Un comienzo

Grit Jahning



Descargos: No, Xena y Gabrielle no son mías, sólo las cojo prestadas... ¡y las volveré a dejar en su sitio! Lo prometo...
Violencia: Nada en absoluto.
Subtexto: Sí. En todo el relato.
Esto en realidad es un breve relato sobre cómo podría haber empezado. La verdad es que es una especie de prólogo para una historia en la que estoy trabajando. Así que podría haber una "secuela"... Si queréis escribirme sobre este relato, ¡¡¡ya lo creo que lo podéis hacer!!! Mi dirección de correo: gritjahning@hotmail.com

Título original: A Beginning. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Y olvidé
Decirte que te quiero
La noche es demasiado larga
Y fría aquí sin ti
Lloro en mi estado
Pues no encuentro las palabras
Para decir que te necesito tanto
—I Love You,
Sarah McLachlan


—No.

—Oh... vamos. ¡Será divertido!

—¡Que no!

—¿Una vez?

—¡¡He dicho que no!!

Xena se planteó insistir, pero luego vio la expresión ceñuda de Gabrielle y decidió dejarlo.

—Está bien... pero es muy divertido y te lo estás perdiendo.

Gabrielle ni se molestó en contestar a eso y se dio la vuelta con un leve resoplido. Lo último que le apetecía ver ahora era la alta figura de su amiga saltando de un acantilado cerca de su campamento. Xena había descubierto la cascada poco después de acampar y había intentado convencerla para que saltara con ella. Por los dioses, jamás en la vida.

Oyó una risa grave y el suave roce de la ropa. Y luego se hizo el silencio. Tenía los ojos cerrados con fuerza y sintió que se le aceleraba el corazón.

Y de repente, su mente se llenó de imágenes de la alta figura de Xena estrellándose contra unas afiladas rocas y tragó saliva con fuerza. Tras otro momento de silencio, volvió a abrir los ojos y miró a su alrededor. Xena todavía no había vuelto y las cejas rubias se fruncieron con preocupación.

Se le puso una sensación de desasosiego en el estómago y se dio la vuelta.

—¿Xena?

No hubo respuesta. Se acercó vacilante al borde de la cascada y miró hacia abajo, sin poder distinguir nada. Oh, dioses...

—¿Xena?

—¿Sí?

La voz grave y ronca sonó muy cerca y detrás de ella y le dio tal susto que perdió el equilibrio y cayó hacia delante. Se le escapó un pequeño grito mientras intentaba ganar pie... e inmediatamente se vio envuelta en un fuerte abrazo, arrastrada hacia un cuerpo cálido aunque mojado que temblaba de risa en silencio.

Y sintió que la embargaba la ira.

—Suéltame.

La suave risa cesó y alzó la mirada para ver unos confusos ojos claros.

—Gabrielle... yo...

—He dicho... ¡que me sueltes!

La confusión de la guerrera aumentó y soltó el cuerpo menudo que tenía entre los brazos. Se quedó mirando mientras Gabrielle se apartaba de ella y regresaba hacia el campamento.

—¿Qué pasa?

Gabrielle siguió dándole la espalda a Xena, apenas capaz de contener las lágrimas. Tragó, consciente de que su rabia era muy evidente para la guerrera, repentinamente silenciosa.

—¿Qué pasa? —Su voz se alzó llena de rabia—. Por los dioses... Xena... creía que...

No terminó la frase. Tomando aliento con fuerza, notó que le caían lágrimas por la cara.

Los labios de Xena esbozaron una leve sonrisa comprensiva y se acercó a su amiga, apoyando las manos sobre los pequeños hombros que temblaban ligeramente.

—¡No me toques!

Eso le dolió y Xena se apartó como si se hubiera quemado, confusa y herida. Sobre todo porque no sabía qué había hecho para enfadar a la bardo. Alzó las manos con gesto indeciso.

—Lo siento, Gabrielle... No quería asustarte...

La menuda rubia aún no se había dado la vuelta, pero no le hizo falta, oía la confusión y el dolor en la voz grave de Xena.

¿Qué era lo que le pasaba? No estaba enfadada con Xena. Estaba enfadada consigo misma y con su incapacidad de decir lo que sentía. Por qué le había entrado tanto miedo sólo de pensar que le había ocurrido algo a la alta guerrera.

Que la había perdido.

Otra vez.

Perder a Xena. El desastre con las amazonas y Calisto. Velasca. Habían dejado a las amazonas hacía una semana y todavía... Estaba confusa, sin saber lo que sentía, lo que sentía Xena.

Suspiró y se giró despacio, encontrándose con unos preocupados ojos azules.

—No lo sientas, Xena... no estoy enfadada contigo. Es que... —Se calló. Se miraron a los ojos un largo momento. Luego bajó la mirada—. Siento haberte gritado...

Xena sintió casi vértigo del alivio que le entró. Se acercó a Gabrielle y la estrechó en un cálido abrazo. Se le empezó a calmar el corazón al no notar resistencia por parte del menudo cuerpo.

—Oye, no me des estos sustos —susurró suavemente.

Notó que la mujer más baja se apretaba más contra su cuerpo y sintió un suspiro silencioso que le calentaba el pecho, agradeciendo que el sol le hubiera secado algo la camisa.

Se quedaron así un rato, mientras Xena acunaba sin darse cuenta a la pequeña figura entre sus brazos. Gabrielle seguía con los ojos cerrados, disfrutando de la cercanía que compartían.

—¿Estás bien? —La voz grave sonaba por encima de ella pero sintió la vibración de las palabras en el pecho de Xena, lo cual le hizo sonreír.

—Mmm. —Su respuesta quedó ahogada porque aún no había soltado a Xena. Todavía no estaba lista...

No es que a la mujer más alta le importara. Los ojos claros se cerraron y se permitió sumirse en este momento de paz. Dioses... esto está tan bien...

Después de haber estado a punto de perder esto, la guerrera estaba segura de que tarde o temprano iban a tener que hablar. Estaba casi segura de que la bardo sentía lo mismo. Su mente se había llenado de los apenados pensamientos de Gabrielle tras su muerte, lo cual le hizo darse cuenta de que aún no estaba dispuesta a renunciar a esta vida.

Aspiró el olor de Gabrielle. Renunciar a lo que ya tenían...

Pero también se dio cuenta de que quería más de su menuda amiga. Sólo que no estaba tan segura de que esto fuera lo que Gabrielle quería también. Estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que le ofreciera la menuda rubia, pero si hubiera aunque sólo fuese la más mínima posibilidad de... Suspiro silencioso.

Todo lo que merece la pena tener, es algo por lo que merece la pena luchar. ¿Quién dijo eso? Los ojos claros se abrieron. Bueno, quien lo dijera tenía razón. Se movió un poco.

—Vamos... te estoy mojando.

—No me importa...

Se rió ligeramente y besó el pelo rubio tan oportunamente cercano y no pudo evitar una sonrisa sardónica cuando se oyó un grave rugido entre las dos.

—Bueno... a lo mejor a ti no te importa... pero creo que tenemos que dar de comer a ese monstruo que tienes ahí.

Notó que el pequeño cuerpo temblaba de risa en silencio y se ganó un ligero pellizco por su comentario. Sin dejar de sonreír, soltó el cálido cuerpo y bajó la cabeza, clavando los ojos en un verde centelleante.

—¿Estamos bien? —A su pesar, alzó la mano para apartar unos mechones desordenados de pelo claro y sintió nervios en el estómago al notar que Gabrielle se echaba hacia delante para incrementar el contacto.

—Sí... estamos bien.

Sus miradas volvieron a cruzarse y... y por un momento no existió nada más que esos ojos verdes. Esas delicadas facciones. Y estuvo a punto... a punto... de apoderarse de esos suaves labios con un beso. Pero en ese momento la realidad decidió intervenir y la tripa de Gabrielle volvió a hacer acto de presencia, haciéndolas reír, pero también rompiendo la tensión que se había ido creando entre ellas.


La hoguera se había consumido hasta convertirse en brasas que crepitaban suavemente, lo bastante como para seguir dando algo de calor durante la noche.

No es que lo necesitaran.

La cosa había empezado hacía un par de noches. En lugar de colocar los petates separados, los habían puesto el uno al lado del otro. Así, sin más.

No habían hablado de ello, sino que simplemente siguieron a partir de ahí. Y durante la noche, Xena se despertó a causa de un ligero movimiento a su lado y antes de que pudiera darse cuenta de verdad de lo que estaba pasando, Gabrielle había arrimado su cuerpo más pequeño al suyo, apoyando la cabeza en su hombro y depositando un pequeño brazo sobre su estómago.

Miró la clara cabeza que ahora tenía tan cerca. La presencia del cálido cuerpo de Gabrielle tan cerca del suyo provocó unos efectos muy interesantes en su cuerpo y su mente.

Había tardado casi dos marcas en volver a quedarse dormida.

No es que le importara...

Los ojos claros soltaron destellos de risa contenida. Figúrate...

Ahora, la bardo estaba tumbada de lado, escribiendo en uno de sus pergaminos. Probablemente su diario, pensó la guerrera y guardó la espada y la piedra de afilar. Levantándose del tronco donde había estado sentada, se acercó a los petates, sentándose al lado de la bardo.

La cabeza clara se alzó y Gabrielle le sonrió.

—Hola...

—Hola...

La bardo cerró el pergamino y rodó hasta ponerse de costado, arrimando su cuerpo más pequeño al más alto que tenía detrás, notando que uno de los brazos de Xena se colocaba sobre su estómago y la gran mano le cubría la tripa, acariciando ligeramente la suave piel que encontraba allí.

—Bueno... ¿has disfrutado de tu día de descanso? —retumbó la grave voz detrás de ella.

Sonrió.

—Sí... creo que me hacía mucha falta. Después... después de todo... —Lo último fue apenas un susurro y sintió que Xena la apretaba más contra su cálido cuerpo.

—Lo sé... y siento mucho haberte asustado hoy. Yo... yo no...

—No pasa nada. —Gabrielle tomó la mano de Xena en la suya, entrelazando los dedos—. Es que... por un momento pensé que te había pasado algo y... dioses, creí que te había perdido... otra vez... y yo... no podía...

La guerrera no necesitaba ver la cara de Gabrielle para saber que estaba llorando, de modo que estrechó aún más el pequeño cuerpo y depositó un tierno beso en una sien cercana, con la esperanza de expresar lo que era incapaz de decir con palabras.

Supo que lo había conseguido cuando sintió que Gabrielle se apretaba más entre sus brazos y notó un delicado beso en el brazo. La bardo acercó la cara a meros centímetros de la suya. Sus labios casi se tocaban...

Sintió que se le aceleraba el corazón cuando vio una pequeña y casi tímida sonrisa en la cara de Gabrielle. Se le formó un nudo en la garganta cuando la bardo se acercó aún más... y sintió unos labios suaves como una ligerísima caricia en los suyos.

—Gracias. —Un suave susurro, y luego la cabeza clara se volvió de nuevo, dejándola sin habla y con un hormigueo en los labios...


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades