Deshielo de invierno

Kamouraskan



Descargo: Los personajes de Xena y Gabrielle no son míos y trataré de vivir con ello.
Esto es continuación directa de mi relato Frío invernal. Nunca hasta ahora había escrito una secuela, pero ha habido muchísimas peticiones de personas que pensaban que se tenían que decir ciertas cosas. Y como yo también lo pensaba, lo he intentado. Eso no debería impedir a nadie hacer lo mismo, esperemos que mejor, especialmente si se trata de algún empleado de RenPic.
Por favor.
Mi agradecimiento a Advocate, Mary Morgan, Cath, Dojo y todos los preocupados ciudadanos de la Tavern Wall.
Siempre se agradece y se contesta correo. Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Winter's Thaw. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Frío. Qué frío.

No puedo respirar, siento que los pulmones me pesan una tonelada.

Toso porquerías y casi me ahogo.

Estoy empapada en sudor... maldita sea.

Pulmonía. Va a ser eso.

Maravilloso.

No. Puedo. Estar. Enferma. Una madre no puede estar enferma.

Vaya. Si pudiera levantarme...

No. No va a ser posible.

Pero qué frío.

Gabrielle e incluso Eva me están abrazando, pero sigo temblando... no puedo controlarlo. Recuerdo a Gab ayudando a Eva a mamar, parece que todo funciona tanto si estoy consciente como si no. Gabrielle dice que estamos a salvo, que necesito dormir... que debo descansar... que todo va bien, y me voy flotando a alguna parte...

¿Esto es real? Qué paz... cae la nieve. Estoy trabajando, creo. Sujeto un martillo y lo balanceo con precisión exacta. Lo noto tan pesado y frío, pero es como una extensión de mi brazo. Lo levanto y me dispongo a descargar otro golpe y miro hacia abajo para asegurarme de que el clavo sigue en su sitio y cuando le doy Gabrielle grita...

¡¡¡¡¡NO!!!!!

Ahora sí que no puedo respirar. Trato de aspirar aire como si acabara de correr hasta Maratón.

Y estoy sola.

Intento no asustarme. Pero el miedo gélido va aumentando. Gabrielle y Eva. ¿Dónde están?

Sólo veo imágenes difusas, pero hay un buen fuego, así que debe de estar cerca. Tengo que levantarme...

Qué alivio maravilloso. Gabrielle está aquí. Qué consuelo. Sigo respirando con jadeos superficiales y quejosos, pero intento incorporarme y ella me vuelve a empujar a las pieles como a un cachorrito desobediente, ordenándome:

—¡Xena! ¡Vuelve a la cama!

Se deja caer de rodillas y me pone la mano en la frente. ¿Cómo es que todavía me asombra lo relajante que puede ser sólo su caricia? Pero el temblor no cesa y digo a través del castañeteo de dientes:

—¿Un poco... —respiro—, ...de fiebre?

Pone los ojos en blanco y me alegro de haberla hecho casi reír. Intenta ponerse severa pero no puede.

—Has conseguido que sobrevivamos a un temporal y has encontrado esta cueva, pero eso ha acabado con tus reservas. Así que te vas a tener que quedar ahí tumbada y dejarme que cuide de ti y de nuestra... de Eva. ¿Te enteras?

Sólo puedo asentir. No puedo respirar. Cómo tiemblo. Sé que quiero sujetar a mi hija, pero no quiero que se contagie de esto.

Como siempre, Gabrielle sabe lo que estoy pensando y me la trae con ciertas dudas. Noto su vacilación cuando acuesta a mi hija a mi lado. Eva suelta una exclamación de alegría y yo le hago una mueca. Creo que me sonríe, pero todo sigue muy borroso.

Gabrielle me está hablando.

—Las dos hemos estado bien, pero sé que necesita a su madre. Y si fuera a pillar lo que tienes, ya es demasiado tarde. He hervido o derretido toda la nieve que he podido, así que espero que si os baño a menudo, podamos evitarlo. ¿Verdad?

Incluso con la fiebre, me doy cuenta de que estas decisiones pesan sobre ella. Tengo que ayudarla. Está intentando ser fuerte por mí, una vez más, pero noto lo cansada que está.

