Cuando la noche...

Grit Jahning



Descargos: No son mías. Sería divertido, pero no lo son... así que, sí, las volveré a dejar en su sitio. Tal vez... :-)
Violencia: No.
Subtexto: Oh, sí... pero nada demasiado gráfico.
Nota final sobre el relato: Escribí esto después de ver demasiadas veces La granja del viejo Ares... y ya veis lo que ha pasado :-) Pero no es un relato cómico. He pensado que deberíais saberlo. Hacedme saber si os ha gustado (o no).
gritjahning@hotmail.com

Título original: When the Night... Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Uno de nosotros está llorando
Uno de nosotros está echado
En una cama solitaria
Mirando al techo
Deseando estar
En otra parte
Uno de nosotros se siente solo
Uno de nosotros sólo
Espera una llamada
...sintiéndose estúpido
Sintiéndose pequeño...
One of Us, escrito por Benny Andersson, Björn Ulvaeus


Una suave brisa se movía entre las hojas dormidas, agitándolas por un brevísimo instante antes de seguir su camino. Las ramas inmensas se mecían al son de una antigua música, suspirando suavemente. En lo alto, las estrellas titilaban con curioso abandono.

Una luna llena brillaba alegremente, iluminando un campo apaciblemente dormido. Su luz plateada se tragaba cualquier color... pintándolo todo de un gris inocente, acariciando las danzarinas hojas de hierba, rozando la madera gastada de un porche; sillas viejas... cacharros rotos.

Atisbando por los postigos a medio echar de una ventana. Haciendo cosquillas en una cara dormida enmarcada por una barba. Pelo oscuro despeinado. Un ligero ceño en unas facciones atractivas.

Ares se quejó y se movió una vez más, intentando encontrar una postura cómoda, con el cuerpo entero convertido en un solo músculo dolorido.

—Estoy en el Tártaro. —Un gemido lastimero.

Los ojos oscuros se abrieron y parpadearon mirando el techo, capaces de distinguir los alegres guiños de las estrellas incrustadas en el terciopelo negro. Las miró con desdén y luego se incorporó despacio.

Mirando a su alrededor, de repente se dio cuenta de que estaba solo en la pequeña habitación.

—¿Eh?

No se veía a Xena ni a Gabrielle por ninguna parte.

Se levantó, reprimiendo otro quejido. ¡Dioses, cómo odio eso!

Salió a trompicones del pequeño dormitorio y miró en la habitación principal. La chimenea seguía crujiendo suavemente, con el mero vestigio de brasas apenas visible. Pero ni rastro de las dos mujeres.

—Mmm.

Cogiendo una manzana de un cacharro cercano, salió al porche.

El calor del día había dado paso a un agradable frescor y respiró hondo.

—Bueno, esto es agradable —reconoció a regañadientes.

La quietud de la noche se había posado como una suave manta sobre el valle. Cualquier ruido quedaba amplificado por ella. Incluso conseguía distinguir el dulce murmullo del río cercano.

Pero fue otro ruido lo que le hizo erguirse por puro instinto. Cuando fue a coger la espada, se dio cuenta de que se la había dejado en el pequeño dormitorio. Decidió no volver e intentó imaginar de dónde había salido el ruido.

Al dar la vuelta a la esquina de la ruinosa cabaña... se quedó paralizado.

La manzana se le cayó de la mano, aterrizando en el suelo con un leve golpe.

Estaban abrazadas en una parcela de hierba. Los brazos de Xena estrechaban con fuerza la cintura de Gabrielle. Su cabeza oscura estaba hundida en el cuello de la menuda rubia. Se oía un murmullo suave y satisfecho.

Y el ruido que lo había alertado era un leve gemido que se le escapó a Gabrielle al echar despacio la cabeza hacia atrás para dar mejor acceso a Xena.

Ares tragó saliva.

Incapaz de darse la vuelta y marcharse, observó las manos de Xena que se alzaban para ocuparse de la camisa que llevaba la bardo. En sus labios se dibujó una dulce sonrisa cuando la dejó caer al suelo y sus manos rodearon la suave carne.

Susurró algo al oído de Gabrielle que le valió una tiernísima sonrisa y un dulce beso. Sin interrumpir el beso, la mujer más alta salió de detrás de Gabrielle y despacio, muy despacio, depositó el cuerpo menudo en el suelo mientras una de sus manos acariciaba la piel temblorosa de la tripa de Gabrielle.

Cuando por fin tuvieron que tomar aire, se quedaron mirándose la una a la otra, bañadas por la luz plateada que parecía enmarcarlas en un halo de luz.

Unas manos pequeñas se alzaron y liberaron a Xena de su propia ropa, acariciando la piel recién revelada con el más suave de los roces. Irguiéndose un poco, Gabrielle besó un esternón oportunamente próximo, subiendo hasta la mandíbula de Xena para por fin tocar los suaves labios con otro beso.

Ares notó que le fallaban las piernas y tuvo que apoyarse en la pared de la cabaña. Quería darse la vuelta e irse. No quería ver esto. No quería ver lo que siempre le había dicho su hermana.

Pero no podía.

Y lo extraño era... que no había nada sexual en lo que lo mantenía allí, lo que lo tenía pegado al sitio. Estaba excitado. De eso no había duda... pero no, lo que lo tenía inmovilizado en el sitio era la dulzura y el amor increíbles tan evidentes en el rostro de las dos.

Había una armonía tal entre ellas en sus lentos movimientos. Cada caricia alcanzaba lugares mucho más allá de las necesidades físicas.

Notó la garganta seca y volvió a tragar saliva. Sus ojos oscuros siguieron el lento descenso de Xena por el pequeño cuerpo que tenía debajo. Oyó la risa grave cuando el cuerpo de Gabrielle se arqueó al hacerle cosquillas en un ombligo muy sensible. Siguió moviéndose sin pausa hacia abajo...

El aire se llenó de suaves suspiros y gemidos, dulces susurros que le llegaban flotando.

Y entonces se movió.

Dio los pocos pasos que lo llevarían de vuelta al porche de la cabaña. Respiraba con dificultad. Intentando recuperar el control de sus entrañas revueltas, respiró hondo varias veces.

El viento le trajo un suave grito.

Apretó la mandíbula y agarró el respaldo de la silla con una fuerza casi desesperada. Probablemente por primera vez se dio cuenta de la realidad de que Xena amaba de verdad a Gabrielle.

La gastada madera que tenía bajo los dedos protestó y luego se partió en una rendición impotente, con un eco horriblemente fuerte en medio del silencio.

Ares se mordió el labio inferior y volvió a entrar en la casa tambaleándose, sintiéndose extrañamente hueco, con un dolor que nunca había conocido ciñéndole el pecho.

Se dejó caer en la cama y tomó aire.

Reconoció el olor que era Xena. Y Gabrielle.

Se volvió de costado, de cara al lado que sólo horas antes había ocupado la menuda bardo. Tocó la almohada sobre la que había dormido.

Meneó la cabeza oscura con un movimiento lento.

—...Xena... —La suave exclamación se coló hasta el interior del pequeño dormitorio y él enterró la cara en la almohada, sin querer oírlo.

Sin querer aceptar la verdad.

En algún lugar un búho manifestó su soledad y su grito sobrenatural reverberó por el valle silencioso. Y en su corazón...

Dejándolo vacío.

Y lleno de dolor...


FIN


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