Conversaciones delicadas

Kamouraskan



Descargos: Estaba planteándome aceptar un desafío para hacer una historia sobre la Primera Vez. Pero hay otros escritores que ya han hecho eso mucho mejor de lo que lo puedo hacer yo. Así que anoche decidí escribir un relato sobre la Primera Vez Que No Lo Hicieron. El momento en que tiene lugar depende de cómo veáis a los personajes y por desgracia (la serie se lo pierde, no yo) está anticuado por la presencia de Ephiny.
Xena, Gabrielle y Ephiny son propiedad de RenPic, sólo el relato es mío. Las amazonas son de todos.
¡Advertencia! ¡Peligro! Dos mujeres enamoradas la una de la otra. Si esto os supone un problema por edad o lugar de residencia, mudaos o pasad a otra cosa.
Mi agradecimiento a Archaeobard por su ayuda y sus consejos.
Siempre me encanta recibir comentarios: Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Sensitive Chats. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Ephiny estaba intentando no hacer caso de la algarabía habitual en el comedor de las amazonas. Sentada sola, la regente de pelo rizado comía distraída el contenido de un cuenco mientras se concentraba en sus papeles oficiales. Por esa razón percibió de inmediato el repentino silencio que se hizo en la estancia y miró por instinto hacia la puerta.

Allí estaba Xena, y en opinión de Ephiny estaba claro que se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad. Intentando disimular el dolor, sin conseguirlo, la guerrera recorrió el lento y dificultoso trayecto hasta su mesa. Era evidente que ante la regente se encontraba una mujer emocional y físicamente agotada y, mientras se acercaba cojeando con movimientos a todas luces torturados, Ephiny se quedó de piedra al ver lo pálida que tenía la piel normalmente bronceada. El agotamiento de sus ojos resultaba casi penoso. Casi.

—Guerrera... —la saludó Ephiny, esforzándose por mantener la cara seria.

—Eph.

—Cuánto tiempo...

—Mm-mm.

Varias de las amazonas alzaron la vista para quedarse mirando a la Princesa Guerrera, pero se achantaron de inmediato bajo los láseres azules. Despacio, Xena recorrió con los ojos la estancia entera, hasta que todas se ocuparon de otras cosas. Con cuidado, se sentó en el banco. Ephiny hizo una mueca de dolor al oír el crujido de las articulaciones.

Alguien colocó un cuenco de cereales delante de la guerrera. Xena esperó un momento antes de ponerse a comer.

—¿Eph? —Se produjo una especie de lucha interna mientras la guerrera, normalmente taciturna, intentaba resolver por dónde empezar.

—¿Sí? —La regente sabía que a la guerrera le costaba mucho hablar, de modo que dejó el pergamino y concentró su atención en la mujer que tenía al lado—. ¿Qué ocurre, Xena? Si hay algún problema y puedo ayudar...

—Pues...

—¿Sí?

—Ephiny... ¿Tú dirías que soy una mojigata?

La regente intentó controlar el ataque de tos que le entró.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. ¿Mojigata? Mm, no, no creo que ésa sea una palabra que alguna vez haya asociado contigo. ¿Por qué?

—Pues... se trata de Gabrielle. —Xena carraspeó.

—¿Qué pasa con Gabrielle?

—Pues... creo... supongo que ya sabías que no habíamos... bueno, es decir, hasta ahora...

—Sí, ya lo sabía —sonrió Ephiny. En la aldea todo el mundo lo sabía. Varias amazonas sonrientes habían preguntado si podían quedarse con lo mejor de la camada de lo que fuera que estuvieran criando en la cabaña de la reina en los últimos días. Xena la fulminó con la mirada.

Ephiny respiró hondo para calmarse y se puso seria.

—Continúa.

—Pues es que se ha puesto muy... extremadamente... entusiasta.

Ephiny se esforzó por mantener la boca rígida.

—Bueno, Xena, no es tan raro que una mujer joven se comporte... mm... como una niña con un juguete nuevo.

—Tú nunca has sido el juguete, Ephiny.

Los labios de Ephiny se movieron un poco.

—Es una reacción normal.

—Eph. Cuatro días. Con sus noches. Dejó de ser normal hace dos días. —La guerrera cerró los ojos un momento.

—¿Cuatro días sin parar? —La regente parecía escéptica. La guerrera se estremeció ligeramente antes de asentir—. Estás exagerando. Hacéis descansos, ¿no?

—Sí, pero... luego empezamos a tocarnos y a achucharnos y una cosa lleva a la otra...

