Lo que no se ve

Seana James



Descargo general: Ya sabéis que no son mías. No hago esto por dinero, sólo por correos de adoración (notmy_realname@yahoo.com para los que queráis empezar a adorarme ya). Doy las gracias a Renaissance y demás, a los productores y a todas las personas implicadas por inventar a unas mujeres tan maravillosas a las que poder admirar, desear y respetar. También doy las gracias a LL y a ROC simplemente por ser. Son dos actrices formidables que han dado vida y amor a una pareja de personajes que merecen la pena.
Advertencias de subtexto: Bueno, no sería Xena, la Princesa Guerrera si no hubiera algo de ambigüedad sexual, pero según avanzamos, el sexo se hace menos ambiguo. De hecho, se hace decididamente lésbico. Creo que Afrodita como que daría su aprobación, o sea, ¿no?
Copyright y episodios desvelados: Esto es mío, mío, todo mío... bueno, salvo por lo que he dicho más arriba. No me plagiéis y pagadme si descubrís un modo de publicarlo porque tiene copyright y os daré caza. Se revelan detalles de La conversa.

Título original: What They Don't See. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


—¿Qué clase de guerrero mata a alguien y luego tiene pesadillas sobre ello todas las noches?

Las palabras de Joxer se repiten en mi cabeza una y otra vez mientras recorro el perímetro. Había notado la mirada que me lanzó Gabrielle, pero no hice caso. Sabía perfectamente qué clase de guerrero hacía eso: yo. El problema era que nadie se creería mi respuesta salvo ella. Me había abrazado durante tantas pesadillas, mías y suyas.

—Xena. —Su voz suave no me sorprende. Sabía que me seguiría en cuanto tuviera a la gente acomodada para pasar la noche. Hay cosas en la vida con las que se puede contar, pase lo que pase. Que Gabrielle me siga para mantener una conversación delicada es una de ellas.

—Aquí —contesto, acercándome a ella por detrás.

Se gira al instante, ya en postura defensiva, da igual que no tenga la vara. Las dos sonreímos como si me leyera la mente.

—Eres una maestra demasiado buena —dice encogiéndose de hombros.

Echamos a andar juntas, reanudando mi circuito.

—¿Estás bien?

—Claro. —Sonrío como si no importara, pero no la engaño.

—No ha querido decir nada con eso —me dice—. Él no sabe...

—Lo sé.

Con un gesto tan habitual que no creo que se dé cuenta de que lo hace, me rodea el brazo con la mano y las yemas de sus dedos acarician inconscientemente la fina cicatriz blanca que tengo en la parte externa del bíceps. Siento esa caricia hasta el fondo de mi ser. Una espada persa me cortó ahí durante aquella defensa frenética en el tejado de la armería. En su momento ni lo noté, pero después —una vida después— ella sí. Y la había tocado a menudo con manos suaves o labios tiernos, como para acordarse o volver a asegurarse de todo lo que habíamos sobrevivido, todo lo que habíamos prometido. Siempre me había llevado al llanto... o al orgasmo.

Me detengo y me suelto.

Frunce el ceño.

—No sabía que seguías enfadada.

—No estoy enfadada —miento como si nada—. Ya he dicho lo que tenía que decir.

Su cara me dice que sabe que estoy mintiendo y que se esperaba más de mí. Me sorprende lo desafiante que hace que me sienta. Cree que sólo estoy celosa, que mi ego no puede soportar su interés por alguien que me ha vencido en combate. Y en parte tiene razón, pero eso no es todo.

Una parte de mí está celosa como Hera, pero una parte mayor está enfadada en realidad con Gabrielle, no con Najara, y conmigo misma. Con ella por fiarse del estúpido cuento de la conversión de esa fanática chiflada y conmigo por enfadarme al ver que ella todavía —incluso después de todo lo que ha ocurrido— quiere ver lo mejor en todo aquel que conoce. ¿Dónde estaría yo, me pregunto, si no lo hiciera? Nunca se habría ido de Potedaia en pos de aquella ex señora de la guerra amargada y poco comunicativa; nunca me habría perdonado por intentar matarla en Amazonia; y nunca habría sacrificado su vida por la mía en aquel templo. ¿Y yo? Nunca habría sabido lo que era el amor verdadero.

—Xena —suspira—. No he venido aquí para volver a empezar toda la discusión.

—¿Entonces por qué has venido? —Oigo el tono cortante de mi voz.

—He venido porque... porque te echo de menos.

—Gabrielle, llevamos semanas sin separarnos.

—Estamos separadas desde que reapareció Najara —contesta, y sus ojos me retan a contradecirla.

Yo, que he achantado a dioses y señores de la guerra con los ojos, soy la primera en apartar la mirada.

—Es difícil, con toda esta gente alrededor —murmuro, mintiendo como una bellaca.

Ella se da cuenta perfectamente.

—Nunca lo ha sido.

—Joxer...

—Está durmiendo al otro lado del campamento. Y estoy segura de que no te preocupa nada que Najara nos oiga. —Su mano se posa en mi mejilla—. Seguro que quedarías como una gran guerrera si nos oyera, ¿a que sí?

—Gabrielle... —Ese tono de advertencia, desde el fondo de la garganta, antes hacía que los hombres se mearan encima. Veo cómo controla la sonrisa antes de que le curve la boca, pero reluce en sus ojos cuando me mira a través de las pestañas.

—Xena, no me vas a obligar a suplicarte, ¿verdad? —susurra, con tono también grave.

No tengo defensa para esa voz. Consigue siempre pararme en seco, se me afloja la mandíbula y mi cerebro se va a una especie de limbo, el mismo limbo donde la besé por primera vez, donde la oí decir que me quería por primera vez.

Se pega a mí antes de que pueda retroceder, y sus brazos fuertes y suaves me rodean el cuello, tirando de mí hacia abajo.

—Nena —susurro contra sus labios y noto cómo se derrite y suspira. Ese suspiro es mi ruina. Ha pasado demasiado tiempo y ella me conoce demasiado bien. La tensión sexual, entre nosotras, rara vez tarda tanto en liberarse. La necesito ya.

Esta mujer es tu dueña, guerrera, dice riendo una voz profunda y oculta, y trato de soltarme, intento apartarme con delicadeza, intento buscar una razón para no hacer esto, pero las manos de Gabrielle se mueven por mi mejilla, por mi cuello, por debajo de los tirantes de mi túnica de cuero y me pongo a temblar tanto como ella.

—No deberíamos —insisto, aun cuando mis dedos encuentran los bordes del corpiño del sari y se empiezan a meter por debajo.

—Lo haremos deprisa —dice sonriendo, y me desnuda los hombros, posando su boca sobre la piel recién expuesta.

Es todo bastante apresurado, pero tierno y amoroso a pesar de ello. Después, dedicamos un momento a yacer juntas, abrazadas sobre el caos de ropa tirada. Me pasa un dedo juguetón por y alrededor del pezón, observa cómo se endurece y luego cómo vuelve a relajarse.

—Te quiero —susurra.

—Lo sé.

—¿Sigues enfadada conmigo?

—Qué va... ¿Y tú?

Sonríe.

—No.

—Pues ha funcionado —comento, sonriéndole con intención, y ella me sonríe arrugando la nariz.

—Siempre funciona —dice, encogiéndose de hombros.

Nos echamos a reír y nos ponemos en pie, besándonos una última vez antes de regresar a nuestro poblado campamento.


FIN


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