Jamás

Grit Jahning



Descargos: Xena y Gabrielle no son mías. Sólo las cojo prestadas y sí, las volveré a dejar en su sitio. Lo prometo...
Violencia: Nada.
Subtexto: Ésa es la razón de que haya escrito este relato, así que... sí, hay subtexto en todo él. Pero nada gráfico...
Episodios destripados: No... es sólo una cosa que tenía que escribir después de ver Una amiga en apuros 1 y 2 y lo he estado pensando mucho tiempo. Esto es lo que me ha salido.
Si queréis escribirme comentarios sobre esta historia, ¡os lo agradeceré mucho! Mi dirección de correo: gritjahning@hotmail.com

Título original: Never. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy


...aquí estoy
con las alas rotas
pensamientos silenciosos sueños inexpresados
aquí estoy
de nuevo a solas
la necesito ahora
para que me coja de la mano...

El mar iba devorando despacio el sol, cuyo color se mezclaba con el agua oscura... extendiéndose por el horizonte, pintándolo de dorado brillante y rojo. El azul del cielo iba quedando dominado por la noche que caía despacio, la negrura que bajaba como un telón sobre el mundo.

Devolviéndole la inocencia que había perdido durante el día.

El barco no era más que una sombra que se movía suavemente en el mar oscuro, meciéndose de un lado a otro con la ayuda de las olas que acariciaban su cuerpo.

Las velas colgaban flojas... la ligera brisa que había soplado durante la tarde había muerto por fin.

Sólo tres miembros de la tripulación estaban en realidad despiertos, atendiendo a sus deberes, que en este momento consistían en descubrir a qué velocidad podía uno de ellos mover un cuchillo alrededor de su mano extendida sin cortarse.

Juego que resultaba aún más divertido si se tenía en cuenta que los tres ya llevaban bebidas unas cuantas copas de vino.

Sus voces roncas, el leve crujido de la madera y el aleteo de las velas eran los únicos sonidos que flotaban en la noche.

Sus risas subieron un momento de volumen y luego una de las copas cayó al suelo cuando uno de ellos se levantó de un salto de los barriles en los que estaban sentados, soltando todo tipo de palabrotas al tiempo que se sujetaba la mano contra el pecho.

Se dirigían hacia el oeste. Su carga eran sedas y joyas, así como hierbas y porcelana.

Y una pasajera.

El capitán había discutido largo rato con la joven, negándose a aceptar las monedas de oro que le ofrecía, señalando que sería la única mujer a bordo durante un período de tiempo que no se podía calcular.

Pero ella no se había echado atrás y acabó convenciéndolo de que la dejara subir a bordo, aceptando mantenerse al margen de los marineros.

De todas formas, no se iban a acercar a ella.

Tenía algo que... nunca dirían que les daba miedo... pero como todos los marineros, eran muy supersticiosos, y esa joven...

Los que se habían acercado lo suficiente como para mirarla a los ojos... eran de un verde increíble que nunca habían visto y en ellos había tal tristeza y dolor, además de fuerza y coraje...

Parecía ser una guerrera. Llevaba una espada, sais en las botas y un arma que ninguno de ellos conocía. Una cosa redonda de metal que parecía bastante inocua.

Parecía ser una guerrera... y sin embargo, todo en ella destilaba una bondad que contrastaba enormemente con su forma de vestir y con las armas que llevaba.

Su corto cabello claro y su pequeño tamaño... un cuerpo en forma que al principio había tentado a más de un marinero. Con sus voces roncas habían bromeado sobre lo que les gustaría hacer con la pequeña.

Y sin embargo, ni uno solo había hecho realidad sus ideas.

La observaron de pie en la proa del barco, contemplando la nada, un horizonte delimitado por el agua. Todos sabían que no verían tierra firme durante mucho tiempo.

El viento agitaba su ropa, jugaba con su cabello rubio y de vez en cuando les traía una palabra o dos. Palabras en un idioma que ninguno de ellos hablaba, pero que les hacía preguntarse con quién estaba hablando.

Y si sería un demonio o un fantasma que hablaba con los malos espíritus para condenarlos a todos.

