Nunca

Grit Jahning



Descargos: Aunque sería divertido... no, no son mías y sí, las volveré a dejar en su sitio... :-)
Subtexto: Sí. De eso trata este relato, a fin de cuentas :-)
Violencia: En esta historia, no.
Nota final: Esto es la tercera parte de una serie de relatos breves que ocurren después de Una amiga en apuros. El primero fue Jamás, luego vino Siempre y éste se puede considerar una secuela de Siempre. Aunque no tenéis que leer los otros dos para comprender de qué va la historia... podéis hacerlo si queréis... :-)
Si queréis hacer algún comentario sobre la historia, podéis poneros en contacto conmigo en: gritjahning@hotmail.com

Título original: Ever. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


...es cómo me hace sentir
es lo único que es real
es cómo me comprende
es mi amante es mi amiga
cuando la miro a los ojos
es cómo me siento por dentro...

Las olas acariciaban perezosas la madera gastada del barco, madera oscurecida por el agua y cubierta de costras de sal. La panza del barco se mecía suavemente sobre las grandes olas al pasar. Las cuerdas crujían tirantes. Pasos pesados sobre tablas sonoras. Las gaviotas revoloteaban alrededor del barco, se sumergían en el mar y salían con peces que se debatían.

Luego un grito áspero.

Unas manos sucias apretaban la borda mientras unos ojos oscuros escudriñaban la niebla que flotaba en el horizonte a la espera de los contornos anunciados del puerto. Unas mejillas cubiertas de barba rala se movieron con una sonrisa cuando un rayo de luz atravesó la niebla. El faro situado a la entrada del puerto. Lo habían conseguido.

Los cuerpos tiznados de sol y suciedad empezaron a moverse apresurados por la cubierta, izando las velas al viento para situar mejor el barco hacia la embocadura acogedora del puerto.

Risas. Voces ásperas entonando una canción sin sentido ni melodía, pero que expresaba toda su felicidad tras meses en el mar donde no había nada más que agua y peces. Sol y cielo.

Muerte y vida.

Pero el cercano puerto significaba que por un momento podrían recrearse en los pequeños placeres a los que habían tenido que renunciar al emprender su viaje.

Los hombres sonreían de oreja a oreja. Hablaban ya de los bares que iban a visitar. De las mujeres que iban a encontrar para aliviar todas esas fantasías que los habían sostenido durante los largos... largos meses.

Una brisa acarició la masa móvil de cuerpos ajados.

A su paso provocó un estremecimiento en la espalda del marinero que acababa de salir a cubierta, haciéndole vacilar un momento antes de cerrar la puerta de nuevo. Sacudiendo la cabeza calva, se encaminó hacia el capitán, que estaba en medio de la cubierta, observando el trabajo de sus hombres.

Dentro el barco estaba oscuro y fresco.

El estrecho pasillo que llevaba a los camarotes de la tripulación así como al del capitán estaba iluminado sólo con dos velas colocadas al principio y al final del pasillo, creando gruesas franjas de sombra en el suelo y las paredes que bailaban cuando la luz se inclinaba debido a los movimientos del barco.

Y por un momento pareció incluso que una de ellas se movía.

Que llegaba a la última puerta situada al final del pasillo.

El pequeño almacén que se había transformado en un camarote improvisado en el que no había más que un estrecho camastro y una mesa. Un ventanuco permitía ver el cielo, en este momento cubierto de pesadas nubes.

Una figura menuda estaba delante de la ventana. Sus ojos verdes contemplaban la sólida pared de gris, distinguiendo las siluetas oscuras de las gaviotas y otras aves que les daban la bienvenida.

Luego esos ojos se cerraron cuando una brisa rozó su espalda desnuda.

Una caricia suave, pero vacilante...

Como si trazara el tatuaje que había allí.

Gabrielle tomó aliento temblorosa y se puso la camisa que tenía en las manos, cubriendo la colorida imagen del dragón.

Me gusta.

Una ráfaga de viento le agitó el pelo de la nuca.

Se apartó de la ventana y se sentó en el camastro, que aún estaba caliente, puesto que acababa de levantarse. Una de sus manos se posó en la almohada. Sus dedos temblorosos acariciaron la superficie.

—A mí no. —Su voz grave movió el aire por un momento.

Empezó a abrocharse la camisa. Sus cejas claras se fruncieron con evidente rabia porque el viento no dejaba de tirar de la tela.

—¡Basta!

Silencio.

