El intermediario

Kamouraskan



Descargos: Los personajes de Gabrielle, Xena, Lila y Alti son propiedad de RenPic y MCA, y su uso aquí es para mi propia diversión. Advertencia de mujeres enamoradas, lo cual pronto va a ser un delito en la mayor parte de Estados Unidos.
Mi agradecimiento a Steph y a la Academia por el desafío, y a thenorm, Claudia y el Bardic Circle por intentar ayudar. Derechos de autor 2005. Kamouraskan

Título original: The Go-Between. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


A mi hija:

Te escribo mientras sostengo tu carta, en la que me informas, ¡¡¿¿me informas a mí??!! ¡¡¡A tu padre!!! De que no te vas a casar con el hombre que he elegido para ti. En la que aseguras que has encontrado el amor verdadero en ese chico de los campos a pesar de nuestros planes. Un matrimonio para el que tú, como hija mía, como propiedad mía ante la ley, necesitas mi permiso. ¿Y por qué osas desafiar nuestras tradiciones, leyes y religión?

Porque, a pesar de su dinero y su posición, dices que no amas a Leónidas. Amas a este campesino.

¿Que lo amas?

Deja que te hable del amor. Deja que te cuente lo que me ha enseñado la vida sobre el amor.

Sabes que soy Agapios, hijo de Zópiros. Soy fruto de un soldado y una guerrera amazona. De niño, jamás conocí a mi madre. Me criaron, muy estrictamente, mi padre y mi abuela paterna.

Una vez le pregunté a mi abuela por qué yo no tenía madre como los demás niños del pueblo. Me contestó que era una tradición de las amazonas que los niños varones fuesen criados por sus padres, y que mi madre era muy respetuosa de las tradiciones.

Igual que yo respetaba las tradiciones. Ésa era la ley en nuestra casa. Tradición. Religión. Siempre eran lo que explicaba las penalidades. Y si lloraba, se me decía tradicionalmente que “el llanto es tiempo perdido”.

Para cuando cumplí los cinco años de edad, mi padre había empezado a beber mucho. También empezó a pegarme. No todos los días, ni siquiera todos los meses, pero lo suficiente como para que le tuviera miedo, que supongo que es lo que él quería. O al menos que hiciera las tareas que era capaz de hacer dejándolo a él en paz. Cosa que también se cumplió. Justo antes de morir, se emborrachó mucho y me rompió el brazo. Por alguna razón, no recuerdo el dolor de la fractura, pero siempre me acuerdo de que a medida que me iba retorciendo el brazo más y más y me gritaba enfurecido a la cara, se le saltaban las lágrimas a chorros de los ojos. Creo que eso me afectó más que ninguna otra cosa. Que perdiera el tiempo y sus lágrimas conmigo.

Y de repente, murió. Por motivos que no comprendía, su familia, mi familia, me echó a mí la culpa. Sólo tenía cinco años, pero estaba claro que ninguno de ellos me iba a ofrecer su hogar.

Me han dicho que generalmente se respetaba a los hijos varones de las amazonas. Suponían sangre fresca para un pueblo sumido por costumbre en la endogamia. Además de dar importancia social al padre por haber fecundado a una mujer guerrera. Eso no lo supe hasta muchos años después. Digamos que, como poco, no era ésa mi experiencia.

Mi abuela recogió mis escasas pertenencias y viajamos a pie hasta la aldea amazona de mi madre. No tengo ni idea de cuánto duró el viaje: serían por lo menos tres días para un hombre sano, pero mucho más para un niño pequeño y una mujer anciana. Recuerdo vagamente las posadas e incluso algunos establos. Unas pocas monedas celosamente intercambiadas por el descanso de una noche o una sencilla comida. También recuerdo que se me dijo que no esperara ver a mi madre, pero que las amazonas “se portarían bien conmigo”. No pedía más: mi padre me había sabido inculcar el valor del silencio.

Por fin llegamos a la aldea, y me llevaron ante la asamblea de las amazonas. Un niño pequeño enfrentado a unas guerreras armadas en un campo abierto. Todas llevaban las máscaras tradicionales, pero yo intentaba atisbar por detrás de ellas para verles la cara o los ojos. ¿Cuál de estas mujeres era mi madre? ¿Acaso no iba a intervenir, a decir una palabra amable, a derramar una sola lágrima? Pero el silencio era pétreo mientras se tomaba una decisión y, una vez más, me enviaron a otro lugar, esta vez con unos desconocidos. Decidieron que iba a vivir en un sitio llamado la Comuna, donde metían a los desechos como yo.

La representante de la Comuna se adelantó y me cogió de la mano. Recuerdo cómo me volví dando la espalda a las guerreras. Dando la espalda a los últimos miembros de mi familia de sangre. No recuerdo haber sentido nada en absoluto.

La representante, Lila, era muy vieja, más vieja incluso que mi abuela, que con sus cincuenta veranos era la mujer más vieja que conocía o que me podía imaginar. Me subió a un carromato junto con cosas que había conseguido, ropa vieja y provisiones, y dando botes en la parte trasera del carro, por fin llegué a la Comuna.

