Miedo

Kamouraskan



Descargo: Xena y Gabrielle son rehenes en poder de otros. Sólo ellos pueden obtener beneficio económico de ellas, no yo.
Mi agradecimiento a Mary Morgan, que habría escrito esto de una forma con la que yo sólo puedo soñar, a Ann Braxton, a Claudia y a Stephanie, que pidió este relato para Hallowe'en.
Siempre se contesta correo en Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Fear. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


El ocaso está próximo. Las últimas horas del día, los últimos días de una estación. Los campos pelados indican que se ha recogido la cosecha. Dos mujeres, una a caballo, la otra caminando a su lado, sujetando con mano despreocupada las riendas de su montura.


—¿Te he pedido disculpas por enfadarme contigo?

Xena frunció los labios como si estuviera pensando muy en serio en la pregunta. Argo resopló debajo de ella.

—No, me parece que no.

Gabrielle echó una mirada exasperada al caballo antes de levantar la vista para mirar a su compañera.

—Vale. Lo siento. Estaba equivocada. Ante mi pasmo... —y con esto las dos se sonrieron la una a la otra—, ...ha sido muy divertido. Y sé que no te sueles empeñar mucho en ese tipo de cosas.

Xena hizo que Argo avanzara más despacio para seguir el paso de la mujer más joven.

—¿Estás diciendo que salir conmigo no es divertido?

—No, hay algunas... raras ocasiones. Muy raras, por supuesto —le tomó el pelo a su vez.

Hacía demasiado tiempo que Gabrielle no estaba tan animada. No sabía por qué: simplemente era como si tuviera la mente despejada por primera vez desde hacía más tiempo del que quería plantearse. Estimulada por el día vigorizante, había blandido varias veces los sais contra las hojas de otoño mientras caían a su alrededor, girando, acuchillándolas antes de que se posaran en el suelo.

Xena soltó un suspiro dramático.

—Antes tenía fama de ser el alma de las fiestas. ¿Tan pesada me he hecho con la edad?

—Bueno, me parece que tu concepto de cómo hay que pasarlo bien y el mío siguen siendo un poco distintos. Pero todavía me sorprendes a veces.

—¿Y lo he hecho esta vez?

—Sí. Y por una vez, ha estado bien. —No pudo contener una carcajada ante la expresión dolida, evidentemente falsa, de Xena—. En serio, siento haberte gritado y haberte llamado insensible, pero nunca pensé que Samhain pudiera ser... ¡divertido! —Gabrielle caminó más despacio mientras recordaba el pasado—. Cuando era pequeña recuerdo que tenía miedo de una vieja celta que vivía cerca de nuestra aldea. Decía que éste era el momento en que los muertos caminaban y la barrera entre los vivos y los muertos estaba más diluida. Yo pensaba que ya habíamos tenido más que suficiente en materia de muerte o religión.

La guerrera alzó los ojos para contemplar los campos vacíos y los árboles casi desnudos que había a su alrededor.

—Bueno, los druidas creen que hay un velo entre los mundos y que en esta época del año se puede viajar a la Tierra de los Muertos.

—Ya lo hemos hecho —dijo Gabrielle estremeciéndose.

—Podríamos habernos quedado si hubieras querido —dijo Xena.

—Lo sé. —Intentando pasar a un tema más ligero, añadió—: Pero me parece que ya hemos visto más que suficientes hombres vestidos de mujer y viceversa.

Xena se rió entre dientes.

—Creo que te preocupa más que yo hubiera participado en las bromas.

Gabrielle se echó a reír.

—Eso también.

La conversación murió y Gabrielle volvió a montar en su propio caballo. Como de costumbre, no iban en una dirección concreta y tal vez fuera el tema, pero en un momento dado su estado de ánimo cambió de nuevo. Siguieron adelante un rato sin hablar mientras se oscurecía el cielo, y a Gabrielle empezó a pesarle ese silencio atípicamente incómodo. Por qué, no lo sabía. No podía ser el silencio de Xena, porque estaba acostumbrada a eso. Tal vez culpara a la guerrera por sofocar de algún modo su animación. Como si se adaptara a su humor, la temperatura empezó a bajar y el cielo nublado tapó la creciente puesta del sol. Lo que había parecido el agradable final de un buen día poco a poco se fue haciendo triste. Lúgubre. Casi amenazador.

