Conversaciones delicadas II

Kamouraskan



Descargo: Estoy aprovechándome ilegalmente de RenPic, amigos. No se lo digáis, ¿vale?
Y como siempre, hay mujeres enamoradas. La una de la otra. ¡Cielos!
¿Momento en que ocurre? La tercera temporada o el universo de Missy.
Muchísimas gracias a Cath, Claudia y el Bardic Circle.
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Sensitive Chats II. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Escena Primera: Ejemplo de narración descriptiva y sin adornos

Alguien que entrara en esta aldea amazona identificaría fácilmente la cabaña de la reina. Está oculta en las sombras y el añadido de una sala de baños privada la diferencia del resto de edificios con techo de paja. Ese añadido también proporciona un punto de acceso perfecto para entrar sin ser visto.


La figura estaba de pie en el lado en sombra de la cama, asombrada de que la afamada Princesa Guerrera no hubiera reaccionado hasta ahora por su presencia. Los ojos de la intrusa se posaron en un punto justo encima de la figura dormida y levantó en silencio el pesado objeto. ¿Podía correr el riesgo? ¿Lo que había bebido la guerrera le daba seguridad suficiente para jugársela? Sólo había una forma de averiguarlo...


La guerrera en cuestión estaba atrapada en un torbellino de náuseas. Dolor machacante de cabeza. Boca reseca. Pero un hecho penetró sus sentidos abotargados.

Alguien se movía furtivamente por la habitación.

De algún modo la persona había conseguido situarse por encima de ella, ¡con una especie de cadena! A pesar de la tremenda resaca, Xena se puso repentinamente en movimiento. Saliendo de lado de debajo de las mantas, golpeó con un brazo rígido para derribar al intruso. Cuando éste cayó como un árbol al suelo, ya había previsto el ángulo de la caída y con el talón le asestó un golpe demoledor en el cráneo. Sacando un corto puñal, saltó para colocarse por encima de su enemigo inconsciente, intentando no hacer caso de los tambores que resonaban dentro de su cabeza.

La figura menuda yacía inconsciente en el suelo, con el pelo rubio rojizo esparcido a su alrededor.

Gabrielle.

En la mano derecha aferraba los restos de una pancarta larga en la que ponía "¡FELIZ DÍA DE CUPIDO, AMOR MÍO!" y que evidentemente había planeado colgar encima de la cama como sorpresa.

Xena cerró los ojos.

—Oh, cielos.


Escena Segunda: Dos ejemplos de diálogo entre personajes principales

Ejemplo A

—¿Está enfadada? —Eponin miró a la hosca guerrera que estaba sentada al otro lado de la mesa, jugando con el desayuno.

—Sí —gruñó Xena.

—¿En serio?

La mirada fulminante de la guerrera desde el otro lado de la mesa fue bien elocuente. No, Pony. La conmoción cerebral y la cojera la han animado un montón. No hace más que darme las gracias una y otra vez. Xena tiró la cuchara en la mesa con disgusto y miró furiosa a la maestra de armas, comunicándole: No puedo creer que no supiera que era ella. ¿Y por qué tuvo que ser en ese momento?

Eponin se encogió de hombros, diciendo en silencio: Ni siquiera tú puedes beber más que una tribu completa de amazonas y despertarte fresca como una lechuga. Agitó una mano flexionada como preguntando: ¿Pero por qué, en nombre de Artemisa, tuviste que pillarte una cogorza la noche antes de vuestro primer Día de Cupido?

Xena cerró los ojos y se le hundieron los hombros, reconociendo claramente: Porque... era la noche antes de nuestro primer Día de Cupido, ¿vale?

—Ah. —Por fin una palabra logró escapar de los labios de Eponin. Se hizo un largo silencio en el que cada una intentaba animar a la otra a no interrumpirlo. Por fin, la amazona habló—. Xena... sé que vosotras dos... no os habéis estado... —volvió a continuar con los ojos: ...follando vivas mucho tiempo...—, pero... —¿No lamentarás que estéis juntas...?

La guerrera siguió contemplando su cuenco, en un silencio que lo decía todo.

Los ojos de la amazona se pusieron muy redondos.

—Oh... —Y continuó en silencio: ...mierda, ¿en serio? ¿POR QUÉ? ¿Lo sabe Gabrielle?

