¿Hay alguien escuchando?

Harpy



Descargos: Universal y Renaissance Pictures poseen los derechos sobre los personajes. Yo poseo los derechos sobre el relato.
Se agradecen comentarios: harpy1553@yahoo.co.uk.

Título original: Anybody Listening? Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


La nieve hace un ruido ensordecedor en un mundo silencioso. Pero poquísima gente se toma la molestia de escuchar. A menudo pasa inadvertida, como la voz del corazón.

Gabrielle contempló la nieve que se colaba suavemente entre los árboles. Le pareció que hacía un ruido delicado, como un suspiro.

Podría ser bonita, pensó. Si no fuese tan fría y gris. La mujer rubia sorbió y se frotó la nariz enrojecida con el dorso de la mano protegida por un guante de piel. Siguió caminando y se detuvo de golpe.

Había avistado a su presa. Hizo coincidir su respiración con sus pasos cautelosos. Apuntó.

Cuidado, se advirtió a sí misma. Con calma. ¡Ya!

Xena estaba inclinada recogiendo leña cuando sus sentidos la alertaron. Se irguió, se giró y atrapó la bola de nieve que, si se hubiera quedado en la misma postura de antes, le habría dado de lleno en el trasero.

—¡Vas a tener que hacerlo mejor! —le gritó a su atacante.

Gabrielle salió de entre los árboles y al instante fue alcanzada en plena frente por su propia bola de nieve.

—Se hace así —dijo Xena riendo.

—Muy graciosa —dijo Gabrielle, quitándose la nieve de la cara.

Xena recogió la leña y se dirigió a una casucha cercana.

Habían encontrado la casa abandonada durante la primera noche de nevada, dos días antes, y los treinta centímetros de nieve acumulados a la mañana siguiente les indicaron que debían quedarse allí hasta que se despejara.

La leña pasó a formar parte de una gran pila situada en un rincón.

—Creo que con eso tenemos para un par de días más —dijo la guerrera.

Gabrielle sirvió caldo en un par de cuencos y le pasó uno a la guerrera.

—Cuando era pequeña me encantaba la nieve —comentó con nostalgia.

—Pues ahora sí que tienes nieve para regodearte.

—Y no parece que vaya a parar.

—Calculo que podrían pasar un par de días hasta que se derrita cuando pare y antes de que podamos salir de este valle.

Gabrielle puso cara de descontento y paseó la mirada por la deprimente estancia. La idea de pasar más tiempo aquí metida no le hacía gracia, pero era mejor que estar fuera. Se sentó.

—Me aburro. ¿Quieres oír una historia?

Xena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Tal vez más tarde —añadió al ver la cara de desilusión de la bardo.

La mujer más joven miró a la guerrera. La había conocido seis meses antes y se le había metido la idea en la cabeza de hacerse guerrera ella también, pero su talento apuntaba en otra dirección. No era una luchadora, al menos por ahora. Xena había disuadido a Gabrielle de coger un arma, pero la bardo había observado a la guerrera en acción y había asimilado unas cuantas lecciones. Además, ahora era princesa amazona, tenía que aprender a defenderse.

—¿Podrías enseñarme algunas maniobras de combate con la vara? —preguntó Gabrielle.

—¿Mmm? —Xena apartó la vista del fuego—. ¿Qué has dicho?

Gabrielle repitió la pregunta.

—Mañana habrá tiempo de sobra. ¿Por qué no escribes algo? —Xena pretendía animarla, pero le salió como una orden. A veces le costaba tratar a Gabrielle como a una amiga: estaba acostumbrada a estar rodeada de soldados y a dar órdenes. Tener una amiga y mantener una conversación eran habilidades que había descuidado.

Gabrielle cogió un pergamino y una pluma y se puso a hacer dibujitos.

—¿No se te ocurre nada que escribir? —preguntó Xena.

—No. Ya he agotado todas nuestras aventuras. Necesito algo nuevo.

—Pues escribe lo primero que se te ocurra. ¿Qué estás pensando en este momento?

Gabrielle miró a la guerrera. Estoy pensando en ti, pensó. Es algo que llevo haciendo desde que te conozco. Me intrigas. Para ser una persona tan fuerte y poderosa, que destila seguridad en sí misma en el combate, puedes mostrarte vacilante y nerviosa cuando se trata de contacto emocional. Lo veo en tus ojos: el miedo a la posibilidad de conectar. ¿O es miedo a resultar herida? ¿Es eso lo que te ha ocurrido en el pasado? ¿Conectaste con alguien y eso te hizo daño? ¿Por eso tienes miedo ahora? Incluso en medio de una multitud, estás sola. Levantas un muro entre la gente y tú. Es como si fueses una isla, separada del continente por un mar infestado de tiburones. Tiburones que tú has puesto ahí y a los que has matado de hambre a propósito para que ataquen a cualquiera que se atreva a cruzar. A veces me pregunto si conseguiré conocerte. Para ti es tan natural ser una desconocida, ser misteriosa. Pero si no quisieras que la gente se interese por ti, no serías así. ¿Es una especie de ruego por tu parte? Al rechazar el contacto, no haces más que atraer a aquellos que tienen la voluntad suficiente, el valor suficiente de enfrentarse a tus defensas. Atraes a aquellos que tienen la voluntad suficiente, el valor suficiente de soportar tu amor. Pues escucha mi ruego. He visto esta isla que has construido para vivir y no puedo dejarte ahí sola. Estoy dispuesta a cruzar esas aguas para llegar a ti. Pero no voy a vivir allí. Te quiero aquí conmigo, en el mundo real. Quiero tenderte la mano. Estoy convencida de que tú quieres que lo haga. Ayúdame a llegar a tu isla.

—En nada —dijo Gabrielle—. No estoy pensando en nada. A lo mejor podría escribir sobre tus pensamientos. ¿En qué estás pensando?

Estoy pensando en ti, pensó la guerrera. Es algo que llevo haciendo desde que te conozco. Me intrigas. Entraste en mi vida como un sol nuevo: brillante, cálido, luminoso. Algo que no se podía pasar por alto. Has hecho que mi pasado parezca haber transcurrido en la oscuridad. Antes de que llegaras, creía ser libre, pero tú me has enseñado lo que es la auténtica libertad. Todos aquellos años eran iguales: grises y apagados. No me sentí viva hasta que te conocí. No sentía que tuviera algo por lo que vivir. Siempre creí saber qué era la belleza, pero tú la trasciendes. Como la belleza, tú eres algo que va mucho más allá de lo superficial. Tu presencia me afecta de una forma que hace que me sienta maravillosa y asustada al mismo tiempo. No tengo palabras para describirte: seguro que no existe ninguna en ningún idioma conocido para hacerlo. Si mañana decidieras dejarme y yo llegara a vivir hasta los cien años, jamás te olvidaría. Estás dentro de mí, tanto si lo sabes como si no. Nadie puede arrebatarme eso. Nadie puede arrebatarte de mí.

A Gabrielle le pareció ver un destello en los ojos azules de la guerrera y abrió la boca para hablar, pero Xena guardó silencio.

—¿Y bien? ¿Qué estás pensando? —la instó.

—Nada —dijo Xena y se volvió para contemplar el fuego.

Fuera, desaparecibida para muchos, la nieve suspiró.


FIN


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