Rechazado tres veces por mi familia y depositado en un carromato con otras cosas que nadie quería. No podía haber quedado más claro, incluso para un niño de cinco años, que no tenía valor alguno y que nadie me quería.

No fue un buen comienzo. Y el tiempo no mejoró las cosas, ni mejoró mi actitud.

En esta época había tres colonias en la Comuna. Yo vivía en la principal, la gran fortaleza de la colina enclavada en el valle que conducía al mar. A esta altura, tras sus barricadas de madera, rodeadas por un muro y un foso exteriores, los habitantes vivían tranquilos. Lila solía decir que le parecía que vivir en una fortaleza tan segura tenía un inconveniente: otros podían envidiar su seguridad y desear conquistarla. Pero Lila no solía tener miedo, sino que más bien era tan estricta y fría como son muchas ancianas, y crecí bajo su ojo crítico y sus exigencias.

Aparte de la mano firme de Lila, supongo que era un lugar agradable para muchos. Cada ciudadano se formaba en muchas artes. Preferiblemente las artes bélicas, pero como muchos eran niños abandonados, obligados a abandonar sus hogares a causa de una lesión que los había dejado tullidos o por haber cometido el crimen de ser inútiles, también se enseñaban muchas otras habilidades prácticas.

Yo era demasiado menudo y falto de coordinación para ser guerrero, de modo que en cambio me enseñaron idiomas. Y para evitar los golpes, había aprendido a ser ligero de pies. Una cosa que me enseñó mi padre, al menos.

¿Y el amor? ¿Me quería alguien, podrías preguntar? Un niño que nunca hubiera visto u oído hablar de fruta, ¿se preguntaría cómo podría saber?

Como exigían la naturaleza y la Comuna, aprendí y crecí. Se me consideraba un niño solitario, pero eso implicaba que deseaba la compañía de otras personas. La rutina de la Comuna, consistente en clases y trabajo, se veía interrumpida regularmente cuando se nos concedía el honor de recibir la visita de la hermana de Lila, hermana que tenía muchos nombres, pero a quien conocíamos como la Fundadora. Sus visitas eran muy deseadas por la mayoría de los miembros, excepto posiblemente Lila y yo. En el caso de Lila, porque estaba claro que le sentaban mal la popularidad y la autoridad de su hermana pequeña, y en mi caso, porque simplemente me traía sin cuidado.

Éramos una colonia trabajadora, pero con un objetivo más amplio. Éramos una fuerza destinada a ayudar en situaciones de emergencia en la zona, para defender pueblos pequeños o para prestar ayuda cuando ocurría un desastre. Los incendios, las inundaciones, las hambrunas y la guerra eran nuestras auténticas motivaciones. Contábamos con constructores hábiles y todos aprendíamos a levantar rápidamente muros de contención de aguas o a cavar zanjas. A menudo alojábamos a pueblos enteros hasta que podían regresar a sus hogares. No cobrábamos nada por nuestros servicios, por lo que también teníamos granjeros para poder alimentarnos y artistas y narradores para entretenernos, así como para obtener ingresos para las colonias.

Y así continuaron las cosas hasta el año en que yo iba a cumplir los quince. Me llamaron a la cabaña de la Fundadora durante una de sus estancias, lo cual era raro, pues normalmente era ella quien visitaba a cada uno en su casa. Al momento comprendí por qué esta vez era así. Estaba tumbada y tapada en su cama, con los ojos, antes brillantes, apagados. Aunque era varias décadas más joven que su hermana, parecía haber envejecido otros tantos años. Tenía la piel pálida, y sus movimientos eran leves y letárgicos.

Pero sus ojos me seguían observando con la misma pena.

—Siempre hablamos de las mismas cosas. O al menos yo hablo, y tú te encoges de hombros. Como en los viejos tiempos. —Sonrió con tristeza. Entonces me agarró la mano y preguntó con tono apagado—: ¿Todavía te sientes solo? ¿Sigues sin confiar en nadie?

Me encogí de hombros.

—¿Qué vamos a hacer contigo?

Yo ya conocía la respuesta. Tenía cierta experiencia en esto.

Se puso a hablar de mis habilidades. De que era muy dotado para la lingüística y sabía leer y escribir en muchos idiomas. De que era ágil y veloz, y capaz de recordar hasta el más mínimo detalle cuando escuchaba una conversación. De que podría encontrar trabajo en cualquier administración como secretario o empezar como mensajero. De que no era un guerrero, pero había aprendido a defenderme más que bien.

Me quedé ahí sentado, aguardando las palabras inevitables.

—Te vamos a pedir que te marches...

Hubo más palabras a continuación. Que no era permanente, sólo durante un año, para conocer el mundo y decidir si quería regresar. Que sus puertas siempre estarían abiertas para mí... Y ya no oí más, porque me fui de la cabaña.

