Observar a Gabrielle

Grace H



Calificación: Para mayores de 13 años, creo. Alude a una relación sexual entre mujeres.
Descargo: No son mías, no sé por qué, pero no lo son, aunque deberían serlo :-). Los personajes no son míos, no tengo derecho alguno sobre nada que tenga que ver con la serie. Podéis demandarme, pero lo único que tengo son vídeos de Xena, un portátil y una empanada de pollo de hace tres días.
Cronología: Las temporadas 1 y 2, no más allá. He intentado recrear la inocencia y sencillez de las primeras temporadas: decidme si lo he conseguido.
Comentarios: Por favor, enviadme comentarios, los agradezco y contesto a cualquier correo.
Hell_hath_no_fury_uk@hotmail.com

Título original: Watching Gabrielle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


La observo mientras avanza tranquilamente por el camino, pegando patadas con las botas a las piedrecillas, lo cual levanta el polvo del suelo en pequeñas nubes. Me mira y se ríe. Sus brazos hacen gestos melodramáticos mientras cuenta su historia.

Sus caderas se balancean al ritmo de una melodía silenciosa. Se vuelve para mirarme de vez en cuando al dar énfasis a algún detalle. Su mano izquierda mueve con maestría su vara, llamando la atención sobre su brazo ligeramente musculoso cubierto de piel cremosa y suave. Argo sigue obedientemente a Gabrielle, al parecer tan embelesada con ella como yo. Sigue hablando, y esta vez se ríe suavemente por algo, y su brazo derecho se posa sobre mi pierna mientras se ríe.

Su pelo cae hacia delante y le oculta la sonrisa, pero sus hombros siguen estremeciéndose por los pequeños estallidos de risa. Sus ojos suben hacia los míos, unos ojos preciosos del color del mar.

—Bueno —digo como respuesta a su historia—, supongo que en ese caso tuvo mucha suerte. Era un necio, pero afortunado.

Agacha la cabeza y una vez más su pelo suave y reluciente se desploma alrededor de su cara. Suspira y me dice que no es la suerte, sino el destino. Me habla del optimismo y de que yo veo y digo las cosas con el menor entusiasmo posible para no hacerme ilusiones.

—Xena, es como si tendieras a propósito hacia el pesimismo para no llevarte desilusiones. Es decir, yo veo este odre de agua medio lleno, pero tú lo ves medio vacío. A veces ves la vida medio vacía, Xena. —Hace una pausa y ladea la cabeza—. Debería apuntar eso.

A veces Gabrielle es agotadora, pues no para de hablar, de juguetear con algo, de hacer preguntas, de hacer cosas que le he dicho mil veces que no haga. Pero aunque a veces ruego a los dioses que me den aunque sólo sea dos minutos sin esas preguntas desconcertantes y esa hiperactividad, son cosas que adoro de ella. Sus peculiaridades infantiles disimulan su madurez y su sabiduría internas, sus movimientos delicados y sus tonos juveniles reflejan una inocencia eterna y una pureza divina.

Cuando yace en la cama de noche, con la parte superior del cuerpo sobre mi pecho después de hacer el amor, sigue conservando un brillo de pureza eterna, completamente intachable: sus motivos y sus actos son puros. Es atenta y generosa cuando me hace el amor, con lentas y minuciosas exploraciones, besos suaves y delicados y a veces besos duros alimentados por la pasión y el amor.

Sonrío al recordar la marca que me dejó ayer. Lo hace con frecuencia, y nunca me sorprende descubrirme pequeñas marcas rojas en el estómago, el cuello y la parte interna de los muslos. Aunque la regañé por la evidente marca roja que tenía en el cuello, no pude evitar sonreír por dentro de orgullo y amor cuando Joxer me preguntó con retintín si eso que tenía era efectivamente un chupetón.

Hunde la cara en mi cuello cuando bajo la mano y la acaricio íntimamente. No hace el menor ruido cuando llega al orgasmo, sino que jadea en mi pelo y sonríe despacio por el éxtasis, moviendo los labios sobre mi cuello, suspirando en mi piel.