La regente tenía que mirar a cualquier parte menos a Xena. Se puso a examinar el patio que se veía por la ventana.

—No sé qué decirte. Éste no es el tipo de conversación que me habría esperado tener, al menos contigo... ¿Dónde está la reina ahora?

—Se ha ido a correr.

—¿Sí?

—Dijo que quería ejercitar un poco las piernas.

—Ah.

—¡Eph, pero si es capaz hasta de cascar nueces con los muslos! —La guerrera había alzado la voz y algunas captaron el comentario. Hubo algunas risitas que una mirada fulminante apagó de inmediato.

—¿En serio? ¿De verdad puede...?

—¡Eph!

Ephiny empezó a preocuparse.

—Por cansada que estés, no le habrás dado a Gabrielle ningún motivo para sentirse... rechazada o no deseada en los últimos días, ¿verdad?

Xena se limitó a resoplar.

Ephiny volvió a intentarlo.

—¿Ni siquiera sin intención? O sea, en estos momentos la cosa es muy delicada para ella.

—¿Que ella es delicada?

—Lo que quiero decir es que con esto del amor nuevo, todos estos sentimientos nuevos... no habrás tenido la tentación de aplicarle el pellizco para poder dormir o algo así, ¿no?

—¡Maldita sea, Eph, si no puedo quitarle las manos de encima! —El gruñido provocó otra ola de risitas por el comedor. Esta vez la guerrera se levantó con una mano en la espada hasta que una vez más lo único que se oyó fue el ruido de la gente comiendo.

Ephiny tiró de Xena para que se sentara.

—Bueno, eso está bien, ¿no?

—Eso no es lo que me preocupa.

—Mm, Xena... Yo creía que tenías un poco más de, bueno, de resistencia...

—La tenía. Pero todo el mundo tiene límites.

—Pues parece que no. —De la boca de la regente brotó una carcajada contenida. Xena la miró furiosa y se puso las manos en los muslos.

—Perdona, Xena, pero es que tienes que aceptar que la cosa tiene su gracia. O sea... —Se le escapó otra carcajada—. Estamos hablando de ti... —Señaló a su alta y morena acompañante—. Y luego de esta rubita de nada...

Xena frunció la boca pensativa.

—¿Te refieres a esa rubita de nada que te da una zurra cada vez que lucháis...?

—No es lo mismo... ¿o sí?

—Cuando te dan una zurra, es que te dan una zurra, Eph...

Con eso, la tensión que había entre ambas despareció y se echaron a reír, aunque Xena todavía estaba un poco ruborizada.

—Le he hecho unas cosas, le he dado unos orgasmos, —la voz de Xena bajó hasta su registro más grave, y Ephiny sintió un leve estremecimiento—, que habrían acabado con cualquiera de mis anteriores amantes. Ella dice que simplemente la llenan de energía...

—Y entonces...

—Quiere "aprender" más...

Ephiny cerró el puño y golpeó a Xena en el hombro con un gesto de camaradería.

—Debo recordarte que has sobrevivido a cosas peores.

—Sí, pero a lo mejor... podrías hablar con ella...

—¿Qué? ¡Ja! Ni hablar.

—Eph, aquí hay algo más, no sé. Está casi frenética... Le he preguntado, pero sólo dice que yo la inspiro. Si pudieras hablar con ella...

—Ni. Hablar. Gabrielle odia hablar de este tipo de cosas.

—Te sorprendería saber de lo que le gusta hablar a Gabrielle, últimamente... y... yo voy a morirme como siga así. Eph... algo va mal —rogó la guerrera.

Ephiny suspiró.

—No te prometo nada. Pero veré qué pasa. Eso es todo.

Fue entonces cuando se hizo otro silencio, y Ephiny levantó la mirada y vio entrar a Gabrielle. Envuelta casi en una nube de alegría, su felicidad algo desenfocada parecía iluminar la estancia entera. Se detuvo para saludar a varias de sus amazonas y luego continuó hacia ellas. Se sentó modosamente al lado de su guerrera y sonrió cuando las encargadas cubrieron el resto de la mesa con lo que solía pedir.

La guerrera murmuró algo sobre Argo y se alejó a trompicones hacia la salida.

—Ah, ¿Xena? —llamó Gabrielle a la espalda que se alejaba. Xena se quedó inmóvil—. Volverás pronto, ¿verdad? Para que podamos repasar... esos temas que hemos hablado otra vez...

Con un ligero gesto de asentimiento, la guerrera escapó.

Ephiny esperó a que Gabrielle hubiera terminado su primer plato de huevos. Carraspeó nerviosa.

—Xena parece como... cansada —empezó.

La cara de Gabrielle relucía de satisfacción, pero también con algo de diversión maliciosa.

—Sí, eso parece, ¿verdad?

Ephiny intentó empezar de nuevo.

—Gabrielle, de verdad que no quiero meterme donde no me llaman, pero...

Los ojos de la reina volvían a ser totalmente inocentes.

—Ephiny, tú eres una de mis mejores amigas, por no decir la mejor. Puedes preguntarme lo que quieras.

—Bueno, Gabrielle. Tú sabes lo que le estás haciendo, ¿verdad?

La bardo sonrió.

—Al principio no del todo, pero creo que ya le voy cogiendo el aire. Y lo digo literalmente. ¿Sabes esas vigas del techo...?

Ephiny bajó los ojos.

—Pues ahora me doy cuenta de verdad de lo bien construidas que están las cabañas de esta aldea.

Ephiny se tapó los ojos con una mano. Le empezaron a temblar los hombros. Respiró hondo y estudió la cara reluciente de su amiga.

—¿Se lo estás haciendo a propósito? ¿Es una especie de venganza por todas esas marchas forzadas a las que te sometía el primer año que estuvisteis juntas?

—¿Es que lo ha comparado a una marcha forzada?

—¡No, no, no! Lo he comparado yo.

—Más le vale. —La bardo cogió otro bollo y se lo comió muy seria—. Ephiny, dentro de unos días, vamos a volver al camino. Con todos los peligros que la mantienen en estado permanente de señora de la guerra. Y eso si tenemos suerte. ¿De verdad puedes garantizarme que vamos a tener una larga vida para disfrutar de esto... de esta cosa espectacular? Ya la he perdido dos veces...

Los ojos de la regente se enternecieron.

—No, no te lo puedo garantizar. Pero no se puede tener una vida entera de sexo en una sola semana.

Gabrielle alzó los ojos para mirar fijamente a los de la regente.

—No, pero se puede hacer todo lo posible por intentarlo.

—Pero Xena...

—Ahora sólo está un poco... abrumada.

—No. Me refería a que si has hablado de esto con Xena.

—No.

—¿Se lo vas a decir?

Gabrielle no contestó.


Xena por fin se acercó a la cabaña de la reina con mucha preocupación. Irguiendo los hombros, recordando lo que le había dicho Ephiny, recordándose a sí misma los terrores a los que se había enfrentado en el pasado, por fin fue a abrir la puerta.

Estaba bloqueada.

Una voz grave habló desde el interior.

—¿Qué quieres?

Xena esperó un instante antes de responder.

—Quiero, necesito meterme en esa cama, nuestra cama, y abrazarte. Y necesito dormir.

—No me puedo creer que hablaras con Ephiny. ¡Ha comparado los últimos días a una marcha forzada!

—Gabrielle, ¿por qué no me has dicho que todavía tenías miedo? ¿Que ese miedo sólo ha empeorado al estar juntas?

Silencio.

—Quiero entrar y dormir. Contigo. Y luego quiero despertarme contigo. Cada mañana. Eso es lo que quiero. Haré lo que sea necesario para poder hacer eso.

—¿Por cuánto tiempo?

La guerrera se quedó parada. Se le hundieron los hombros. ¿Cómo podía hacer que tuviera fe?

—Ya te lo he dicho, Gabrielle. Más allá de la vida, más allá de la muerte. —La guerrera hablaba con claridad, con ternura, recordándole a Gabrielle la promesa que le había hecho hacía tanto tiempo y, sin embargo, no tanto—. Nunca. Te. Dejaré.

La guerrera esperó y oyó el ruido de la barra al descorrerse. Entró en la cabaña.

Gabrielle estaba sentada en la cama. No tenía los ojos enrojecidos, pero su rostro estaba inexpresivo. Tenía los brazos cruzados sobre el regazo y estaba vestida con su delicado camisón. Xena se quedó paralizada por un instante.

—Alto —fue la orden—. Ahora puedes venir a la cama, sólo para dormir, pero hay ciertas... condiciones. —La expresión de la bardo era firme.

—¿Condiciones?

—Sí. Hay una línea imaginaria alrededor de la cama. A partir de esa línea no se permite ningún tipo de ropa.

Xena sonrió. Esto ya era más propio de su Gabrielle.

—Pero tú aún estás vestida —señaló la guerrera razonablemente.