—No sabía si la enfermedad se podía transmitir por mamar, pero no había mucha elección... —Intenta que no suene como una pregunta. ¿Cuánto tiempo lleva cuidándonos a las dos? Gabrielle, ¿por qué siempre acabo poniéndote tanto peso sobre los hombros?

Me pasa el odre de agua y espera a que beba, pero tiemblo tanto que derramo la mitad.

—Ahora duerme —me dice, y siento esa caricia tranquilizadora. Cierro los ojos.

Recuerdo a medias una caricia y el olor a linimento. Paños húmedos que me enjugan suave y amorosamente el sudor de la piel. Llora un bebé y se oye una risa y luego un murmullo que lo tranquiliza. ¿Estoy hablando en voz alta? ¿Esto es real?

Cuánto tiempo descanso, no tengo ni idea. Mucho tiempo, creo. No sé si estoy despierta, hasta que abro los ojos. Gabrielle me tiene otra vez abrazada. Las dos estamos desnudas y noto cada una de sus curvas maravillosas contra mi cuerpo empapado en sudor. Eva sigue acurrucada contra mi pecho, respirando sin problemas, gracias a las Parcas. Gabrielle ha intentado mantenerme caliente echando las pieles por encima de nuestras cabezas, dejando sólo un resquicio suficiente para respirar. Cosa que todavía lucho por conseguir.

Pego la nariz a la cabeza de mi hija, intentando encontrar ese maravilloso aroma a bebé, pero no huelo nada. Estoy demasiado taponada, supongo. Su boquita se mueve hasta encontrar mi pezón y me estremezco, pero de una forma distinta.

Gabrielle se mueve... oh, tan deliciosamente, pero me obligo a alejar esa idea de mi cabeza.

—¿Xena? —Preguntando si estoy despierta.

Me esfuerzo por hablar, pero mi voz parece venir de muy lejos.

—¿Gabrielle? Tal vez... estaríais mejor.. mejor si... os marcharais... hasta que haya... superado esto...

Lo único que obtengo es un resoplido de reproche.

Es tan suave, tan cariñosa. Mi hija mamando... Si estuviera bien, este momento sería perfecto.

Es entonces cuando lo recuerdo. Como un martillo, el recuerdo me golpea de lleno. ¡Oh, dioses! Gabrielle en un delirio de frío, creyendo que Eva era Esperanza. Y su sonrisa mientras dormía, canturreándole. Como si fuera su sueño hecho realidad.

Oh, dioses.

El calor de mi cerebro entra en ebullición y caigo, indefensa, en un abismo.

De pesadillas: que persigo a Gabrielle, corriendo por un bosque, imparable, que le doy caza sin piedad mientras ella intenta proteger a un bebé. ¿Es Esperanza o Eva? Las alucionaciones se mezclan borrosamente.

Le grito a Gabrielle, "¡No es una niña!", y su cara llena de dolor es la única constante ahora que estamos ante las piras funerarias, y ahora siento placer al retorcer deliberadamente el cuchillo en su corazón, "No... digas su nombre..."

No quiero soñar esto.

—¡Morfeo, cabrón! ¡Llévate esto!

Mis recuerdos son aún peores que mis pesadillas...

Mi lucha horrorizada me devuelve a la semiconsciencia, pero golpeo algo. ¡Oh, dioses, Gabrielle!

Creo que le he dado. ¡Me estaba poniendo paños fríos en la frente! Siento la culpa como otro cepo alrededor del pecho.

—No pasa nada, Xena, no pasa nada —me tranquiliza—, no me has hecho daño.

Mientras vuelvo a caer, estoy pensando: ¿qué he hecho para merecer a esta mujer?

Consuelo. Más olor a linimento, calentándome, casi tanto como las suaves caricias que me lo extienden por la piel. Las dos cosas me están curando y siento que vuelve a prender un poco de fuerza.

Una vez más, lucho por salir a la superficie y esta vez tengo la mente casi despejada. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero poco a poco me doy cuenta de que Gabrielle está hablando sola, ¿o es con Eva? Está acurrucada detrás de mí, con la cabeza ligeramente apoyada en mi hombro, abriendo y cerrando las manos en la parte baja de mi espalda. Está tan absorta en sus pensamientos que cree que sigo dormida.

