Campeona

Kamouraskan



Descargo: Esto es el resultado de un desafío lanzado por MyWarrior para igualarla (¡imposible!) a la hora de escribir un relato que ocurre en una línea temporal alternativa, en la que Xena y Gabrielle se conocen por primera vez a través de las amazonas. Se suponía que debía ser tierno y romántico, pero estos personajes tenían sus propios planes y al final esto es lo que me ha salido.
Está dedicado a TLC y a Linda, que dijeron que merecía la pena publicarlo.
El uso de personajes y situaciones que pertenecen a RenPic y MCA es para mi propio disfrute y sin permiso. En realidad, si no habéis visto la primera temporada, este relato tendrá todavía menos sentido. Es más un relato tipo dolor/un poco de consuelo, así que hay algo de violencia. Nada de sexo, por favor, somos canadienses.
Mi agradecimiento a Cyndi Lauper, que probablemente no sabía que estaba escribiendo sobre Xena y Gabrielle.
Siempre se acepta y se contesta correo en Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Champion. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


A veces me imaginas
Camino demasiado adelantada
Me llamas
No oigo lo que has dicho

—Cyndi Lauper

Xena se estremeció, pues su camisa blanca de algodón no la protegía de los vientos nocturnos ni del frío que había en lo que le quedaba de alma. Contempló el pequeño túmulo de tierra que representaba todo lo que tenía.

—Qué risa, ¿eh? —Se dirigió a los dioses invisibles—. Todo lo que tenía, ¡pero es mío! ¡Nadie me lo va a quitar! Es mi decisión. Mi elección. ¡Mi mano! —exclamó.

¿Pesares de última hora? Argo tal vez. No había querido dejarla. ¿Lyceus? ¿Su madre? No, ya había pagado por eso con los miles de cortes y golpes que cubrían su cuerpo gracias a la lapidación de las buenas gentes de Anfípolis. Buscó por última vez la oscuridad que había sido la única compañera de su rabia y... no encontró nada. Tampoco lágrimas. Ni por Argo, ni por su espada, ni por ella misma. Estaba preparada. Una última mirada a su chakram, el disco que había sido su símbolo del poder durante tantos años y...

Y entonces oyó un ruido, pues su instinto de conservación no había desaparecido totalmente. Una persona. Sola. A una distancia de doce cuerpos. Sin hacer caso de sus heridas, saltó silenciosamente a un árbol para vigilar.

El intruso no intentaba disimular sus movimientos. La guerrera no lo veía bien, sólo sabía que estaba solo. Esperó, contenta de tener el chakram. Fuera quien fuese, había dado con la mujer equivocada. Estaba dispuesta a quitarse la vida, pero para nada iba a permitir que la atrapara un vil cazarrecompensas. Fuera quien fuese, iba a estar muerto en el momento en que entrara en su campamento. Una muerte más a manos suyas no iba a desequilibrar la balanza. Se puso tensa, cada músculo a la espera del ataque.

—¡Holaaaaa! ¿Hola?

La figura solitaria se quedó a la luz de su débil hoguera. La guerrera inclinó la cabeza desconcertada. Esto era distinto. Esperó a ver qué iba a hacer su adversaria y se contuvo.

La esbelta figura siguió hablando al aire.

—Si te interesa, tengo comida. —La voz era melodiosa, femenina y muy joven.

Tiene que haber otros con ella esperando a que me mueva, pensó Xena.

—Estupendo, Gabrielle —masculló para sí misma la figura iluminada por el fuego—. Intenta que salga con un poco de comida, como si fuera un ciervo. A lo mejor te podrías haber traído un palito de sal. —Se volvió y habló hacia el bosque—. Escucha, sé que estás por aquí, porque si no, pues verás, todo depende de que estés aquí, así que tienes que estar. Aquí, quiero decir.

Xena sacudió la cabeza. No había nadie más en la zona salvo esta mujer. Xena no estaba muy segura, pero ésta tenía que ser la técnica para cobrar recompensas más rara que había visto en su vida.

—Bueno, me voy a sentar aquí a esperar. ¿Vale? —Larga pausa—. ¿Te gustaría oír una historia? ¿Qué tal la historia de cómo Hércules, Iolaus y yo capturamos a los titanes?

Chiflada, eso es lo que era, era una chiflada.

Una sombra se movió y de repente Gabrielle se encontró atrapada por unos brazos muy fuertes, con algún tipo de hoja apretado contra la garganta. Para pasmo de Xena, podría haber jurado que oyó un suspiro de alivio.

—¿Cómo es que conoces a Hércules? —se oyó en un susurro por encima de la cabeza de la mujer más menuda.

La sonrisa era evidente incluso a la luz de la luna.

—Oh, gracias a los dioses, estás aquí. La verdad es que no estaba segura.

Era una loca con mayúsculas. Intentó amenazarla con un susurro.

—Esto no es la respuesta a los ruegos de una doncella. Esto es mi chakram y corta gargantas suaves y jóvenes, como la tuya.

Gabrielle sintió el calor de la mujer que la sujetaba. Intentó no hacer caso de la niebla que le invadió la mente por un momento.

—Pues no podrás oír la historia.

Xena puso los ojos en blanco. La muchacha era pequeña, pero fuerte, y su pelo tenía brillos que destacaban con las llamas mortecinas. Suspirando, la soltó, dándole la vuelta para verla.

—¿Quién te ha soltado? ¿Por qué estás aquí sola?

Gabrielle había ensayado esta parte.

—Vengo a encontrarme con mi destino —dijo solemnemente.

Xena soltó una carcajada.

—Pues te has equivocado de lugar, nos acabamos de quedar sin destino. —Y ahora su voz bajó una octava—. Y yo ya he tenido todo el destino que deseo.

Gabrielle había creído que estaría preparada para la desolación de los ojos de la señora de la guerra, pero el vacío no dejó de sorprenderla.

—No te alcancé en Anfípolis, sabía que tenía que llegar aquí antes de que...

¿Antes? ¿Esta chica era mortal? ¿Qué sabía? ¿Qué último truco se les había ocurrido a Ares y los demás?

Xena decidió no hacer caso del comentario, interrogándola con indiferencia.

—¿Cómo es que conoces a Hércules? —repitió.

—Iolaus y él me dejan viajar con ellos, a veces. —Xena echó a la muchacha una mirada mordaz—. No es eso, los ayudo... —Xena pensó que se ponía encantadora al sonrojarse—. Como cuando capturamos a los titanes...

—¿Cómo se liberaron los titanes para empezar? —La muchacha puso grandes ojos de inocencia—. Porque a menos que una virgen idiota...

Los ojos de Gabrielle estaban ahora clavados en algo muy interesante que había en el suelo. Xena sonrió con sorna.

—Y a mí que me preocupaba que viajaras con dos hombres...

—¡Oye! Hércules y Iolaus ya se han metido bastante conmigo. He venido aquí para desafiarte y pedirte ayuda, no para que te burles de mí.

Xena retrocedió, alzando las manos.

—¿Para desafiarme a ? Mira cómo tiemblo —se burló.

Cuando retrocedió, la guerrera quedó iluminada por el resplandor de la luna y a Gabrielle se le cortó el aliento.

—Estás malherida.

—No es nada.

—Claro que es algo. Estás sangrando y te han lapidado. ¿Por qué te han hecho eso?

La guerrera cerró los ojos.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque no se debería tratar así a nadie.

Qué inocencia.

—Ha sido un juicio de mi propio pueblo. Tenían derecho.

—Nadie tiene derecho a hacer algo así. Siéntate, he traído suministros.

—No. Mis heridas me las curo yo.

Y esta vez ni siquiera eso. ¿Por qué no podía decirle a esta niña que se fuera?

—¿Como las que tienes en los hombros? Vas a necesitar puntos. ¿A menos que llegar hasta ahí sea una de tus habilidades?

La guerrera sintió que le volvía la rabia, calentándole la sangre.

—No te enteras, ¿verdad, loca? No me importa. Y aunque me importara, no voy a darle la espalda a una desconocida.

—A mí sí me importa. Me llamo Gabrielle y soy princesa de las amazonas. Tú eres Xena, la Princesa Guerrera. Destructora de Naciones. Encantada de conocerte. Ahora...¡Siéntate! —Ya estaba hurgando en su zurrón y sacando lo que parecían ser los ungüentos adecuados.

Xena meneó la cabeza. ¿Había respirado en algún momento de ese discurso? Se sentó como se le ordenaba, preguntándose por qué cedía ante esta rubia.

—Bueno, soy bastante novata en esto, pero intentaré no hacerte mucho daño.

Xena volvió a poner los ojos en blanco. Muerte por negligencia médica, la ironía final de los dioses. No obstante, las manos eran delicadas y le limpiaron las heridas concienzudamente. Por un momento, la guerrera se relajó, antes de darse cuenta de que esto tenía que ser otra prueba.

Agarró una mano y la apretó con fuerza.

—¿Qué quieres de mí?

Gabrielle tragó saliva.

—Quiero desafiarte a un combate con varas.

A Xena no le gustaban las sorpresas. Y eso era todo lo que le había dado esta chica.

¿Qué?

—Un combate con varas. Si gano... oh, espera... no te muevas... ésa es tremenda, voy a necesitar más agua limpia.

—¿Si ganas?

Era una lástima, pensó Xena. No era ninguna inmortal. Estaba loca de remate. Qué pena. Había empezado a sentir un extraño afecto por esta chiflada perdida.

La chiflada regresó con odres de agua.

—¿Por dónde iba?

—Que si ganas... —Consiguió insinuar que las piedras cantarían antes de que eso ocurriera.

—Si gano, tú aceptas ser mi campeona.

—¿Y por qué iba a hacer eso?

—Porque entonces tu orgullo de guerrera me respetaría y yo te prometería no decirle a nadie que te había vencido.

Eso casi tenía sentido, pensó Xena. Debía de ser contagioso.

—Lo tienes todo pensado, ¿eh? ¿Por qué necesitas una campeona?

—Bueno, es una larga historia...

—Resúmela.

—Mi reina se está muriendo y yo tengo el derecho de sucesión.

—¿Melosa se está muriendo? —Gabrielle asintió gravemente—. ¿Y tú quieres que te ayude a convertirte en reina? Si me importara algo, ¿por qué no iba a acabar contigo y proclamarme reina yo misma?

—Se lo pregunté a Hércules y me dijo que no lo harías.

—¿Le contaste esta estupidez de plan a Hércules y a él le pareció bien?

—No. Sólo le pregunté si querrías convertirte en reina de las amazonas.

—¿Y qué dijo?

—Pues se echó a reír, ¿sabes? Y luego se quedó pensando un momento y luego se echó a reír otra vez.

Xena se puso a tamborilear con los dedos sobre la rodilla, deteniéndose cuando Gabrielle empezó a trabajar en una gran astilla.

—Esto no es de una piedra —denunció Gabrielle.

—Lo sé. Intenté explicar las reglas, pero siempre hay gente que lo echa todo a perder.

Gabrielle sofocó una risa.

—Eres muy graciosa, ¿sabes?

—Sí, eso es lo que me han dicho las últimas veinte personas más o menos que he matado. Pero tú, tú no necesitas una campeona, tú lo que necesitas es un lugar seguro para que te encierren.

—Vas a ser mi campeona. —Gabrielle hizo una pausa mientras cortaba el hilo con los dientes—. Porque en cuanto muera la reina, Velasca me va a desafiar por la máscara de la reina.

—¿Y no puedes vencer a esta tal Velasca, pero crees que puedes vencerme a mí?

—No, guerrera boba. —A Xena casi se le saltaron los ojos al oír esto—. No puedo luchar contra ella por la máscara porque... —Empezó a aplicar el ungüento con suaves caricias. A Xena se le medio cerraron los ojos por un momento.

—¿Por qué?

—Ella querría un combate a muerte.

Xena soltó un suspiro de decepción.

—Y eso te da miedo.

—No. Yo no mato —dijo la muchacha tajantemente.

Viniendo de cualquier otra persona, Xena se habría echado a reír, pero oyó la convicción, fruto de haber tenido que tomar esa decisión más de una vez.

—¿Y no crees que eso va a ser un impedimento para que seas reina? ¿Al mando de guerreras?

—No quiero ser reina. Tengo pensado hacer regente a Ephiny y seguir viajando. Se supone que tengo que detener a Velasca. —Otra pausa para cortar un hilo—. Planea atacar a los centauros y eso sólo sería el principio, ya sabes. Destruiría a las amazonas mediante la guerra en pocos años.

—¿Y cuál es tu plan? ¿Al menos antes de que partas en pos de otra gran aventura?

—Negociaría un tratado con los centauros.

Xena dejó caer la cabeza.

—Los centauros y las amazonas. ¿Tienes idea de la mala sangre que hay, de lo imposible...?

Sacó ansiosa un pedazo de pergamino y se lo colocó a la guerrera debajo de la nariz. Inclinándolo hacia la luz del fuego, leyó con creciente asombro una lista de demandas y contrademandas, derechos territoriales y comerciales, basada en cifras minuciosamente detalladas.

—¿Cómo has...? ¿Por qué iban a...?

—Hablé con Kaleipus, porque tiene un hijo adoptivo humano. —Hizo una pausa y la miró a la cara, y luego continuó rápidamente—. Y está dispuesto a aceptar los términos, siempre y cuando mi amiga Ephiny, que tiene un hijo centauro, o yo gobernemos.

—Así que crees que puedes obligarme a matar a Velasca y conservar tu inocencia de sangre. —Xena volvía a sentirse decepcionada.

—No, mi inocencia no es importante. Pero romper el ciclo de violencia sí. No quiero empezar mi reinado matando. Pero si consiguiera derrotar a Velasca y luego sólo la exiliara, ella no haría más que seguir intentándolo hasta conseguirlo. Si tú fueras mi campeona...

—No le haría falta más que una lección. Ya veo. Así que todo depende de que yo acepte ayudarte. ¡Pues lo siento! No lo voy a hacer.

—Sí que lo harás si consigo vencerte en un combate justo. —Terminó el último punto—. Ya estás. ¿Podemos empezar ya?

Xena se levantó, elevándose por encima de la menuda rubia, girando la cabeza y flexionando los hombros. Se dio cuenta de que ni siquiera se le había ocurrido pensar que la princesa amazona podría haber intentado drogarla para igualar sus posibilidades.

—¿Por qué crees que puedes vencerme?

—Porque es la única manera de que este plan funcione y siempre hay una manera si se está dispuesto a intentarlo.

—¿Siempre? —se burló la morena.

—Siempre.

—Pues lo siento, te has equivocado de oráculo. Lo sé.

Gabrielle se negó a responder y en cambio lanzó una vara a la guerrera. Ésta la agarró de forma automática, sopesándola entre las manos. La muchacha adoptó una postura defensiva, con la barbilla firme en un gesto de determinación.

Xena meneó la cabeza.

—No voy a luchar contigo, niña.

—Tienes que hacerlo, todo depende de eso.

—No sé quién o qué te crees que soy, pero no soy campeona de nadie.

La muchacha amagó un golpe, que fue bloqueado.

—¡Basta! —exigió la guerrera.

—¿Vas a ser mi campeona?

—¡No!

Hubo otro rápido ataque, que cambió a una finta, y Xena apenas consiguió pararlo. Otro golpe veloz le alcanzó la cadera y empezó a atacar. Hubo una serie de bloqueos y Xena se dio cuenta de que la chica era muy buena. Conseguía que su corta estatura le sirviera de ventaja, y Xena se enfureció al darse cuenta de que había quedado atrapada en el combate. Siguieron en silencio durante un tiempo. Xena conocía las técnicas y el entrenamiento de las amazonas, observó los movimientos y esperó una oportunidad. Cuando llegó, no tuvo piedad y atacó a las rodillas, y la chica cayó con un grito de dolor.

Mirando a la amazona caída, gritó furiosa:

—No soy una campeona. Aquí no hay ningún destino. Sólo una persona o un dios que te está utilizando, para divertirse. Y te mataré antes de dejar que alguien vuelva a jugar conmigo.

Ella se quedó en el suelo; no lloraba, pero la guerrera notó que se estaba conteniendo.

—No puedo... no me voy a rendir.

—¿Sabes de verdad lo que estaba haciendo antes de que aparecieras?

La muchacha se puso en pie, con ayuda de su vara.

—Sí —dijo en voz baja.

—¿En serio?

—Hércules dijo que habías cambiado de camino, pero yo pensaba...

—¿Qué pensabas? —Alargó la mano y agarró bruscamente a la chica del hombro, luchando contra la voz de su interior que la empujaba hacia ella.

—Pensaba, no, sabía, de alguna manera, que estabas cansada... desde hacía mucho tiempo. Que Hércules te había quitado el poco motivo que tenías para seguir adelante, tu rabia y tu odio...

—¿Y...?

Gabrielle miró profundamente a la guerrera a los ojos.

—Que estabas vacía, salvo por la certeza de saber en quién te habías convertido...

—¿Qué sabes tú... —la chica retrocedió de un empujón y la vara volvió a alzarse—, ...de lo que... soy... yo?

Llovieron los golpes con cada palabra. Golpes duros e implacables que pusieron a la joven amazona de rodillas, a pesar de sus bloqueos.

De un salto y una voltereta, la guerrera aterrizó detrás de ella y cuando Gabrielle giró para defenderse, volvió a recibir un golpe en el brazo y se oyó el chasquido del hueso. Y un grito sofocado.

La guerrera se quedó allí jadeando.

—¡Ahora vete a casa! No hay ninguna campeona. Aquí no.

De algún modo, por pura voluntad, la chica volvió a levantarse penosamente, sin contener más las lágrimas.

Sujetando la vara contra el brazo sano, volvió a colocarse en posición.

—¡Has perdido! ¡Ríndete! —En el tono de la guerrera se oía una súplica.

—No puedo perder, mientras me mantenga en pie —Era casi como si se lo hubiera aprendido de memoria.

—Pues te romperé las piernas y te dejaré aquí para que te mueras.

Gabrielle miró a la guerrera a los ojos y vio que era una promesa. Se mantuvo firme.

La guerrera estaba iniciando el ataque para cumplir esa promesa. De algún modo, la chica aún consiguió defenderse, y Xena volvió a detenerse y exigió:

—Acaba con esto ya.

—¡No! ¡Esto no es lo que tiene que suceder! ¡Esto tiene que funcionar, todo el mundo depende de ello, de mí!

—Esto... ¡es como es!

Xena descubrió que ahora ella misma estaba a punto de llorar. Pero obligó a sus ojos a recuperar el fuego y se acercó para acabar por fin con la chica.

—No soy el peón de nadie. Nunca más. ¡Ni la campeona de nadie!

Al tercer golpe, la chica perdió el equilibrio y se cayó sobre el brazo roto, gritando. Pero consiguió rodar a tiempo de evitar el siguiente ataque, golpeando con fuerza a Xena en el empeine.

Para entonces, los puntos de Xena se habían abierto y Gabrielle tenía sangre en la boca, pero la princesa amazona volvió a levantarse encogida y esperó, con el brazo roto colgando inútilmente.

—Te voy a matar...

—Lucharé hasta entonces...

Hubo una vacilación y por un instante sus ojos se encontraron y durante ese segundo hubo una conexión potentísima, más pura que cualquier otra cosa que ninguna de las dos hubiera experimentado hasta entonces, y reaccionando ante ello por puro miedo, Xena sacudió la cabeza y atacó, gritando:

—¡Maldita seas!

Gabrielle no llegó a ver el tercer golpe.

La guerrera se quedó de pie ante la muchacha destrozada e inconsciente. Había vencido la última tentación, pensó. Pero su alma se echó a llorar.


Entonces dices, ve despacio
Me quedo atrás.
La segunda mano se descubre...

—Cyndi Lauper

La princesa nadaba en un mar de puro dolor, que la estuvo atravesando durante lo que le pareció una eternidad. Recuperó el sentido varias veces para volver a sumergirse bajo las olas. Por fin abrió los ojos y vio a su mejor amiga a su lado.

—¿Xena?

Ephiny le cogió la mano al instante.

—¿Es ella la que te ha hecho esto? Esa mujer está muerta —dijo furiosa.

—Lo más probable —se lamentó Gabrielle. Tenía miedo, pero hizo la pregunta—. ¿Y la reina?

Los ojos de Ephiny le dieron la respuesta.

—¿Cuánto tiempo...?

—Has estado inconsciente tres días. Te encontramos en la frontera... hemos esperado a que estuvieras consciente para encender la pira. —Y no dijo lo evidente: que mucha gente se había preguntado si llegaría ese día.

—Llévame ante ella.

Ephiny hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Por favor, Ephiny, debo... decirle...

La amazona rubia ni se movió.

—Ephiny, podría ordenártelo, pero te lo ruego, por favor, tengo que hacerlo.

Sacudiendo la cabeza, la alta rubia llamó a dos amazonas y con cuidado trasladaron el cuerpo magullado y roto de su princesa a la cabaña donde esperaba el ataúd de la amazona. Gabrielle se apoyó en el féretro y les hizo un gesto para que se marcharan.

A solas en la cabaña, volvió a intentar contener el llanto, pero no lo logró. Tenía que intentar quedar en paz con la mujer que había sido para ella madre y reina.

—Mi reina... tú me aceptaste cuando nadie más... cuando mi propia familia me rechazó. Me diste un lugar donde por primera vez en mi vida me sentí completa. Intentaste enseñarme en qué podía convertirme y me dejaste viajar y aprender y me diste un hogar. Y a mis hermanas. —Se estremeció desolada—. Me castigaste y me quisiste y yo sólo quería que te sintieras orgullosa. Y ahora... —Hundió la cara en las manos—. Lo siento tanto, Melosa, me equivoqué. A veces no hay manera, a veces, hagas lo que hagas, por mucho que lo intentes... porque de verdad que lo he intentado, te juro que lo he intentado, pero... Lo siento tanto, te he fallado a ti, a mí misma y sobre todo, le he fallado a Xena... y ahora, las amazonas lo perderán todo y yo te he perdido a ti y ahora... estoy tan sola...

Notó la presencia antes de volverse. No se había oído ni un ruido, pero la brillante luz de la puerta estaba bloqueada por una enorme silueta negra. El sobresalto se convirtió en alegría al distinguir los detalles de la sombra oscura que había estado escuchando, llorando con ella, hasta tomar por fin una decisión. Miró a los claros ojos azules que parecían relucir en la oscuridad. Y la firme voz dijo sólo cuatro palabras.

—Ya no estás sola.


Si te has perdido
puedes buscar
y me encontrarás.
Una y otra vez
Si te caes te cogeré
Estaré esperando
Una y otra vez
Una y otra vez


FIN


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