Aceptación

Kamouraskan



Descargo: Este relato ha sido escrito para mi propio disfrute y no para obtener un beneficio económico. Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de RenPic y están usados sin autorización.
Ésta es una historia sobre elecciones y sobre cómo dejar marchar a alguien, por tristes que puedan ser esas despedidas. Me gustaría dar las gracias a Cath y a los que frecuentan The Tavern Wall, a Mary Morgan y, como siempre, a Archaeobard. Benditos sean su desagradable mente y su compasivo corazón.
Siempre se acepta y se contesta correo en Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Acceptance. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


En una desolada y remota región, una figura encerrada en una jaula invisible mira a su alrededor desconcertada.

—¿Dónde me has traído?

Una voz femenina responde:

—¿No lo reconoces?

La figura solitaria mira los restos de viejos cimientos quemados. Entre los ladrillos crecen malas hierbas. La madera está abrasada y podrida, esparcida por una violencia del pasado. Hay restos de objetos personales abandonados tirados por la maleza.

—Podría ser cualquiera de mil aldeas atacadas e incendiadas por un señor de la guerra.

—Así es. Es Anfípolis.

—No.

La figura intenta negar lo que ve con sus propios ojos. Pero el paisaje y la conocida cordillera de montañas del horizonte la contradicen.

—Se reconstruirá algún día. Es posible que regresen algunos supervivientes, pero ahora se han dispersado y todavía maldicen a los dos señores de la guerra a quienes culpan de su destrucción.

La voz hace una pausa.

—Esto era la taberna. Estás en el punto mismo donde lapidaron a uno de los señores de la guerra. Y entonces llegó el segundo, que arrasó la aldea y prendió fuego a los campos.

La figura se muestra muy inquieta.

—No. No ocurrió así.

—Esta vez sí.

—¡No!

—¿Preferirías ver los restos de la aldea amazona o la de los centauros?

La figura guarda silencio. Luego, volviéndose hacia los cielos, pregunta:

—¿Por qué?

La diosa contesta con tristeza:

—Todo por amor... mal entendido, tal vez, pero amor no obstante.

La viajera salió lanzada del vórtice, aterrizando mal, y se detuvo tambaleándose. El sonido del portal se apagó y se quedó en la silenciosa oscuridad. Justo delante de ella estaba su primer objetivo: la botica. Sabiendo que tenía un tiempo limitado, entró en el establecimiento y revolvió los estantes sin intentar siquiera disimularlo. Su amplia educación como sanadora volvió a serle de ayuda, y no tardó en dirigirse a toda prisa hacia una granja mediocre situada al borde de esta aldea insignificante. La aldea de Potedaia.

Entrar en la casa no fue difícil. Todos los habitantes estaban acostados, y avanzó en silencio por la casa. Escuchando atentamente los diversos ruidos de las personas dormidas, se detuvo ante una de las puertas y empapó un trapo con el contenido del frasco que había robado de la botica. Una de las personas de la habitación de al lado sólo fingía dormir, y tendría que actuar con rapidez y destreza, o el forcejeo despertaría a toda la casa.

Esperó a que la más joven de las dos hermanas soltara un ronquido especialmente fuerte y se deslizó al interior de la habitación, dejándose caer al suelo sin hacer ruido. Con el corazón latiendo a toda prisa, se arrastró hacia la segunda cama. Hubo un movimiento y supo que la ocupante estaba a punto de levantarse. Con el trapo aferrado en la mano izquierda, se alzó de golpe y agarró a la joven por la garganta, apretándole el trapo contra la cara. Se oyó una exhalación ahogada, pero la joven quedó fácilmente sometida a la fuerza superior de la asaltante y al cabo de un momento sucumbió y se desplomó. La intrusa miró a la hermana pequeña, pero ésta seguía durmiendo sin enterarse de nada. Como el tiempo era lo único importante, la intrusa se apresuró a buscar la ropa que la ansiosa fugitiva ya había sacado y preparado. Había una bolsa escondida en el rincón. Se quitó deprisa su propia ropa, intentando no hacer caso de las manchas de sangre que había en ella. El viejo vestido azul no le estaba muy bien, pero la intrusa tenía que creer que en la oscuridad resultaría convincente. A continuación, encontró un chal para taparse el pelo, para que fuera difícil verle la cara. Su visitante no tardaría en llegar y tenía muy poco tiempo para salir e interceptarla.

