Rata

Kamouraskan



Descargo: Los personajes de este relato se basan en la serie de televisión Xena, la Princesa bla bla bla, no hay beneficio para mí, sólo diversión.
Mi amiga Linda me pidió que escribiera una historia en la que Gabrielle tuviera una rata como mascota. Así surge la inspiración. De modo que, Linda, la mejor artista, madre, contable, secretaria, enfermera/administradora a tiempo parcial que tiene el EMSB, te presento, con una fanfarria, a tu Rata.
Siempre se agradece y contesta correo. Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Rat. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Gabrielle se agachó para levantar el petate por segunda vez, soltando un suspiro de irritación. Miró a su compañera, que estaba al otro lado del campamento, sentada en las sombras de la hoguera moribunda.

—Xena, ¿has visto a Androcles?

Xena dejó de afilar su espada un momento para sonreír a la bardo con sorna.

—¿Te refieres a la rata?

Gabrielle hizo una mueca.

—Sí, Xena. La rata. ¿La has visto?

Xena fingió pensárselo antes de responder.

—¿Has comprobado el guiso?

Gabrielle le sacó la lengua al tiempo que se acercaba a la guerrera sentada.

—Podrías mostrar un poco más de respeto por el animal que...

Unos ojos se pusieron en blanco con un gesto bien conocido.

—Te salvó la vida. Que sííííí, Gabrielle.

Echando un vistazo debajo del tronco antes de sentarse, se volvió hacia su guerrera.

—¿Qué?

La guerrera suspiró con fastidio.

—Gabrielle. ¿Te lo digo muy clarito? Untaste las cuerdas con esa bazofia que te daban de comer. Esa rata estúpida se comió las cuerdas porque sabían algo mejor que tus pies. Seamos francas, engañaste a la rata.

—Androcles me salvó la vida y le prometí que si lo hacía, la llevaría hasta el puerto como recompensa.

Xena farfulló algo.

Gabrielle se acercó más a la guerrera.

—¿Has dicho algo? A veces cuesta saberlo.

Xena gruñó en tono inaudible antes de hablar.

—Sólo estaba... Es una rata. te salvaste a ti misma la vida empleando lo que tenías a mano. La rata no dejó sin sentido al carcelero ni organizó la distracción que ayudó a liberar a los demás prisioneros mientras te escapabas. Lo hiciste tú. Y si no lo hubieras hecho... —La guerrera se calló.

Gabrielle continuó por ella.

—Y si no lo hubiera hecho, de todas formas tú habrías llegado al cabo de otra marca, ¿no?

Se oyó otro gruñido.

—¿No te dio gusto no tener que salvarme por una vez?

Xena apartó la mirada.

—No es que me guste rescatarte, Gabrielle, pero...

—Creo que sólo tienes celos de que la rata me salvara antes.

La guerrera estuvo a punto de explotar.

—¡No estoy celosa de una rata! —Al darse cuenta de que Gabrielle había conseguido picarla, se sentó de nuevo y dijo con dulzura—: Es que aparte de ti, la rata y yo tenemos muy poco en común.

Gabrielle estudió a su amante.

—No sé yo, Xena, pelo largo y negro como el carbón, ojos azules. —Xena le sonrió de mala gana—. Dientes blancos y afilados, sí, me extraña que no os confunda más a menudo.

—Eso podría explicar porqué te pasas tanto tiempo acicalándola...

—No, eso es porque entonces encuentro ese puntito blanco que tiene encima del corazón...

Las dos compañeras intercambiaron una mirada sentimental pero bobalicona, que Xena consiguió superar primero.

Controlando su propio sonrojo, Gabrielle se levantó y dijo:

—Volviendo al tema, ¿me vas a ayudar a buscar o qué?

A regañadientes, la guerrera se levantó a su vez.

—Está bien.

Las dos compañeras emprendieron un registro del campamento y la bardo advirtió que Xena iba murmurando:

—Ven, ratita, ratita...

—Androcles —corrigió con precisión.

—Ven, ratita, ratita —continuó Xena, sin hacer ni caso—. Eh, amiguita. ¿Te gustaría salir a jugar a un juego muy bonito que se llama "Pilla el Chakram"?