Tenía una sensación rara en los dientes, una especie de insensibilidad vibrante que captó la atención de Gabrielle. Había una tensión que parecía emanar del aire frío que la rodeaba, una creciente sensación, que no lograba identificar, de que algo iba mal. Había vivido y con frecuencia apenas había sobrevivido en estos últimos años a base de confiar en sus instintos, y ahora se puso a escuchar.

Xena. Tenía que ver con Xena.

Se puso al lado de su compañera y cuando estaba a punto de preguntarle algo, sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada. Por un instante advirtió que los ojos de Xena no eran del azul gélido de costumbre, sino otra cosa. Algo que había visto por última vez en una pesadilla de demonios y bacantes. Naranja. Iris blancos rodeados de naranja.

Tragando, intentó detener su afirmación, pero ya era tarde. Sabiendo que incluso después de tanto tiempo su rostro era demasiado franco para ocultar lo que había visto, apartó la cara lo más deprisa que pudo.

El miedo llegó de inmediato. Un miedo irracional y terrorífico que por un momento la dejó paralizada. Lo que parecía darle aún más miedo era el hecho de que la afectara de tal manera. Ni siquiera cuando Calisto la engañó ocupando esa forma tan familiar había percibido tal sensación de amenaza. De algún modo estaba convencida hasta la médula de que el cuerpo alto, moreno y hermoso montado en Argo era una amenaza para su vida y que con cada segundo que pasaba el peligro iba en aumento.

¿Qué debía hacer? No tenía sentido fingir que no sabía que ésta era una impostora, y todo en ella le gritaba que tenía que huir, correr más deprisa que nunca, antes de que fuera demasiado tarde. Necesitaba tiempo para pensar, para averiguar qué había sido de la auténtica Xena. Tenía que huir de la fuerza que la tenía casi petrificada.

Sin mirar, supo que cada movimiento que hacía estaba siendo cuidadosamente observado y medido, de modo que esperó hasta que el bosque junto al que viajaban quedó pegado al camino. Entonces, sin previo aviso, desmontó de un salto y se metió en el bosque, con la esperanza, incluso el ruego, de que lo que había poseído a Xena se hubiera quedado tan sorprendido que le diera tiempo de cubrir suficiente distancia y ocultar su rastro.


Xena se quedó mirando la figura en retirada de su compañera, atónita. Se quedó inmóvil un momento, intentanto dilucidar qué había ocurrido. Pero no había otros olores en el viento, ni se oía nada. Decidió que se trataba de algún tipo de broma de Samhain, de modo que se limitó a llamarla:

—¿Gabrielle?

En pocos segundos, la bardo se había desvanecido en la oscuridad que sólo puede emanar de un bosque antiguo de noche. Xena llevó a ambos caballos hasta el borde de los árboles y volvió a llamar.

—¿Gabrielle? ¿Qué haces?

No hubo respuesta. Ni un ruido, ni una réplica.

Xena todavía quería creer que sólo era un juego, pero el recuerdo de la breve mirada que habían intercambiado antes de que Gabrielle saliera corriendo le abrasaba la mente. Le había ido entrando un dolor de cabeza terrible desde hacía varias marcas y en ese mismo instante parecía haber alcanzado su punto culminante, por lo que había tardado unos segundos en darse cuenta de que Gabrielle había reaccionado de forma extraña. ¿A lo mejor sólo necesitaba orinar? No. Sabía lo que había visto en los movimientos de su bardo. Miedo. Gabrielle estaba aterrorizada. ¿De qué?

Por mucho que intentara reprimir la sensación, estaba segura de que era de ella.


Gabrielle siguió corriendo hasta que dejó de percibir las cosas ante las que iba pasando. Sólo sabía que fuera lo que fuese lo que había dejado atrás, todavía la perseguía, y tenía que alejarse de ello todo lo posible. Curiosamente, no se sentía cansada: sus piernas y sus pulmones realizaban su trabajo con una eficacia tal que casi era inhumana. Por un momento logró controlar el miedo paralizante para examinar las profundidades del bosque que ahora la rodeaba, buscando un lugar donde esconderse. ¿Pero dónde? Xena podría dar con su rastro, y no digamos el demonio que la había poseído. Necesitaba pensar, adelantarse a los acontecimientos. O hacerles perder su rastro o tenderles una emboscada.


