Muros y barreras

Kamouraskan



Descargo: Es posible que hayáis notado que Gabrielle y Xena no son de mi propiedad.
Alternativo: Más o menos.
Comedia. Drama. Más o menos.
Esto ocurre justo antes de Cara a cara con la muerte. Parecía ser el primer episodio desde hacía tiempo en que nuestras heroínas trabajaban en equipo, aunque con una especie de desesperación. Estoy en deuda con MK, Sam Ruskin, Susan Rice, los Ex-Guards y la Tavern Wall.
Este relato se empezó a escribir antes de que me pusiera a ayudar con otros tres excelentes relatos sobre el mismo tema. Después de que ellos se quedaran con todas las ideas brillantes, esto es lo que sobró. :-)
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Walls and Hurdles. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Premio Xippy


Todo iba bien en la Taberna de Christos.

Hasta que entró ella.

Los muchachos intentaban relajarse tras el exitoso ataque al castillo del señor de la guerra y había muy buen ambiente. Era como en los viejos tiempos. Corría la cerveza, se gastaban los dinares y el dueño, o sea, yo, estaba feliz. Pero entonces se abrió la puerta de golpe y por la dura expresión de esos ojos, supe que había venido a montar bronca.

Me acerqué disimuladamente a Xena. Estaba repantingada en el rincón como tenía por costumbre, disfrutando de su tercera cerveza de la noche. Pero ahora me di cuenta de que todos sus sentidos estaban alerta. Fui a hablar, pero ella gruñó:

—Lo sé. —Y vi cómo repasaba mentalmente todas sus opciones.

La recién llegada no iba vestida como la guerrera que era, pero yo sabía que era un disfraz. Ya había localizado a Xena, y el solo hecho de ver a la princesa guerrera pareció generarle una hostilidad de la que emanaban olas de amenaza que yo sentía desde aquí. Ni siquiera Xena era inmune. Me di cuenta de que empezaba a estar preocupada.

Aparté la mirada de la mujer sencillamente vestida que estaba en la puerta.

—Le dijiste que irías a casa nada más terminar con Desthus, ¿verdad?

Xena apretó la mandíbula.

—Mm-mm.

—¿Y en cambio te has venido aquí, dejándola sola con la cría?

—Mm-mm.

Maldición, pensé. Acababa de reparar la mitad de las mesas del local después de la última pelea.

Volví a mirar a la mujer de la puerta.

—¿Qué crees que va a hacer? —pregunté en voz baja.

La amazona disfrazada se dirigía ahora a la barra, ignorándonos a los dos ostentosamente.

Xena se estaba dando golpecitos en la barbilla con el dedo índice.

—No puede estar segura de que esto no sea parte de la misión. No hará nada hasta que esté segura. Tal vez deberías evitar que hable con tu camarera...

—Xena, no sé, si me implico... podría pagarlo conmigo también...

Esos ojos azules me atravesaron y fue como si volviera a ser un oficial de bajo rango bajo su mando. Recordé por qué tantos preferían cargar hacia la muerte antes que desobecer a esa voz grave y sedosa.

—Ya estás implicado, Christos. No hagas que nos enfademos las dos. No te gustaría.

Intenté sin éxito reprimir un escalofrío.

—Bueno, ¿cuál es el plan?

El dedo índice detuvo la percusión.

—Si conseguimos que siga sin saber a qué atenerse, podemos esperar hasta que se vaya. Gabrielle nunca confiará en Joxer para que cuide de Eva mucho tiempo...

—¿Sin saber a qué atenerse? —Genial. Justo lo que me apetecía tener en mi local. Una amazona de habilidades mortíferas, sin saber a qué atenerse.

—Ve y dile que los hombres de Desthus están en la taberna. Eso la detendrá un rato.

Así que, intentando disimular mi nerviosismo, me acerqué a Gabrielle. Me echó una sonrisa tensa que no contribuyó nada a bajarme la presión sanguínea. Con lo bondadosa que era en otro tiempo. Suspiré.

Fue directa al grano.

—¿Qué está pasando, Christos? Creía que a estas alturas ya se habría terminado el espectáculo de la guerrera feroz.

Sabía que Xena dependía de mí, que la garantía de que mi sustento siguiera funcionando dependía de que yo hiciera esto bien. Así que intenté decir con aire despreocupado:

—Algunos hombres de Desthus la han seguido...

