La escritora

Kamouraskan



Descargo: Esto es producto de una mente enferma. Por favor, no lo leáis si os alteran los malos tratos.
Los personajes de Xena, Gabrielle y Eva no son de mi propiedad.
Mi agradecimiento a los Ex-Guards y a T. S. Chandler por sus sugerencias y su apoyo.
Siempre se agradecen comentarios en Kamouraskan@yahoo.com

Título original: The Writer. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Pobre niña mía. Ya está tranquila. Ya no llora: por fin tengo paz. Puedo alargar la mano y tocar el rastro de las lágrimas que siguen cayendo por esas mejillitas regordetas. Hace apenas un momento estaba chillando... pero ahora está muy callada. Lo he hecho bien, ¿verdad? Quiero saborear el orgullo de haberlo conseguido. Me siento casi maternal. Puede que ahora incluso la quiera más.

Pobre chiquilla. Cuánto lo necesita. Ni siquiera sabía lo que era hasta que se lo dije. Hasta que se lo enseñé.

Qué confusa estaba al principio. No fue más que una insinuación, una semilla plantada. Luego vino la curiosidad propia de una niña, que a su vez llevó al descubrimiento. Y por fin, a la necesidad. La necesidad compulsiva, la más dulce de las obsesiones. Algo que compartimos. Qué miedo tan patético tenía al principio del dolor, pero no tardó en necesitarlo también.

Puedo mirar, tocar y seguir las cicatrices de cuchillo y las quemaduras que eran recordatorios para ella de los contrastes del éxtasis logrado al obedecerme. Luego están las heridas más nuevas que se causó a sí misma sin que yo se lo pidiera siquiera. Qué rápido aprendió. Pero todo es muy fácil cuando se tiene experiencia como maestra. Como instructora.

Ojalá me hubiera bastado. Pero igual que ella no tardó en necesitar demostrar su lealtad, su obediencia, yo necesitaba más miedo, más sudor. Más sangre. Aún saboreo la felicidad de sentir el estremecimiento que le recorrió el cuerpo entero al darse cuenta de que esta vez no me iba a detener. De que el cuchillo la iba a atravesar de verdad. Más hondo que nunca hasta entonces. Que estaba dispuesta a quitarle la vida que me había ofrecido con tanta ansia. Niña tonta. ¿Cómo podía resistirme a un regalo así? ¿Cómo podía resistirme al sabor de su sudor y su miedo al transformarse en terror? Un sabor que últimamente he descubierto que cada vez me gusta más. Que anhelo, en realidad. Ella no es la primera, ni será la última.

En la muerte, su piel es tan pálida, tan poco parecida a la de Xena. Mi maestra.

El amor de Xena siempre está mezclado con momentos de abusos violentos y abandono. Pero creo que tal vez me quiere de verdad, ¿sabes? A mí de verdad, no a la que cree conocer. Me pregunto si cree que conoce de verdad mi corazón.

Pero luego tenemos a mi rival por la Princesa Guerrera. ¿Qué hacer con ella? Ésa que Xena cree que es tan pura. Ésa por la que haría cualquier cosa para protegerla. Cuánto me gustaría dar con su alma oscura y retorcerla, arrastrarla aún más. Encerrarla y enseñarle los juegos que he aprendido. ¿Le gustaría? Sólo hay una forma de averiguarlo...

—¿Eva? —La voz de Gabrielle sacó a la hija de Xena de su trance. Su mano aferró la pluma y miró el pergamino que tenía entre las manos. Gabrielle la miraba con curiosidad—. Está todo recogido, te estamos esperando. ¿Estás bien?

Eva miró el pergamino.

—Mmm, pues...

—Lo siento, cariño. ¿Te he interrumpido? Si estás escribiendo algo, siempre podemos esperar un poco...

—No. —Eva tragó con dificultad—. Estaba pensando... —Dudó—. He estado pensando en lo que dijisteis las dos, sobre el grupo de Eli que está pasado ese risco. Tenéis razón. Debería estudiar, aprender más. Viajar con vosotras me aparta de lo que tengo que hacer.

En el rostro de Gabrielle se formó una sonrisa triste.

—Eso es estupendo, cielo. Sabes que te echaremos de menos. Pero las dos creemos que es lo correcto. Tienes que descubrir cuál es tu propio camino, por ti misma. Cuando sepas lo que tienes que hacer, sabes que te apoyaremos.

Eva volvió la mirada hacia su madre, que estaba al lado de su montura, y tragó, negándose a mirar a Gabrielle a los ojos.

—Creo que ahora mismo es lo mejor. —Y se alejó para recoger sus cosas.

—¿De qué estabais hablando? —le preguntó Xena a su compañera mientras seguía a su hija con los ojos. Seguía sin saber cómo tratar a esta persona desconocida que se parecía a ella tanto y nada al mismo tiempo. Gracias a Ares, todavía tenía a Gabrielle para ocuparse de los temas delicados.

Gabrielle enrolló el pergamino y lo guardó cuidadosamente con los demás.

—Está decidido. Se va a unir a la colonia durante un tiempo. Podemos acompañarla y tal vez quedarnos un tiempo hasta que se adapte.

El rostro de la guerrera reflejó su sorpresa.

—¿Cómo es que ha cambiado de opinión?

—Creo que ha leído uno de los pergaminos que me dejé fuera y eso le ha dado que pensar —dijo la mujer más joven sin darle importancia.

Xena esperó a que su compañera levantara la mirada.

—¿Y?

Sólo era una ceja enarcada, pero Gabrielle había aprendido a interpretar bien las expresiones de ese rostro. Miró hacia el pergamino que había guardado.

—No era nada especial. Una caracterización. Algunas de las personas con las que hemos luchado, su modo de ver el mundo... estaba intentando comprenderlo a base de explorarlo. Creo que no lo guardé porque pensé... algunas de las cosas que le han pasado... —Xena esperó mientras la rubia se quedaba contemplando el horizonte antes de volver a mirarla. Se sorprendió al ver una sonrisa extraña en la cara de la mujer más menuda—. Creo que se ha quedado muy impresionada. —La guerrera se sorprendió aún más cuando un brazo muy posesivo la estrechó con fuerza.

Apretando aún más, Gabrielle se quedó mirando el campamento y murmuró:

—Creo que Eva no se da cuenta de lo que a veces tiene que saber una escritora.


FIN


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