Xena desmontó y ató los caballos a un gran árbol. Incluso en el lindero, el bosque era denso e impenetrable a caballo. Sopesó las alforjas con una mano, con la cabeza aún palpitante de dolor, intentando pensar en lo que iba a necesitar, cuando de repente oyó un grito que venía del camino, un grito de pánico. Debatiéndose entre el impulso de seguir a Gabrielle por lo que podría ser tan sólo un malentendido y la necesidad inmediata de un desconocido, estuvo dudando. Pero el grito sonó de nuevo y dejó a los dos caballos, el bosque y a Gabrielle, jurando regresar lo antes posible.

No había avanzado mucho cuando un joven más bien bajo salió corriendo de la oscuridad hacia ella, jadeando y llorando. Se desplomó a sus pies.

—Por favor —dijo sin aliento—. Tienes que ayudarme. Mi mujer...

Xena alzó la mano para que hablara más despacio.

—¿Qué le pasa? ¿Dónde está?

—Está... —Señaló hacia el camino.

Xena tiró del hombre bajo hasta ponerlo en pie y lo llevó medio a cuestas colina arriba hasta que vio la silueta de un carromato, abandonado en medio del camino. Todavía aterrorizado, el joven no quiso acercarse más y, con cierta aprensión por lo que pudiera encontrarse, lo dejó y subió al carromato. En el suelo del carro distinguió a una joven, rígida, atenazada de dolor. De sus labios salían palabras en un idioma desconocido. Xena se volvió hacia el hombre, que ahora estaba de rodillas, temblando.

—¿Qué dice, qué idioma es ése?

—Sólo habla griego. Lo que sea que está entonando, es en el idioma de un demonio. —El hombre alzó los ojos para mirarla, suplicante—. Por favor, déjala. Sólo te he traído para que reces conmigo. ¡Está poseída! Los demonios de Samhain se han apoderado de su mente.


Gabrielle no tenía ni idea de dónde estaba ni de cuánta distancia había recorrido. La noche del bosque era un túnel oscuro tan largo que no veía su final. Su poder infinito la rodeaba, abrumándola con una fuerza física que la machacaba y humillaba. La oscuridad era tan total que le dolían los ojos de la tensión de percibirla.

El tiempo no tenía sentido, los momentos quedaban interrumpidos sólo por lo que parecían voces bruscas que le hablaban directamente, aunque no recordaba lo que le decían. Xena. Necesitaba a Xena, a la Xena auténtica, y no tenía ni idea de dónde estaba.


—¡No la toques! ¡El demonio se apoderará de ti! —exclamó el hombrecillo.

Con cuidado, tratando de tocar lo menos posible a la mujer por temor a la peste u otra enfermedad contagiosa, Xena examinó los ojos de la joven. No parpadeaba y tenía las pupilas contraídas y casi imposibles de ver a la escasa luz.

—¿Cómo te llamas? —preguntó por encima del hombro.

—Martus —dijo el hombre, que seguía a una distancia segura, o eso esperaba.

—Martus, no está poseída ni enferma, está drogada.

—¿Drogada? ¿Por quién? ¿Cómo? ¿Va a vivir? —Pero a pesar del miedo que se percibía en su voz, empezó a acercarse.

—¿Qué ha comido o bebido hoy? Tiene que ser algo que tú no hayas tomado.

Él sacudió la cabeza.

—Nada. Nos hemos gastado todas nuestras monedas en la fiesta.

—Ya es de noche, Martus. Tenéis que haber tomado algo —insistió ella.

—Le guardé un poco del pan que compramos en la aldea. Pero eso es todo. Sólo pan.

Algo le trajo un recuerdo. ¿Los Misterios de Eleusis? Se acordó de algunos amigos que habían participado. Y luego estaban las aldeas que había visto, aldeas enloquecidas a causa de... Xena miró de nuevo a la mujer. Sí. El pan. Ahora más le valía explicárselo a este joven marido.

—¿Martus? Tú sabes que algunos hongos pueden ser venenosos y que otros pueden provocar alucinaciones, ¿verdad?

Él hizo un gesto negativo con la cabeza, con cara de no entender nada.

—Pesadillas cuando se está despierto. Pueden ser causadas por comer un tipo de hongo tan pequeño que no se ve y que crece en algunos tipos de pan.

—¿Y mi mujer?

—Se pondrá bien dentro de un día, tres como mucho. —Martus soltó un enorme suspiro de alivio—. No te pongas tan contento, todavía no ha acabado. Tienes que sujetarla y asegurarte de que no intenta hacerse daño. Átala si es necesario y no la dejes sola ni un momento. Los efectos son diferentes con cada persona y no tengo ni idea de cómo funciona, pero si lo comprasteis en la aldea, es posible que en estos momentos allí reine el caos. Ya ha ocurrido en otras ocasiones. La gente se vuelve loca, se atacan los unos a los otros, echan espuma por la boca. Como tú, los que no están afectados creen que se trata de demonios o brujas y culpan a los inocentes y los matan. Tienes que volver y decirles que no es cosa de Samhain ni de demonios, sino un envenenamiento. Antes de que el miedo de dispare.

Al oír esto, Martus se preocupó.

—Pero ¿y tú? Tú eres la que tiene que ir y explicárselo.

Xena ya se estaba bajando del carromato.

—Martus, tienes que contarles lo que te he dicho. Yo tengo otro problema. —Tomó aliento despacio para intentar calmar la angustia que se estaba apoderando de ella—. Mi compañera y yo hemos comido el mismo pan. Ella es joven, imaginativa, y se ha perdido en la noche, en ese bosque, soñando con los dioses saben qué.

—Si tú también lo has comido...

—A mí no me afectará. He visto cosas peores que las que podría imaginar mi mente. ¡Ahora vete!


La sensación que tenía Gabrielle de que alguien la seguía se hizo más fuerte. Ahora caminaba de forma automática, avanzando por la oscuridad como si su tronco fuera una caja que sus piernas llevaban a algún lugar. Se pegó un susto monumental cuando encima de ella unos pájaros chillaron y sus gritos reverberaron con ecos extraños dentro de su mente. Los antiguos árboles parecían columnas que sujetaban el cielo y se sentía como si estuviera violando un gran templo. Como si se encontrara en un lugar inmenso y sagrado y su castigo por el sacrilegio cometido pudiera producirse de un momento a otro. Aparecían formas por todas partes, en el aire, en las hojas caídas a sus pies, y sentía que la estaban arrastrando a algún sitio. Un sitio donde alguien podría explicarle lo que estaba ocurriendo. ¿Samhain? ¿Intentaban los muertos poseerla como ya lo habían hecho con Xena? ¿Dónde encontraría ayuda para su compañera y para ella misma?

Se produjo una repentina quietud y sintió la presencia de otra persona detrás de ella. Esperó, paralizada, escuchando la respiración que tenía tan cerca. Entonces oyó una palabra, que sonó justo detrás de su oreja. Una palabra que la dejó helada y paralizó todo pensamiento y su corazón. La palabra era:

—¿Madre?


Dejando al muchacho atrás, Xena volvió al lugar donde había desaparecido Gabrielle. Incluso en la oscuridad, distinguió varias ramas rotas y supuso que el rastro sería fácil de seguir.

Los Misterios de Eleusis ocupaban ahora la mente de Xena. No había mucha información, pues eran unos misterios que pretendían continuar como tales. No obstante, sabía que a los acólitos se les daban unas semillas de centeno antes de comenzar los ritos en honor de Deméter. Entonces hacían una representación de la estancia de la diosa en la tierra y se decía que visitaban el Hades y otros reinos oscuros. Xena siempre había pensado que se quedaban en el templo y viajaban mediante las semillas. Le habían dicho que muchas de las sacerdotisas quedaban totalmente dóciles bajo su influencia: alumnas perfectas, las llamaban, con la mente abierta a cualquier tipo de orden o enseñanza, como un pergamino en blanco. La idea de que Gabrielle se encontrara con alguien en ese estado y que ese alguien le dijera... ¿qué? ¿Cualquier cosa que se le antojara...? A pesar del martilleo que tenía en el cráneo, esta idea la azuzó con una urgencia aún mayor.

