Resucitada

jtd



Descargo general: Xena y Gabrielle pertenecen a Universal/Renaissance. No se pretende infringir sus derechos de autor.
Descargo adicional: Ni violencia, ni sexo, ni lenguaje soez. Puede haber detalles de episodios hasta El dios temeroso del niño. Es una breve viñeta.
Escribid a jtd a bard@jtd.de

Título original: Resurrected. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


No sabía nada de la belleza del amanecer hasta que morí.

Nada del silencio total, nada de ese momento, el más frío y oscuro de la noche, cuando tras horas de oscuridad impenetrable uno tiende a creer que jamás terminará. Y en ese preciso momento, nace un nuevo día. Lo anuncian las voces titubeantes de los pájaros, y mientras estoy aquí sentada, encima de esta roca, a la espera de que los primeros rayos del sol me besen la cara, la niebla se dispersa y mis ojos se posan en la única persona de mi vida que ha conocido más oscuridad de la que yo conoceré jamás.

Está ahí tumbada, de lado, hecha un ovillo protector, y arrebujada en las pieles. Y con el naciente amanecer, su belleza sale a la superficie y se intensifica, y yo la contemplo, incapaz de apartar la mirada.

Yo soy su protectora.

Acaricio la suavidad de su mejilla y beso los frágiles párpados de sus ojos. Sus cabellos oscuros se deslizan entre mis dedos como seda líquida y aspiro el calor de su cuerpo, pues mis sentidos son adictos a ella. Su presencia me penetra, ella corre por mis venas, me la como y me la bebo entera con un placer inagotable. Pero sigo sentada, simplemente mirándola, mientras mi mente la envuelve por completo.

Me bajo de mi roca y mis pies descalzos tocan la hierba mojada de rocío. Me muevo alrededor de ella y de su morral, para buscar su espada.

Hace tiempo que empecé a usar una, y ella me confía la suya para que nos proteja a las dos. Recuerdo el dolor de sus ojos cuando me la dio la primera vez después de que muriéramos, y en el momento en que la alcé con su consentimiento, las dos enterramos el alma de una niña inocente de Potedaia. Este dolor sigue conmigo cuando desenvaino la hoja, notando su peso al agarrar la empuñadura. Me coloco al lado de mi roca y empiezo a moverme.

Hace tiempo, empezaba el nuevo día con el apacible arte del yoga, y ahora aquí estoy, saludándolo con una espada. Me parece apropiado, de algún modo, haber dejado algo atrás cuando morí. Busco a menudo esa parte de mí como uno lo hace con una muela que le acaban de quitar. Ese punto sigue dolorido y da una sensación de vacío, pero lo que intento tocar ya no está, y yo ya no estoy muerta. Lloro la pérdida de la inocencia y, al mismo tiempo, desprecio la ingenuidad que me hacía buscar cualquier cosa que prometiera la redención de mi sufrimiento. La espada traza un arco mortífero mientras me debato con la persona que intentaba ser y lo que soy ahora. Una vocación de la que no hice caso en el pasado porque estaba tan inmersa en el dolor que me dolía hasta respirar.

Estoy jadeante cuando acabo, y la espada se ha convertido en parte de mi cuerpo. Nunca de mi alma, eso jamás. Sonrío apoyada en su empuñadura, usándola como bastón, y el sol baña mi piel con sus rayos matutinos. Una herramienta en mis manos, es lo que es esta espada, y nada más.

La oigo moverse, y sé que está despierta. Cuando me vuelvo, sus ojos cristalinos se posan en mí y me saludan como a algo hermoso de ver. Voy hasta ella, envainando de nuevo su espada, y, tras sentarme a su lado, compartimos la paz matutina de un sol naciente.

A su lado descubrí quién soy. Morimos, y sin embargo aquí estamos. Y tras el crepúsculo, sin duda nos espera un nuevo amanecer.


FIN


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