No sabía dónde iba, pero sabía que me tenía que marchar. Marchar por elección propia. Por una vez. Cuando me alejaba tambaleándome, alguien me puso la mano en el brazo, deteniéndome, pero me solté. Pero ésta no se daba por vencida y se interpuso en mi camino. Era Chara. Cada miembro de la colonia formaba parte de un par, y ella era la que me habían asignado a mí. Si hubiera podido decir que alguien era amigo mío, es posible que la hubiera nombrado a ella. Tenía mi edad, y me parecía, cuando me daba por pensar en estas cosas, que era muy guapa. Su familia la había abandonado porque tenía el paladar hendido y no había conseguido hablar a la edad normal. Con muchos años de arduo esfuerzo, había conseguido hablar con más claridad, pero no a todos les resultaba fácil entenderla. Hasta ahora, no me había importado que de vez en cuando se inmiscuyera en mis cosas, porque no me presionaba, ni yo a ella. Pero en ese momento, la cosa cambió.

—¿Agapios? ¿Cómo estás? ¿Estás bien? —Entonces no caí en la cuenta de que ella sabía lo que había ocurrido en la cabaña, pero me molestó la preocupación que se veía en sus ojos. Le lancé una mirada torva y ella me dejó pasar sin despedirse. El llanto es sólo tiempo perdido, pensé mientras seguía adelante. Pasé por el primer portón, bajé por el camino que atravesaba el foso defensivo y crucé el último portón para salir al llano de abajo. Las puertas que siempre estarían abiertas para mí, pensé con cinismo. Seguí adelante por los pastos, despejados de árboles para poder detectar al enemigo, y llegué al bosque que se alzaba a varios kilómetros de distancia.

No pensaba, sólo avanzaba entre los árboles, y de repente me detuve. Olía a comida cocinada. Y allí, justo delante de mí, encima de un gran tocón, todavía humeante, había una pata asada. Mi estómago, que había estado dormido hasta entonces, protestó sonoramente por no haber comido, pero me quedé inmóvil como un animal ante una trampa evidente.

Encontré un palo en el suelo y lo lancé contra el tocón. El asado se movió ligeramente, pero no hubo más reacción. Me acerqué muy despacio, buscando trampas con atención. No olía a veneno, sólo a la sabrosa grasa del animal asado, pero seguía dudando. Estaba caliente y debía de ser una trampa, lo sabía. Alargué la mano con cautela, arranqué un trocito y lo lancé dentro de un nido cercano. Y entonces me senté a esperar a que los pajaritos del nido se lo comieran, sin quitarles los ojos de encima. Fue entonces cuando el bosque se quedó de pronto en silencio.

—A la carne no le pasa nada —dijo una voz áspera detrás de mí.

Me volví de golpe, y el tocón que había estado vacío un momento antes, ahora estaba ocupado. Sobresaltado, retrocedí tropezando, pero una mano, casi una garra, me agarró y me sujetó con fuerza. No sabía de dónde había salido, pero podría haber sido una diosa para aparecer con tanto sigilo.

Iba envuelta en una especie de manto con capucha, que le tapaba todo salvo algunos mechones de largo pelo blanco. La otra manga parecía hueca, lo cual indicaba que dentro no había un miembro entero. Me quedé paralizado por el pasmo, sin debatirme, esperando a que volviera a hablar.

—Te han entrenado bien, pero qué desconfianza... ¿Acaso una comida gratis es tal amenaza para la Comuna? —dijo roncamente, aflojando la mano, pero sin soltarme.

Guardé silencio, pero mis ojos se posaron con hambre en la pata que tenía en la mano. Dentro de la capucha, vi cómo se formaba una leve sonrisa, y entonces se inclinó para morder la carne, arrancándola con los dientes. Cuando sacó la cara, vi varias cicatrices largas en un lado de la cara, como por un incendio. Me soltó e indicó la carne con la cabeza, como para decirme que comiera. Lo cual hice.

—¿Qué quieres por esto? —logré decir, apartándome un poco, al tiempo que me tragaba la comida.

Se encogió de hombros.

—Un poco de conversación, de información. Me gustaría saber cosas sobre tu hogar.

—No es mi hogar —dije sin pensar, y cerré la boca con fuerza para impedir que brotaran más palabras.

—¿No eres feliz? —preguntó—. ¿No te aprecian?

Sé que puede parecer una locura, pero cualquier huérfano fantasea con su familia, y yo no era menos soñador a pesar de mi rabia. Se me ocurrió que a lo mejor ésta era mi madre, y le pregunté:

—¿Eres una amazona?

Soltó una carcajada resollante y esa leve sonrisa se hizo más amplia.

—Lo he sido, en otro tiempo, supongo. ¿Por qué?

Tragué.

—Mi madre era una amazona.

—Entonces... —Se echó hacia delante, y sus ojos extraños me instaron a hablar—. Entonces, ¿conocerás a... Gabrielle?

—¿A la Fundadora? —pregunté fingiendo indiferencia—. La acabo de dejar.

Hizo la siguiente pregunta con tranquilidad, pero con una intensidad en esos ojos extraños que no lograba refrenar. Una fiebre de interés que recordaba haber visto en los ojos de mi padre. Odio, lo sabía.

—¿Y cómo estaba?

—¿La conoces? —contraataqué.

—Hemos tenido algunos... encuentros. Me gustaría saber cómo está, pero sin preocuparla. ¿Comprendes?

Por supuesto que no, pero la carne estaba buena, y mis ideas de vengarme por la última traición de la que había sido objeto se estaban apoderando de la mano que al parecer se me ofrecía.