Si quedaba algo de la mente de Gabrielle, el instinto y la preparación la habrían llevado a terreno elevado. De modo que allí iría también la guerrera. Antes de entrar en el bosque fue a ver a los caballos y se puso nerviosa cuando Argo se apartó un instante de su caricia.

—Sabes que me pasa algo, ¿verdad, chica? —la tranquilizó—. No te preocupes. Estaré bien. Unas cuantas ideas locas no me van a hacer daño. —Sonrió con confianza. Sólo tengo que encontrar a Gabrielle. Sólo tengo que concentrarme en ese objetivo y todo irá bien. Encontrar a Gabrielle.


No había nadie, por supuesto. Gabrielle estaba totalmente sola, salvo por sus pensamientos. Pero ahora eran una cacofonía de ideas e insinuaciones que bailaban y giraban como un torbellino, haciéndose cada vez más raras y enredándose cada vez más unas con otras a medida que pasaba el tiempo. Era algo que la aterrorizaba, que la entusiasmaba. Parecía estar haciendo justamente lo que llevaba tanto tiempo evitando hacer. Ahondar más y más en el pozo de sus propios horrores, sus recuerdos, y obligarse a enfrentarse a todos ellos a la vez. Las muertes que había causado, los cambios que había percibido en sí misma, las pérdidas de todos a los que quería. Su culpa y su dolor. Quería discutir con cada pensamiento y temor, pero eran demasiado deslavazados para poder debatir con ellos. Y sin embargo, al tiempo que experimentaba todo esto, sus piernas seguían empujándola hacia delante y hacia arriba a través de una bruma que parecía hacerse más espesa y más fría con cada paso que daba.


Xena notaba que la droga le estaba afectando la mente. Eso es bueno, pensó. Mientras sea consciente de ello, podré vencerlo. Se sentía acalorada y la piel le picaba un poco, cosa que sabía que no era normal con el aire frío. El dolor de cabeza se había transformado en un zumbido que le llenaba los oídos y que iba aumentando y creciendo mientras caminaba, como si estuviera preparándose para una explosión. Notó que tenía la boca cada vez más seca y que sentía el deseo de correr. Era una batalla, decidió. Una batalla dentro de su propia mente, y la iba a ganar. Encontraría a Gabrielle y se la llevaría lejos de este lugar. Encontrar a Gabrielle. Siguió caminando.


Gabrielle pasó por el antiguo lecho de un arroyo lleno de raíces inmensas que el agua había despojado de tierra y había dejado expuestas y desnudas. Parecía que le marcaban una dirección, que le señalaban el camino, y se dio cuenta de que las piedras del arroyo ocultarían su rastro a sus perseguidores. Le entraron ganas de darles las gracias cuando le mostraron un sendero a través de la oscuridad y el bosque velado.

Fue entonces cuando vio unas chispas de luz que bailaban por encima de la bruma, y se esperaba que desaparecieran al alcanzarlas, pero no fue así. Alargó las manos para tocarlas y sintió el castigo de unos levísimos pinchazos de dolor, por lo que bajó los brazos. La luz se alzó por encima de ella y la siguió muy contenta río arriba. Las hojas dispersas del suelo también le indicaban la dirección. Sabía que allí delante encontraría su respuesta.


Xena descubrió otro rastro que había dejado Gabrielle y se agachó para examinarlo. La presión de las botas era desigual y las huellas pasaban por encima de obstáculos evidentes y no seguían una línea recta. Claramente el rastro que dejaría un demente o un borracho.

La maleza parecía estar espesándose y de repente el clamor que tenía dentro de la cabeza desapareció. Se dio cuenta de que alguien caminaba a su lado, pero no hizo ni caso, consciente de que era una imaginación.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ares.

No hizo caso de la aparición y siguió caminando.

—¿Ahora qué? —repitió él.

—Ni siquiera estás aquí —dijo al viento.

—Quiero enseñarte algo, eso es todo.

Xena soltó un resoplido.

—¿Como los acólitos? ¿Ahora de repente te voy a escuchar? No, no soy tan débil. Soy la maestra que busca a su alumna.

—Entonces, maestra, hablemos de igual a igual. De filosofía básica. De la belleza y la verdad.

—Tú no sabes nada de eso.

—Sé que ambas cosas son mentira.

—La mentira eres tú. Ni siquiera estás aquí. Y no me vas a engañar con mentiras que salen de mi propia mente.

—Verdades —dijo Ares—. ¿Sabías que toda belleza es corrupción?

—No eres real. Vuelve a esconderte debajo de la piedra de la que te ha sacado mi mente.

—¿Qué es real, Xena? ¿Esto es real?

Y de repente estaba montada en Argo. Era claramente Argo, la olía, oía el resuello de su respiración, notaba los músculos que se movían bajo la piel cálida.

—Verdades —repitió Ares—. ¿De qué estás realmente segura?

Incluso en el momento en que decía estas palabras, ella no estaba segura de haberlas oído. La invadió y atravesó una oleada de desorientación. ¿Qué era real? ¿Su recuerdo del veneno era real? ¿El hombre o la aldea? ¿Gabrielle era real? Xena se agarró a Argo para sujetarse. Esto era real. Gabrielle es real. Gabrielle es... ¿Qué? Tenía que concentrarse. Tengo que encontrarla.

Sola, montada en un corcel imaginario, Xena siguió avanzando a trompicones.


Cuando Gabrielle abandonó el arroyo para continuar colina arriba, los árboles se despejaron, como si le dieran la bienvenida. Estaba completamente perdida y sin embargo, de algún modo sabía que pronto se le revelaría una gran verdad. Con los ojos relucientes subió hacia ella. Antes, la tensión de combatir con su propia mente y sus pesares se había hecho tan grande que de repente se encontró vomitando, como si estuviera expulsando el mal de su cuerpo. Ahora, purificada, sus piernas seguían sin permitirle detenerse y continuó subiendo. Al llegar a lo alto de la colina vio lo que se esperaba. La luna tan llena y grande como un sueño. La cegaba con su resplandor. Esto era lo que la había llamado. Quien la había llamado.

Se irguió y cerró los ojos antes de exclamar:

—¡Artemisa! Aquí estoy. Haz lo que quieras conmigo.

No hubo respuesta alguna y empezó a preguntarse si realmente había dicho algo en voz alta. Entonces oyó una voz que fracturó la claridad de su mente, severa e implacable.

TÚ ME MATASTE.

Se negó a dejarse achantar.

—No. Sabía que eso no era cierto. Sólo matamos una de tus formas. Si de verdad eres una diosa, habrás encontrado otras. Eso lo sabía. Sólo te pido que me digas por qué he sido llamada y que me ayudes.

¿POR QUÉ HABRÍA DE AYUDARTE?

—Porque soy una de tus hijas y debes perdonarme.

¿POR QUÉ DEBERÍA HABER PERDÓN?

Mil respuestas le pasaron por la mente, pero la luna había desaparecido de repente y en su lugar había una lechuza posada en una rama que la examinaba como lo haría un juez. Gabrielle sonrió al ave.

—Por supuesto que tú también habrías sobrevivido. ¿Vas a ser tú quien decida?

La lechuza miró al suelo y Gabrielle siguió su mirada. Allí, al pie del árbol, había un gran trozo de corteza de abedul, enrollado en cada extremo como un pergamino. Estaba cubierto de tierra, pero mientras miraba, el viento lo atrapó y salió volando y dando vueltas por el aire, aterrizando boca arriba de nuevo. A la luz nublada de la luna, su superficie parecía pristina e inviolada. El viento arrancó hojas de los árboles y una vez más la corteza quedó cubierta de restos. De nuevo, mientras la lechuza y ella observaban, el viento le dio la vuelta y volvió a quedar limpia. La lechuza miró directamente a Gabrielle y ésta asintió comprendiendo.


Xena seguía galopando. La palabras del falso Ares se repetían quemándole los oídos. ¿La belleza es corrupción? La belleza es un disfraz del mal, Xena, tú lo sabes, le dijo una voz. ¿Qué quiere decir eso? Gabrielle. ¿Gabrielle? Sí, era bella. Pero ahora está loca. Sí, eso ya lo sabía. Gabrielle estaba loca. Eso era cierto. ¿Y qué hizo la última vez que estuvo loca? Intentó matar a Eva. Pero eso fue por las Furias... ¿Y fue por las Furias cuando mató a Solan...? Ésa fue Esperanza. Su hija. Nacida de su seno. Bella como Gabrielle. A quien Gabrielle mató dos veces.