Hasta ahí llegué antes de que esos ojos verdes me detuvieran en seco.

—Los amigos no mienten a los amigos, Chris.

—Los amigos no deberían dar miedo a los amigos... —repliqué a la defensiva.

—Yo me ocupo de Xena.

—No me refiero a Xena. Desde lo de la niña, bueno, se ha suavizado, sabes. Eres tú la que...

—¿Yo?

Cortado, asentí.

Reconozco que pegué un respingo cuando su mano golpeó la barra.

—¡Estoy harta de esto! Sé que he cambiado, pero es que...

En ese momento uno de los desconocidos se acercó con una sonrisa babosa, y gemí por dentro.

—Hola, bonita, ¿qué tal si tú y yo pasamos un ratito...?

Gabrielle vio mi expresión de miedo y se sonrojó.

Se dio la vuelta y echó una mirada fulminante a aquel tiarrón.

—Lo siento, pero no me interesa, y estoy hablando con un amigo.

No sé de dónde salió, pero de repente uno de los soldados que habían estado con nosotros en el castillo de Desthus se colgó de Gabrielle, con la boca apestosa a escasos centímetros de la suya.

—A mí tampoco me importaría ser tu amigo.

Tampoco sé lo que le susurró al oído, pero a ella se le quedó la cara rígida. Preocupado, miré a Xena, pero ésta ya se había levantado de su asiento.

Y no sé exactamente qué hizo Gabrielle entonces. Creo que fue como la broma estúpida que gasta mi cuñado todos los Solsticios. Ya sabéis, cuando dice: "La mano es más rápida que el ojo", pero no se mueve, ¿vale? Y luego dice: "¿Lo queréis ver otra vez?"

Bueno, pues eso es más o menos lo que pasó. No vi cómo le atizaba en la entrepierna con el talón.

Si no fuera porque de repente casi se le sale la nuez, como si se le hubieran metido ahí las pelotas, habría jurado que una Gorgona acababa de convertirlo en piedra. Además se puso blanco, y entonces Gabrielle se soltó y él se quedó en la misma posición, sólo que oí una especie de chillido agudo que podría haber sido cualquier cosa.

Me quedé mirando a Gabrielle.

—¿Se va a poner bien?

Ella contempló mi nueva estatua.

—Relativamente...

Advertí una pequeña gota de sudor que se había formado en el caballete de la nariz del hombre.

—O sea, ¿alguna vez tendrá más parientes?

A Gabrielle no pareció hacerle gracia mi expresión.

—¡Oye! Eso ha sido violencia justificada.

—Por supuesto. —Me callé. Se trataba de una amiga. Aunque fuera otra amiga que me daba miedo. Así que jugándome la vida, la llevé a una silla. Se resistió un poco—. ¿Gabrielle? No puedo echarte en cara lo que acabas de hacer, pero yo no sudaba así cuando entrabas en el local hace un año. Hace un año, me alegraba de verte. Hace un año o dos me decías que siempre había una alternativa a la violencia.

Vi de nuevo el peso que llevaba sobre los hombros.

—Eso era antes de toparme con demasiadas situaciones en las que no la había.

¿Qué se puede decir? Era una mujer a la que le habían pasado unas cosas que yo ni podía imaginarme. Sabía lo de los soldados de la prisión romana, pero los dioses sabrán a qué más se refería.

—¿Y no es posible que esas situaciones sigan siendo excepciones?

—Lo dices sólo porque no quieres que me ponga a romper sillas.

La achanté con la mirada. Y no era fácil hacerlo. Pero hacía tiempo que nos conocíamos. Sabía que me importaba.

—Vale —reconoció—. Pero has intentado mentirme. No te vas a librar así como así.

Me eché a reír.

—Mientras no me rompas nada, no puedes hacerme daño.

Se echó a reír conmigo. Tardé unos segundos en darme cuenta de que su risa no era como la mía.

—¿Gabrielle?

Sonrió. No sentí el menor alivio al verlo.

—¿Quieres que vuelva la bardo inocente? ¿Qué tal si voy y les cuento una historia a los muchachos?

No sabía qué quería decir con eso, pero con esa sonrisa sé que empecé a decir que no con la cabeza.

