Siempre

Grit Jahning



Descargos: No, ninguna de ellas es mía. Aunque sería divertido, ¿verdad? :-) Pero las volveré a dejar en su sitio. En serio...
Violencia: No.
Subtexto: ¡Sí! En todo el relato. En realidad, el subtexto es la razón de que haya escrito esto... :-) Si sois demasiado jóvenes u os molesta la idea de dos mujeres enamoradas, no leáis esta historia.
Nota final sobre el relato: Empecé a anotar unas ideas que se me habían ocurrido y acabaron convirtiéndose en la secuela de mi relato post-FIN Jamás. Imaginaos... :-) (La verdad es que no tenéis que leer Jamás, pero... os convendría... :-)) Si os gusta, hacédmelo saber. Si no os gusta... también podéis hacérmelo saber.
Estoy en: gritjahning@hotmail.com

Título original: Always. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


...tanto tiempo
tanto dolor
pero hay una cosa
que aún permanece
la forma en que me quería
el amor que compartíamos
y a través de todo
siempre ha estado ahí...

La luna iba desapareciendo despacio tras una ancha franja de gris pálido a medida que el nuevo día se abatía sobre el mundo. El sol naciente sólo era un indicio de profundo rojo en el horizonte. Una promesa sin hacer aún...

Pero ya pintaba el mar revuelto de un rosa pálido que suavizaba los contornos de un objeto oscuro que rompía las olas hambrientas.

El barco avanzaba despacio al ritmo antiguo del océano, confiando su destino a unos elementos tan viejos como el tiempo. Una brisa fuerte atrapada en las pesadas velas empujaba al barco hacia delante. Las cuerdas crujían con cada movimiento del gastado paño.

En lo alto gritaban gaviotas y albatros. Sus voces melancólicas formaban una capa constante de sonido desde que zarparon del puerto meses atrás.

Una eternidad atrás...

Vidas enteras atrás.

Unos ojos claros contemplaban la danza de las aves allí delante. Se sumergían en la oscuridad profunda del mar para regresar con un pez y se peleaban con sus congéneres. Sus voces estridentes resultaban casi espeluznantes al amanecer, cuando no se oía nada salvo el suspiro suave de la madera y los ronquidos del guardia de noche.

El fresco viento de la mañana agitaba unos cabellos oscuros, pegándolos a unos rasgos angulosos.

Un suspiro silencioso, que ni siquiera estremeció el aire.

Movimiento en silencio. Un figura alta se volvió para captar los primeros indicios de sol, cuyos rayos vacilantes se arrastraban por las tablas de madera gastada, creando sombras en la borda, sombras que se tragaron una silueta persistente de la noche.

Se oyeron unos chapoteos cuando los delfines reanudaron su carrera junto al barco. Su risa infantil rompía el silencio que se había formado al caer la noche.

Mascullando ásperamente, el marinero que hacía guardia se despertó. Rascándose la tripa, se estiró y miró a su alrededor, advirtiendo con una sonrisa satisfecha que aún quedaba un poco de vino de anoche. Se rió entre dientes y meneó la cabeza afeitada con placer mal disimulado.

Murmuró algo en un idioma extraño y echó un buen trago.

Ni siquiera notó la sombra que pasaba a su lado, rozando por un instante su cuerpo flaco, lo cual le produjo escalofríos en la espalda.

Y desapareció bajo cubierta.

Tendría que haberlo tirado por la borda. Pedazo de inútil...

La vieja madera del barco no emitía el menor crujido. La parte interna se mantenía en silencio y en paz. El sonido apagado de los ronquidos reverberaba por los camarotes ocupados por la tripulación. Al final del estrecho pasillo, una puerta pequeña llevaba a una estancia que antes era un almacén, pero que se había convertido en un camarote improvisado.

Para la única pasajera de a bordo.

La puerta no se movió y, sin embargo, brilló trémulamente por un segundo y pareció casi translúcida.

En la estancia no había gran cosa. Una mesa. Una silla. Un camastro estrecho. Una bola de manta y almohada visible. Y dentro de esa bola de ropa de cama, una cabeza clara. Y una respiración profunda.

Una sombra se posó en la cama, creada por los rayos de luz que entraban en la estancia por un ventanuco. La cabeza rubia brilló cuando una suave brisa agitó el cabello despeinado.

Casi como una caricia vacilante...

Unos claros ojos azules contemplaron los juveniles rasgos. Aunque parecían relajados al dormir, todavía quedaban los últimos restos de inquietud, de dolor.

Una mano delicada se posó en un hombro que se movía despacio y bajó para acariciar una tripa caliente.

Dormilona...

La pequeña figura se movió. Un ligero sonido. Luego silencio de nuevo.

Una leve sonrisa en unos labios rojos. Una cabeza morena que se acercó más. La brisa fresca de la mañana acarició la bonita forma de una oreja. El desayuno está listo.

Otro movimiento. La sombra era un color activo sobre la manta. Otro sonido ligero desde las profundidades de la manta.

De repente, la pequeña figura se quedó paralizada.

Los ojos claros se nublaron de tristeza cuando una voz suave flotó por la estancia silenciosa.

—...¿Xena...?

Estoy aquí, Gabrielle. Siempre estoy aquí.

La voz grave no rompió el silencio y sin embargo, llegó directa a un alma doliente, cogiéndola en sus manos delicadas para evitar que se hiciera pedazos.

—...oh, dioses, por favor...

Las lágrimas resbalaron por las facciones delicadas y Gabrielle se hizo un ovillo, apenas capaz de soportar el dolor que parecía llenar cada rincón de su alma.

Sintió que el aire se movía a su alrededor cuando la sombra se tumbó a su lado. Sintió un calor dolorosamente familiar que la envolvía en un estrecho abrazo.

No se atrevió a volverse. Y sin embargo, necesitaba verla. Los claros ojos verdes se cerraron y la pequeña figura se volvió. Su mente se llenó con la imagen de Xena. Esos increíbles ojos azules... su sonrisa...

Alargando la mano, tocó unas facciones marcadas. Las acarició con necesidad desesperada, notando que la fuerte figura que la rodeaba se echaba a temblar.

—...por favor... no me sueltes... nunca...

La sombra se movió en una oleada de emociones. Unos dedos temblorosos tocaron los chorros de lágrimas, sin interrumpir su flujo.

Jamás... siempre estaré aquí, Gabrielle... siempre...

La pequeña figura se acurrucó más en el abrazo, sin importarle el ruido de la tripulación al despertarse que se colaba en el pequeño camarote, ni el ruido de las olas al estrellarse contra el cuerpo del barco.

Sólo escuchaba una respiración profunda y rítmica. Unos fuertes latidos. Dedos tiernos que le acariciaban la cara...

Los ojos claros se cerraron, llevándolas a un mundo propio...

Un suspiro silencioso. Caricias en el pelo rubio.

Siempre.


FIN


Continuación: Nunca


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