Tenía los sentidos tan agudizados, tan parecidos a los de un animal, que Xena veía el aire moverse. Su cuerpo, sus manos parecían moverse muy despacio, al tiempo que percibía cada detalle. Debía encontrar a Gabrielle. Encontrarla y detenerla...


La luna apareció de nuevo y Gabrielle se bañó en su luz.

—Comprendo —le dijo.

¿SÍ?

—¿Y Xena?

ELLA DEBE ENCONTRAR SU PROPIO CAMINO.

—Ese camino es conmigo.

TAL VEZ.

—Ésa es nuestra elección.

TAL VEZ. PERO TÚ SIEMPRE HAS SIDO MI HIJA, A TRAVÉS DE TODAS NUESTRAS FORMAS Y CAMBIOS, SOBREVIVIRÁS.

—Lo sé. Gracias. —Y se inclinó ante la luna.


Xena siguió concentrándose en su objetivo. Gabrielle siempre había sido demasiado perfecta para ser real. Ella había visto la corrupción que había en la bardo y había llorado por ello. Había que detener aquello. Gabrielle estaba demasiado corrompida. ¿Por qué no lo había detenido antes? La respuesta surgió de inmediato. Porque Xena se había quedado embrujada como todo el mundo. Gabrielle los había encantado a todos, igual que los había destruido.

Igual que tu has destruido a otros. La guerrera también era sensual y bella. ¿Acaso no había utilizado su aspecto para destruir a otros, ocultando toda esa corrupción bajo su fuerza y su carne perfecta? ¿Cuánto de lo que había llegado a ser Gabrielle era culpa suya?

El picor que sentía bajo la piel era más fuerte, más doloroso, y de repente Argo desapareció. Estaba abandonada, tropezando en la oscuridad, en el lecho de un arroyo, y las huellas de Gabrielle se habían terminado al llegar a las piedras. Se sentía atrapada, rodeada de raíces expuestas que trataban de alcanzarla como para obtener alimento de su piel. Con la mente dominada por el pánico, se volvió y una la tocó. Sintió el ardor del ácido cuando bebió de ella. Se tambaleó horrorizada cuando la ampolla estalló y apareció la cabeza blanca de un gusano. Se quedó mirando presa del horror cuando la carne de sus brazos empezó a agitarse y sintió la boca llena de bilis y cosas que reptaban. Se puso a toser y vomitar y el vómito se agitó y retorció en el suelo, vivo y pútrido.


Gabrielle estaba embelesada. Cuánta belleza la rodeaba. Como si todos sus sentidos se hubieran convertido en los de un bebé recién nacido. Caminaba por prados alfombrados de niebla que parecían surgir de un cristal reflectante. Debe de ser agua, pensó. Pero veía su reflejo y podía tocar la superficie cristalina y sin embargo no había humedad. Cada hoja y cada planta y la naturaleza entera brillaban con su propia luminosidad, y distinguió un sendero a lo lejos porque era lo único que no estaba lleno de la luz de la vida. Pero también percibió dolor y angustia no muy lejos de allí. Un miedo que oía con el cuerpo, no con los oídos. Se dirigió hacia él.


Xena miraba aterrorizada mientras de su carne brotaban más babosas y se convertía en una masa retorcida de lombrices y gusanos, cada uno de ellos empapado y engordado con los líquidos de su propia corrupción. Empezó a rascarse y a arrancárselos, sin sentir el menor dolor mientras extraía la porquería que era su propia vileza. Sólo había una solución posible mientras aún le quedaran músculos que no hubieran sido devorados. Hizo varios intentos de llevarse la mano atrás y por fin logró agarrar la empuñadura y desenvainar la espada...


Fue junto al arroyo donde la encontró Gabrielle. Tumbada en posición fetal, ensangrentada, sollozando, desgarrándose y rascándose los brazos. Gabrielle se acercó en silencio, con la fuerza del bosque entero, cuando Xena desenvainó la espada.

¡NO! —dijo.

Xena levantó la mirada y vio a Gabrielle, radiante de salud y belleza. Esto no era un disfraz ni un truco. Esto era la bondad y la misericordia con forma humana, y soltó la espada, sintiéndose insignificante ante esta diosa. Con la boca, la lengua paralizadas, intentó suplicar... ¿qué?