La pequeña habitación se llenó sólo de su respiración. El crujido suave del camastro. Ni siquiera el polvo se agitaba por algún movimiento. Una vez más, los ojos verdes se cerraron y Gabrielle soltó un suspiro lento, hundiendo la cara en las manos.

Lo siento.

Una risa triste, más parecida a un gemido dolorido que a una risa. Y se volvió para guardar su camisa de dormir y dos pergaminos que estaban al lado del camastro. Volviéndose hacia la mesa, vaciló, tocando casi con los dedos la urna que seguía allí. Oyó las voces graves de los hombres en la cubierta, sus pasos pesados mientras se preparaban para meter el barco en el puerto. Ya olía un aroma extraño que parecía ser una mezcla de hierbas y frutas.

Gabrielle...

Cogiendo la urna, la metió en su zurrón con cuidado, con delicadeza, y se levantó.

—No pasa nada.

Esta vez la caricia de la brisa apenas fue detectable. Pero ahí estaba, tocándole la cara por un instante. Sin pensarlo conscientemente, acercó la cara a la caricia, mordiéndose el labio inferior para evitar que le temblara.

Un estremecimiento recorrió el barco entero.

Las voces de fuera subieron de volumen. Más risas mezcladas con música y los gritos estridentes de las gaviotas. Ahora que estaban en el puerto el olor a pescado y lana húmeda se hizo más evidente y Gabrielle arrugó un poco la nariz.

Luego levantó el chakram que estaba encima de la mesa, moviéndolo para captar los pequeños destellos del metal reluciente. Estuvo a punto de colgárselo del pequeño gancho que llevaba al cinto, pero dudó y luego lo metió también en el zurrón.

Su mano tocó la madera basta de la puerta. Dejar la habitación significaría enfrentarse a la vida, de nuevo. Enfrentarse a toda la gente de ahí fuera... sola...

No estás sola.

La cabeza clara se volvió ligerísimamente. Los rasgos delicados parecían cansados y los ojos verdes carecían de su brillo habitual.

—¿No?

Sin esperar respuesta, abrió la puerta y salió.

Seguida por unos claros ojos azules. No, no lo estás. Un suspiro de aire avanzó por el estrecho pasillo.


Mustafá enderezó otra pieza de tela, sacudiendo los pequeños granos de arena que conseguían meterse por todas partes. Incluso hoy que no soplaba la menor brisa y el sol caía ya sobre el mercado con un calor implacable.

El solo hecho de respirar parecía costar demasiado.

El hombretón suspiró y se tiró del cuello de la túnica. Sus ojos oscuros se deslizaron por la masa de cuerpos que se movían por las estrechas callejuelas que se perdían entre innumerables puestos que ofrecían comida, fruta, telas, hierbas... un mar de colores mezclado con otros tantos aromas. Todo ello familiar y extraño.

Pensó que no había nada que no hubiera visto.

Llevaba toda la vida trabajando en el mercado, primero con su padre, y tras la muerte de éste, había tomado las riendas del negocio, dando de comer a su familia e incluso arreglándoselas para ahorrar una buena cantidad de dinero que les permitía llevar una vida cómoda.

Lo había visto todo. Nada podía sorprenderlo. Al menos eso era lo que pensaba aquella hermosa y calurosa mañana mientras preparaba su puesto para el día.

Fue el destello de luz clara lo que lo distrajo de su tarea. Levantó la vista y sus ojos oscuros miraron a su alrededor algo confusos mientras intentaba descubrir qué era lo que lo había alertado.

Y entonces se quedó boquiabierto al verla.

Por supuesto, había oído hablar de ellos. De esa gente de pelo claro como el sol, pero nunca los había visto. Y ahora ahí había una... y era una mujer hermosa además... que venía derecha hacia él.

Tragó para intentar humedecer la garganta repentinamente seca y sin darse cuenta se secó las manos sudorosas en la túnica. Colocándose bien el pequeño gorro sobre los rizos oscuros, dio un paso al frente, sonriéndole.

—Te deseo una buena mañana. —No tenía ni idea de si hablaba su idioma, pero la cortesía siempre garantizaba un buen precio.

No era alta. Era incluso más baja que él. La expresión de su cara era una curiosa mezcla de diversión y...

Parpadeó.

¿Tristeza?

Volviéndose un poco, ella lo miró. Y se lo tragaron unos ojos verdes como el océano, igual de misteriosos e insondables. Apacibles y tormentosos. Llenos de secretos demasiado profundos para ser revelados fácilmente.

Se detuvo. Le sonrió y miró su mercancía con más atención. Sus gráciles dedos acariciaron la suave seda y el terciopelo que él acababa de colocar.

Bonito.

Mustafá observó la ligera sonrisa de los labios sonrosados que se iba haciendo más amplia mientras una brisa agitaba una tela verde clara.

—¿Te gusta?

Esos ojos verdes se encontraron con los suyos y por un momento sintió que se ahogaba. Nunca había visto unos ojos tan hermosos. Una extraña mezcla de verde y azul... que cambiaba cada vez que les daba el sol. Había oído que el rey tenía esclavas muy exóticas en su palacio, pero no creía que ni siquiera él hubiera visto jamás a alguien como ella.

Se estremeció cuando una brisa fresca lo rozó, tirándole de la túnica.

Gabrielle intentó olvidarse del hombre que la miraba tan abiertamente y volvió a posar los ojos en la tela que le había llamado la atención. Bueno... que les había llamado la atención. Era muy suave pero no era totalmente lisa. Y ciertamente no era seda, porque notaba las fibras cada vez que sus dedos la acariciaban.

Estarías preciosa con eso.

Se mordió el labio inferior para ocultar su sonrisa, aunque eso no impidió que un delicado rubor le tiñera las mejillas, acariciadas por la suave brisa que bailaba a su alrededor.

—No sé...

Mustafá frunció un poco el ceño al oírla murmurar algo en un idioma desconocido. Ella seguía acariciando el terciopelo verde claro. Normalmente ya habría intentando convencerla, pero algo lo refrenaba.

—No me parece muy práctico para viajar. Y parece demasiado caluroso para el desierto.

Pero es bonito. En tono grave, amablemente burlón.

Gabrielle volvió un poco la cabeza y esta vez dejó asomar la sonrisa que bailaba en sus labios.

—Sí, es bonito.

Mustafá alzó las cejas oscuras y pobladas mientras seguía la extraña conversación... bueno, parte de ella. Ladeó un poco la cabeza morena al notar por primera vez que el pelo de ella parecía moverse, como si una ráfaga de viento se hubiera enredado en esos cabellos cortos y claros. Hasta su ropa parecía agitarse con la suave caricia del viento.

Entonces la figura menuda se irguió un poco y los decididos ojos verdes... ahora eran verdes, un momento antes al darle el sol más de lleno habían sido azules... se volvieron hacia él.

—¿Cuánto?

Aunque no entendía su idioma, el tono de su voz indicaba que estaba interesada en comprar la tela. Él sonrió encantado. Alzó las manos, mostrando nueve dedos.

Y obtuvo un resoplido indignado. Los cabellos claros se agitaron y le mostró cinco dedos.

Él se quedó algo sorprendido. Por algún motivo, no se esperaba que fuera a regatear con él. Bueno, no le importaba. Pero cinco dinares... Meneó la cabeza y mostró ocho dedos.

Ella sacudió la cabeza a su vez y dejó la tela. Evidentemente ya no le interesaba comprarla.

Mustafá suspiró.

—Vale... vale... siete dinares. —Le mostró el número con los dedos, añadiendo una sonrisa esperanzada. Se le llenaron las tripas de esperanza cuando ella pareció plantearse su oferta. Luego le indicó seis.

Mmm... era un precio justo. Se lo pensó y luego sonrió.

—Por una mujer hermosa como tú haré una excepción... es tuyo por seis dinares.

Ella abrió el zurrón que llevaba al hombro... dejándole ver lo que había dentro por un instante. Alzó las cejas oscuras al ver una espada. Dio un paso atrás, aún más confuso ante ella. Ciertamente no parecía ser el tipo de persona que llevara armas.

Mientras ella buscaba el dinero, él observó su cuerpo con más atención. Llevaba una camisa suelta que se le pegaba a la cintura con cada caricia suave del viento y que cubría casi una falda corta que permitía ver perfectamente sus muslos musculosos. Levantó un poco la vista y advirtió el movimiento de los músculos de sus brazos cuando ella cerró el zurrón y se volvió de nuevo hacia él.

A lo mejor sí que era una guerrera...

Aceptó las monedas y dobló la pieza de terciopelo. Envolviéndola en una hoja de papiro, se la entregó.

Obtuvo una sonrisa amable como respuesta y luego la miró mientras se alejaba. De repente se dio cuenta de que la suave brisa que había soplado alrededor de su puesto también había desaparecido.


Pareces cansada.

Gabrielle suspiró.

—Lo estoy... no he podido dormir... —Su voz se apagó en un murmullo. Tomó aliento temblorosamente y se pasó las manos por el pelo.

Estaba en una pequeña habitación. Después de su visita al mercado cercano al puerto había decidido pasar unos días en la pequeña ciudad. Tuvo que preguntar mucho y usar todo tipo de lenguaje por señas hasta que encontró una posada decente que le ofrecía una habitación con una cama cómoda, desayuno y cena.

Ahora lo único que quería hacer era acurrucarse en su petate y pasarse días sin moverse.

¿Cómo se podía sentir tanto dolor... sin estar herida siquiera?

Había veces en que despertarse le dolía.

Respirar le dolía.

Vivir un día le dolía.

...Sentir la caricia suave del viento rozándole la piel le dolía.

Cerrando los ojos verdes, soltó aliento despacio.

—¿Por qué, Xena? —Un leve susurro que apenas movió el aire.

Unos claros ojos azules parpadearon mirando a la figura inmóvil que estaba de pie en medio de la habitación, con los hombros temblando de llanto silencioso y las delicadas facciones cansadas y llenas de dolor.

¿Por qué?... Pensé que era lo correcto. Su voz era grave y sabía lo insuficiente que era esta respuesta en realidad. ¿Por qué? ¿Acaso había una respuesta para esa pregunta? Ninguna al menos que acabara con ese dolor tan evidente en los ojos de Gabrielle.

Los ojos verdes y furiosos se volvieron hacia ella.

—¿Lo correcto? ¿Y nosotras?... Yo...

Las sombras se arrastraron por el suelo de madera, alargándose, acariciando. Pero sigo aquí. Contigo... jamás te abandonaría, Gabrielle.

La bardo se echó a reír ante esto y se apartó. Por su mejilla resbalaban lágrimas silenciosas.

—Pero te has ido, Xena. —Un susurro cansado, derrotado.

Una ráfaga de viento le tocó la nuca. Todavía puedes oírme... sentirme.

—No es lo mismo que... —Bajó la cabeza rubia. Sus pequeños brazos rodearon su pecho doliente—. No es lo mismo —repitió—. Que sentirte tocándome. Abrazándome. No es lo mismo que sentir de verdad el calor de tu cuerpo junto al mío por la noche. Que saber que no hay un lugar más seguro que entre tus brazos... No puedo volverme simplemente y verte sonriéndome. No puedo alargar la mano y tocarte... yo... —Un suspiro tembloroso—. No es lo mismo.

Silencio.

Quietud.

Por eso no te gusta el tatuaje. Te recuerda mi muerte.

Gabrielle sacudió la cabeza.

—Cada bocanada de aire que respiro me recuerda tu muerte, Xena.

Esta vez la ráfaga de viento se colocó a su espalda, tan cerca que agitó la camisa que llevaba, pero no lo bastante cerca como para tocarle la piel.

¿Quieres que me vaya?

Los doloridos ojos verdes se volvieron hacia ella. El rostro de la bardo era una máscara de angustia. Alzando la mano como para tocar algo, sintió la caricia suave que le rozaba los dedos. Una caricia dulce que le hacía cosquillas en la piel... avanzando por su brazo hasta rozarle la mejilla, hasta posarse en sus labios por un brevísimo instante.

Por mucho dolor que sintiera... la mera idea de que Xena se marchara, de nuevo, la destruiría. Ahora podía estar muriéndose lentamente con cada nuevo día al que tenía que sobrevivir, pero al imaginarse despertándose sola... sin nada más que los recuerdos y el dolor...

—No te vayas nunca...

No me iré.

Esta vez sintió la caricia sobre su piel, agitándole los pelillos del brazo. Cerró los ojos, ansiando únicamente las caricias de Xena, rindiéndose impotente a la necesidad de su interior...

Su espalda se posó en el blando colchón al tiempo que los lazos de su camisa se iban soltando. Sintió escalofríos por el pecho al notar las caricias de Xena que bajaban por su cuerpo.

Nunca.

Gabrielle mantuvo los ojos cerrados con fuerza mientras su cuerpo se hundía en el calor y las sensaciones de hormigueo, sumiéndose en un mundo sólo de ellas donde conseguía sentir los labios suaves besándole la piel, los dedos callosos acariciándole la tripa. Donde estaba envuelta en el olor que era Xena y el calor que era su amor.

Y donde las lágrimas que resbalaban por su cara por una vez no eran lágrimas de dolor.


FIN


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