La primera cita

Kamouraskan



Descargo: Esto lo escribí una noche como "deberes" que me encargó mi correctora, MyWarrior, mientras trabajaba en una historia mucho más larga, y el propósito era ejercitarme en las áreas en las que como escritor sentía que fallaba más. Como estoy muy nervioso por cómo va a ser recibido, no puedo agradecérselo. Este relato, cualquier responsabilidad y su resultado se deben totalmente a ella y a su empeño. Los personajes de Xena, Gabrielle y Autólicus pertenecen a RenPic y MCA y los he situado donde creo que son más felices, en el Xenaverso de Merwolf [Melissa Good], donde nuestras heroínas tienen su hogar en Anfípolis. No he pedido permiso para hacerlo y lo he hecho exclusivamente por mi propio placer y sin ánimo de lucro.
Violencia: No.
Sexo: La intención es hacer algo corto y bonito, amigos. Pero si dos mujeres enamoradas os plantean un problema por vuestra edad o lugar de residencia, pasad a otra cosa. Me sonrojé una sola vez cuando se lo leí a mi hija, así que yo diría que es para mayores de 13 años.
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: First Date. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


—Hecho —dije.

Eso fue la noche anterior. Ahora, me encontraba a punto de llamar a mi propia puerta, recordando por qué estaba aquí y sintiéndome como una idiota.

Todo había empezado, como siempre, cuando Gabrielle dijo:

—Xena, ¿te puedo hacer una pregunta?

Como siempre, intenté no poner los ojos en blanco.

—Tú quedabas con... los chicos... ¿verdad? ¿En plan citas normales?

Estábamos en casa, en Anfípolis, solas en nuestra cama, y fuera cual fuese la pregunta que podría haberme esperado, desde luego no era ésa.

Me puse a pensar.

—Supongo, antes de Cortese, y si no les estaba dando una paliza, supongo que sí, claro, hubo algunos chicos. ¿Quién no ha...? —Y me callé. Vi sus ojos a la luz de la luna—. Pero Gabrielle, tú y yo hemos salido en plan cita algunas veces...

—Y han sido... mágicas, mi amor. Pero no... yo... bueno, nunca he tenido de verdad... una primera cita. Pero cuando era pequeña, siempre me imaginaba... —Qué melancólica sonaba.

Debió de notar mi sorpresa, porque continuó.

—Tal vez fuera por mi padre, tal vez porque yo era... diferente, no lo sé, pero nadie... —Y se quedó en silencio. Y una vez más volvía a ser aquella chiquilla de Potedaia. Y porque yo haría cualquier cosa por ella, dije:

—¿Podría hacerlo yo para ti? —Y vi la emoción en aquellos hermosos ojos verdes.

—¿Una cita normal de pueblo, sin capturar mil mariposas, sin diosas que nos colmen de sorpresas, simplemente una primera cita?

—Hecho —dije.

De modo que, sintiéndome desnuda sin armas e incómodamente embutida en un vestido que se remontaba a cuando tenía quince años y era mucho más... bueno, pequeña en todos los sentidos, aferré mi ramo de flores y llamé a la puerta de nuestra cabaña.

Esperé a que acudiera Gabrielle, pero en cambio apareció otra cara conocida.

—¿Sí? —dijo Autólicus, en el umbral de mi casa.

Recordándome a mí misma que jamás podría pagarle a este hombre la deuda que tenía con él, intenté reducir el gruñido al mínimo.

—¿Qué haces tú aquí?

Él bajó la voz.

—Xena, quiero que sepas que hago esto sólo como un favor personal a Gabrielle y no por algún tipo de placer personal que pudiera obtener de ello.

—Ya —dije.

Entonces se fijó en las flores que llevaba en la mano y, alzando la voz, dijo:

—Ah, has venido para ver a Gabrielle. Pasa. —Y con su maldita sonrisa descarada, me permitió entrar en mi propia casa—. Estoy seguro de que mi hija estará lista dentro de nada.

Oh, dioses, Autólicus, no se puede vivir con él... no se le puede hacer un nudo en el bigote y la perilla...

Entonces me di cuenta de que se había puesto uno de mis chalecos de cuero, cuando me indicó una banqueta situada en el centro de la habitación. Él se puso cómodo en mi butaca preferida.

—Bueno, tú eres Xena, ¿verdad? —Se acarició distraído el bigote.

Me agaché para sentarme en la banqueta y me puse los codos en las rodillas. Me agarré las manos. Pasándome la lengua por el interior de la boca, conseguí asentir.

—Si no te importa que te lo pregunte, ¿a qué te dedicas exactamente?

La mirada de señora de la guerra me salió de forma natural.

—Mato gente —dije alegremente. Él ni se inmutó.

—¿Y hay mucha demanda de eso? —preguntó, rezumando sinceridad.

—¿Ahora mismo? ¿En esta habitación? Ya lo creo. —Sonreí, enseñándole todos los dientes.

—No, me refiero a que si se ganan muchos dinares con ello.

—No, lo hago sólo por diversión. —No sabía cuánto tiempo más seríamos capaces de aguantar tanto él como yo.

—¿Gabrielle? —llamé en dirección al dormitorio.

—Venga, venga, no se debe meter prisa a las damas, ya lo aprenderás. Hay que darles tiempo para que se pongan guapas para nosotros.

—¡Gabri-elle! —Ahora percibí un tono casi frenético en mi voz.

—Bueno, ¿a qué se dedica tu familia?

—Autólicus, has perdido el sentido en la taberna de mi madre.

Sacudió la cabeza.

—Eso no lo he oído. —Hizo una pausa y empezó de nuevo—. ¿En qué trabaja tu padre?

Me puse las manos en las rodillas y lo miré directamente.

—Pues o lo mató mi madre con un hacha antes de que pudiera sacrificarme, o es el dios de la guerra, o es el señor del inframundo. En cualquier caso, si quieres conocerlo, se... puede... arreglar.

Esto por fin echó a perder su calma y se levantó de la butaca y se alejó de mí, mirando con alivio hacia la puerta.

—Ah, aquí está.

Gabrielle apareció en la puerta. Llevaba una túnica de color verde claro que la cubría del cuello a las sandalias y que yo no había visto nunca y alguien (¿mi madre?) le había trenzado el pelo rubio rojizo creando un intrincado moño y dejando unos cuantos mechones sueltos sobre las orejas. Parecía muy joven e insegura, y por primera vez me di cuenta de que, para ella, ésta era realmente una primera cita. Y mi enfado desapareció en ese instante, al verla allí de pie, sustituido por un nerviosismo poco propio de mí.

Las dos nos quedamos mirándonos la una a la otra, sin prestar mucha atención a Autólicus.

—Bueno, cielito. ¿Cuándo vas a volver a casa?

Gabrielle se limitó a darle un abrazo, pero cuando nos dirigíamos a la puerta, me volví, lo agarré y le bufé al oído:

No esperes levantado, papá. Tengo un campamento preparado fuera del pueblo y si el bueno de papá aparece por los alrededores esta noche, voy a usar trozos de tu cuerpo como leña. —Y lo solté.

Cuando cerrábamos la puerta, oí que decía:

—Ésta me gusta, cielito. Creo que deberías quedártela.

Mientras nos encaminábamos a los establos, descubrí que no sólo no se me ocurría qué decir, ya que una bardo silenciosa no formaba parte de mi experiencia, sino que por primera vez desde que era una cría, me parecía que tenía los brazos demasiado largos y los iba moviendo sin saber qué hacer con ellos. Miré la mano que tenía más cerca de la mía y solté:

—¿Te importa si nos cogemos de la mano? —Y los dioses sabrán por qué, pero añadí—: ¿Sólo mientras caminamos?

Y ella sonrió y dijo dulcemente:

—Sí. Mientras caminamos.

De modo que, por supuesto, tuve que soltarle la mano cuando llegamos a la casilla de Argo, y noté la pérdida inmediatamente.

Creo que ella también la notó, pero dijo:

—¿Éste es tu caballo?

Sonreí y dije:

—Sí, se llama Argo. —Y mi yegua me miró de una forma rarísima, mientras Gabrielle le acariciaba delicadamente el flanco. Me monté y la ayudé a subir, pero ella se aferró a mi cintura como lo hacía en otra época, cortándome la respiración. Le moví las manos ligeramente, diciendo:

—Así.

Y ella murmuró:

—Oh. —Y emprendimos la marcha.

Tenía que saber dónde íbamos, ya que las compañías de teatro itinerantes eran tan poco comunes como los dientes de una gallina, por lo que había habido publicidad, pero yo no esperaba gran cosa. Efectivamente, la orquesta estaba en unas escaleras que llevaban del suelo al escenario, para un coro mínimo de cinco personas. Y la zona de bastidores no era más que un biombo colocado en el escenario, y no había en absoluto los opulentos decorados que habíamos visto en Atenas. Pero en lugar de diez mil personas o más sentadas en un inmenso anfiteatro esforzándose por averiguar quién llevaba la máscara de qué personaje, había unas quinientas personas acomodadas en la ladera y no había ni un solo asiento malo. Hice una rápida comprobación de seguridad, pero estaba claro que nadie iba a molestar a dos aldeanas, e incluso sin armas, no se podía decir que estuviera indefensa.

Disimuló rápidamente su desilusión cuando se dio cuenta de que yo lo había calculado todo de forma que ya nos habíamos perdido las dos primeras obras de la trilogía, pero se le pasó al ver, muy divertida, que estaban representando a Sófocles. Mis gustos tendían en general más a Eurípides, que estaba lleno de acción, mientras que ella prefería las torturas mentales de Esquilo. De modo que Sófocles era un buen término medio, sobre todo porque a las dos nos gustaba su rica poesía. Como ésta era una primera cita, no podía referirme directamente a esa vieja discusión y en cambio, por alguna razón, dije:

—Jaleo de Eurípides, jalea de Euménides.

Si hubiera sido una adolescente, creo que habría querido que me tragara la tierra ante la mirada que recibí. Así que intenté sonreír y farfullé:

—Es un viejo chiste de teatro.

Y cuando me sonrió y se echó a reír como si acabara de citar uno de los mejores versos de Aristófanes, me sentí tan patéticamente agradecida que, si no la hubiera amado ya con todo mi corazón, me habría vuelto a enamorar de ella allí mismo.

Así que daba igual lo malos que fueran los actores, ella estaba contenta de poder oír las palabras claramente por una vez y yo estaba contenta simplemente de estar con ella. Y cuando Antígona desafió al rey, no pude pasar por alto el parecido con la mujer valiente y terca que tenía a mi lado. Cuando se terminó y sus lágrimas (y las mías) se hubieron secado, la llevé a lo alto de la colina, extendí una manta y nos sentamos y observamos mientras la pequeña compañía desmantelaba el escenario. Abrí las alforjas y organicé una merienda en la oscuridad. Los ojos le relucieron al reconocer la mayor parte de los manjares, y sé que lo calculó de manera que me encontrara con la boca llena de comida cuando preguntó con una sonrisa malévola:

—¿Todo esto lo has hecho tú?

Casi me atraganté con la empanada de carne, pero conseguí tragar y decir sin aliento:

—No. Mmm, lo ha hecho mi madre.

Se tapó la boca para ocultar su sonrisa.

—Ah. Es que está muy bueno.

Yo dije con toda la seriedad que pude:

—Algún día deberías conocerla.

Y ella replicó, siguiendo el juego:

—Creo que me gustaría.

Así que nos quedamos allí sentadas en la colina vacía bajo miles de estrellas y hablamos de la obra. De si estaba bien que la muerte del príncipe fuera el centro de la tragedia y no la de la mujer, y ella se hizo la sorprendida cuando conseguí citar partes de la obra. Recuerdo que en un momento dado la miré a los ojos y dije:

—Mi camino es compartir mi amor, no compartir mi odio.

Al ver que sus ojos se suavizaban, me eché hacia delante para besarla, pero ella me esquivó rápidamente y replicó con la voz del rey:

—Mientras yo viva, aquí no imperará la ley de una mujer. —Por supuesto, entonces observó la posición de la Osa Mayor y dijo—: Debería volver a casa. —De modo que recogimos nuestras cosas y llamé a Argo con un silbido.

Yo no sabía qué iba a pasar cuando llegáramos al campamento. La hoguera estaba preparada para encenderla y nuestros petates ya estaban desplegados. Dejó que la ayudara a desmontar de Argo, se volvió hacia mí y dijo:

—Gracias, lo he pasado maravillosamente.

Parpadeé y me acerqué a ella, dando por supuesto que terminaríamos la velada con un beso de despedida.

Ella se señaló la mejilla castamente y cerró los ojos, esperando, pero me resultaba tan imposible hacer eso como que me salieran alas. Así que bajé la cabeza y con toda la delicadeza de la que fui capaz, besé aquellos labios suavísimos. Y fue como siempre había sido, desde el primero hasta el último, como si me ahogara. Y creo que me estaba dando la vuelta y deseándole buenas noches cuando me estampé contra ese árbol.

Gabrielle dejó de inmediato todo el juego al ver cómo me chocaba y me apartó las manos de la nariz dolorida para examinarme. No debía de haber ninguna lesión aparente, porque se mordió el labio y se me echó a reír en la cara magullada. De modo que, por supuesto, no me quedó más remedio que agarrarla, derribarla y ponerme a hacerle cosquillas en los sensibles costados. Recuerdo que estaba a horcajadas encima de ella cuando cambió el ambiente y su cuerpo se quedó totalmente inmóvil. Con la cabeza justo encima de su oreja, le susurré:

—Tengo un deseo imposible. —Y me acerqué más a su oreja, alargué la lengua y la acaricié delicadamente con la punta desde la base del lóbulo hasta la unión con la mandíbula. Incluso en la oscuridad supe que estaba ligeramente hinchado, enrojecido. Se le cortó la respiración y esperó—. Desearía estar con una mujer adulta, que fuera la otra mitad de mi alma. Y que por mucho tiempo que estuviera con ella, por muchas vidas que tuviera con ella, siempre fuera la mujer más excitante, más valiente... —mientras susurraba fui bajando con mordisquitos y besos hasta la base de su garganta—, más atractiva que hubiera conocido jamás. Mi mejor amiga. Mi hermana. Y que por algún milagro, ella creyera lo mismo de mí.

Y entonces me pilló por sorpresa, tumbándome boca arriba, con lo que intercambiamos posiciones, y cuando la miré a esos maravillosos ojos verdes, ahora llenos de pasión, me dedicó esa sonrisa que ilumina todos los rincones oscuros de mi corazón.

—Hecho —dijo.


FIN


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