—Ayu... —consiguió decir. Ayúdame, rogaron sus ojos. Ante su asombro, esta figura resplandeciente no mostró miedo ni asco y bajó flotando hasta ella, cogiéndole la mano. Xena observó asombrada cuando las larvas se encogieron y desaparecieron donde la tocaba. La piel volvía a estar sin marcas salvo por unos cuantos arañazos ensangrentados. Tenía las alforjas a su lado y Gabrielle sacó unos paños de ellas. Fue al arroyo y los empapó del agua fresca y limpia. Xena estaba segura de que nunca había visto un esplendor tal como Gabrielle agachada junto al arroyo y bañada por la luz de la luna.

Volvió y limpió los brazos heridos, y con cada caricia el dolor y el hedor iban desapareciendo.

—Eres tan bella —consiguió suspirar Xena.

—No —replicó Gabrielle—. Pero lo puedo ser.

Xena asintió.

—Artemisa y Atenea me lo han mostrado. Al menos, pensé que eran ellas. No lo sé... vi, sé que tengo cada nuevo día para volver a empezar. ¿Xena? Qué cosas he pensado, qué poemas...

Las palabras eran tan torpes, tan inadecuadas para expresar sus pensamientos que simplemente tomó a la temblorosa guerrera entre sus brazos, estrechándola hasta que se le pasó el temblor.

Descansaron la una en brazos de la otra durante un tiempo imposible de calcular, con un torbellino en la mente, hasta que Xena pudo volver a pensar con claridad. Así y todo, le parecía que en la cara de Gabrielle todavía quedaba un leve vestigio de luz.

—Es un veneno, Gabrielle —consiguió explicar por fin—. El pan que comimos. La aldea, tenemos que ir a ayudarlos. Les dije que ataran a las personas afectadas. Creo que eso podría ser lo peor. Lo que necesitan es...

Gabrielle interrumpió:

—...¿alguien con quien hablar? ¿Un amigo, un familiar...?

Xena le estrechó la mano con fuerza.

—Un buen amigo.

—Te van a necesitar a ti, porque tú has pasado por lo peor.

Xena asintió.

—Pero creo que podríamos encontrar a algunas personas escribiendo poemas o bailando con las hadas.

—Así que nos necesitan a las dos.

—Como siempre. —Y por un breve instante, Gabrielle vio el respeto y la gratitud que eran sólo para ella.

—Como siempre —asintió—. Bueno, ¿puedes moverte?

—Más me vale. —Xena tragó una vez y, algo avergonzada, dejó que Gabrielle la ayudara a levantarse. Gabrielle sabía que era el máximo reconocimiento de debilidad que iba a permitirse la guerrera. ¿Era ella el junco que se mecía al viento y Xena el árbol que se partía?

No, eran las dos caras de una misma moneda, y su seguridad al respecto y la incapacidad de Xena para expresarlo eran un elemento más de su equilibrio.

En el camino de regreso a los caballos, Xena le habló a Gabrielle de los Misterios de Eleusis, y Gabrielle, tal vez con cierto exceso de entusiasmo, preguntó:

—¿Así que eso quiere decir que hay un sitio donde podemos conseguir más de esa sustancia?

—¡No! —La respuesta de Xena estaba llena de horror y fue tajante.

No obstante, Gabrielle lo intentó de nuevo.

—¿Pero...?

—NO. Simplemente no.

Gabrielle frunció el ceño, algo frustrada.

—Ya veo que vuelves a ser la maestra.

—Sí. Cuando las dos estamos cuerdas, yo soy la maestra. —Había recuperado plenamente su habitual fanfarronería y Gabrielle casi sintió alivio al verlo. Casi.

—No me puedo creer que después de todo lo que hemos pasado, puedas decir eso. Cargas con tu propia culpa como si fuera un honor. Irías a la muerte con tal de demostrar que tienes razón cuando te equivocas —refunfuñó—. Sabes, la cordura es relativa, sobre todo en lo que a ti concierne.

Xena lo pensó un momento y luego apartó las palabras de su mente. Todavía había algunos puntos donde no quería escarbar: eso era lo principal que había aprendido esa noche.

—Todo es relativo, Gabrielle. Sobre todo en la noche de Samhain.


FIN


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