—¿Te he contado lo de la vez que estábamos en un barco que se había hundido y estaba del revés? ¿Sabes qué clase de barco era? Era un barco de esclavos. ¿Y sabes qué... instalaciones no tienen en un barco de esclavos? Pues allí estábamos, con el agua hasta el cuello, con... cosas... que flotaban a nuestro alrededor, sin aire fresco, con la presión del agua desde fuera y el barco que no paraba de moverse de lado a lado, arriba y abajo...

Miré preocupado por la taberna llena de borrachos. Trasegando mi matarratas barato. Encima de mis muebles recién arreglados y limpios. Con todos esos surquitos que podía tardar días en limpiar.

—¿Gabrielle...?

—¿...Y te he comentado lo que tuvimos que comer?

—¿Gabrielle? —la interrumpí a toda prisa—. ¿Quieres que cierre el bar un momento, para que podáis estar solas?

Sonrió satisfecha.

—Tenías razón. A veces hay una alternativa.

Solté una carcajada forzada y me subí encima de una mesa para gritar:

—¡Eh! ¡Prestadme todos atención!

No se movió ni una silla.

—Xena necesita quedarse sola un momento... —Se oyeron algunas exclamaciones escandalosas—. Porque Gabrielle quiere hablar con ella.

Con eso bastó. El local empezó a vaciarse en un tiempo récord.

En medio de la huida hacia las salidas, Gabrielle me miró furiosa y retrocedí un poco.

—Te crees muy gracioso.

Meneé la cabeza.

—No, querida, en absoluto.

Me sostuvo la mirada un momento y luego cerró los ojos con cansancio. Vi que su compañera intentaba escabullirse sin llamar la atención con el resto de la tropa.

—¡Tú no! —Señalé a la guerrera. Se detuvo y volvió a sentarse en una silla desocupada con los hombros hundidos. Gabrielle se quedó en la barra, de modo que fui y me quedé de pie ante la guerrera.

—Creía que nos entendíamos —me gruñó.

—Así es. Los dos entendemos que Gabrielle da miedo.

—¿Qué ha dicho?

Puse en práctica mi mejor acento oriental.

—Dice, Plincesa Guelela debe sel hecha pequeña.

Se oyó un ligero gruñido. Levanté la mirada y vi que Gabrielle venía hacia nosotros, y en su rostro había una frialdad como no le había visto nunca.

—Bueno —empezó—. ¿Tenías pensado dar una propina extra a esta niñera para poder salir de parranda?

Xena no se arredró.

—Necesitaba estar un poco a lo mío.

—Ahora siempre estás "a lo tuyo". Incluso cuando estás con nosotras.

De repente me di cuenta de que estaba entre las dos y, tratando de salir de en medio, dije:

—Escuchad, a lo mejor lo que necesitáis como buenas amantes es pasar un tiempo solas...

Gabrielle se volvió para mirarme y soltó:

—¿Amantes? Ya no somos amantes. Ni siquiera le importa que me den celos. Somos dos personas condenadas a estar juntas para toda la eternidad y es como si ya hubiera pasado todo ese tiempo.

Santo Hades.

Creo que el tiempo se detuvo ahí mismo. Mi corazón desde luego que sí.

Sé que Gabrielle lamentó las palabras antes de que salieran de su boca, pero la cerró demasiado tarde. Xena se puso apenas rígida, pero los dos vimos en sus ojos cómo se cerraban las murallas a cal y canto. El pesar de los ojos de Gabrielle se transformó en desafío.

Ay ay ay.

Me interpuse entre las dos de un salto.

—Mmm, eso es un... buen argumento, Gabrielle. Mm, Xena, sabes, he notado que has estado un poco fría desde la India, ¿tú crees que podría ser que todo esto de la eternidad te tiene un poco alarmada?

Gabrielle no había terminado, maldita sea.

—¿Qué, doña "Yo defino mi propio destino"?

Xena murmuró:

—Eso era antes de que no pudiera evitar que nos...

El dolor de los ojos de Xena bastó para apaciguar a Gabrielle.

—Cosa que habríamos evitado si yo no hubiera...

¡Basta ya! —No me podía creer que fuera yo el que gritaba. Las dos me miraron pasmadas, pero me recuperé rápidamente e intenté que las cosas avanzaran—. Todos sabemos que las dos podríais pasaros hasta el fin de los días intercambiando culpas. Pero ¿qué tal si vamos al grano? ¿Eh? Xena, he oído algunos rumores sobre lo que ocurrió en Egipto. No parecías tú. ¿Podría ser que estás asustada por todo esto de para siempre? ¿Es posible? Yo lo estaría. Me siento encadenado y sólo estoy casado en esta vida. ¿Qué tal si lo admites? ¿Y Gabrielle? Tú sabes que no te vas a ir. Díselo. Dile que sería como si te arrancaran el corazón.