—...y sé que anoche me oíste, Xena. Recuerdo lo que hice, recuerdo cantarle a Eva, creyendo que era Esperanza... Lo siento tanto...

¿Cómo me puede pedir perdón a mí? Debería hablar. ¿Y decirle qué?

—Ya sé que tú nunca la viste como una niña, Xena, pero ella me llamaba... Creo que de verdad me consideraba su, su madre... y yo quería creer que ella, yo quería...

Su suspiro entrecortado casi rompe mi maldito y egoísta corazón y siento una lágrima que cae sobre mi piel, abrasándomela.

—Pensé que ésta podría ser nuestra segunda oportunidad, para las dos. Intenté decirte lo que sentía, que había soñado que yo también daba a luz a Eva...

Y yo no le hice caso, hice un chiste o algo así, porque así es como la trato...

—Creo que... a lo mejor crees que debería conformarme con ser la tía Gabrielle, como el tío Joxer...

Maldita maldita maldita sea mi alma. ¿Cómo he podido hacer que piense esto, cómo he podido dejar que continúe así?

—Pero quiero darle algo... Por si nos pasa algo a nosotras... Porque sé que si te pasa algo a ti, estaremos juntas... y ella se quedará sola. Así que si llegara a pasar lo peor... —Su voz se hace más firme—. Quiero que Eva pueda ser criada por las amazonas. —Levanta la cabeza y su tono se hace aún más sólido—. Te lo voy a pedir, aunque ya sé lo que sientes hacia ellas y sé lo que dirías, pero no hay nadie mejor... porque necesita crecer en un lugar donde esté a salvo, donde la protejan y la quieran y la respeten como... —se le quiebra la voz—, ...como se merece tu hija.

Guarda silencio durante un rato y yo lucho por contener la tos que sube por mi garganta.

—Podríamos nombrar a Cyrene su tutora legal, para que conociera a su abuela, y tu madre podría opinar sobre su educación y ella podría elegir llevar su vida fuera de la aldea si así lo deseara... —Gabrielle se mueve para mirar a nuestra niña y alarga la mano con cuidado por encima de mí para acariciar con ternura, no, con amor, sus oscuros mechones de pelo—. Pero para hacer eso... yo tendría que adoptarla. Podría ser sólo sobre el papel. —La seguridad ha desaparecido y su voz vacila—. No tendría que significar nada más... —Oigo cómo casi se le quiebra la voz otra vez—. Pero es una forma que tendría de protegerla, aunque yo no sea en realidad...

Me cuesta poner la voz en marcha. Tengo sólo el espacio entre los pequeños jadeos para poder soltar las palabras.

—Lo que... le dije... a Ares... lo dije... en serio.

Da un respingo al oír mi voz. Se está esforzando por controlar la vergüenza que siente porque la he oído, cuando por fin se da cuenta de lo que he dicho.

—¿Xena...?

Tomo todo el aire que puedo.

—Tú eres... el padre...

—Sshh, no...

Me vuelvo ligeramente boca arriba. Me quedo sin fuerzas, pero ahora veo su cara surcada de lágrimas. Le echo mi mejor Mirada. Porque esto es importante, tengo que decirlo ahora o si no dejaré que pase otro día y luego una luna y tal vez se quede sin saberlo jamás.

—Tú. —Levanto el dedo—. Tú eres la razón... de que Calisto y yo... nos redimiéramos. —Tengo que parar. Descansar un momento, pero sólo un momento—. Tengo a... Eva... sólo gracias a... ti. Nada de... lo que diga... un pergamino... podría cambiar eso... ni hacerlo... más...

Cierra los ojos y caen más lágrimas. Sé que es posible que yo también esté llorando.

Junta las manos, tapándose la boca, y luego se las coloca debajo de la barbilla como si estuviera rezando, para preguntar con media sonrisa:

—No es la fiebre la que habla, ¿verdad?

Mis labios esbozan una sonrisa torcida y saboreo la sal de mis propias lágrimas.

—Gabrielle, siempre... he contado con... he sabido... que tú estarías... ahí... cuando... —Descanso y vuelvo a empezar. Tengo que expresarlo bien. Qué mal se me dan estas cosas—. Incluso contra Zeus... sabía, confiaba... Tú estarías... allí... conmigo... Dependía... si no... no habría... sobrevivido... —Un descanso más—. Cuidándome... preocupándote de... mi dolor, cuando el tuyo... —La forma en que digo esto es casi una pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué está aquí? ¿Consolándome, preocupándose por cómo me siento, cuando ahora sus propios demonios son ya comparables a los míos?

Me mira, con esa mirada dulce e inocente que tan rara vez veo ya, pero tan candorosa como cuando la vi por primera vez, cuando conocí a aquella chiquilla hace tantas estaciones. Y dice simplemente, como si eso explicara todo lo que le he hecho, todo lo que ha sufrido por mí, por nosotras:

—Te quiero, Xena.

Decir que la quiero no es suficiente, aunque debo de habérselo dicho en cierto modo. Lo ve en mis ojos arrasados en lágrimas y se inclina cubriendo la pequeña distancia, con nuestra niña entre las dos, y me besa, con mucha delicadeza. Y antes de que necesite respirar, levanta los labios. Las palabras se derraman con naturalidad de mi corazón con la libertad que siempre he deseado.

—Tú... eres mi alma... y ésta... —empujo ligeramente a Eva hacia ella—, ...ésta... es... tu hija...

Su cara se deshace en pequeños fragmentos y se aferra a mí, pero, ¡maldición! Me desencadena un ataque de tos que no puedo controlar. Cuando por fin se pasa, parece tan culpable. Para abrazarla como debe ser, tengo que moverme, pero con el pecho cargado de hierro sólo puedo mover un poco los hombros.

—Por favor... Ayuda...

—Xena, eso casi te ha matado, ahora mismo...

Sonrío y entre toses, consigo decir:

—No... me ha dado... un motivo para... vivir...

Menea la cabeza, pero levanta con cuidado a Eva y la coloca a nuestros pies. Pero incluso mientras lo hace, veo cómo comprueba su pañal. Luego, con esa fuerza que no debería sorprenderme pero me sorprende, tira de mi hombro y nos quedamos cara a cara, con los ojos a pocos centímetros de distancia, los pechos casi en contacto, y soy muy consciente de su proximidad. Nuestra niña sube otra vez para acomodarse entre nosotras. Unos ojos azules pequeños y perfectos levantan la mirada, claramente irritados por haber sido molestada. Alargo un dedo y le toco la nariz y se pone algo bizca, pero lo sigue cuando señalo la cara de Gabrielle.

—Mamá... —instruyo a mi hija—. Mamá Gabrielle. Mamá.

Contempla solemnemente a mi alma gemela, como si estuviera asimilando esta información, y luego sus ojos vacilan y se le ponen en blanco como a un borracho y se vuelve a quedar dormida. Otra lágrima se escapa de los ojos de Gabrielle y me acerco y la capturo. El momento es tan íntimo que resulta perfecto cuando ella atrapa mi pierna con las suyas bajo las mantas.

Estiro y doblo los dedos de los pies contra los de Gabrielle e incluso un movimiento tan pequeño provoca una oleada de placer que me altera la respiración.

—Xena... —Pero cierra los ojos con deleite y sé con gran alegría que ella desea tanto como yo que pudiera continuar.

Le toco la nariz con la mía y susurro:

—Ya te dije... que un hijo... lo cambiaría... todo...

Ella no puede evitar sonreír.

—Podría vivir con este tipo de cambio —me susurra.

—¿Por cuánto... tiempo...? —jadeo.

—Ya lo sabes.

No es una pregunta, y tal vez en otro momento yo lo habría dejado ahí. Pero necesito decirlo. Necesito pronunciar las palabras por todas las que no he dicho antes. Se merece mucho más... Pero puedo darle estas dos palabras, esta promesa.

Vuelvo a tocar sus labios con los míos y contesto.

—Para... siempre.

Ahora, ahora aparece esa sonrisa plena, pero cambia y se llena de ternura al oír el ronquidito de Eva al dormir. Alarga la mano y me seca las lágrimas y casi riendo, dice:

—Puedo vivir con eso también.


FIN


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