—¿Qué te gustaría saber?

Volvió a aparecer la sonrisa.

—Simplemente cómo está, qué hace. Nada que una amiga no necesite saber.

Intenté dar la impresión de estar pensándomelo.

—Estaría dispuesta a pagar —añadió con un susurro ronco, todavía con un aire indiferente que contrastaba con la verdad de sus ojos.

La idea de vengarme y ganar dinero para comenzar de nuevo, comenzar sin necesitar la ayuda de otros, me resultaba embriagadora. Mastiqué las ideas y la pata y por fin le devolví la sonrisa.

—¿Qué necesitas saber?

Estaba oscuro cuando regresé.

Había una pequeña hondonada fuera de la cabaña de la Fundadora, y yo me escondía allí a menudo cuando ella no estaba. Nunca me había planteado esconderme allí cuando ella estaba, pero no se veían guardias ni seguridad por ninguna parte, y me metí allí. Me quedé dormido escuchando la respiración fatigosa de dentro y no me desperté hasta la mañana siguiente, cuando Lila entró como una exhalación.

—¿Lo han visto? —preguntó la voz suave de la Fundadora.

—Sí, se coló por las puertas después de ponerse el sol. Está bien. ¡Eres tú quien me preocupa!

Apenas oí un murmullo de rechazo y entonces Lila continuó.

—¿Cómo puedes rendirte de esta forma, y por esa mujer? Lleva muerta todos estos años y yo esperaba, rezaba para que siguieras adelante con tu vida. Para que todo esto —y me imaginé a Lila abriendo los brazos—, fuese algo más que una forma de mantenerte ocupada. Pero desde el principio has sido como Penélope, esperando a tu amante. Sólo que tú no sabes tejer.

Gabrielle respondió a la ira de su hermana hablando con claridad.

—No estaba haciendo tiempo. Estaba siendo útil, contribuyendo de la mejor manera que me ha sido posible. Pero tú nunca has comprendido cuánto cuesta, cuantísimo cuesta hacerlo sola. Es como si llevara demasiado tiempo cruzando un desierto sin comer, y me he quedado ya sin reservas.

Lila no se apaciguó.

—Reconócelo, Gabrielle. Si Xena hubiera aparecido por aquí, te habrías puesto a dar brincos como una niña, enseñándole toda orgullosa lo que has hecho por ella.

Se oyó un roce de ropa de cama que me dijo que Gabrielle se debía de haber incorporado.

—¡NO! Sí, me sentiría orgullosa de enseñárselo todo. Pero orgullosa de mí misma, y orgullosa de ella, por lo que me dio. Sabes que me podría haber quedado con las amazonas. Pero quería algo que fuese mi propio logro. Algo que exigiera todo mi talento y todas mis capacidades, todo lo que era y lo que me había dado Xena... —le tembló la voz—, y he ganado. Porque me lo ha exigido todo. —Su tono volvió a hacerse moderado—. Lila, yo tenía una relación, una relación increíble que me cambió la vida. Una que nos hizo a las dos más fuertes y mejores. No me robó la vida, me la mejoró desde todos los puntos de vista. Y ahora, sin eso, mi vela se está apagando. Por favor, compréndelo y déjame ir.

—No se trata de eso. Todo esto es porque has encontrado a una especie de adivino que te ha contado una historia absurda sobre Xena que confirma tus peores temores, y te estás rindiendo. Abandonándonos a todos. —Ahora su rabia cambió, y se oyó una especie de jadeo, como si estuviera llorando—. A mí. Me abandonas a mí. Por favor, Gabrielle.

Se oyeron unos murmullos, y tal vez algo de llanto, pero ya había oído suficiente para mi primer pago.

De modo que, por raro que te puede parecer, eso fue lo primero que comprendí sobre el amor. Que estaba matando a nuestra Fundadora. Y mi máxima preocupación era cuánto podría valer esa noticia para la bruja del bosque. Pero es posible que me impulsara otra cosa. Algo que mi mente infantil quería creer. A la bruja sólo le interesaba Gabrielle y una especie de venganza contra ella personalmente. Volví a plantearme la posibilidad de que fuese mi madre. ¿Qué sería mejor que su deseo de venganza contra la mujer que había ayudado a que le robaran a su hijo?

Salí con cautela de la hondonada y, al mirar hacia arriba, vi a Chara que me esperaba al borde. Habíamos pasado mucho de nuestro tiempo juntos sentados en silencio al borde de la hondonada cuando había sido un “mal” día, por lo que esperaba que lo que estaba haciendo no le pareciera nada raro. Con frecuencia se traía su cuaderno de dibujo y nos quedábamos sentados en silencio hasta que terminaba, por lo general un retrato mío. Pero esta vez se hizo un silencio incómodo cuando me reuní con ella que yo no tenía la menor intención de romper. Hasta que me di cuenta de que tenía que hacerle una pregunta.

Le estaba dando vueltas a un recuerdo, una historia que nos había contado la Fundadora hacía tiempo. Y por mucho que me hubiera gustado que la bruja fuese mi madre, había otra posibilidad que me estaba reconcomiendo.

