuestro problema, pero empecé a darme cuenta de que tú tampoco. Estaba tan atrapada en el mismo punto ciego que tenía que eliminarlo antes de poder comprender. Al principio pensé que era porque Corin tenía la misma edad que Solan, pero no era tan sencillo. Aquí estábamos, buscando al hijo de otra persona, una persona que ha pasado todo el tiempo obsesionada por recuperar a su hijo perdido, cuando tú nunca has dejado de autoflagelarte por dejar a Solan con los centauros.

Ella murmuró:

—Lo abandoné...

Ahora no era momento para delicadezas. La agarré de la cara y le sostuve la mirada, con la cara casi pegada a la suya.

—¡Xena! ¿Cuántas veces has querido dejarme atrás, porque creías que era lo mejor para mí? ¿Incluso sabiendo que eso te destrozaría? Y lo único que te ha detenido he sido yo. Diciéndote que era una adulta que podía tomar sus propias decisiones. ¡Y eso ha sido viajando con la persona que eres ahora! No la señora de la guerra que creías que podía envenenar el espíritu y la mente de un niño. Sabes, el único momento en que siento lástima por ti es cuando pienso en esa pobre joven. Dando a luz sola. Sin saber qué iba a ocurrir al día siguiente. Entregando su bebé a las únicas personas que sabía que educarían a su hijo con respeto, seguridad y amor.

No sé quién lloraba más ahora. Pero me quedaba una cosa más por hacerle entender.

—Tanto a Lias como a ti os quitaron a vuestros hijos. ¿Me oyes? Tú no pudiste hacer más al respecto que ella. No tuviste más posibilidad... que la que tuve yo. —Oí un sollozo apagado, no sé de quién era, pero la agarré de los hombros con toda la fuerza que me quedaba—. No había posibilidades, Xena, nos fueron arrebatados, arrebatados de nuestro lado. Por favor, ¿podemos alegrarnos por ella? ¿Y podemos intentar curar nuestras viejas heridas? Por favor, ¿podemos alegrarnos por ella...?

Xena me tomó las manos y las envolvió en las suyas.

—Sólo si tú intentas recordar que sí que luchaste por tu hija. Luchaste contra , hiciste todo lo que debería hacer una madre... querías a tu hija, Gabrielle...

Todo pareció tan sencillo en ese único instante.

—¿Sí?

Y ella me abrazó, diciendo:

—Las dos queríamos a nuestros hijos, Gabrielle, las dos los queríamos tanto...


Día Siete


Me levanté esta mañana con ganas de hacer pis, pero no pude. Gabrielle me ha dicho que todo va a ir bien, pero no conozco a estas personas. No sé qué decir ni qué quieren de mí. No quiero estar aquí. Ojalá pudiera hacer pis.


—Más información de la que me hacía falta —dije riendo, sintiéndome lo bastante desahogada como para estar deseando ver qué iba a suceder durante el día por primera vez desde no sé cuánto. Despertarme al lado de Gabrielle ha sido casi una cura para los dolores que sentía. A veces una llantina como ésa es peor que un combate con una docena de adversarios.

Volví a leer su poema. El que casi me destruye. Se me había olvidado que hay tantas clases de amor. Es sólo el amor lo que puede atrapar a un ser humano y volverlo del revés... y eso fue lo que la llevó a resolver el rompecabezas. El amor de una madre. Incluso el amor de un padre. Eso era lo que nos había llevado a todos hasta aquí.

¿Se volvería en nuestra contra este "rescate"? ¿Podrían curarse alguna vez todos estos corazones heridos?

No era un grupo relajado el que entró en Olinto.


Llegamos hacia la hora de comer, y pensé que oirían mi estómago antes que a los caballos. Corin estaba tensísimo. Yo no paraba de tranquilizarlo, pero no conseguía relajarse. Nos paramos ante la casa donde vivía Lias, y dejé a Corin con Xena. Toda mi esperanza murió al acercarme a esa puerta. Después de todos estos años de querer ayudarla, ¿era ya demasiado tarde para reparar el daño? Me di cuenta de que había convertido esto en una misión personal, sin pararme a pensar de verdad en cuál sería el resultado. Estaba dudando, preguntándome si lo único que había hecho era dejar que mi propio ego hiciera aún más daño a esta familia, cuando se abrió la puerta. Lias es grandona ahora, pero la amiga de mi infancia sigue ahí, bajo las arrugas de preocupación. Me sonrió encantada y me metió en la casa, comentando que había pasado mucho tiempo. Esperé a que terminara y luego cogí una silla y la senté en ella.

Antes de que pudiera preguntar nada, dije:

—Xena y yo hemos ido a Macedonia, Lias.

Dejó de respirar.

—¿Visteis...?

Asentí.

—Fuimos a casa de su padre. Pero... no quiso venir con nosotras.

Lias soltó el aliento que había estado reteniendo y vi un destello de dolor en sus ojos.

—¿Cómo está? ¿Está...?

La interrumpí.

—No quiso venir con nosotras... así que lo atamos y nos lo trajimos en contra de su voluntad. —Hice una pausa—. Está fuera, Lias.

Se quedó tan callada que pensé que se le había parado el corazón. Llené el silencio.

—Está muy asustado, Lias.

No sé si me oyó.

—¿Fuera...?

—No sabe qué esperar...

—¿Fuera, ahora...?

Pensé que se iba a desplomar, pero sacó fuerzas de flaqueza, pues ahora la sostenía su necesidad de ver a su hijo, y gritó a su hija:

—¡Luthra, ven! ¡Ven ahora mismo! Luthra, por favor...

Me empezó a preocupar mucho la posibilidad de que pensara que iba a ser una reunión perfecta con ese niño perdido hacía tanto tiempo, así que intenté advertírselo mientras ella se secaba la cara. No me hizo caso y abrió de golpe la puerta y salió corriendo al patio.

—¿Dónde? ¿Dónde? —fue lo único que dijo, y yo se lo señalé.

Él parecía muy pequeño en ese momento para ser ya un joven, parado allí como un potrillo recién nacido de patas inestables. Y no sonaba como un hombre cuando vio a su madre correr hacia él. Ella cayó de rodillas ante él y él se echó a llorar como un niño.

—Mamá. Mamá.

Miré a mi guerrera y vi que también ella tenía lágrimas en los ojos. Observando, lloré por ellos, por nosotras, por Solan y por Esperanza. Quería creer que habíamos dado un paso más para perdonarnos la una a la otra y a nosotras mismas, que tal vez mañana sería más fácil. Quería compartir de verdad la alegría de Lias.


A veces mamá se me queda mirando como a una estatua y no me gusta. Me protege mucho y le gusta tocarme mucho. Pero sé que está preocupada por si papá viene a llevarme o por si yo no quiero quedarme. Pero sé que es aquí donde tengo que estar. Éste es mi hogar. Si viene papá, se lo diré. No debería haber mentido. A un niño no se le debería decir que su madre no lo quiere. Luthra y yo estábamos raros al principio. Ella no es como yo recuerdo y yo no soy el niño que recuerda ella. Pero está muy bien tener una hermana y cuando mamá se pone rara, está bien tener a alguien que lo comprende.


Bueno, el chico no encaja perfectamente, pero tanto él como Gabrielle no paran de escribir, y me parece que eso es buena señal. Me aseguré de que llegaba un aviso a Macedonia diciendo que no nos limitaríamos a pasar por allí si el padre de Corin decidía volver a interferir en su vida. A veces ser la Princesa Guerrera puede simplificar las cosas, a veces no. Estoy pensando en que ahora tenemos que visitar a los padres de Gabrielle.


Todavía hay algunos problemas, y me doy cuenta de que Lias tiene miedo de gritarle a Corin cuando hace algo mal, pero creo que irá pudiendo con el tiempo. Me ha llevado aparte varias veces para darme las gracias, repitiéndose por lo general, pero siento que soy yo la que debería darle las gracias a ella. Todas necesitábamos descubrir que a nuestro modo, habíamos hecho sacrificios por nuestros hijos. El ciclo de la culpa es más difícil de romper que el ciclo de la violencia. Todas necesitábamos un poco de amor y de perdón por saber que en cierto modo les habíamos fallado a nuestros hijos.

Nos quedamos varios días, hasta que a Xena y a mí nos entró la fiebre del camino. Todavía no le he dicho que no visitaremos a mis padres a la vuelta. Creo que dejaré que sufra un poco todavía. Pero necesitamos estar a solas un tiempo. Mi guerrera y yo todavía tenemos que enterrar a nuestros propios hijos perdidos y recordar que hubo amor, que hay amor.

Sé que todavía tengo que encontrar el perdón. Por favor, que lo encuentre.


FIN


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