Se le había asignado un pequeño camarote en la popa del barco. Por lo general albergaba parte de la carga, pero por orden del capitán lo habían vaciado, convirtiéndolo en un camarote improvisado.

Era pequeño, pero a ella no le había importado, y colocó un pequeño recipiente oscuro en la mesa que le habían traído, acariciándolo con los dedos delicadamente.

Desapareció en el pequeño camarote cuando el sol empezó a ponerse y los hombres siguieron sus pasos, temerosos de que estallara en una explosión de luz y fuego... llevándoselos a la tierra de la oscuridad.

Pero no lo había hecho.

Esos ojos verdes se encontraron con los suyos. Las lágrimas caían muy despacio por aquellos rasgos bondadosos y no pudieron evitar preguntarse qué le había sucedido.

Ahora el sol ya se había puesto y la oscuridad cayó alrededor del barco. Uno de los marineros se levantó y empezó a encender velas por toda la cubierta. Las llamas creaban bruscas sombras en movimiento que bailaban por la madera.

En el pequeño camarote que ocupaba la joven, también había luz. La única fuente de luz era una vela, de modo que parte de la estancia estaba sumida en la oscuridad.

Unos ojos claros observaban a la pequeña figura que se preparaba para acostarse, recorriendo un cuerpo tan familiar como el suyo mismo.

Una sombra oscura avanzó despacio desde la oscuridad que reinaba en los rincones y se detuvo detrás de la pequeña figura. Su respiración apenas era audible cuando unas manos pequeñas bajaron los tirantes del corpiño por unos hombros fornidos.

Revelando el dibujo completo que tenía tatuado en la espalda.

La sombra se movió, alargó la mano y tocó la piel suave con infinita delicadeza. Tan sólo el roce de una brisa.

Al corpiño le siguió la falda, y las sombras que avanzaban y retrocedían por la pequeña estancia bailaron sobre el cuerpo revelado. Y de vez en cuando parecían quedarse más tiempo sobre él.

Gabrielle alcanzó una camisa y al ponérsela le llegaba muy por debajo de los muslos y las mangas casi le tocaban las muñecas. Se abrazó a sí misma, respirando hondo, reconociendo un olor muy familiar en la tela. Tragó y se acercó al estrecho camastro que la tripulación le había traído.

Haciéndose un ovillo, se envolvió en la manta y cerró los ojos.

Y rezó para despertarse por la mañana con un par de brazos fornidos estrechándola con fuerza...

Unos ojos claros observaron cómo la pequeña figura se iba quedando dormida. Acercándose, la sombra se sentó al lado de la cama y esos ojos azules recorrieron los rasgos juveniles que ni siquiera al dormir se relajaban. Las cejas rubias fruncidas... los labios suaves moviéndose en silenciosa desesperación.

La sombra alargó la mano.

Con dedos ligeramente temblorosos tocó la piel suave, acariciándola con infinita dulzura, observando las delicadas facciones que poco a poco... poco a poco... se relajaban.

Esos dedos temblorosos siguieron tocando la cara durante una pequeña eternidad.

Y entonces, un susurro casi inaudible rompió el silencio de la pequeña estancia.

—Incluso en la muerte, Gabrielle... jamás te dejaré.

La sombra se movió. Despacio y con mucho cuidado, se echó junto a la pequeña figura, que ahora dormía más apaciblemente, y se acercó todo lo posible sin despertar a la menuda rubia.

Un largo brazo avanzó y rodeó una cintura esbelta. De vez en cuando, una mano acariciaba la piel suave que encontraba bajo la camisa.

Los ojos claros se contentaban con contemplar aquellos preciosos rasgos.

La sombra se movió de nuevo.

Con gran delicadeza... con gran delicadeza acercó su boca a un par de labios suavísimos y se quedó allí, temblorosa.

Otro susurro.

—...jamás...

Y con un suave chisporroteo, la llama se apagó y dejó la estancia sumida en la oscuridad, con el delicado olor de la llama al apagarse flotando por el camarote.

Y con el único sonido de una respiración profunda y acompasada...


FIN


Continuación: Siempre


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