Silencio. Le supliqué.

—Díselo, Gabrielle. ¿Aún la quieres?

—Pues claro.

Solté un gemido.

—Nada de "pues claro". Todo esto es porque dais eso por supuesto. ¿La quieres?

Mirando al suelo, susurró:

—Sí. La quiero.

—¿Xena? —pregunté.

Ella también estaba contemplando mi fascinante suelo.

—Tú todavía... —No pudo terminar, así que le pegué un codazo a Gabrielle. Gracias a Afrodita, intervino sin dudar.

—Te quiero. Me da igual el para siempre, te necesito ahora. Aquí mismo, la persona que soy. En esta vida.

La guerrera tragó antes de hablar. Luego lo soltó.

—Vale. Sí. Me siento... a veces... —Se calló y los dos nos quedamos esperando—. Es como estar atrapada.

Sé que a Gabrielle le dolió oír aquello. A Xena le dolió decirlo. Pero Gabrielle se sentó en una silla a su lado y dijo:

—¿Podemos... quieres solucionarlo?

Xena alzó los ojos para mirar a Gabrielle.

—Sí. Hacerte daño... me hace sentir peor.

Pero la exasperación de Gab surgió de nuevo.

—¿Cuándo? Nunca tenemos tiempo...

Por primera vez, se tocaron, cuando Xena cogió la mano de su compañera.

—Gabrielle, esto de los dioses, la cosa no seguirá así mucho más tiempo, no es posible.

A Gabrielle se le saltaron las lágrimas al cerrar los ojos.

—Sí seguirá. No cesa nunca. Siempre estamos esperando que ceda un poco y entonces ocurre... ocurre algo peor.

—Sshhhh —la consoló Xena—. No. No si estamos juntas. De una forma u otra, vamos a zanjar esto. Luego vamos a tomarnos un largo descanso. Las dos solas. Te lo prometo.

Gabrielle la miró a los ojos. Se le quebró un poco la voz.

—Sólo una cosa más, ¿verdad?

Xena le alisó el corto pelo rubio, pero captó el tono derrotado de esa afirmación.

Pero Gabrielle debió de cobrar algo de fuerza por el cariñoso contacto, porque de repente se le puso la cara firme.

—Pues entonces quiero ir directa al origen. Quiero que vayamos a ver a las Parcas. Quiero exigirles que nos digan qué es lo que ocurre en realidad.

Xena se quedó callada un momento y luego asintió.

—¿Juntas? ¿Descubrimos lo que está pasando de verdad...?

—Y pensamos un plan —siguió Gabrielle.

—Las dos juntas.

—Con todas las cartas encima de la mesa.

—Lo hacemos juntas o no lo hacemos —afirmó Xena.

—¿Es lo que quieres? ¿Lo quieres de verdad? Porque eso es lo que necesito volver a tener.

—Entonces eso es lo único que me importa.

Bueno, como podéis imaginar, yo ya me estaba felicitando a mí mismo. Lo había conseguido. Yo solito había conseguido que estas dos leyendas siguieran juntas. Eso compensaba todos los escalofríos que había tenido hoy. Estaban a punto de abrazarse, lo sé. Yo me dirigía a la barra para servirme una copa y celebrarlo cuando ¡maldición! Tuvo que aparecer Joxer. Con un conocido paquete azul.

Tanto Xena como Gabrielle miraron horrorizadas su cara sonriente y estuvieron a punto de chocarse con las prisas de llegar a él. Como preveíamos todos, tropezó con una tabla y las dos mujeres lograron atrapar cada una un extremo de la niña, antes de que Gabrielle se la pasara a Xena.

Xena descargó su rabia contra el inútil.

—Joxer, ¿qué te he dicho sobre intentar hacer dos cosas al mismo tiempo cuando una de ellas es llevar a Eva?

—Perdón por la molestia...

—Sí. Lo eres —le espetó Xena.

Gabrielle levantó la mano para calmar a Xena y le puso la otra en el hombro.

—Joxer, gracias por cuidarla, pero Xena y yo necesitamos estar solas. ¿Podrías volver al campamento y nosotras vamos más tarde?