La guerrera habló despacio.

—Durante mucho tiempo... —Llena de dolor, apartó la mirada. Simplemente... tomaba... todo lo que quería. Volvió a mirar a los ojos a la maestra de armas—. Gabrielle y yo no, bueno, no éramos... ya sabes. A lo mejor se convirtió en algo que podía digamos que... señalar y decir "He cambiado". Que se podía... confiar en mí.

Sin pensar, Eponin soltó:

—¿No la habrás... —forzado?

Los ojos azules entraron en acción y de repente Xena estaba de pie por encima de la amazona, ahora paralizada.

—No. Yo nunca he pensado... yo... —farfulló la amazona.

La guerrera dijo entre dientes:

—Eso es lo que cree la gente. Da igual.

—No —dijo la maestra de armas con firmeza. Yo sé que no es así.

—Pero... —La estoy cambiando... y ahora le he hecho daño...

Eponin sacudió la cabeza con convencimiento. Conozco a nuestra reina, no lamenta nada.

Un encogimiento de hombros. Me perdona. Siempre me ha perdonado.

—Somos tan distintas... y eso es lo que va a acabar...

Eponin estaba asombrada de la facilidad con que Xena y ella estaban hablando. Parecía que Ephiny tenía razón al enviarla a ella. Sí que tenía talento para estas charlas delicadas.

—A lo mejor si hicieras algo... —Meneó las cejas. ¿...romántico?

Con eso sólo obtuvo otra mirada fría. Eponin. Yo mato gente. No les envío bombones.

Eponin la miró con escepticismo. Has cambiado...

La guerrera dio unas vueltas, con un ligero temblor en la mano y el brazo izquierdos por un atípico nerviosismo. Luego levantó la mirada.

—¿Cómo se llaman esos pasteles? Eso es tradicional, ¿no? Es lo que dan las mujeres el Día de Cupido, ¿verdad?

La amazona dejó sus autofelicitaciones para más tarde.

—Pues sí. Pero... —Y aquí tragó antes de continuar—. Hay que hacerlos. Cocinarlos. En un horno, ¿sabes?

La guerrera se cruzó de brazos.

—Escucha, estuve sobreviviendo con lo que yo misma cocinaba durante mucho tiempo antes de que Gabrielle entrara en mi vida. Me estoy hartando un poco de tanta bromita con que soy igual de mortífera en la cocina.

Eponin intentó mostrar apoyo al mismo tiempo que trataba de cambiar el cariz que parecían ir tomando las cosas.

—Es que es hojaldre y es muy... delicado... y hace falta...

La guerrera se echó hacia delante.

—¿Vienes conmigo o no?


Ejemplos de diálogo entre personajes principales

Ejemplo B

—Mira, Ephiny. No quiero hablar de ello porque cada vez que hablo de ello me deprimo y entonces no puedo comer... No me mires así, me ocurre. Es que nos pasamos la vida con este baile de dos pasos para delante y un paso para atrás y ya me está afectando. Así que no me hagas hablar de ello, ¿vale?

La regente la miraba divertida, pues Gabrielle parecía estar dando vueltas por la habitación, aunque la joven reina de las amazonas estaba sentada en la silla.

—¿Gabrielle? —preguntó Ephiny con calma—. Si no estás enfadada con ella, ¿por qué no quieres verla?

Con la cabeza vendada y la pierna entablillada, la reina se erizó llena de frustración.

—Porque en cuanto vea estas lesiones, voy a ver esa misma expresión de culpa en sus ojos, y por mucho que me empeñe en decirle que es culpa mía, sólo se sentirá peor. No puedo hacer eso.

—Ya carga con el peso del mundo sobre los hombros, ¿verdad?

—Sí. Así es. Es parte de ella, y aunque es tan distinta de mí, es lo que nos hace funcionar.

Ephiny probó por otro lado.

—Gabrielle, tienes que tener en cuenta otra cosa. Si la gente os ve separadas y a la reina paseándose con un ojo morado, eso puede confirmar lo que ya piensa mucha gente...

—¿El qué?

Ephiny carraspeó antes de decir:

—Pues que Xena es... que le va en plan duro...