Gabrielle fulminó a la guerrera con la mirada.

—¡Xena! Ya busco yo sola. Me parece que no tienes la actitud adecuada...

—Está bien. —Xena se acomodó muy contenta en una piedra para observar la búsqueda de su compañera—. Gabrielle, esa pícara se ha escapado. Se ha fugado de tu jaulita y seguro que ya ha encontrado una aldea de ratones de campo y los está aterrorizando. Para montar un negocio de protección.

—Androcles no tenía una jaula. Tenía una casa, de la que podía salir siempre que quisiera.

Xena empezó a hurgarse las encías con un palito.

—Pues lo ha hecho. Se ha ido. Y ahora no podrá encontrar el camino de vuelta —refunfuñó, casi sin que la oyera la bardo—. ...Esa malévola y pequeña...

—¡Oye! No me obligues a defender a la rata, Xena —le advirtió Gabrielle—. De todas formas, siguen la querencia.

—¿Que siguen "la querencia"?

—Sí. Androcles puede encontrar el camino de vuelta usando el instinto.

—Así que ahora tenemos una rata con querencia...

De repente, Xena se puso alerta, espada en mano, observando los arbustos. Escuchó totalmente concentrada hasta que se encogió ligeramente de hombros y dejó caer la cabeza hacia delante con gesto de derrota. Gabrielle la miró con aire temeroso e inquisitivo.

Xena la miró a su vez y suspiró.

—Sí, es Joxer.

La bardo se encogió levemente.

—¿Tú crees que ha hecho un pacto con Ares? —preguntó con cierta irritación—. ¿Para que lo transporte a cualquier lugar donde estemos?

—Pregúntaselo a él. —Xena señaló los arbustos con la espada.

La bardo se acercó a los arbustos que había indicado Xena y esperó, aferrando su vara con las dos manos. Cuando Joxer asomó la cabeza entre los arbustos, Gabrielle consiguió a duras penas controlar el impulso de atizarle un buen golpe.

Joxer sonrió muy contento al ver la cara amada tan cerca de la suya.

—¡Hola, Gabby! —Los dientes de la bardo rechinaron levemente—. ¿Qué te cuentas?

Recuperándose, Gabrielle preguntó con dulzura:

—Oye, Joxer. Nos estábamos preguntando, ¿cómo es que siempre consigues encontrarnos? —Añadió una carcajada despreocupada.

—No sé. Pregunto a la gente, sigo los rastros, sobre todo es que lo sé sin más.

Gabrielle se volvió consternada hacia Xena. La guerrera le sonrió.

—Sí. Es un Joxer con querencia.

Gabrielle soltó un gruñido.

Al ver que la bardo estaba a punto de estallar, Xena se levantó y cambió de tema.

—Esto, Joxer, estamos buscando una pequeña rata negra...

En la cabeza de Joxer sonó un pequeño clarín.

—¡Una rata! Yo me encargo, señoras. —Sacando la espada con gesto florido, Joxer se golpeó en la frente con la empuñadura y cayó redondo al suelo.

Xena y Gabrielle se quedaron mirando desconcertadas al guerrero inconsciente. Gabrielle dijo en voz baja:

—Tal vez deberíamos explicarle, cuando vuelva en sí, que no queremos a la rata muerta.

—¿Que no queremos? —Xena enarcó las cejas—. De todas formas, habría que ver cuál de los dos aparecería con el otro despellejado. A lo mejor acompañado de una bonita tarjeta —añadió pensativa.

—Escucha, guerrera. O me ayudas a buscar a Androcles de una forma no mortífera o te quedas aquí sentada escuchando la explicación de Joxer de por qué tenía toda la intención de golpearse en la cabeza.

Se oyeron más gruñidos, pero después de comprobar si había conmoción cerebral y dejando a Joxer tumbado junto al fuego, las dos se separaron para buscar.

Por supuesto, fue Xena la que localizó al pequeño roedor de ojillos brillantes dentro de un tronco hueco. Reprimiendo el deseo de aplastar sin más el tronco podrido, se acuclilló al lado y reflexionó sobre el problema. Luego volvió al campamento en busca de golosinas para ratas y agua. Colocó las golosinas fuera del agujero al tiempo que echaba agua desde arriba, sintiéndose la mayor idiota del mundo conocido, y esperó, susurrando:

—Vamos, sal, cabronceta, vamos...

Varias marcas después, tras intentar sacar a la rata con todo lo imaginable, desde suculentas viandas hasta la camisa limpia de Gabrielle, la rata salió corriendo y fue atrapada por unas manos aún más rápidas.

Regresó al campamento coronada de gloria y le ofreció la rata a Gabrielle. Quien sonrió de oreja a oreja y la abrazó con fuerza. Quien susurró a la guerrera victoriosa:

—Sabía que lo conseguirías.

Quien dejó caer la rata al suelo, momento en que la rata se alejó correteando. Xena se quedó mirando sin poder dar crédito.

Y montó en cólera.

—¿Pero tú sabes el tiempo que...? ¿Por qué has...?

Gabrielle se apresuró a ponerse fuera del alcance de la espada.

—Lo siento, Xena, pero es que a esa rata no le había prometido nada. —Gabrielle se sonrojó—. Es que ésa no era la rata que se comió las cuerdas.

Xena se puso a hacer ejercicios respiratorios para calmarse.

—Gabrielle, puede que a mí no me gusten los roedores, pero ésa era la rata que llevas mimando tres días.

Manteniéndose aún a varios metros de distancia de la furiosa guerrera, Gabrielle intentó explicarse.

—Y me ha dado un asco horrible todo el tiempo. ¿Es que no te acuerdas de Sísifo? ¡Yo odio las ratas tanto como tú! Aunque jamás podría morderlas literalmente y escupirlas como hiciste tú en la Isla del Tiburón, pensé que al menos podría fingir que me gustaban durante unos días.

Más ejercicios respiratorios tranquilizadores y purificantes. No sirvieron de nada.

¡Pero por qué! —vociferó Xena.

—Tú siempre me estás enseñando cosas sobre mí misma. Y cuando la rata a la que le hice la promesa se escapó, pensé en cómo podía demostrarte una cosa... si fingía que esa otra rata era la que me salvó de verdad. —Las últimas palabras brotaron apresuradamente.

—¿Y qué era lo que tenías que demostrarme?

Gabrielle alargó las manos, haciendo gestos apaciguadores, esperando a que la presión sanguínea de Xena diera señales de haber bajado.

—Siempre estás diciendo que no has cambiado, que tengo una imagen idealizada de ti. Necesitaba darte una prueba. Ahora mi pregunta es, ¿la señora de la guerra Xena habría rescatado a una rata mascota, sólo porque era importante para otra persona?

Confusa, Xena intentó salir del embrollo.

—Un momento, esto lo he hecho por ti, no por la maldita rata.

—Eso no importa, el caso es que lo has hecho —señaló Gabrielle con aire coqueto.

—Este plan se te ocurrió mientras esperabas a que llegara el guardia a tu celda para pegarle un golpe, ¿verdad?

—Mm-mm.

—¿Es que eso no te bastaba para tener la mente ocupada? ¿Estar próxima a la muerte y todo eso?

—Estaba pensando en ti. —La bardo no hacía pucheros con frecuencia, pero cuando lo hacía era demoledora.

Enfrentada a un arma que superaba su capacidad, Xena soltó un suspiro de resignación.

—Somos muy distintas, amiga mía, ¿lo sabes?

—A mí me gusta —contestó la bardo sonriendo.

Xena hizo gestos de estrangulamiento con las manos antes de envolver a la bardo en un estrecho abrazo.

—Habrá venganza —murmuró Xena en el pelo dorado.

—Muy bien —dijo una voz desde abajo—. Pero ahora mismo, ¿podemos recoger y largarnos? Tengo muchas ganas de llegar a ese río del que hablabas y quitarme el olor a rata de la ropa.

Casi habían terminado de recoger el campamento cuando a Gabrielle se le ocurrió una cosa mientras olisqueaba su camisa.

—¿No creerás que ese roedor asqueroso será capaz de seguirnos, verdad, Xena?

Xena le levantó los párpados a Joxer para comprobar.

—No, si nos vamos ya y cabalgamos deprisa...


Bueno, Linda. ¿Qué tal lo he hecho?


FIN


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