Para lo que son las historias

IseQween



IseQween@aol.com
Mayo 2002
Advertencia: Lo siguiente se basa en Una amiga en apuros.

Título original: What Stories Are For. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2011


Premio Xippy


Llego demasiado tarde, pero a tiempo. Todavía se sostiene en pie, aunque se tambalea, y se derrumba en el suelo sólo ahora que ya he llegado. Me abro paso a través de los pocos que me ha dejado con una furia que hace huir a los últimos de este demonio que sigue los pasos de aquella a la que han abatido.

Salto por encima de los cadáveres, avanzo por la sangre hasta que la alcanzo. Me arrodillo con cuidado junto a su cuerpo caído. ¡Cuántas flechas! ¡Cuántas heridas! ¿Dónde me atrevo a tocar? Estoy como una idiota con las manos en el aire encima de ella, más preocupada por hacerle daño que por comprobar si da señales de vida.

Debe de percibirme. Se mueve. Sus pestañas se agitan y se abren poco a poco. No creo que me vea al principio, pero sólo necesita enfocar la vista. Cuando lo hace, me hace objeto de su sonrisa de medio lado. Frunce el ceño, preguntándose por qué estoy así, muda, inmóvil. Se da cuenta de mi problema, levanta débilmente una mano hasta una flecha incrustada en su hombro.

—Rompe...

No quiero causarle más dolor, pero pienso que no es momento de discutir. Y menos si quiero estar cerca de ella antes de que... antes de que sea más que demasiado tarde. Agarro esta primera flecha y la miro a los ojos.

—¿Lista?

Asiente.

Normalmente intento no mirar cuando hago esto, pero ahora debo hacerlo. Normalmente ella cierra los ojos para protegerme. Ahora no lo hace. Las dos notamos que es posible que no tengamos otra oportunidad como nos ocurre normalmente.

Rompo el astil. Ella hace una mueca de dolor. Nos sonreímos con sorna, agradecidas de que todavía pueda sentir algo. Espero un poco antes de romper las flechas que tiene por encima de la cadera, en el muslo, las que le atraviesan la pantorrilla. Sé que por las prisas las he roto un poco demasiado por arriba, que las dos vamos a notar los cabos. De todas formas, la estrecho rápidamente entre mis brazos. Noto que le cuesta seguir conmigo.

—¿Qué más puedo hacer por ti? —pregunto, acariciándole el pelo.

—Mmmm —murmura—. Así basta. Como... siempre.

Noto las lágrimas que me caen por la cara. Por costumbre, empiezo a enjugármelas, pero dejo que consagren su coronilla. Para ser sincera, no hay nada de mí que no pueda tener.

—Quiero hacer más —susurro, sin molestarme en disimular cómo me tiembla la voz—. Siempre he querido.

Me aprieta el brazo con que la sostengo.

—Lo... sé.

Noto que intenta echar la cabeza hacia atrás. La ayudo. Me sonríe, con cara de niña.

—Canta.

Me quedo pasmada.

—¡¿Que cante?!

Me guiña un ojo. En sus ojos percibo anhelo detrás de la picardía.

Nerviosa, balbuceo:

—P-p-pero, Xena, ya sabes que no sé...

Enarca esa ceja, se pega más a mí, haciendo un enorme esfuerzo por enfocar la vista. Eso me recuerda que puedo hacer prácticamente cualquier cosa por ella.

—Vale. —Me pongo a tararear algo que oí aquella vez en que Ares se hizo pasar por su padre. Una melodía de su infancia.

—Mmmm. —Se le cierran los ojos. De alguna parte saca fuerzas para tararear conmigo. Cuando su melodiosa voz se desvanece en el silencio, me quedo casi ensordecida por el zumbido que me asalta los oídos.

—¿Xena? —la llamo suavemente, aguantándome la necesidad terrible de golpearla en el pecho, obligándome a acariciarle la mejilla.

Sus pestañas se agitan.

—Sí.

¡Cuántas cosas quiero decir! ¡Todas esas palabras que llevo dentro! ¡Demasiadas donde elegir! ¡Ay, dioses, no dejéis que me fallen ahora! Mis labios se mueven. Me oigo decir simplemente:

—Me alegro tanto de haberte seguido.

Abre los ojos con dificultad.

—No.

Algo se derrumba dentro de mí.

—¿No? —¡¿No?! Después de todo, de todo el bien que hemos hecho, no es posible que piense...

Me mira como si yo fuese el aire que respira, el sol sobre su cara, la tierra en la que hunde los pies.

—No... yo me... alegro... de haberte... seguido. —Sus dedos temblorosos suben hasta mis labios y logran acariciarlos antes de que yo atrape su mano al caer—. Mi... Gabrielle.

Bebemos la una en los ojos de la otra, haciendo acopio de amor para toda la eternidad. Yo soy la primera que acaba demasiado llena. Pego su cabeza a mi pecho, incapaz de ver cómo se nubla el azul, cómo se aflojan los labios blancos. La mezo suavemente, tarareando de nuevo, mientras siento el tirón de su peso muerto y cómo va desapareciendo el calor de sus miembros. Le cuento historias de campos de batalla sin sangre, donde la vida corre entre risas y ríos relucientes, donde dos almas errantes se pierden la una en la otra y encuentran su camino.

Sólo cuando ya ha oscurecido —tanto que me acuerdo de mostrarle tomándole el pelo lo que se puede ver en las estrellas— la suelto por fin. Le quito la ropa de combate destrozada que ya no puede servirnos de nada a ninguna de las dos. Le limpio con ternura la sangre y la suciedad que ella podría haber aceptado, aunque no esperaría de mí que la dejara descansar así. Paso un rato contemplándola a la luz de la luna como vino al mundo: desnuda y vulnerable como lo ha estado conmigo. Por fin la envuelvo en tiras de lino que trajimos de Egipto.

Preparo su último lecho. Parecía resignada a yacer allí donde cayera, aunque una vez me comentó que esperaba que fuese junto a Liceus. Aparte de eso, no creo que pensara mucho en ello. Yo sí, aunque no porque quisiera. Era una eventualidad a la que sólo podía enfrentarme si me imaginaba a mí misma descansando a su lado. En última instancia, lo único que ella no quería.

Bueno, lo que ocurra a continuación es ahora decisión mía. Qué hacer conmigo, pero también qué hacer con ella. Nunca quise imaginármela confinada, enterrada, en la oscuridad. Fría. Inmóvil. Se parecía demasiado al fuego que he elegido en cambio. Una energía caliente, saltarina, crepitante que se eleva hacia el cielo. Patentemente peligrosa en un momento dado, desgarradoramente delicada y esquiva al siguiente.

Es curioso, tampoco me había imaginado cenizas. Tal vez por eso la urna me crispó tanto los nervios, aunque, en ese momento, no sabía que ya iba a llegar tarde. Me la quedaré, por supuesto, pero no como recuerdo de lo que ha ocurrido de verdad. No. Su muerte ha sido una cosa. Desde el principio supe que más me valía prepararme para eso. ¿Pero correr frenéticamente para descubrir que mi aliento, mi sol, mi tierra se habían desvanecido salvo por un círculo ensangrentado de acero? ¿Convencida por honor de que tenía que aceptar el fantasma de mis sueños, de mi vida? ¿Privada de su tributo final, vomitando en cambio al ver el espantoso trofeo en que un ladrón había convertido su precioso, hermoso...? No.

Sí, estoy viva. Ella consiguió lo que deseaba, menuda sorpresa, y a mí no me dejó más elección que hacer honor a ese deseo. La urna, su chakram, mi soledad son sin duda prueba de ello. No voy a negar mi parte de responsabilidad ni el amor que la impulsó a morir sin mí. Nada puede empañar la alegría de saber que diría que yo nunca podría llegar demasiado tarde, que la salvé desde el principio, que la ayudé a encontrar algo de paz al final, que sin duda llegaré a tiempo otro día. No puedo cambiar nada de eso, aunque quisiera. ¿Pero el recuerdo? El recuerdo es para los vivos.

Todavía tengo imaginación. Todas esas palabras que saboreaba en otro tiempo... ahora agridulces e insuficientes. Servirán, como siempre lo han hecho, con el tiempo. Tanto tiempo, y nada que me impida emplearlo haciendo honor también a mi propio deseo: recordar que estuve con ella. Que cerramos juntas este capítulo de nuestra vida. Que mis manos, mi voz, fueron las que la enviaron a su viaje final. Que vive en las llamas que iluminan mis noches, en las volutas de humo que me quitan el aliento al amanecer, en las brasas siempre ardientes que atizo para volver a prender mis días. ¿No es eso, a fin de cuentas, para lo que son las historias?


FIN


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