Al cabo de un rato, ya tenía preparada mi mentira.

—He estado haciendo una transcripción de las historias de Gabrielle...

Chara se apartó el pelo rubio de los ojos para mirarme con desconfianza, pero contestó:

—¿Sí?

No hice caso de su expresión y seguí mirando al frente.

—¿No había una sobre una vieja bruja? Una chamana amazona, creo que era, que tenía poderes mágicos. ¿Una bruja que las odiaba a ella y a la Princesa Guerrera?

—¿Alti?

—Eso es. Alti. No me acuerdo de cómo terminaba la historia.

Chara se lo pensó un momento y contestó:

—La mataron y luego esparcieron sus huesos para que no volviera nunca más.

—Eso es —dije en voz alta, al tiempo que pensaba: Me pregunto dónde dejaron los huesos del brazo izquierdo. Seguro que a Alti también le gustaría saberlo.

Pero Chara me conocía demasiado bien.

—No estás transcribiendo sus historias, ¿a que no? —Titubeó y me miró con la boca algo temblorosa. Luego, enunciando con cuidado cada palabra, dijo suavemente—: Nunca me habías mentido.

Enfadado, contesté:

—Y tú nunca has tenido secretos conmigo. Sabías lo que me iba a decir la Fundadora antes que yo. Y decías que eras mi amiga.

—Soy tu amiga. Pero... di mi palabra.

Hice una mueca de desprecio y me levanté.

—No necesito amigos de los que no me puedo fiar.

Intentó contestar, pero las emociones le habían trabado el habla, y sólo consiguió balbucear. Cruelmente, aproveché furioso su defecto.

—Y tampoco necesito espásticos por amigos.

Fue como si le hubiera pegado. Se le puso la cara blanca y soltó:

—Tú estás más... lisiado... de lo que yo... podría estar nunca. —Con los ojos llenos de lágrimas, echó a correr. Quise decir algo, no sé si por rabia o como disculpa. En cambio, grité al mundo en general:

—A la mierda. ¡A la mierda todos!

Y luego fui en busca de Alti.

Mientras cruzaba los campos, toda esa ira, toda esa rabia silenciosa hervía en mi interior, y por una vez sabía exactamente lo que quería. Quería que se murieran todos. No, quería que todos ellos se quedaran sin hogar, para que supieran lo que era. Y tal vez, si conseguía mentir bien, Alti me concedería ese deseo.

Pero con Xena muerta, Alti sólo quería vengarse de Gabrielle, y eso no era suficiente. Tenía que haber una manera de convencerla para que cumpliera los deseos de los dos. Mientras volvía al bosque, iba inventando y descartando historias. Para estar preparado cuando por fin llegara a su campamento.

Allí estaba, esperando en ese mismo tocón, y su malevolencia ahora me parecía evidente. Como un arma a punto de ser utilizada.

Yo tenía prisa, temeroso de que se me olvidara el plan, por lo que no hubo preámbulo. Las palabras me salieron en aluvión y debí de dar la impresión de que simplemente estaba ansioso por cobrar mi recompensa. Le conté a la bruja el éxito que tenía la colonia, lo segura que era, que Gabrielle nunca se marchaba. Que era su mayor orgullo y su mayor logro. Que no tenía por qué preocuparse por su “amiga” en absoluto. Descubrí un entusiasmo auténtico en mi corazón y en mi tono al describir las cosas que habíamos hecho, a las personas a las que habíamos ayudado, pero aunque dejé que inundara mi voz, sepulté su existencia bajo mi odio. Le dije que haría falta un ejército y la ayuda de alguien de dentro para eliminar a los guardias.

Cuando por fin terminé, me pareció que Alti se lo tomaba de una forma bastante extraña. Me entregó las monedas prometidas mirándome de una forma rara, y cuando juré regresar al día siguiente, asintió con escaso entusiasmo. Esperé a que me pidiera ayuda, pero parecía haberse olvidado de que seguía allí. Tras una incómoda pausa, farfullé que volvería al día siguiente y la dejé.

Cuando llegué a las puertas de la fortaleza, me agarraron dos de los guardias. A uno lo conocía de las clases, pero no dijeron ni una palabra mientras me llevaban a rastras, pataleando y lloriqueando, hasta la cabaña de la Fundadora. Me empujaron dentro, donde estuve a punto de caerme de bruces al suelo, y luego cerraron las puertas a mi espalda. Mis ojos, acostumbrados a la brillante luz diurna de fuera, tardaron en adaptarse a la penumbra. De pie al lado de la cama de Gabrielle estaban su hermana y Chara.

—Gracias, amiga —mascullé.

Se sonrojó, pero no rehuyó la mirada.

Intenté dirigir una mirada llena de desprecio a Gabrielle, pero ésta se limitó a poner los ojos en blanco.

Físicamente, parecía aún más débil que el día anterior, pero sus ojos y su voz parecían más despiertos. Supe que era la última llamarada antes de la muerte.

—Ni intentes ponerte chulito conmigo, chaval. Que he vivido con la chulería muchísimos años. Además, no estamos aquí para echarte la bronca. Estás aquí para recibir las disculpas que te mereces.