—¿Cómo duro? —La reina hizo caso omiso del dolor de tobillo para ponerse en pie, con un aire repentina y sorprendentemente imponente para la regente sentada.

Ephiny tragó con dificultad.

—Tú sabes que yo nunca he pensado...

Gabrielle alcanzó su vara.

—Pero eso es lo que piensa todo el mundo, ¿verdad? Pues me parece que más vale que les deje las cosas claras.

Ephiny se quedó atónita por el súbito cambio y luego se pegó un puñetazo en la frente. Se levantó de un salto para salir corriendo detrás de la mujer que avanzaba golpeando el suelo con su muleta/vara rumbo a la tienda de la cocina.

—¡Gabrielle! No puedes entrar así en el comedor... ¿Gabrielle?


Escena Tercera: Ejemplo de escena innecesaria
o
No hay Escena Tercera


Escena Cuarta: Sin descripción narrativa; ejercicio de diálogo

—¡¡¡No me puedo creer que hayan quemado la tienda de la cocina!!!

—Eph... mmm, no lo han hecho, en serio. Recuerda que Gabrielle todavía estaba soltando esa diatriba a la tribu y que se quedó de piedra al ver a Xena... y cuando Xena trató de ocultar lo que estaba haciendo, pues entonces empezó el incendio... y sé que Gabrielle en realidad estaba intentando apagarlo cuando los caballos salieron de estampida...

—Esa vieja cocina databa de cuando se fundó la aldea. Mi madre cocinaba en esa misma tienda, ¡yo me crié en esa maldita tienda de la cocina, Pony!

—Ya lo sé.

—Vale. —Pausa—. ¿Dónde están ahora?

—Las hemos puesto en extremos opuestos de la cabaña de la sanadora.

—Ve a decirle a Saras que junte sus camas.

—¿Por qué? Creía que eran demasiado peligrosas para estar juntas.

—Eso es cuando están juntas. Sabrán los dioses lo que le harán a la aldea si están separadas.


Escena Quinta: Mezcla de diálogo cómico y romántico con narración sin adornos

—¿Xena?

Los ojos azules flotaron dentro de las órbitas un momento hasta posarse desenfocados en la preocupada figura colocada a su lado.

—¡Hooolaaaa! —sonrió la Destructora de Naciones.

Gabrielle se volvió para mirar a la sanadora jefa.

—Saras. ¿Qué... es... esto??? —exigió saber, señalando a su compañera.

Impasible ante la cuidadosa enunciación, la sanadora respondió con frialdad:

—Majestad, Xena sufrió varias quemaduras mientras sujetaba los soportes de la puerta. Por alguna razón, cuando todo el mundo había salido, volvió dentro para recoger esa piedra que tiene en la mano. En esa mano tiene varias quemaduras y se niega a soltarla. Pensé que si estaba más relajada...

—¿Y ha funcionado? —interrumpió Gabrielle.

—No —reconoció Saras.

—¿Cómo has logrado que se tome tal cantidad de droga?

La sanadora miró al suelo.

—Le dije... le dije que lo habías ordenado tú.

Aunque la reina estaba vendada y magullada, Saras retrocedió un paso cuando los ojos verdes se endurecieron y algo tras ellos soltó un chasquido casi audible, antes de que Gabrielle devolviera su atención a la paciente.

Ephiny aprovechó la distracción y tiró de la sanadora para llevarla a un lado. Le habló como si hablara a una niña pequeña.

—Te han entrado de repente unas ganas enormes de visitar los lejanos puestos del norte para ver qué tal va el programa avanzado para sanadoras, ¿verdad?

Saras asintió y miró a la contenta ex señora de la guerra.

—Tengo tiempo hasta que Xena esté en pie, ¿verdad?

—No —sonrió Ephiny tensamente—. Tienes tiempo hasta que la reina esté en pie pisándote la cabeza.

Saras le devolvió la sonrisa hasta que se dio cuenta de quién estaban hablando y se quedó mirando la espalda de la joven cuya atención, afortunadamente, estaba centrada en otra cosa.

Gabrielle preguntó suavemente:

—¿Xena? ¿Me das la mano?

—Claaaaro, cariñito. —La guerrera feliz levantó las dos y se las ofreció—. Tengo dos —le confió en secreto.

