Después del asedio: ideas tontas

Kamouraskan



No tengo pensado hacer una costumbre de escribir una historia tras otra el día en que veo un episodio, pero he pensado que por una más... ¿Vale?
Xena y Gabrielle y los incidentes descritos pertenecen a RenPic y no se intenta obtener beneficio económico alguno con esta historia.
Todo lo que he escrito está en deuda con las personas que han conseguido que vuelva a escribir y que han sido mis musas. Me gustaría dar las gracias a la única que no he mencionado antes. Para bien o para mal, mi agradecimiento a Fiona Meyer. Y, por supuesto, a Holly Near.
Siempre se agradece correo en Kamouraskan@yahoo.com

Título original: After the Siege: Foolish Notions. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy


Después de todo lo que habíamos pasado, me costó dejar a Eva, pero con su abuela que la adoraba a su lado, decidí tomarme un descanso muy necesario y pasarme por la taberna. Sabía que Gabrielle estaba atendiendo a los heridos más graves y probablemente iría por allí después para buscarme. Debería haber estado más preparada para la reacción que hubo cuando llegó.

Ante nuestra sorpresa, cuando entró en la taberna de mi madre, lo hizo envuelta en el triunfo y los gritos de mis paisanos:

—¡Ga-bri-ELLE! ¡Ga-bri-ELLE!

Tras un rubor inicial, se recuperó rápidamente y adoptó el aire de una comandante segura de sí misma. Pero no pasó a su lado con un simple apretón de manos como habría hecho yo. Dedicaba una sonrisa y una pregunta, un momento rápido de preocupación por cada herida, al tiempo que avanzaba despacio entre sus admiradores hacia mí. Al ver esa consideración me tranquilicé. Pero todavía debía de tener una expresión de preocupación en la cara, porque cuando llegó a la mesa del fondo donde estaba yo, ya me había leído como un pergamino.

Se puso las manos en las caderas y sonrió.

—¡Parece que te da miedo la idea de que pueda empezar a organizar un perímetro de seguridad para Anfípolis! No estarás preocupada en serio, ¿verdad?

Bueno, cuando lo expresó así, sí que me pareció bastante tonto. Me eché a un lado para hacerle sitio.

—¿Cómo haces eso? —no pude evitar preguntar.

Ocupó su lugar junto a mí e hizo un gesto pidiendo sidra. Eustase acudió corriendo.

—¿Cómo hago qué?

—Leerme la mente, por supuesto.

Dio las gracias a Eustase por el servicio y se reclinó contra mí.

—Parte del trabajo.

No pude evitar una sonrisa irónica.

—Así que ahora es un trabajo, ¿eh?

—Sí. —Suspiró, estirando las piernas doloridas con un ligero gemido. Cerró los ojos y se encogió, y supe que estaba viendo de nuevo lo peor de la batalla. Pero lo apartó de su mente e incluso consiguió bromear—. Es un trabajo duro. De los de subirse las mangas. Otro día típico para una segunda de la Princesa Guerrera.

Me puse rígida. Ella lo notó y se irguió para mirarme.

Decidí que más valía que corrigiera una idea, ahora mismo.

—Gabrielle, lo que has hecho hoy, ninguno de mis comandantes podría haberlo hecho. Ni Borias, ni nadie. Tú has mantenido unida a esta gente por una causa que ningún otro soldado con quien he luchado habría pensado siquiera que merecía la pena. Y el plan era tan tuyo como mío, así que no digas que eres mi... segunda. Por favor.

Ella frunció los labios.

—Esto no va de eso. Hay algo más. ¿Cuál es el problema de verdad?

Guardé silencio.

—Xena, han cambiado muchas cosas, pero todavía puedo darte la lata hasta que hables. ¿Qué?

Sabía que daba igual que cediera ahora o más tarde. Le pasé el pergamino que había estado leyendo. Empecé a darle una explicación.

—Te dije que los leería todos y éste estaba al fondo, así que lo cogí... —Me di cuenta de que estaba diciendo tonterías.

Miré preocupada mientras ella leía sus palabras, escritas hacía tanto tiempo. Se mordió el labio y levantó los ojos para mirarme.

—No tenemos que hablar de esto ahora... —dije.

Ella soltó un bufido.

—Más quisieras.

Siguió pensando. Se volvió y me clavó la mirada.

—Xena, ¿alguna vez lamentas haber renunciado a la vida que te ofrecieron las Parcas con Liceus? ¿Especialmente después de todas las muertes de las que yo he sido responsable?

¿Qué?

—¡No!

—¿Por qué?

—Porque en esa... realidad, cuando mataste fue como la gota final. Pero incluso con eso, fue... el placer que vi en tus, sus ojos ante esa muerte... Nunca te he visto a ti sentir satisfacción siquiera, siempre pena. Tu único placer se produce cuando se termina el combate.

Ella asintió.

—¿Sabes otra cosa? Acabas de pasar el rato tentando a uno de los dioses más seductores. —Antes de que yo pudiera protestar, me interrumpió, sonriendo—. Sí, sentiste algo. Te hizo entrar en calor. No importa. Recuerda que yo he sentido su atracción... —Fruncí el ceño, pero ella no me hizo caso—. ¿Y yo? Acabo de dirigir a un ejército en una batalla. He visto hombres morir a mi alrededor. ¿Y sabes qué? No estamos arriba dale que te pego como conejos en celo. He mirado en mi interior por si percibía alguna señal de lujuria de combate, pero sólo estoy cansada. Muy cansada. Y tú, tú...

Bajé la vista, al tiempo que completaba sus pensamientos.

—Me siento sucia. Como si me hubiera prostituido...

Me tomó la cara entre sus manos y dijo terminantemente:

—Las dos hemos hecho lo que teníamos que hacer. Nada más. Ni nada menos.

Volví a coger el pergamino.

—Eso no cubre la distancia entre la chiquilla que escribió esto y la mujer que acaba de llevar a un ejército al otro lado de las trincheras.

—¿Me creerías si te dijera que, incluso después de hoy, todavía puedo defender cada una de las palabras de ese pergamino? —Su expresión era ilegible.

Debí de mostrar mis dudas.

Tomó un largo sorbo de su sidra.

—¿Sabes lo que me dijo Eli antes de morir? Le estaba diciendo que me preocupaban los pasos que había dado y él me dijo que la duda era normal. —Sonrió con tristeza—. ¡Eli! Con todo lo que era y conocía y él tenía dudas sobre su camino. Y hasta se rió de mi sorpresa. Pero tenía razón, somos humanos. Y tengo dudas. Pero cada palabra de ese pergamino sigue dentro de mí, Xena, y es como una vela encendida y a veces me da la luz que necesito para ver.

Fue entonces cuando advirtió por primera vez la expresión de admiración total de varios de los niños que se habían colado en la sala. Habían cortado ramas y se estaban haciendo espadas con ellas, sin parar de mirar a mi compañera con adoración nada disimulada.

—De hecho —y oí cómo su voz adquiría un tono de hierro, al tiempo que cogía el pergamino—, creo que es el momento de que la bardo y no la guerrera haga una declaración.

Oh-oh. Casi alargué la mano para retenerla, pero en cambio agarré el pergamino.

—Gabrielle, no puedes ponerte delante de los hombres a los que acabas de mandar en el combate y decirles que... que matar es malo.

Me miró fijamente y con dureza.

—Bueno. —Me aparté con una mueca—. Al menos, por favor, no lo cantes...

Al oír esto, arqueó las cejas e hizo una imitación bastante buena de mi Mirada, pero con un ademán triunfal me quitó el pergamino de las manos y se dirigió al centro de la sala. Al darse cuenta de que estaba a punto de hablar, la sala prorrumpió de inmediato en silbidos y aplausos. Ella levantó los brazos hasta que se hizo el silencio.

—Cada uno de nosotros tiene derecho a sentirse orgulloso... —Y se reanudaron los gritos. De nuevo los detuvo—. Pero tanto si hubiéramos ganado como perdido hoy, toda Grecia habría recordado por qué luchamos. Nuestras familias y amigos no han muerto por una batalla gloriosa y no los honraremos diciéndoles eso a nuestros hijos.

Su público enmudeció.

—Voy a leer una cosa que escribió una chica muy joven hace muchos años, porque necesito recordar quiénes somos de verdad, antes de que todos empecemos a creer que la guerra es una causa en sí misma.

Desenrolló el pergamino y esperó, mirando fijamente a un punto que ninguno de nosotros veía. Luego se puso a leer los pensamientos de aquella muchacha, a quien yo recordaba tan bien.

¿Por qué
matamos a la gente
que
mata a la gente?
¿Para demostrar
que matar a la gente está mal?
Qué idea tan tonta.

Tomó aliento, sin hacer caso de las miradas de incertidumbre que la rodeaban, y continuó.

Los niños son tan inocentes
Cruzarán la tierra
si creen que van a ayudar a un amigo
Se ven atrapados en Mentiras Patrióticas
y luchan por sobrevivir
sin preguntar jamás
¿por qué?
¿Matamos a la gente
que
mata a la gente
para demostrar
que matar a la gente está mal?
Qué idea tan tonta
La guerra se llama devoción
cuando los mejores guerreros
son los que defienden
la Paz.

Sólo hubo silencio cuando dejó el escenario. Los niños y niñas la miraban desconcertados, pero ella les sonrió y volvió a mi lado. Reconozco que me faltaba poco para ponerme llorosa, así que lo disimulé diciendo:

—Recuérdame que nunca más te vuelva a invitar a la celebración de una victoria.

—¿No es la clase de discurso que habría hecho la Destructora?

—Para nada.

—¿Pero estamos bien? —preguntó en voz baja.

Yo aún estaba asintiendo con la cabeza cuando de repente ella me agarró de la mano y se puso a tirar de mí para levantarme, diciendo:

—¿Sabes? Puede que no quiera ponerme en plan conejo en celo contigo... pero creo que me gustaría enseñarte algo después de todo.

—¿Ah, sí? —Intenté parecer indiferente. Y al estar tan cerca de ella, no era fácil—. Tenemos una niñera estupenda... —comenté.

—Y no creo que lo que estoy sintiendo sea lo que se podría llamar lujuria de combate, creo que es más... más como...

Y me besó. Tierna y amorosamente y con un ligerísimo matiz de deseo. Y cuando abrí los ojos y me encontré con las miradas y sonrisas de mi pueblo, me sonrojé. La gran Destructora de Naciones se sonrojó.

—Gabrielle... —Usé los ojos para señalar a nuestro público.

—¿Te avergüenzas de mí? —preguntó guasona.

No... —Me agité incómoda.

—¿Entonces qué pasa? Xena, esta gente acaba de librar una batalla por nosotras y con nosotras. ¿No crees que saben lo que hay entre tú y yo?

Miré a los jóvenes aspirantes a guerreros.

—¿Pero y los niños...?

Se le pusieron los ojos como platos y habló con tono de exasperación.

—¡Xena! Esos niños han estado oyendo hablar de guerra y matanzas, decapitaciones y entrañas. Están rodeados de muerte y sangre. ¿Qué clase de idiota se pondría histérico por que puedan ver una muestra de cariño entre dos personas que se quieren?

Sí, ¿qué clase de idiota? De modo que, ante un público numeroso y encantado, la cogí en brazos y me la llevé. Y entonces fue ella la que se sonrojó.


FIN


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