—¿Disculpas?

—He decidido que ha llegado el momento. El momento de contarte algunas cosas que es posible que te dejen de piedra, pero hay que hacerlo. Espero que tengas la fuerza suficiente para darte cuenta de por qué te han mentido.

Lila gimoteó con temor:

—Pero le prometí a su madre...

Chara añadió con rabia:

—Y me obligaste a mí también a dar mi palabra.

Gabrielle se incorporó en la cama y dijo alegremente:

—Ya, pero yo no le he prometido nada a nadie.

—Pero... —intervino Lila.

Gabrielle la hizo callar con una mirada.

—Si sólo me queda un día, no voy a pasarlo viendo cómo este chico sigue creciendo mal formado, como un árbol plantado debajo de una gran piedra.

Se abrigó con la bata y respiró hondo. Yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar, pero sin duda contaba con mi atención.

—Bueno, pues te voy a contar unas cuantas cosas. Eres un chico listo, pero ésta es una noticia que ningún chico, nadie, debería recibir. Pero tienes que recordar que esto es lo más importante.

Hizo una pausa antes de hablar. Noté que me ponía tenso, como si de repente supiera lo que se iba a decir: sólo necesitaba confirmación.

—Tu madre te quería. Te quiere. Cuando eras un bebé, estaba convencida de que estabas con gente que te quería. Recibía cartas de tu abuela, y periódicamente iba a ver cómo estabas. Y por suerte, o por desgracia, estaba allí cuando tu padre te rompió el brazo. Ahora bien, tu madre no era devota de Hestia. Era una guerrera. E hizo algo terrible. Y ése es el secreto del que todo el mundo ha estado intentando protegerte durante todos estos años. Fue el peor error que podían haber cometido, pero pensaban que era lo mejor. Porque es que cuando tu madre vio que te estaban haciendo daño, mató al hombre que te lo estaba haciendo.

Nadie en la cabaña se atrevía a respirar. Todos los ojos estaban clavados en mí, pero yo apenas era consciente.

Por mis ojos iban pasando más retazos de recuerdos fugaces. Sé que la noticia tendría que haberme dejado de piedra, pero era como si ya lo supiera. Una parte de mí siempre lo había sabido. Pero no era lo que quería oír. Lo que necesitaba saber era la respuesta a otra pregunta.

—Si me quería, ¿por qué, por qué no me llevó con ella?

Gabrielle fue la única que no se sorprendió al oír mi pregunta.

—Porque, y caray qué bien conozco el tema, era una guerrera honorable que se sentía reconcomida por la culpa. Se sentía culpable porque pensaba que era culpa suya que te hubieras visto en esa situación, y porque pensaba que era culpa suya que tu padre te estuviera pegando.

—No lo...

La voz de Gabrielle se volvió tan tenue que tuve que hacer un esfuerzo para oírla.

—Verás, eres clavado a tu madre. El amor y el odio a veces están muy cerca, y supongo que tu padre nunca superó que tu madre no se quedara con él. De modo que pegaba a la persona que le recordaba a la que todavía amaba.

Más piezas del rompecabezas empezaron a encajar entre sí. Ahora comprendía las miradas de odio, las lágrimas...

—Odio y amor. Y lo único que tú conseguías reconocer era el odio. Y como tu madre era una guerrera honorable, se entregó para recibir el castigo que pensaba que se merecía. Incluso aunque, tal vez especialmente porque... el peor castigo era no poder estar contigo.

Meneó la cabeza, con los ojos perdidos contemplando algo que los demás no veíamos. Pero la expresión de su cara me resultaba familiar. Muy familiar.

—¿Qué le pasa a esta gente? ¿Por qué su honor es más importante que las personas que los quieren? —Me pregunté a quién le hacía esa pregunta, y nadie intentó contestarle.

La Fundadora volvió a nosotros.

—Tu madre fue condenada a diez años de servidumbre, de esclavitud, en realidad.

Dije lo que pensaba en voz alta:

—Y eso explica por qué mi familia no me quería. Era hijo de una asesina.

Hubo un destello de la antigua Gabrielle en su rabia.

—Ni lo pienses. Ya ha habido culpa más que de sobra, y quien menos la merece es un niño de cinco años. Mik, que está ahí fuera, tiene la misma edad que tú. ¿Le echarías la culpa por lo que eran o son su padres?

—No —reconocí.

—Pues ten la misma consideración hacia ti mismo. Tu familia se equivocó, pero para ser justos, seguramente estaban también petrificados por el espanto. Pero por los dioses, ¿es que la gente no tiene ya suficientes problemas en este mundo para encima dedicarse a crear más culpa? Puede que haya afectado a tu vida hasta ahora, pero conocer la verdad ya no tiene por qué afectarte. Esto era una historia de tus padres y era algo entre ellos. Nadie más.

Me estaba ahogando en un mar de recuerdos y emociones, pero necesitaba conocer la respuesta a todas mis preguntas.

—¿Pero por qué me odiaban las amazonas?

—Te lo repito, sólo has conocido el lado malo del amor. Ellas querían a tu madre, y va ella y se entrega para ser esclava. ¿Cómo crees que se sintieron con eso? ¿Una guerrera amazona como esclava? Y todo por un niño varón. —Se encogió de hombros—. Prejuicios, lo verás mucho más a medida que te hagas mayor, pero, una vez más... —me clavó esos ojos luminosos—, nada... que ver... contigo. No fue culpa tuya. ¿Te enteras?

—Sí, señora. —Carraspeé—. ¿Por qué no podía quedarme con mi abuela?

Gabrielle meneó la cabeza.

—Tu abuela era una mujer increíble. Pero... tu abuela se estaba muriendo.

Mil indicios aparecieron de golpe en mi mente, y me quedé asombrado al ver lo evidente que me parecía ahora.

—No quería que nadie lo supiera —dije maravillado.

—Justo. Pero esa valiente anciana se negó a que simplemente llegara alguien para recogerte y llevarte. Exigió, y encima a las amazonas, no lo olvides, pasar sus últimos días en este mundo contigo, viajando y viendo un poco de mundo con la persona que más quería. —Me sonrió de medio lado—. Así que en algún momento sí que se te debía de poder querer. —Abrió las manos—. Y eso es todo. Un hijo querido, criado sin amor. No debería haber ocurrido, pero tu madre pensaba que estaba haciendo lo mejor para ti. Chara intentó decírselo, y a nosotras, pero no le hicimos caso. También le debemos a ella una disculpa. —Miró a Chara, que se sonrojó y se mordió el labio.

Sentí que mi rabia volvía a bullir.

—¿Por qué lo sabía Chara? ¿Quién más lo sabe?

—Nadie —me aseguró Gabrielle—. Chara lo sabía porque... tu madre necesitaba ver cómo eras a medida que ibas creciendo.

Todos esos retratos.

Gabrielle alargó la mano para tocar la de Chara.

—No le ha hecho ninguna gracia tener que ocultarte secretos. —Gabrielle sonrió a la abochornada chica—. Siempre era la primera en verme cuando venía de visita. A veces me comía la oreja cosa mala. Y tenía razón desde el principio. Ella se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo. Tu madre pensaba que te estaba protegiendo de este terrible secreto, y en realidad te estaba protegiendo de una necesidad humana básica. Saber que eras querido. Como no paro de decir, todos te debemos una disculpa. ¿Alguna vez te has parado a pensar en lo que le costó a esa anciana emprender ese viaje a pie para poder pasar más tiempo contigo? Piensa en todo a lo que renunció tu madre para que tú no sufrieras más. Y ahora, ya han pasado casi diez años, y su condena ha terminado, y nos ha pedido que esperemos a que esté libre. Como he dicho, tu vida ha estado llena de amor, retorcido, mal encauzado y oculto a ti. Sólo veías el odio, no es sorprendente que nunca vieras el amor. Y de eso, todos tenemos la culpa. Si significa algo para ti, lo siento muchísimo. —Suspiró—. Hasta tu nombre, Agapios, viene de ágape. Amor.

Me dio un momento de silencio para que organizara todo lo que había oído, y luego me preguntó:

—¿Vas a estar bien? No quiero decir hoy, ni pronto, ¿pero podrás asimilarlo? Porque hay una amazona osada y valiente que no va a tardar en venir por aquí, muerta de miedo por lo que vayas a decirle.

No contesté. No podía. Me dio unas palmaditas en la mano y dijo:

—Ve a dar un paseo. Nadie te va a echar de aquí, ahora no. Todavía tienes que pasar un año fuera, pero tu madre te acompañará, si quieres, y creo que a Chara le falta poco para su año.

Chara. Oh, dioses. La miré y quise decir algo. Pero me limité a saludar a Gabrielle con la cabeza y salí de la cabaña. La brillante luz del sol me dejó aturdido y por un momento me quedé cegado. Pero sabía que Chara había salido conmigo. Que estaba a mi lado.

Todo esto era demasiado. Demasiadas emociones encontradas. Todas las personas que conocía me habían mentido. Pero mi madre me había querido. Eso lo sabía. Y la abuela. ¿Qué me importaba más? ¿Los secretos en sí, o el contenido? Necesitaba tiempo.

Pero entonces me acordé de que era posible que ya no quedara tiempo. Alti.

Me volví hacia Chara.

—He hecho algo muy... He traicionado a todos. Alti está oculta en el bosque. Se ha mantenido alejada para que Gabrielle no la perciba con esa extraña conexión que tienen.

Chara me miró desconcertada.

—Alti machacaba a la Fundadora todo el tiempo sin aviso previo. Alti no tiene ninguna conexión con Gabrielle.

Sólo veías el odio, no es sorprendente que nunca vieras el amor...

La carrera hasta el bosque nunca me había parecido tan larga. Mientras corría por el campo, era como si viera el mundo con otros ojos, reinterpretando todo lo que me habían dicho los sentidos.

Seguí corriendo, tropezando y tambaleándome por la prisa. ¿Sería capaz de hacer esto bien? ¿Llegaría a tiempo? Llegué al lugar donde sabía que estaba el campamento, pero todo había desaparecido. Allí no había nada que indicara que había habido alguien. Ni rastros ni pistas que llevaran en ninguna dirección. Por instinto, eché a correr alejándome de la fortaleza en línea recta, pero seguía sin encontrar un rastro.