Joxer observó sus expresiones, se encogió de hombros y con los hombros caídos, se marchó. Gab y yo suspiramos de alivio y volvimos a prestar atención a la hasta un momento antes furiosa Destructora de Naciones. Que estaba hablando con su niña. Moviendo un dedo delante de sus ojos.

—¿Y quién es la niña más riiiiica de este mundo, eh? ¿Quién es, quién es?

Gabrielle y yo disimulamos nuestra sonrisa antes de que Xena levantara la mirada hacia nosotros, pero nos miró a la cara con aire desconfiado. Gabrielle levantó la mano y acarició el moflete de la niña con un dedo delicado. La guerrera levantó a la niña y dijo:

—¿Quieres...?

—No. Da igual... porque si prefieres...

Yo ya estaba tirándome de los pelos por toda esta basura de centauro cuando Xena murmuró con torpeza:

—No... huelo a cerveza y llevo el peto... y... tú eres más suave...

La sonrisa de Gabrielle siempre había sido algo maravilloso. Creo que a Xena casi se le había olvidado, porque la miró como si fuera un amanecer sobre el Partenón, sólo que más preciosa. Vi esa fuerza, ese amor de nuevo mientras Gabrielle acunaba a su hija y una vez más todo volvía a estar en su sitio. Hasta que oímos esa palabra.

Una sola palabra. Clara como una campana.

—Puta.

Si se nos habían puesto los ojos como platos al oírla, se nos pusieron aún más grandes al darnos cuenta de quién lo había dicho.

¿Eva?

La cual gorgoteó alegremente ante tanta atención.

—¿Dónde habrá aprendido eso? —dijo Gabrielle con intención.

Los ojos de Xena parecían un poco huidizos.

—¿Por qué me miras a mí?

Encantada de haber descubierto el éxito que tenía esta forma de llamar la atención, Eva añadió:

—¡Bacante!

—Bueno... —farfulló Xena.

—Cabrón —propuso Eva.

Xena se doblegó ante nuestra mirada.

—A veces cuando lucho y está conmigo...

Pero Eva no había terminado.

—¡Córrete!

Xena y yo retrocedimos un paso. Xena me miró extrañada.

—¿Cómo? Eso no es mío.

—Pezzzzzzón.

Eso hasta yo lo reconocí, y nos volvimos hacia la bardo, pero ésta intentaba escabullirse con las pruebas.

—Alto ahí.

Gabrielle se quedó paralizada. Xena se acercó majestuosamente a Gabrielle, que estaba examinando de nuevo mi suelo.

—¿Le has estado leyendo esos pergaminos a Eva? —inquirió.

El tono amotinado volvió a apoderarse de la voz de Gabrielle.

—He estado escribiendo cuando estamos solas. Ya sabes que trabajo las historias en voz alta. ¡Creía que estaba dormida!

Ahora que estábamos tan cerca, pensé.

Xena se enfadó.

—Ni siquiera sabía que estabas escribiendo otra vez... sobre todo esas historias.

—Es lo que hago desde que dejamos de... —Se calló. Miró a la guerrera—. Sólo escribo esos pergaminos porque... no estamos... porque quiero, necesito...

El tono de Xena se hizo más suave de lo que lo había oído en mucho tiempo.

—No es gran cosa como sustituto, ¿verdad?

—No. Pero es lo que tengo.

Entonces la Princesa Guerrera demostró que ella también tenía una sonrisa muy especial.

—Se me ocurre una solución para eso.

Pensé que había llegado el momento de fregar la barra y de silbar muy fuerte. No me hacían caso, pero seguía oyéndolas.

—Primero vamos a hacer una visita a las Parcas, ¿vale?

—Haremos lo que sea necesario.

—¿Y luego un largo descanso? ¿Las dos solas?

—Las dos solas.

Así que rodeándose con un brazo la una a la otra, sin decirme una sola palabra, se marcharon. No hubo propina, pero no me importó. Pensé que ese día había hecho un negocio estupendo.

Un largo descanso, eso es lo que necesitan, pensé.

Pero nunca volví a verlas.

Bueno, sólo soy un tabernero y un ex soldado. Pero tengo que creer que siguen juntas. Que lo solucionaron.

Porque si no lo hicieron, después de todo lo que habían pasado la una por la otra, y el amor no sobrevivió...

Merece la pena creer en un amor así, ¿verdad?


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades