Araña

Kamouraskan



Descargo: Este relato era en principio para Eve Ng y la idea era que fuera una historia ambientada en la primera temporada, pero debido a la desafortunada y continua influencia de Archaeobard y Lawlsfan, se ha ido por otros derroteros retorcidos y degenerados. Los suyos. Lo siento, Eve. Me han ayudado Ice y Advocate, pero por desgracia, no han hecho mucho esfuerzo por contenerme.
Los personajes, como siempre, pertenecen a la gente de Renpic y no hay la menor posibilidad de que yo vea dinero alguno por esto.
Así que diremos que ocurre en... la segunda temporada.
En cualquier caso, esto podría considerarse como mi intento de contestar a estas preguntas candentes: ¿por qué nuestras heroínas no pueden tener habitaciones separadas? ¿Y por qué a Gabrielle no le importa que Xena se marche cuando está contando una historia?
Horror, mutilación y mi sentido del humor. Si lo he hecho bien, las personas de estómago delicado no deberían leer esto.
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Spider. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Premio Swollen Bud


Xena bebió un sorbo de cerveza y miró a su alrededor muy contenta. Había sido un buen día de lucha y ahora los agradecidos aldeanos se estaban desviviendo para demostrar su aprecio. La joven bardo estaba en el escenario, elaborando un relato épico sobre Hércules, y toda la sala estaba pendiente del puro deleite y disfrute que sentía al practicar su arte.

Había algunas miradas que de vez en cuando se desviaban para posarse en la guerrera morena del rincón, y Xena se divertía evaluando cada uno de los cuerpos unidos a ellas. ¿Cuál de estos admiradores sería el encargado de acabar con su período de abstinencia? ¿Cuánto tiempo había pasado desde Odiseo? ¿Dos estaciones al menos? Bueno, pues eso iba a acabar esta noche, a juzgar por las miradas lascivas que estaba recibiendo y devolviendo.

¿El tonelero moreno de hombros anchos del rincón? ¿O tal vez esa camarera de pechos perfectos? Bueno, perfectos no, no tan perfectos como los de Gabrielle... pero apartó de inmediato de su mente la visión del cuerpo de su inocente compañera.

No, esta noche iba a ser la noche, y sonrió seductoramente a otro hombre que pasaba ante ella como hipnotizado. Gabrielle terminó acompañada de grandes aplausos y del tintineo de los dinares con que el público recompensaba a la artista. La sala se llenó de gritos pidiendo otra historia, pero la bardo hizo un gesto de rechazo, prometiendo volver.

Xena se levantó cuando se acercó Gabrielle, haciendo tintinear las monedas que acababa de recibir. La guerrera sintió que se le aceleraba el corazón al ver que se acercaba la bella muchacha y dejó que se le notara parte del deleite que sentía ante la alegría de su compañera.

—¡Xena, mira esto! —exclamó Gabrielle entusiasmada.

—Muy merecido —dijo la guerrera—. Y te alegrará saber que esta noche no vas a tener que compartir la cama con esta vieja guerrera. El posadero nos ha ofrecido dos de sus mejores habitaciones, totalmente gratis.

Si esta noticia afectaba a Gabrielle de algún modo, no se notó nada. Sonrió y soltó la bolsa de monedas en el regazo de su compañera.

—Recuerda que me prometiste que recogerías provisiones en la tienda de marroquinería y, mientras estás allí, voy a contar una de tus aventuras, así no te dará corte.

—Nuestras aventuras, ¿recuerdas? —dijo Xena con una sonrisa burlona, y recogió la bolsa al tiempo que comprobaba la lista—. Jamás conseguiré entender cómo te has quedado sin tinta tan rápido. Y ¿Gabrielle? Por favor, intenta no meterte en problemas en mi ausencia. ¿Te enteras?

Gabrielle asintió y replicó con seriedad:

—Seré buena.

Xena se inclinó y le dio a la muchacha un beso en la frente.

—Ya lo sé. Volveré dentro de menos de una marca. —Cuando la guerrera se marchaba, notó varias miradas lascivas que la seguían y la piel le ardió de expectación.

Gabrielle esperó un momento hasta que estuvo segura de que la guerrera se había marchado. Se dirigió a la tarima y, al pasar, apagó algunas de las antorchas para oscurecer un poco la sala. Las pocas que se agitaban cerca del escenario daban un aire sobrenatural a su rostro cuando se sentó en la banqueta. Casi al instante, la taberna se quedó en silencio.

—Ésta —comenzó con voz monótona—, es la historia de una gran heroína y del precio terrible que pagó para dejar de ser esclava de Ares, el dios de la guerra... —Hizo una pausa y esperó a que se hiciera el silencio por completo antes de empezar.

—Cuando el dios de la guerra descubrió que su Elegida había decidido liberarse de su malevolencia, cuando descubrió que no podía apartarla de su nuevo camino, decidió transformarla en un ser espantoso, un ser impulsado a destruir para toda la eternidad. Pero Atenea, gran diosa de la sabiduría, acudió a su padre, Zeus, y le hizo una petición, diciendo: "Padre, esta guerrera debía ser mía antes de ser seducida por Ares. Ahora él planea usarla para causar males aún mayores en contra de su voluntad. Exijo que me permitas intervenir".

La voz de Gabrielle bajó a su registro más grave.

—"¿Tú me exijes? ¿Tú me vas a decir a lo que debe ser?" —La bardo se volvió y adoptó una pose pensativa—. "Puede que tengas cierto derecho a esta guerrera, pero ella eligió el camino de Ares y éste está en su pleno derecho de exigir un castigo".

Su tono volvió a convertirse en el de la más osada de las diosas.

—"Estonces sólo te pido que pueda continuar luchando por el bien supremo y que sea cual sea su castigo, pueda superarlo". Así se decidió, así se hizo y la maldición se puso en marcha... De día la gran guerrera podría acabar con las injusticias, luchar por los desamparados, pero cada mes, justo antes de la salida de la luna nueva... —Al oír esto varios miembros del público miraron el cielo oscuro de fuera con creciente inquietud—. Sentiría un deseo incontrolable... ¡de aparearse!

Ahora el silencio era total. No se oía nada salvo la respiración entrecortada de los clientes, que miraban a la bardo a la luz vacilante de las antorchas.

—Cada mes, este deseo se apoderaría de ella, insaciable y corrupto, y elegiría por lo menos dos víctimas al azar. Se sentiría atraída por un miembro de cada sexo en contra de su voluntad y seduciría a cada víctima con su oscura belleza y su magnífico cuerpo. —La voz de la bardo se hizo más suave y el público hizo un esfuerzo por oírla—. Se los llevaría por turno a una habitación privada de una posada, donde se desnudarían despacio, con los sentidos acariciados hasta el paroxismo, sin imaginarse siquiera el horror que no tardarían en tener que soportar. En el momento en que los pobres incautos estuvieran desnudos, dentro de la guerrera se desencadenaría un dolor terrible, su mente se nublaría por completo y dos nuevos objetos saldrían a la fuerza de su mandíbula. Y entonces, so pretexto de un beso más, estos nuevos colmillos se alargarían hacia fuera y la hasta entonces atenta amante ¡empezaría a desgarrar la carne de su inocente sacrificio! —El público se echó hacia atrás horrorizado.

—El veneno se derramaría de las funestas puntas. Un veneno que paralizaría a sus víctimas, manteniéndolas con vida para sentir cada horrible momento de su propia y espantosa muerte... —Gabrielle recorrió rápidamente la sala con la mirada. Advirtió que el tonelero se había puesto muy pálido, pero la camarera daba claras señales de escepticismo. Todavía tengo mucho tiempo, pensó antes de continuar.

—Entonces empezaría la horrible transformación de la guerrera. Primero cambiarían su garganta y su rostro, las cuerdas vocales dejarían de existir, para que sus gritos llenos de dolor no encontraran voz. Ahora sus únicos gritos serían casi como un roce, como... chichichichi...

Gabrielle susurró el ruido al tiempo que agitaba los dedos delante de la boca.

—Chichichichi... —El público se estremeció como un solo hombre.

—Y menos mal que sus gritos quedarían silenciados, pues entonces cuatro nuevas y espantosas extremidades empezarían a brotar con dificultad de los costados de su cuerpo. —La bardo empezó a contorsionarse de dolor, levantando primero un brazo y luego el otro, volviendo las manos del revés—. No se trataría de brazos, como los brazos humanos, sino más bien de patas de araña. Y en el extremo no habría manos como las de un humano, ¡no! Éstas serían del pedernal más afilado, ¡diseñadas exclusivamente para cortar y desgarrar la carne humana! Se acercaría primero al hombre y mientras éste miraba indefenso a esta horrenda aparición, incapaz de moverse, apenas capaz de respirar, el único sonido sería ese espantoso susurro... chichichichi...

Gabrielle se encorvó y se tambaleó por el escenario.

—Cruzando esas extremidades como cuchillas, se acercaría muy despacio a su víctima. Atrapando a su víctima indefensa entre las piernas, esos brazos terribles empezarían a arrancar y serrar los preciados sacos de entre las piernas... —Se oyó un golpe seco cuando el tonelero se cayó desmayado de la silla, pero nadie se volvió a mirar—. ...Hasta extraer los tiernos huevos ahí anidados y luego usaría ambas manos para llevárselos a esa boca deforme. —Aquí la bardo imitó a una ardilla masticando—. Y los roería con gran parsimonia y delicadeza... —La bardo notó que varios hombres de entre el público, muy pálidos, cruzaban las piernas. Sin dejar de imitar a su monstruosa creación, la bardo se chupó deliberadamente los dedos, uno por uno.

—Esto daría lugar a un nuevo brote y donde debería estar el sexo de la mujer se formaría un tallo tan largo y tan grande como el brazo de un herrero y entonces se acercaría a su siguiente víctima postrada, la mujer. —Por fin, la bardo quedó encantada de ver que la camarera reaccionaba.

Gabrielle hizo un alarde de contención.

—No describiré la inmensa agonía que estas pobres mujeres tendrían que soportar a continuación, pero el peor horror aún estaría por llegar... Pues mientras ocurría este espantoso ataque, su vientre se llenaría de... —Hizo otra pausa—. ...Huevos. Y no huevos normales, sino miles y miles de huevos de araña demoníaca. Y esta vil criatura en que se habría convertido la guerrera cogería un aceite especial y malévolo, negro como la pez, y después de beberlo, lo escupiría a través de esas horribles fauces y cubriría con él a sus víctimas aún conscientes, manchando cada rincón de su cuerpo, antes de desplomarse a su lado presa del delirio.

Observando a la camarera atentamente, Gabrielle permitió que en su tono se notara cierto entusiasmo.

—Entonces... dentro de la mujer, los huevos se abrirían y las crías se alimentarían de la mujer, devorándola hasta salir de su cuerpo vivo, brotando de cada uno de sus orificios, bebiendo el aceite, masticando y atiborrándose, sin parar de susurrar... chichichichi... chichichichi... —Su voz se apagó hasta convertirse en un murmullo. Gabrielle dejó que las imágenes calaran en su público un momento antes de volver a alzar la voz.

—Entonces, cuando el carro de Apolo comenzara a cruzar los cielos, la guerrera se despertaría sola, sin recordar en absoluto los terrores que había infligido, resuelta una vez más a seguir siendo la heroína en que se había convertido. Pero miraría y descubriría sorprendida que siempre había dos anchas bandas de una especie de extraño cuero negro, de varios centímetros de ancho y medio brazo de largo. Y creyendo que eran el regalo de algún dios, se los pondría como parte de su vestimenta... sin saber nunca que eso era todo lo que quedaba de esas pobres personas tras el frenesí de sus hijos demoníacos. Y los dioses decretaron que si algún mortal contaba esta horrible verdad, se convertiría en su siguiente víctima...

Gabrielle se acercó al borde del escenario.

—Y preguntaréis, ¿cómo se podía superar esta gran maldición? Atenea envió un talismán, en forma de muchacha inocente, y le dio su bendición. De modo que mientras esta muchacha estuviera a la vista de la guerrera, esta tortura de transformación nunca se produciría... pero si alguna vez se separaran con la luna nueva, la araña emprendería de nuevo su cacería...

Hubo un largo y tenso silencio antes de que empezaran los aplausos nerviosos.

Gabrielle había acabado justo a tiempo, pues en ese momento se abrió la puerta y entró Xena, cargada con sus compras. Se quedó mirando desconcertada cuando los clientes se apartaron de ella en masa, con la mirada clavada en los frascos de tinta negra que le había pedido Gabrielle y mirando luego horrorizados su falda de cuero. Gabrielle notó satisfecha que la voluptuosa camarera estaba entre los varios que se desmayaron en ese momento. Se reunió con su compañera, que seguía mirando a su alrededor con preocupación.

—¿Qué es lo que pasa siempre con la última historia que cuentas, Gabrielle? Otra vez la de Morfeo, ¿verdad?

La bardo asintió.

—Sigue sin funcionar, ¿no?

—No —asintió Gabrielle con tristeza—. Esta noche he probado unas cuantas cosas nuevas y creo que esta vez ha sido porque estoy muy cansada. Será mejor que me vaya a mi habitación, sola, y me ponga a trabajar en una historia nueva. —Dio un casto abrazo a Xena y con un bostezo empezó a subir las escaleras.

Al oír esto, el tabernero se acercó corriendo para hablar con Xena y, mientras Gabrielle escuchaba por encima de ellos, Xena recibió la triste noticia de que, una vez más, sólo quedaba una habitación disponible para las dos. Levantó la vista para mirar a la bardo y las dos se encogieron de hombros.

Xena miró a su alrededor esperanzada, pero notó que el ambiente hasta entonces amistoso parecía haber recuperado la gelidez habitual dedicada a la Destructora de Naciones. Desconcertada al ver que el ambiente había vuelto a cambiar y frustrada, empezó a subir las escaleras para reunirse con Gabrielle.

Cuando se acercaban a su habitación, Gabrielle preguntó con inocencia:

—Xena, ¿sabes esa charla que no paras de decir que tenemos que tener? ¿Por qué siempre la dejas para otro momento? A lo mejor esta noche sería el momento adecuado.

La guerrera se ruborizó inesperadamente y tratando de no perderse en los ojos de su mejor amiga, se puso a farfullar de una forma muy poco propia de ella.

—Ah, ¿esta noche? Ah, Gabrielle, creo... que debería ver cómo está Argo y ahora mismo subo, ¿vale?

Se retiró rumbo a las cuadras, sin advertir el rápido encogimiento de los clientes que quedaban para apartarse de ella al cruzar por la sala.

Gabrielle se quedó en lo alto de las escaleras observando y en sus labios se dibujó una sonrisa.

—Tranquila, Xena —se dijo a sí misma—. Esta araña puede esperar...


FIN


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