Agarró la bolsa y salió de la habitación y luego de la casa sin despertar a nadie. No había avanzado mucho cuando un brazo fuerte tiró de ella hacia los arbustos. Aunque ya se esperaba el ataque, lo repentino del mismo no dejó de sobresaltarla.

Retrocediendo rápidamente para que no se descubriera el engaño y recuperando la voz, susurró:

—¡Xena!

Ésta no era la noble guerrera de leyenda. Ésta era una mujer destrozada, en su última misión. Apenas capaz de sostenerse en pie, tenía los ojos, antes brillantes, inyectados en sangre. Esto sí se lo esperaba. Sólo momentos antes esta mujer yacía en el suelo del patio de una prisión romana, viendo cómo su pacífica alma gemela mataba a más de media docena de hombres. Indefensa a causa de la columna vertebral rota, hasta que su delicada compañera se vino abajo mirando horrorizada una daga ensangrentada que de nuevo tenía en la mano.

Entonces apareció Ares. Y detuvo el tiempo. Y por una vez, Xena escuchó. Escuchó y aceptó el trato para aparecer en esta época, sabiendo que jamás sobreviviría a los cambios que iba a poner en marcha. Jamás volvería a ser su Elegida.

La impostora sabía que debía reaccionar como habría reaccionado la joven Gabrielle. Intentó sin éxito zafarse de las manos de la obsesionada guerrera.

Su resistencia le valió un gruñido.

—Estate quieta, tengo que decirte una cosa.

¿Qué habría dicho la hija de los granjeros?

—Sólo quieres detenerme. No puedes... te seguiré, sea como sea...

¡NO!

La mujer morena se echó sobre la más pequeña.

—Escúchame. ¡Escúchame! No puedo explicar cómo, pero cree lo que te digo. Considéralo las palabras de un oráculo, porque he visto el futuro. Conozco el futuro. Si intentas unirte a mí, destruirás todo lo que quieres. ¿Me oyes? Todo y a todos los que quieres.

—Lo dices por decir...

—Lo . Sé todo lo que va a pasar. Sé que naciste con seis dedos en un pie, Gabrielle. Lo , ¿comprendes? Si consigues seguirme, te destruirás a ti misma. Serás la vergüenza de tus padres. ¿Y Pérdicas? Morirá ante tus ojos. ¿Lo comprendes? Serás atacada por un gran mal, violada y obligada a traer a un demonio a este mundo.

—No...

La intrusa se encontró retrocediendo ante este ataque.

—Ese demonio destruirá a mi único hijo, ¡a mi hijo! Lo único de este mundo que significa algo para mí... Y luego...

—No...

Por favor, para. Por favor.

—...tú serás la razón de que las dos muramos. Pesará sobre tu conciencia.

—¿Cómo...?

—Gabrielle, tú y yo seremos crucificadas. Hundirán clavos en estas manos suaves y nos colgarán de un madero para morir.

—¿Moriremos juntas? —Las palabras se le escaparon sin pensar.

La voz de la guerrera se volvió aún más áspera.

—Todo el mundo muere solo, Gabrielle. No estaremos juntas. Y habrá sido por tu culpa.

—No...

Esto no era justo, esto era ir demasiado lejos.

La guerrera avanzó, jadeante, aferrando con más fuerza el brazo de la impostora.

—Gabrielle, serás lo que me mate. No voy a permitirlo. No querrás que me enfade, ¿verdad?