Así que tuve que confiar en las Parcas, a pesar de lo que me habían dado hasta ahora. Grité con el poco aliento que me quedaba:

—¡He mentido! —Grité al bosque—: ¡He mentido! Gabrielle está muy enferma. Necesita... necesita amor o se va a morir.

Aparte de asustar a los pájaros, que se quedaron en silencio, no hubo respuesta. Volví a intentarlo.

—¡Gabrielle se está muriendo! ¡Por favor, no dejes que se muera!

Jadeando, me doblé con las manos en las rodillas y noté que me echaba a llorar. Tal vez no todo fuese culpa mía, pero esto sí lo iba a ser.

Pero esa voz rasposa habló delante de mí:

—¿Qué quieres decir?

Tragué para humedecerme la garganta reseca y miré el rostro desfigurado que se alzaba por encima de mí. Marcado por las batallas increíbles que había librado para regresar a este mundo. Alterado por la misma mezcla de frustración, miedo, odio y, suponía, amor que había visto en el rostro de Gabrielle cuando había hablado de guerreros. Y... ¿o era sólo un deseo? También en el de mi padre.

Antes de que pudiera decir nada, pareció vencer sus dudas y se dio la vuelta. Exclamé jadeando hacia la espalda que se alejaba:

—Te necesita. Tú eres la única que puede salvarla. —La espalda se paró en seco, pero ésa era la respuesta que yo había esperado. Que me había esperado, si las historias de Gabrielle tenían algo de cierto.

Juntos cruzamos las puertas y entramos en la fortaleza. Yo iba pensando en las historias de Gabrielle sobre la gran Princesa Guerrera. Qué raro que casi pudiera oír cómo le temblaban las rodillas cuando nos acercábamos al pueblo. ¿Esto era el amor, que tan débil te hacía? Tuve que cogerla de la mano e instarla a continuar cuando nos acercamos a la cabaña de la Fundadora, pero cuando ni siquiera estábamos a medio camino, Xena se detuvo en seco. Pues saliendo de la cabaña, frágil y pálida, estaba Gabrielle.

Noté que la guerrera retrocedía ligeramente, y Gabrielle también se detuvo, controlándose para esperar. Deseando que su voluntad ayudara a su amante a llegar hasta ella.

Y así fue. Por primera vez desde que la veía, Xena se irguió y caminó sin cojear. Erguida como un soldado, rígida y firme, echó a andar hacia Gabrielle como si se encaminara a su propia ejecución. Se quedaron como a medio metro de distancia, sin tocarse, hasta que Gabrielle, como en sueños, alzó la mano y le quitó la capucha, decubriendo ese rostro lleno de cicatrices. Xena se encogió bajo el sol, al sentirse expuesta, pero la mano de Gabrielle subió para tocar las heridas ligeramente.

—¿Era esto todo lo que te impedía venir a mí? —Tragó con dificultad—. Si ha sido el precio que has pagado por volver a casa, considero cada marca... un honor. —Se le quebró la voz con la última palabra, pero consiguió continuar, a pesar de las lágrimas que le arrasaban los ojos—. ¿Esto es todo?

Xena movió el hombro para destapar el muñón que era lo único que le quedaba del brazo izquierdo, y siguió clavando la mirada en las profundidades de los ojos de Gabrielle.

Gabrielle sonrió y simplemente preguntó:

—¿Todavía me puedes abrazar? Porque eso es lo único que me importa.

Y con un sollozo, la gran Princesa Guerrera hizo precisamente eso. Y así empezaron a curarse.

Por una vez, Lila tenía razón. Días después, nos quedamos mirando mientras Gabrielle, al parecer curada milagrosamente, iba prácticamente dando brincos por la fortaleza mostrando con orgullo sus creaciones. Todo el mundo, incluida Xena, le había ordenado que siguiera guardando cama, pero ella se echó a reír y no hizo el menor caso. Xena la rodeaba protectoramente con el brazo, y había un matiz de amenaza contra todo el que se acercaba demasiado rápido. Al parecer, proteger a Gabrielle había hecho que volviera la loba.

Pero te estaba contando mi vida, lo que he aprendido, y la suya es una historia para los grandes bardos.

Mi vida empezó de nuevo. Mi madre llegó pocos días después, y lloramos. Y nos peleamos.

Ver el amor no puede curarlo todo. Mi carácter estaba ya demasiado formado para cambiar de la noche a la mañana. Ni siquiera estaba preparado para la amistad verdadera. Pero Chara, tu madre, fue infinitamente paciente conmigo, y tras muchos errores y discusiones, y muchísimos años de espera, por fin consintió en ser mi esposa.

Y ahora por fin llegamos a ti. A tu petición. Me pides permiso para casarte con tu amor de la infancia en vez de con ese asno pomposo y adinerado que habíamos elegido para ti. ¿Qué crees que he aprendido? ¿Qué crees que te voy a decir?

Gracias a dios que has encontrado el amor, es lo que digo. Gracias a todos los dioses.

Tu padre que te quiere.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades