Todo lo que sé

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Hay una ligera alusión a mujeres haciendo el amor. También hay cierta dosis de angustia.
Descripción: Tras Una amiga en apuros 2, Gabrielle, furiosa y triste, se plantea cosas, se encuentra con otro fantasma y recibe un regalo muy especial.
Gracias: Al Bardic Circle.
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Título original: Everything I Know. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Estoy desnuda de rodillas sobre la hierba empapada en sangre. Hace un bonito día soleado y en el aire resuena una risa burlona. Me miro las manos y me doy cuenta de que tengo la piel permanentemente manchada de rojo. De repente, levanto la vista y ahí está Calisto, tan grande que tapa el sol. Lanza la cabeza hacia atrás al reírse, con el cuerpo estremecido y el largo pelo rubio cayéndole por la espalda: qué libre parece inmersa en su furia, qué viva.

—Cuando la vida te da limones, por ácidos que sean, aún puedes hacer limonada —explica—. Te saciará la sed, si aguantas el sabor.

—Cuando le pedí que me enseñara todo lo que sabía, no pretendía que incluyera la desesperación —contesto.

Me despierto. La fogata está fría. Me da igual. Me siento perdida: lleva muerta siete días. No hay título ahora que yo no posea por derecho, y los rechazo todos. Lo que ahora soy es Nada. Me he dado cuenta de que todo es un ciclo sin fin: de la vida a la muerte a la vida, como del día a la noche, igual de sencillo e igual de inevitable. Un molino de viento en movimiento perpetuo sujeto a nada. Incluso el amor y la belleza y la verdad son sólo cosas efímeras, sólo conceptos. Estos días viajo sola. Soy lo que es y no es. Vivo y sin embargo, me siento muerta. Me he convertido en mi propio enigma. Añadamos eso a mis títulos: el Enigma Antes Llamado Gabrielle.

Planto semillas. En los días que han transcurrido desde que me convertí en Nada, he viajado, porque es lo único que conozco. Compro toda clase de semillas por el camino y cada noche, cuando acampo, planto algunas. Para mí misma, planto flores. Normalmente un círculo protector alrededor del campamento, a veces en hileras. Y en nombre de ella, aunque no es que ahora necesite uno, planto hierbas que son útiles para curar. Deletreo palabras con las semillas, como "por qué" y "siempre" y "amor". Las palabras no son más que palabras: es asombroso lo mucho que he tardado en caer en la cuenta de ello. Por bonitas que sean, no son la vida y la muerte, así que en realidad no importan. La vida es: el principio, el final, el principio y la lucha. Pero el truco está en que la lucha no tiene sentido: el ciclo mismo es el único sentido auténtico. ¿Cuánto tiempo puede apetecerte enfrentarte a los desafíos día tras día cuando sabes que al final es inútil? Cuando sabes que al final todo lo bello muere.

Como soy Nada, no siento gran cosa. Cuando veo gente en apuros, cosa que por lo que sea me ocurre cada día, ayudo. Ayudo a la gente porque puedo y porque está bien: lo mismo de siempre. Para mí eso sigue siendo real, igual que el cielo es azul. Pero ya no siento a las personas, su vida no me interesa. Nunca comprendí cómo pudo perder contacto con la humanidad de esa manera, pero ahora lo comprendo. Creo que ahora lo comprendo todo.

Ya sólo siento una cosa, que nunca cesa. El dolor abrasador de mi amor por ella como una espada encajada para siempre en mi pecho. Cada vez que respiro me roza el corazón. No sé qué hacer para conseguir que se me pase. Salvo, por supuesto, dejar de respirar.

Esta noche he plantado jacintos y cannabis. Para cenar he comido conejo, como hago a menudo: pescar me entristece demasiado y no hay mucho más por aquí. Me siento junto al fuego bebiendo vino y cepillándome el pelo. He decidido dejármelo crecer un tiempo, para ver en quién me convierto. Escribo en mi diario. Por mucho bien que hiciéramos, por mucho que intentáramos ayudar, nuestra vida siempre estuvo llena de dolor. Está claro que ahora no habrá un momento en que no sea así. De modo que la pregunta es: ¿es cierto que para vivir como un héroe uno debe sufrir un dolor infinito y una muerte prematura? Y si es así, ¿cuál es la lección? Los grillos cantan y no voy a pensar en los cientos de noches que pasamos juntas al lado de la hoguera. Qué agradable era estar sentada simplemente con ella, aunque no hablara, aunque estuviera enfadada o deprimida, aunque todo hubiera ido mal otra vez, siempre era maravilloso estar con ella. ¿Por qué por qué por qué, habiéndome esforzado todo lo posible, he fracasado? ¿Cómo es que yo, Nada, sigo rabiando contra los estragos del destino? Por todos los dioses, no hay una "cosa" que haga la vida justa. Incluso intentamos ser esa cosa, y fracasamos miserablemente. Hay vida y muerte y nada más tiene razón de ser y ¿por qué no puedo entenderlo? ¿Cómo podría alguien que llamó a ese bebé concreto "Esperanza" entender jamás una cosa así?

Se me vuelve a ocurrir que si estuviera muerta, estaríamos juntas. Escribo en mi diario las formas en que podría acabar muerta, como horribles accidentes, o librar una batalla perdida, como lo hizo ella... O podría hacerlo sin más, cortarme el cuello yo misma y acabar de una vez con todo esto, con todas estas preguntas sin respuesta, todo este dolor, y volver a estar a su lado. Me toco el tatuaje de la pierna, el que se parece tanto al símbolo que se dibujó ella en el pie en la India. Me gusta la sensación de los tatuajes, como si ahora mi piel fuera más fuerte.

De repente, reconozco su presencia y aparece a mi lado en el petate. Es tan bella, y el hecho de que vista el cuero marrón que siempre llevaba se burla de mi dolor. Qué triste parece. Es como si me arrancaran el corazón, pero verla es maravilloso.

—Tú —digo, con los ojos otra vez llenos de lágrimas.

—Ojalá... —susurra y la interrumpo.

—No. No sirve de nada.

La estrecho entre mis brazos y nos dejamos caer sobre el petate. Le suelto el peto y lo tiro al otro lado del claro y poso la cabeza sobre su pecho; nos quedamos abrazadas. Oigo cómo late su corazón y quiero preguntarle por qué late, pero no quiero hablar con ella. No quiero nada, sólo abrazarla. Los brazos que me rodean parecen tan sólidos, pero no huele a nada. Incluso de niña, nunca comprendí de verdad qué era "real". Si los personajes de un pergamino me conmueven y la gente del pueblo no, ¿quiénes son reales? Si la mujer que tengo en mis brazos está muerta, pero puedo verla y tocarla, ¿acaso no es real? No quiero volver a Grecia ni a ningún sitio donde me conozcan. No quiero oírles preguntar "¿Xena está muerta?" o "¿Echas de menos a Xena?", ni tener que contar la espantosa historia de cómo murió mi amada. Porque no está muerta, nunca lo ha estado, en realidad.

—Siento que ahora soy las dos —le susurro en el pelo—. Es como si tuviera tu seguridad y tu fuerza, como si llevara tu legado al mundo.

—Estoy orgullosísima de ti —me susurra a su vez—. Creo que voy a tener que irme pronto. Noto que empiezo a desvanecerme.

La estrecho con más fuerza. No voy a llorar.

—Vuelve pronto. Te echo de menos.

Noto que le late el corazón más deprisa y entonces desaparece. Me doy cuenta de que tengo que aprender a disfrutar incluso de las cosas más nimias de la vida.

Ahora he empezado a soñar despierta, creo. O tal vez es que me he abierto a la posibilidad de ver fantasmas. No hay forma de saberlo en este momento. Intento recordarlo para escribirlo todo.

Estoy sentada en la arena junto al lago. La luna está en lo alto, por lo que ilumina bien, y de repente, se me aparece. Una bella mujer, vestida al estilo de Chin, que parece salir por una puerta que flota en el aire ante mí. Me levanto para recibirla y nos miramos a los ojos. Tengo el corazón acelerado y me digo que estoy despierta.

—Cada paso que dais es como un trueno para mí mientras viajáis por Chin —dice—, la bella poetisa guerrera y su fantasma. Vuestra presencia hace que mi consciencia vuelva a cobrar forma, concentra mi espíritu.

—¿Me conoces? —pregunto, observándola aún, su largo pelo oscuro, la seda roja y suelta.

—Sí, y tú me conoces como Lao Ma, lo mismo que tu fantasma —dice, sonriendo al ver mi sorpresa.

—¿Está aquí? —pregunto.

—En este momento no, pero sí con frecuencia.

—Es un honor conocerte, Lao Ma —digo, inclinando la cabeza. De repente, todo lo que tengo parece insignificante y sucio, comparado con ella—. ¿Tienes algún sabio consejo que compartir con esta alma desafortunada y melancólica?

Su risa es encantadora. No me extraña que mi fantasma estuviera tan enamorada de ella.

—Gabrielle —dice, sonriéndome—, no hay nada que yo pueda decirte que tú no sepas ya.

—Y sin embargo, tú eres la gran sabia —bromeo, contemplando la visión bajo la luz de la luna, consciente de cómo se me agrava y quiebra la voz al hablar—. Fui tan necia que creí que el amor y la belleza y la verdad eran cosas duraderas, que eran cosas por las que podía luchar y ganar. No puedo evitar pensar que hay algo más que aprender, que comprender, y que cuando lo comprenda, el dolor disminuirá.

Lao Ma me sonríe complacida a la luz de la luna. Se acerca un poco más y se quita rápidamente una horquilla larga y negra del pelo. Un extremo está tallado como la cabeza de un cuervo, con los ojos rodeados de oro egipcio. Me la entrega y pesa más de lo que me imaginaba: es metal, no madera.

—Era de tu fantasma —dice Lao Ma—. Nos la dimos la una a la otra en más de una ocasión. —Hace una pausa, sonriendo, recordando—. Lo que yo más me empeñé en enseñarle, al final lo aprendió de ti.

—Conquistarse a sí misma. —Doy vueltas a la horquilla en la mano, imaginándome a mi amada, joven, furiosa y confusa.

—Sí. Se entregó a la voluntad del universo y dejó a un lado la suya.

—¿Podré yo llegar a hacer eso? —le pregunto—. Al final, lo único que deseaba era a ella. Me daba igual que otros tuvieran que sufrir.

—Debes aprender a aceptar las cosas como son: ése es el comienzo —dice, y empieza a desvanecerse.

Estoy sola en la playa, sujetando una horquilla. Una horquilla, una urna de cenizas y un chakram. Podría escribir una historia sobre eso, si tuviera que hacerlo. Supongo que estoy demasiado rígida. Demasiado llena de rabia y esperanza. Qué extraño que la esperanza sea algo a lo que uno debe renunciar para encontrar la paz.

El universo tiene la amabilidad de concederme un sueño sensual esta noche: mi amante fantasma viene a mí y nos besamos. Me hace el amor con una ternura y un frenesí que me dejan débil cuando me despierto a la mañana siguiente bajo el sol. Otro día de viaje hasta que llego al límite de Chin. Espero que Lao Ma vuelva a aparecerse ante mí esta noche. Llevo la horquilla en el corpiño: la sensación del metal es cálida contra mi pecho. Recojo el campamento y continúo mi viaje. Si mi fantasma está cerca de mí con frecuencia, hablaré con ella. No me vendrá mal.

—Por si estás por aquí, se me ha ocurrido que podría compartir algunas de mis reflexiones contigo. Seguro que todavía podría hablar horas sin parar si me pusiera a ello. ¿Lista? —Levanto la vista al cielo, por detrás de los árboles, con la esperanza de verla un instante—. Esta mañana me pregunto, mientras nuestras almas viajan juntas y éste es el destino de la tuya por ahora, ¿qué dice eso de mí? ¿Quién o qué soy yo en esta situación, cuando siento más dolor por tu muerte que tú? ¿Acaso las dos hemos hecho cosas tan horribles en vidas anteriores que siempre tenemos que sufrir tanto? ¿Acaso la única alegría de la vida de un héroe es saber que ha hecho lo correcto? Porque ahora sé que, pase lo que pase, mi vida está maldita. He conocido todo el amor que voy a conocer. No tendré paz, aunque me vaya muy lejos y me cambie de nombre. Soy fuerte y puedo proteger a la gente. Como no hay nada más en el mundo salvo ciclos sin sentido, no puedo aislarme de la sociedad: debo continuar luchando. Siento que no tengo elección. —Sujeto el chakram con la mano y me quedo mirándolo—. Yo quería traer la paz al mundo, quería enseñar el amor a la gente. ¿Te acuerdas de cómo lo deseaba? —Vuelvo a colocarme el arma en su sitio y continúo camino adelante.

Y entonces ahí está mi fantasma, caminando a mi lado. Me mira y sonríe. Quiero morirme, de lo normal que parece.

—Gran guerrera —dice—, tengo entendido que has hecho cosas impresionantes a lo largo de tu vida. ¿Tendrías la bondad de contarme algunas historias para inspirarme en mi solitario camino?

—Pues veamos —digo, cogiéndola de la mano y siguiéndole la corriente—. He dirigido a muchos ejércitos en combate y luché en Troya. He viajado por la mayor parte del mundo y por unos cuantos inframundos. He ganado muchos concursos de bardos y he visto muchas actuaciones estupendas. Ha habido bebés que han recibido mi nombre y he muerto en más de una ocasión. He sido reina y he contribuido a cambiar el curso de la historia más veces de las que puedo contar. He conocido a personas del futuro y he tenido cientos de aventuras extraordinarias. —Hago una pausa, porque mi sentido innato del dramatismo no me permite hacer otra cosa—. Y pasé seis años con la mujer más maravillosa del mundo, viviendo la clase de amor que la mayoría de la gente sólo conoce por las historias, la clase de amor que continúa eternamente, mucho más allá de la muerte.