—M-me estás haciendo daño...

—Eso es lo hago... —La guerrera vaciló, pero empezó de nuevo—. Y si intentas seguirme, te mataré. No te engañes. Si te echo la vista encima, te haré pedazos en el sitio. ¿Entiendes?

—Por favor...

—Ahora corre. Corre de vuelta a casa, campesina, encuentra a otra persona que te aparte de esta aldea, o cásate. Pero por los dioses, aléjate de mí.

Sólo se oyó un sollozo ahogado, pero ninguna supo de cuál de las dos, y la intrusa regresó tambaleándose a la casa, mientras los ojos muertos de la guerrera la observaban. Entró en la alcoba y dejó que el corazón se le desbocara. Aflojó los puños e intentó soltar la rabia y el miedo que la inundaban. Se quedó junto a las camas y comprobó cómo estaban las dos hermanas. Ambas seguían profundamente dormidas.

—Menuda actuación, ¿verdad, Gabrielle? —La intrusa se sentó en el borde de la cama y miró a la muchacha—. Mientras venía hacia aquí, me preguntaba qué podría haber dicho, qué podría haberte impedido marcharte con ella. ¿Y al final qué fue? ¿Fue la culpabilidad por su muerte o la de Pérdicas lo que te retuvo aquí?

La impostora se quitó el chal oscuro y se sacudió el corto pelo rubio.

—No jugó limpio, ¿verdad? —susurró con tristeza—. No podía mencionar a todas las personas que morirían sin su ayuda; que tú no estarías allí para ayudar a los centauros y a las amazonas, ni a ella, por supuesto. Como siempre, sólo pensaba en ti.

Se quitó el vestido y volvió a ponerse la ropa ensangrentada con la que había llegado.

—Dejó que toda esa gente muriera, incluida ella misma. Debería odiar lo que hizo. Pero...

Recordó el momento en que el tiempo se detuvo. Descubriéndose paralizada en el instante en que miraba la daga cubierta de sangre, cuando las rodeaban las tropas romanas de refuerzo. Atrapada sin voz cuando se materializó Ares. Mirando con horror mientras Xena parecía escuchar y luego el dios de la guerra le puso la mano encima, curándole la espalda. El deseo, la necesidad de gritar "¡NO!" cuando los dos se desvanecieron. Y a continuación, también el patio. Cuando todo el tiempo se deformó. Pero ella había sobrevivido con sus recuerdos intactos, gracias a la intervención de Artemisa, que le explicó lo que había pasado. La llevó a Anfípolis para darle un incentivo para detener a su compañera, y ahora que lo había conseguido, su recompensa era volver a su propia ejecución.

Acarició el largo pelo rubio rojizo colocándolo detrás de las orejas de la muchacha dormida, y pensó en todas las muertes que su ausencia había causado.

—¿Fue todo por mí? ¿O por ti? —preguntó a la durmiente—. Tal vez debería sentir celos de ti... ¿qué crees?

La muchacha se movió al sentir la caricia. Las hierbas somníferas estaban dejando de hacer efecto. No tardaría en vestirse debajo de las sábanas, preparándose para marcharse, y acabaría despertando a su hermana. La intrusa sonrió melancólica por el recuerdo.

—Ya casi es la hora, ¿verdad, Gabrielle? Y yo tengo una cita con una cruz... y tengo miedo... —Casi perdió la compostura, pero tomó aliento y se repuso—. Tengo que irme. Y tú también. —Se enjugó una lágrima furtiva.

Recorrió la habitación con la vista por última vez, tomando nota de cada objeto, de cada sombra que antes le era conocida, escuchando el reconfortante sonido de la respiración de su hermana... y mirando una vez más a la figura inocente bajo la manta, se besó la punta de los dedos y le hizo un gesto de despedida.

—Adiós.

Con los ojos llenos de lágrimas, salió a trompicones y una vez más la detuvieron los mismos brazos fuertes. Esta vez miró directamente a los hundidos ojos azules y no disimuló su rabia.

