Jacinto

angharad governal



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Título original: Hyacinth. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
tus brazos llenos y tu pelo mojado, no podía
hablar y me fallaban los ojos, no estaba ni
vivo ni muerto y no sabía nada
—T. S. Eliot, The Waste Land

Había jacintos a los lados del camino. Eso sí lo recuerda. De un intenso morado oscuro, las flores apiñadas se mecían levemente con la brisa que serpenteaba perezosa desde el este. El aire estaba cargado del olor de las flores de jacinto. Y ahí estaba ella, alejándose a toda prisa para crear su propio destino, corriendo como loca en pos de una señora de la guerra que desde luego no tenía necesidad alguna de su compañía, de su amistad. En su fuero interno, una vocecita estaba de acuerdo. Pero había algo, algo en esta mujer, cuyo dolor se reflejaba con tanta claridad en sus ojos hastiados, que simplemente la llamaba. Apenas conseguía justificar el deseo, la necesidad de seguir a la mujer guerrera, y mucho menos de contestar a la multitud de preguntas de su hermana horas antes. Avanzaba por un camino polvoriento, con la esperanza de llegar a Anfípolis a tiempo de convencer a Xena de que podía serle útil a la guerrera, de que la señora de la guerra no la rechazara y le dijera que regresara a Potedaia.

Los jacintos estaban en flor. Y ella partía en busca de aventuras.


Había jacintos a las orillas del río. No del intenso morado oscuro que la recibió aquel día de primavera en que salió en busca de un lugar en el mundo, sino de un vivo naranja que reflejaba los colores del sol poniente sobre el gran Ganges. Cuando tiró la vara al río y se volvió hacia la mujer que caminaba a su lado, se dio cuenta de que aún estaba buscando, como cuando conoció a Xena. Esperaba que esta nueva senda, este nuevo camino, le proporcionara por fin paz mental, paz de espíritu, un alivio para el tumulto de su corazón.

Los jacintos estaban en flor. Y juntas, esperaba que pudieran hallar las respuestas.


Había jacintos a los lados de la ladera. No del vivo naranja que celebró su despedida de la tierra que le había hecho cuestionarse profundamente su propósito en la vida, sino de un blanco deslumbrante que reflejaba los parches de nieve que había a lo largo del serpenteante sendero de montaña. El sol se había puesto y mientras atravesaba el bosque acunando su preciosa carga pegada a la piel y la fría arcilla se calentaba dentro de la camisa de seda que llevaba bajo la armadura, intentaba desesperadamente sofocar el repentino y doloroso mazazo del agotamiento y la pena que le machacaban el cuerpo, la mente. Se detuvo, miró hacia delante, fijándose en las flores blancas que parecían indicar una dirección a través del laberinto de árboles y rocas, y se dejó vencer por la rabia. Desenvainó la katana que llevaba al costado y atacó salvajemente un árbol cercano hasta que, por fin, la locura se disipó de sus cansadas extremidades y se desplomó en la nieve, sacudida por un torrente de sollozos desgarrados, furiosos, sin lágrimas, arrancados de su cuerpo mientras yacía sobre los jacintos.

Se despertó al amanecer. Se quedó tumbada en la nieve —sin hacer caso de su cuerpo que tiritaba de frío, de sus extremidades heladas, de la fiebre atroz que asolaba su cuerpo— mientras se quitaba de los ojos, parpadeando, los restos de una pesadilla y el sol se filtraba por las ramas del árbol que se alzaba por encima de ella. Se incorporó y soltó una bocanada de aire tembloroso al darse cuenta sobresaltada de que el sueño era cierto, de que la pesadilla no era hija de su imaginación, ni una fantasía loca fruto de la fiebre, sino tan real y sólida como el árbol, la nieve, las flores del sendero del bosque: su amada se había ido; su amor, la mujer que había caminado a su lado, estaba muerta. El sudario de tristeza que la envolvía empezó a enrollarse a su alrededor mientras se quedaba sentada e inmóvil en la nieve. De repente, se puso de rodillas y empezó a escarbar en la nieve y en la tierra de debajo, con los dedos desgarrados y ensangrentados mientras cavaba un agujero no muy hondo en el suelo del bosque. Se quitó los guanteletes de las muñecas, la armadura del cuerpo, la katana y el chakram que llevaba encima, y los metió en el agujero. Al levantar un puñado de tierra y nieve, sus ojos captaron un destello de color entre las flores blancas. El aroma de los jacintos llenó de repente sus sentidos, los recuerdos invadieron su mente y el mundo se redujo a un grupo de flores de un morado intenso que no lograba alcanzar. Se echó a llorar.

Los jacintos estaban en flor. Y ella estaba sola.


FIN


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