—¿Cielo? —Gabrielle estaba logrando controlar su preocupación, lo suficiente como para preguntar con dulzura—: ¿Me darías esa piedra tan bonita?

Los labios llenos hicieron un mohín.

—No es una piedra.

Gabrielle desplegó con cuidado los dedos y soltó el objeto de la mano agarrotada, haciendo una mueca al ver que se llevaba un poco de piel calcinada.

—¿Y qué es? —preguntó, al tiempo que le daba instrucciones a Ephiny señalando con la cabeza el ungüento que estaba en un estante.

Xena seguía sonriendo.

—Es mi regalo, para ti.

Gabrielle examinó la pesada piedra negra e informe.

—Qué... bonito.

La sonrisa de la guerrera se apagó un poco.

—Está un poco quemado. —Alzó la cabeza y susurró al oído de Gabrielle en tono conspirador—. Yo creo que el horno no funcionaba muy bien.

A pesar de su preocupación, los labios de Gabrielle se curvaron por los extremos.

—Mmm... ¿Xena?

Los ojos azules flotaron sin rumbo un momento hasta que la mente atontada que había tras ellos captó la pregunta. Decepcionada, la guerrera dijo:

—Es un pastel. Para el Día de Cupido. Es en forma de corazón. Mi corazón. Te lo entrego.

Gabrielle cerró los ojos, atravesada por una ola de felicidad, soltando gran parte de la tensión que llevaba soportando desde que se había despertado en la enfermería por la mañana.

—¿Lo has hecho para mí?

—Nunca he tenido a nadie para quien quisiera hacer cosas así. Yo. —Un ruido extraño se escapó de los labios de la guerrera y Gabrielle tardó un momento en identificarlo como el poco habitual sonido de Xena soltando una risita. La guerrera suspiró llena de felicidad—. El Día de Cupido. Ja. Pero sabes, me alegro. ¡Porque ahora me siento fenomenaaaaaallllll!

Gabrielle examinó la sólida piedra que tenía en las manos y se dio cuenta de que lo que había tomado por estratos de sedimentación eran en realidad capas de lo que en algún momento había sido delicado hojaldre. Pero dijo con toda seriedad:

—Gracias, Xena.

La guerrera sonrió agradecida y parpadeó cuando una idea que corría dando tumbos por su cabeza chocó con una sinapsis.

—Ahora te lo tienes que comer.

Gabrielle se puso pálida.

—Tal vez más tarde.

—Se estropeará. ¿Es que no te gusta?

—Es estupendo. —Con disimulo, Gabrielle dio unos golpecitos con él en la cama, produciendo un claro tono de campana.

—Pony me ayudó. ¡Fue idea suya! —dijo Xena con entusiasmo—. Gracias, Pony...

La regente y la reina se volvieron a la vez para fulminar con la mirada a la maestra de armas.

—¿En serio? —dijeron al unísono—. Gracias, Pony.

Los ojos de Eponin se desorbitaron de miedo, señaló a su mejor amiga y amante y la guerrera normalmente estoica se puso a balbucear toda nerviosa:

¡Eh! ¡A mí no me miréis así! Yo no quería implicarme. Fue todo idea de Ephiny. Ella empezó. Fue todo idea suya. Dijo que había que tener una conversación delicada con vosotras dos y que yo tenía que ocuparme de Xena y que ella se encargaría de...

Ephiny estuvo a punto de caer de espaldas al recibir el impacto del poder malévolo que irradiaba de los ojos verdes, y sólo empezó a respirar cuando regresaron a la relajada figura tendida en el camastro, cuando Xena preguntó en tono quejumbroso:

—¿Y bien? ¿No me vas a decir qué tal sabe?

Acariciando la cabeza de su amante, Gabrielle logró decir con calma:

—No, esto que has hecho es taaan especial, y todo porque es nuestro primer Día de Cupido, que creo que voy a encontrar una manera de conservarlo... —Se oyó un resoplido por parte de las dos amazonas, del que ella hizo caso omiso—. ...Y será un recuerdo de lo más especial. ¿Vale?

La guerrera disfrutó de la ligera caricia un momento y luego replicó enfurruñada:

—Vale. Pero no lo guardes con todas tus demás piedras.

Gabrielle volvió a abrir la palma de la guerrera y emprendió la delicada tarea de aplicar el ungüento caliente en la herida.

—Bueno, esto puede dolerte un poquito, pero no es más que un poco de aceite...

—Ahhhhhhhh... —dijo Xena con pasión—. Me encanta ponerme toda aceitosa contigo...

Gabrielle miró a la pareja de amazonas, repentinamente petrificadas, y frunció el ceño.

—¿Podríamos quedarnos a solas...?


Escena Final: Para atar cabos sueltos y mostrar cariño por los personajes

Poco después, todavía en la enfermería...

—Teniendo en cuenta el estado en el que estás, ¿crees que deberíamos hacer una cosa así?

—¿Te refieres a esta cosa? —sonrió Xena mientras sus manos animaban a las de Gabrielle a explorar su cuerpo subrepticiamente por debajo de las mantas—. Creo que fuera lo que fuese lo que me ha dado, se me están pasando los efectos, porque... —Se calló y alzó la mano para acariciar la mejilla de Gabrielle, volviéndole la cara para examinar la magulladura. En sus ojos ensombrecidos apareció un brillo de humedad—. Te he hecho daño. Lo siento tanto...

Gabrielle cogió la mano con la suya.

—Disculpas aceptadas con una condición. Que me perdones tú.

—¿Que yo te perdone?

—Xena, ¿quién sabe mejor que yo que no se debe hacer el tonto a tu alrededor? Sabía que estabas borracha. Y como una estúpida pensé que sería posible sorprenderte. En cambio, lo único que pasó es que estabas lenta de reflejos, por lo que no te dio tiempo de reconocerme. Si estamos aquí es por mi culpa, yo he hecho que te sientas así.

—Pero...

—Habría dado igual que estuviera alcanzando el jabón o haciendo algo romántico. Fue una maniobra idiota en un mal momento. Si me hubiera tirado por un precipicio, ¿culparías a las rocas del fondo? Tú eres una fuerza de la naturaleza, guerrera boba, y te quiero por eso.

Xena se quedó pensando un momento. Sacudió la cabeza.

—No tendrías que...

—Conocía los riesgos. Los asumo de buen grado todos los días.

—Las amazonas pensaron...

—Ya no lo piensan.

Xena sonrió.

—Supongo que subirte a una mesa blandiendo la vara contribuyó a ello, ¿no?

—Énfasis.

—¿Y amenazarlas con hacerles morder el polvo si alguna vez volvían a pensarlo?

—Más énfasis.

Xena apartó la mirada de su compañera.

—Gabrielle, tú sabes que hay personas que...

El tono de Gabrielle fue firme.

—Nosotras no. Hacerme daño te hace a ti demasiado daño.

—No soy de fiar.

—Sí. Sí que lo eres. La falta de confianza ha sido nuestro único problema. E incluso entonces intentaste autoflagelarte por ello. Yo confío en ti y tú vas a tener que aprender a fiarte de mi criterio y de ti misma.

La guerrera carraspeó.

—Lo cierto es... Esto de estar enamorada... no se me da muy bien.

—No sé yo... —Gabrielle se sonrojó por una repentina acometida de recuerdos—. Además, no tienes por qué hacer nada especial por mí.

—Quiero hacer cosas por ti.

—Sshh. Haces cosas por mí cada vez que te veo o te toco o incluso pienso en...

—Sshh. Quiero hacer cosas. Cosas románticas. Pero es que no sé cómo...

Gabrielle sonrió.

—¿No venía en el Manual del Señor de la Guerra? ¿Y qué? Las dos tenemos que aprender. —Ladeó la cabeza y reflexionó en voz alta—: Yo tengo que dejar de esperar que llegue un momento en que todo se calme y se estabilice y darme cuenta de que me gusta más lo desconocido. Que me gusta explorar contigo. Ésa es mi vida ahora.

—Gabrielle... hay exploraciones y hay... oh... sí... exploraciones. A mí también me gusta explorar contigo... ooo... sí, ahí...

Gabrielle se volvió ligeramente y llamó a las amazonas que merodeaban por allí.

—¿Hay alguna razón por la que esta paciente no pueda estar en su propia cabaña? ¿Ahora mismo?


FIN


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