—Me pareció que eras tú... —fue lo único que pudo decir su guerrera.

Gabrielle no contuvo su furia.

—¿Cómo has podido? ¡Le has mentido!

A Xena no le quedaban fuerzas para defenderse. Murmuró:

—Sabía que le dijera lo que le dijese...

Iracunda, Gabrielle terminó con rabia por ella:

—¿Que por muy terrible que fuera la verdad, te seguiría? ¿Es que eso no te ha hecho comprender? Pero hacerle creer que ella iba a ser la causa de tu muerte...

—Habría dicho cualquier cosa, hecho cualquier cosa...

—¿Incluso dejar que Anfípolis fuera destruida?

La pasividad de la guerrera se resquebrajó por un instante.

—Creía, esperaba haber sobrevivido a la lapidación. Pero siempre he pensado que, de todas las maneras en que podría haber muerto, ésa era... la más adecuada.

Con cara impasible, echó a andar hacia la colina. Gabrielle la llamó al tiempo que echaba a correr para alcanzarla.

—¿Y las amazonas? ¿Y los centauros? ¿Y todos los demás?

Ahora Gabrielle vio la angustia cuando Xena se volvió hacia ella, y tantas clases de dolor que Gabrielle no pudo soportar mirarla.

—Gabrielle. Podían elegir, todos podían... Pero tú, esa chica, quería hacerle saber que tenía que elegir...

—Tomó su propia decisión, yo tomé mi propia decisión. Y me correspondía a mí tomarla, no a ella, Xena.

—Lo sé. Pero...

—¿Y qué hay de Ares? ¿Lo vais a volver a intentar?

Soltó una carcajada sin alegría.

—No. Acepto tu elección; me seguirías también hasta allí, ¿verdad?

—Siempre. Pero Ares...

—Pobre Ares. Creía que sin ti volvería a ser suya. No sabía que de verdad no podría vivir sin ti. —Soltó otra carcajada hueca.

—Así que lo engañaste, sabiendo lo que iba a pasar.

—Lo sabía. He podido con la alternativa, Gabrielle. —Xena miró hacia la granja que tenían debajo—. ¿Qué va a pasar ahora?

—Si todo vuelve a ser como era, Artemisa enviará el vórtice y yo... regresaré. Probablemente le echará la bronca a Ares y luego supongo que volverás tú.

La visión de aquello a lo que iban a regresar flotaba entre las dos. Con la garganta seca, Xena susurró:

—¿Cómo, cómo puedes volver a... eso?

Hablando con una seguridad que no sabía que sentía, Gabrielle dijo:

—Porque estamos juntas. Ésa ha sido la peor mentira, Xena. Le dijiste que moriríamos solas. No es así. Y no acabará ahí. Lo sé. Te lo juro.

Hubo un ruido y se abrió el vórtice.

—Ya está aquí mi transporte.

Hubo tiempo para un beso rápido, un apretón de manos, y con un miedo en los ojos que intentaba ocultar sin éxito, Gabrielle se difuminó y desapareció.

Xena se la imaginó, mirando esa daga manchada de sangre, con ojos vacíos y huecos. Se le estremeció el cuerpo con un escalofrío.

En ese instante se oyó un ligero ruido que sin embargo resonó en la noche. La puerta de la granja se abrió despacio y una figura menuda se deslizó por ella. Xena observó desde las sombras mientras Gabrielle miraba furtivamente a ambos lados y luego, llena de alegre expectación, echaba a andar deprisa por el camino rumbo a su gran aventura.

Xena oyó el chirrido del vórtice que se abría detrás de ella, pero siguió mirando hasta que la figura desapareció en la oscuridad, antes de cerrar los ojos. Y con toda su alma abierta a esa muchacha que no podía oírla, se puso el puño sobre el corazón y dijo:

—Adiós.


FIN


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