—Sí, pero es mi línea. La he trazado yo.

—Gabrielle...

—Es que necesito... mirarte, Xena. Por favor.

—Lo que sea necesario, pero... ¿no mucho tiempo?

—Xena, en el camino, tú estás a cargo de nuestra vida y nuestra seguridad. Ésta es la cabaña de la reina y es mi línea.

—Bueno...

—Desnúdate.

La guerrera empezó a soltarse la armadura. Gabrielle estaba sentada en la cama mirándola, comiéndose una galleta muy despacio, con la cara algo impasible, pero concentrando toda su atención en cada movimiento que hacía Xena, memorizando cada detalle. Xena sintió un rubor poco habitual en ella.

Se quitó los brazales mientras los ojos de la reina le recorrían el cuerpo de arriba abajo.

—¿Algún problema, Xena? —Era una pregunta delicada, pero así y todo la guerrera sintió un estremecimiento.

La mirada de la bardo estudiaba sus brazos y hombros a medida que iban apareciendo a la luz y Xena notaba la mirada como algo físico. Algo físico muy caliente.

—No... en realidad no es un problema...

—Nunca hasta ahora te has puesto tímida con tu cuerpo.

A Xena le dieron ganas de darse la vuelta mientras se levantaba despacio la camisa. La mirada seguía la costura de la camisa a medida que iba subiendo y revelaba cada vez más piel tersa y bronceada. Xena se chupó los labios repentinamente secos.

—No, pero...

La guerrera se echó hacia delante para quitarse la tela por encima de la cabeza y captó el brillo casi fiero de los ojos de la bardo. Gabrielle parecía muy concentrada, memorizando cada aspecto, cada músculo, sin dejar de comer la galleta en silencio. Xena dejó caer la camisa y se quedó desnuda ante su silenciosa amante. Xena se olvidó de soltar aire por un momento cuando la pequeña lengua rosa apareció por un instante y tocó la punta de la galleta. De repente, parecía que el aire de la cabaña era difícil de respirar.

Gabrielle inició su repaso por los pies, recordando cómo la habían acariciado... siguió la curva natural, pensando, Esas piernas... y esos muslos... y se le cortó la respiración al clavar los ojos un momento en los rizos oscuros, sacando de nuevo la lengua un instante.

La guerrera vio el gesto y se estremeció levemente, pero por lo demás permaneció inmóvil como la estatua morena que parecía ser.

Gabrielle siguió subiendo, apreciando los pechos, y su lengua aún era capaz de notar la sensación de esos pezones y de los pequeños y sensibles surcos que los rodeaban. Luego las manos callosas, pero tan tiernas, y subió por los fuertes hombros, pensando en ese punto justo en el comienzo de la curva hacia abajo. Cómo se agitaba y gemía Xena cuando se lo lamía y chupaba. ¿Cuál es la parte más erótica de mi amante?, se preguntó. Pero estaba muy claro. Llegó a la cara de la guerrera y se quedó hipnotizada por esos ojos. Como siempre.

—Mía —afirmó con determinación.

—Para siempre —susurró Xena.

Gabrielle soltó un suspiro, liberando la tensión reprimida. Se quedó callada un momento, preguntándose si esta pequeña semilla de permanencia debía ser alimentada.

Sí, quiero esto, voy a creer en ello.

Una vez tomada la decisión, se tumbó, echándose las mantas por encima, y las levantó para recibir a su amante.

Xena se unió a ella.

—Sabes, Gabrielle...

—¿Sí, Xena?

—No tenemos por qué... no...

—¿No, Xena?

—Bueno, es que me he dado cuenta de que...

—¿Sí, Xena?

—De que ahora mismo ya no me duele tanto todo...

Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Nos queda mañana, ¿verdad?

—Más que sólo mañana, te lo prometo.

Hubo un momento silencioso de ajustes placenteros, un movimiento que despertó el deseo de ambas, y luego calma.

—¿Xena?

—Sí, Gabrielle.

—Esto también es amor, ¿verdad?

—Sí. Lo es. —Xena besó la cabeza que reposaba sobre su pecho y cerró los ojos.

Gabrielle alzó la mano para acariciarle suavemente la cara y luego se acomodó, regodeándose en el calor, y movió la cabeza para besar un hombro cercano.

—Pero Xena...

—¿Sí, amor?

—Tú sabes lo que cuesta despertarme.

—Sí, amor.

—Cuando me despiertes mañana...

—¿Sí, amor?

Pausa.

—¿Podrías hacerlo con la lengua?


FIN


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