Se detiene ahora y recoge una piedrecilla lisa del color del ámbar y le da vueltas en las manos, estudiándola con atención, y luego echa la mano hacia atrás para meterla en su zurrón.

—Gabrielle.

Me mira, paralizada, con la mano a escasos centímetros del zurrón.

—Eso no nos hace falta, ¿verdad?

En justicia, por lo general dejo que se salga con la suya y meneo la cabeza medio riéndome cuando mete conchas raras o un trocito de piedra marina en su zurrón, diciéndome con toda seriedad que se parece muchísimo al Monte Olimpo. Y luego, más o menos cada luna, tira estos objetos como si no fuesen nada, quejándose de la falta de espacio y del peso. Entonces se vuelve hacia mí y me dice:

—No voy a meter más cosas inútiles en este zurrón, Xena. Va a ser para cosas importantes, así que tampoco vayas a meter tú las manzanas de Argo.

Se lo recuerdo ahora y me explica que no es lo mismo, porque si se mira esta piedra roja con atención, resulta que tiene forma de corazón. Reflexionando en silencio, su mente repasa analíticamente historias y pergaminos aprendidos de memoria hasta que da con una historia que encaja con el uso de esta piedra, lo cual justifica la necesidad de cargar con un pedazo inútil de camino.

Intento parecer disgustada, pero por dentro me derrito un poco más de lo que ya estoy.

Oscurece bastante pronto y organizo el campamento, enciendo el fuego, cazo la comida, extiendo las mantas, mientras Gabrielle se entretiene cavando agujeritos en el suelo con el extremo de la vara de Ephiny. Me imagino que si quien hiciera eso no fuese Gabrielle, me irritaría de mala manera.

Hace cosas molestas como ésa todo el tiempo: escarba en la hoguera con palitos, tira del extremo de las mantas y, peor aún, de mi falda de cuero, hasta que los deshilacha. Pero lo sorprendente es que en realidad no me molesta. La observo y, curiosamente, se me enternece el corazón, sólo de mirar a esta persona tan compleja y maravillosamente cariñosa con esas pequeñas manías que tiene.

Sin embargo, cuando Joxer se queda ahí sentado y hurga en la hoguera con su espada o lo que sea, tengo que aguantarme las ganas de estrangularlo. Es que Joxer es simplemente molesto, mientras que Gabrielle es molesta con gracia y elegancia.

Me acuerdo de Marcus y pienso en cómo lo quería, y lo quise mucho, pero en realidad no es lo mismo. Aunque me costó, dejé que Marcus regresara al inframundo, pero al observar ahora a Gabrielle, me doy cuenta, sin la menor duda, de que jamás la dejaría ir. Me habría plantado a su lado y habría dejado que fuese inmortal, y a la mierda el mundo entero.

También sé que si Gabrielle muriera, yo no seguiría siendo buena, por mucho que lo intentara o se lo prometiera a ella. Si me la arrebataran, todo el mundo sentiría mi ira, y ni siquiera los dioses serían capaces de infligir un castigo peor a la humanidad. Quise a Marcus, pero a él y a los demás hombres de mi vida los quise del mismo modo que me encanta nadar o adoro las aventuras. Lloré su pérdida, pero no me afectó hasta tal punto.

Ahora bien, a Gabrielle la quiero con todo mi ser. Mi corazón late al ritmo de su nombre, mi cabeza gira al oír su voz y mi alma sonríe en su presencia. Es yo misma, estoy llena de su pura esencia, es mi mañana, mi tarde y mi noche. El aire que respiro, la vida que vivo y el bien que hago.

Mi compañera del alma.

La miro desde donde estoy sentada y susurro:

—Gabrielle... —Se detiene y se vuelve hacia mí—. ...Te quiero.

Sonríe y se da la vuelta de nuevo para seguir haciendo agujeros.

—Lo sé —dice.

La observo un poco más y luego cojo la espada y me pongo a afilarla. Ella viene y se sienta a mi lado, sin llegar a tocarme. Coge su pluma y un pergamino y se pone a escribir.

—Xena... —dice.

Me vuelvo para mirarla y me da un tierno beso.

—Yo a ti también.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades