Juicio

Kamouraskan



Descargo: El siguiente relato trata de las consecuencias de la violencia y puede resultar desagradable a algunos lectores. Sin embargo, teniendo en cuenta que incidentes como éste ocurren de verdad todos los días en Norteamérica, es una tontería ofenderse porque ocurran en un relato corto ambientado en la antigua Grecia. Mirad a vuestro alrededor y ofendeos por lo que de verdad hay que ofenderse.
Esto también se inspira en incidentes y personajes propiedad y creación de RenPic, MCA: ojalá los traten bien.
Siempre se contesta correo en Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Judgment. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


¿Estoy vivo?

Estoy atrapado entre medias. No siento, pero respiro.

Debo de estar esperando el Juicio Final de los Dioses.

Puedo abrir los ojos y todavía veo el cuerpo de ese hombre, tirado donde cayó tras los últimos golpes definitivos. Quiero gritar: "¡Eso lo he hecho yo!"

Dijo que no podría detenerlo, pero lo hice.

Hago examen de conciencia, pero ahora no encuentro el menor placer en eso. Su muerte no va a cancelar, no puede cancelar la deuda que tiene conmigo: las vidas que me arrebató. Miro la casa y pienso en los cuerpos maltratados que yacen dentro. Mi mujer. Mi hijo. Mi hija. Vuelvo a perder el sentido, al tiempo que empieza el llanto.

Por un instante veo a mi hija, tal como era, tan rubia por el sol y con sólo diez veranos. Tan preciosa. Lleva el pañuelo que no se quitaba nunca y suelta gruñidos como un oso mientras persigue a su risueño hermanito, mi hijo, por el jardín. Mi mujer los observa, con sonrisa de madre. La sonrisa de una mujer enamorada. Todos están iluminados por el sol que se derrama de un cielo azul. ¿Es un recuerdo o es una visión de ellos en el Elíseo? Vuelve el dolor y todo lo demás desaparece.

Me despierto y descubro que me miran dos desconocidas. Cuando se me aclara la vista, llego a la conclusión de que las Parcas no deben de haber decidido todavía mi fin. Han enviado a dos Diosas de la Luz y la Oscuridad para socorrerme. Para juzgarme. Para oír la petición que debo hacer antes de mi juicio final. Estoy preparado, aunque mis actos están salpicados de decisiones discutibles.

Lo más importante es que llegué demasiado tarde, porque fui demasiado débil para evitar que él se los llevara. ¿Decidirán que su muerte es consecuencia directa de mi fracaso como marido y como hombre? ¿He recuperado mi honor y el de ellos? Vuelvo a encontrarme mal e intentó no ceder. Como hombre, no debería.

La Diosa de la Luz se arrodilla, como corresponde, a mi derecha. Tiene el pelo del color del trigo seco y los ojos de un verde claro y luminoso. Está llena de energía y vida y me da agua para que beba. La Oscura es su opuesto exacto y sin embargo, no percibo ninguna amenaza por su parte mientras me examina las heridas. Empiezan a lavarme y limpiarme las heridas y me maravillo por el dolor que ahora puedo sentir.

¿Me voy a curar? ¿Tengo también la posibilidad de vivir? Tal vez piensan que la hora de mi juicio se debe retrasar. Pero no puedo tolerarlo. De modo que hago mi ruego.

—Por favor. Juzgadme ya. No me separéis de mi familia. No quiero vivir sin ellos. Por favor... —Mi ruego es apenas un susurro, pero me oyen.

Qué maravillosa compasión en los ojos de la Dorada; pero es la Oscura quien me pregunta:

—¿Tus hijos, tu mujer? —Y señala hacia la casa. Consigo asentir, sabiendo que un solo vistazo a los niños lo demostrará. Tienen algo de su madre en sus rasgos, pero se parecen mucho más a mí. Me echo a llorar de nuevo por la pérdida. Deseo recuperar esa claridad, esa seguridad que siempre tuve. Esa fuerza o incluso esa rabia contra el que me los quitó. Pero estoy demasiado debilitado.

Me trasladan con cuidado a la casa y me depositan en una cama, sin saber que es aquí donde él la poseyó. Sin saber que vuelvo a oír sus gritos. Desde donde estaba escondido, como se esconde un cobarde, hasta que me armé de valor. Los gritos de mi mujer en esta cama todavía me atraviesan hasta la médula.

Siguen intentando cuidarme. No sé si es porque desean aliviar por un instante mis últimos momentos. Me preguntan cómo se llama el que está ahí fuera, por qué destruyó a mi familia. No quiero pronunciar su nombre.

—Creyeron que los estaba ayudando, pero yo sabía que era malvado —digo roncamente—. Dijo que me detendría, pero fui yo el que lo detuvo a él.

Descubro que todavía puedo sonreír.

Luego sacan ropa que han encontrado en un armario para ponérmela, para abrigarme, pero, por supuesto, no me queda bien. No entiendo por qué creían que me iba a estar bien. Desconcertado, se lo explico.

—Ésta no es mi ropa, es de él, ésta es su casa.

Se hace un silencio y se quedan quietas. Se lo explico.

—Aquí es donde los trajo después de robármelos. Donde me los escondió. Donde se quedó con lo que era mío. Donde hicieron el amor... en esta cama... —No intento disimular mi rabia y mi resentimiento.

Sus cuerpos se quedan rígidos mientras me miran y, a la vez, sus ojos se cierran. Aguardo el juicio que sé que debe llegar. Estoy preparado. La Oscura me hace la Primera Pregunta en un tono suave como una brisa.

—¿Por qué tenían que morir los niños?

Y yo tengo preparada mi respuesta. Le digo:

—Han muerto por culpa de él. Porque tendrían que haber querido quedarse con su padre. Porque me desafiaron. Porque me dejaron. Para irse con él.

La Dorada emite un ruido de dolor. No puedo escuchar, debo prepararme para la siguiente pregunta.

La Oscura conoce también la Segunda Pregunta. En tono pétreo, dice:

—¿Se fueron...? Porque... ¿les pegabas?

No voy a ocultarme ante mi juez.

—Como debía hacer. Como me lo enseñó mi padre. A quien se lo enseñó el suyo. Sólo cuando desobedecían, cuando no me contaban lo que hacían, dónde iban. Cuando se escondían de mí.

Sus ojos se oscurecen más que los de cualquier mortal. En un tono tan bajo que apenas consigo oírlo, hace la Tercera Pregunta.

—Tu hija, la han... ¿La tocabas?

No voy a mentir, pero debo bajar la mirada.

—A veces. Pero no muy a menudo, lo juro por mi nombre. Sólo cuando me entraba la debilidad.

Pero miro a la cara severa del Juicio y alego:

—Pero ella me perdonaba. Siempre. Me perdonaba mi debilidad...

La Dorada ha dejado de limpiarme las heridas. Se ha parado de golpe y ahora veo horror en esos ojos. Noto sus sollozos reprimidos y sé que debe de ser a causa de su pena, de su compasión por la decisión que ya han tomado.

Pues ahora sé que no voy a vivir.

Sus dedos se siguen moviendo como si deseara proseguir sus cuidados, pero no puede. No puede tocarme. Y veo que le tiemblan los brazos. Pero sigue atormentada y quiero aliviar su dolor, aunque siento curiosidad.

—No he hecho nada que no hayáis hecho los inmortales. ¿Por qué a los hombres se los condena así? —Me vuelvo despacio y miro a esos sobrenaturales ojos verdes. Quiero comprenderlo. Le pregunto a la Dorada—: Tú eres una diosa. ¿No has hecho cosas peores? ¿Me vas a condenar por matar a mi propia hija para salvarla? ¿Para impedir que el mal entre en ella? ¡Ha sido por el Bien Supremo!

Se aparta de mí como si la hubiera golpeado, creyendo que no voy a ver la verdad en sus ojos. Su boca forma una negación.

—¡No!

Da igual que su intención al decir "No" sea negar nuestra verdad común o una confirmación más de mi maldición. Yo lo sé y ella sabe que lo sé. Que al juzgarme a mí se juzgará también a sí misma. Esto hace que me sienta en paz y vuelvo a sentir la claridad, la fuerza de la razón, que me ha acompañado durante toda mi vida de adulto. Ella dice de nuevo "No", en voz baja, y sé que ahora me toca a mí consolarla a ella, porque no lo entiende.

—No ha sido un pecado. Sólo hemos hecho lo que era necesario. —Pero esto sólo parece herirla más. Me vuelvo hacia su compañera, cuyos ojos azules arden de poder apenas controlado. Le ruego—: Tú conoces las leyes. La responsabilidad que tenía como padre. Ahora están a salvo. Están mejor. Sabían que marcharse estaba mal. Sabían lo que yo tenía que hacer. Pero ahora os pido que nos dejéis tener la oportunidad de volver a estar juntos. De ser una familia.

La más joven está llorando. Sé que es por mí, y la Oscura la consuela. Y me doy cuenta por sus emociones de que deben de ser sólo semidiosas, atrapadas para la eternidad en este lugar entre medias. Qué trágico. Se abrazan la una a la otra y la Oscura ruega y discute con la Dorada. Pero ésta se aparta. Yo sólo puedo quedarme aquí tumbado esperando su juicio final. Preguntándome si me reuniré con la familia a la que ahora he salvado dando mi vida.

La Dorada ha ido a mirar a esos preciosos hijos míos. Su habitación está llena de los bonitos dibujos y recuerdos de mi hija, de las cosas y juguetes de mi hijo. Con cuidado y habilidad, me aseguré de que nada de todo ello estuviera manchado con su sangre. Para conservar su recuerdo hasta el momento antes de mi justificada violencia. Hace ruidos, pero no sé qué significan. Regresa y no dice nada, ni a mí ni a su compañera, ahora callada. Empieza a retirar despacio los paños que ha preparado para mí y los guarda en su morral. Sus ojos oscilan entre el morral y los cuerpos de los niños que están en la otra habitación. Y yo espero para conocer la decisión. La muerte era sólo la primera parte de mi juicio, ahora lo que deben decidir es qué va a ser de mi alma. Y eso es lo que más me importa. Saber si estaré con aquellos a los que tanto he querido.

Pero cuando se vuelve hacia mí, su rostro está frío, no hay esperanza en él, sólo hay dolor. Y hace un breve movimiento negativo con la cabeza y veo cómo una sola lágrima cae de esa lente perfecta. Cierra los ojos, se levanta, coge sus cosas y luego se da la vuelta y se acerca donde la espera la Oscura. Que la coge entre sus brazos y le susurra. Y la sostiene, las dos con los hombros caídos, delatando la carga de su cometido y sus obligaciones.

De modo que va a ser el Tártaro.

Incluso la rabia que siento por verme separado de mis hijos y mi mujer se modera al saber que esto sólo es un sacrificio más que voy a hacer por ellos. Que van a estar en el Elíseo a causa de mis esfuerzos, porque los he salvado a tiempo. Y a medida que mi dolor desaparece y siento que se disipa mi fuerza vital, sólo siento pena por mis jueces. Cuando se alejan de mí despacio, sin mirar atrás, siguen atrapadas entre medias. Ni diosas ni mortales. Ni inmaculadas ni culpables. Siento una última oleada de placer al saber lo que soy y dónde voy.


FIN


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