—Parece que has tenido una vida fascinante, deberías estar contenta. ¿Quién es la afortunada? —bromea.

—Se llamaba Xena. Murió.

—Pero has dicho que vuestro amor continúa más allá de la muerte.

—Sí, pero no es lo mismo.

—Todo sale bien al final —dice.

—No hay final.

—Lo sé.

Cuando empieza a desvanecerse, se fija en la cabeza de cuervo de la horquilla que llevo prendida en el corpiño, pero desaparece antes de poder decir nada.

—Esto es de locos —digo en voz alta. Camino todo el día e intento no pensar en el pasado. Ahora tengo siempre todos los sentidos alerta: nadie, vivo o muerto, volverá jamás a pillarme por sorpresa.

Termino mi día de caminar y no pensar y monto el campamento en otra orilla de esta extensión interminable de agua. Estoy segura de que Lao Ma sabría cómo se llama. Espero que vuelva a mí esta noche, pues estoy segura de que es la última que voy a pasar en Chin. Mientras se hace la cena entreno con el chakram. Empiezo con sencillez, haciendo que rebote en una roca y recogiéndolo: mañana probaré con dos rocas. Aunque no soy mucho más que nada, la verdad es que no quiero morir. Quiero encontrar una forma de volver a sentirme bien.

Cuando estoy a punto de iniciar otra conversación con mi fantasma posiblemente ausente, Lao Ma sale por la puerta del cielo y se posa en la playa.

—Cuéntame —dice.

—Siempre temía que mi vida no tuviera sentido, que a la gente buena le ocurrieran cosas malas sin el menor motivo, y ocultaba este temor en lo más profundo de mi mente. —Contemplo la arena mientras hablo. Confesar mis temores más hondos a una persona tan perfecta me resulta terrorífico—. La amaba tanto, Lao Ma, y ella parecía siempre tan invencible que pensé que no corría peligro convirtiéndola en lo único que me importaba. Amarla se convirtió en mi razón de ser, mi gran alegría, mi descanso al final de un día de duro trabajo, aquello con lo que sustituía a todo lo demás. Incluso cuando se acabara el mundo, ella estaría allí, aún de pie. Era mi camino, mi única necesidad, mi alma misma. La amaba más que a mí misma y ni sé la de veces que hice mal en nombre de ese amor. No me arrepiento. —Miro a Lao Ma casi con desafío, pero sé que lo entiende.

—Ella hizo lo que tenía que hacer. Tú habrías hecho lo mismo —dice y luego sonríe con aire taimado—. De hecho, estoy segura de que lo habrías preferido así.

—Por un millón de razones —digo—. No me puedo creer que éste sea el resultado de su vida.

Lao Ma sonríe.

—Es un resultado. Es lo que ocurrió.

Asiento. Espero. Sé que si alguien lo sabe, es ella.

—Tener fe en que las cosas suceden como deben suceder es ponerse en paz con el funcionamiento del universo.

—Mírame. Soy guerrera. Yo no hago la paz, lucho por ella. —Es como si hubiera sido siempre guerrera y sin embargo, me pregunto cómo ha ocurrido.

—Yo nunca me atrevería a decirte cuál es tu camino —dice Lao Ma—. Dime por qué plantas semillas.

—¿Por qué? —me pregunto a mí misma por primera vez—. Si un viajero encuentra lo que necesita en el momento preciso, porque yo lo he plantado ahí, ayudo a gente que jamás conoceré. —Hago una pausa—. Y supongo que quiero compensar algunas de las cosas malas que hicimos al intentar hacer el bien. Flores en la hierba en lugar de sangre. Creo que me sigue importando más de lo que creía. Gracias.

Me quedo mirándola a la luz de la luna. Lao Ma vuelve a desvanecerse en el cielo nocturno, con una sonrisa. Me tumbo en el petate y contemplo las estrellas. Sujeto la horquilla en la mano, notando su peso, el peso de una especie de futuro.

—Bonita horquilla —dice mi fantasma.

Pego un respingo. Estoy a punto de quedarme dormida y no me había dado cuenta de que estaba aquí.

—Sí. Me la ha dado Lao Ma —digo, sintiéndome de repente culpable como si me hubiera acostado con ella.

—Supongo que se la arrancó ella misma del cráneo a Ming T'ien.

—Me imagino. —Ahora estoy sentada, medio dormida, mirando a los ojos de mi auténtico amor—. Me voy a dejar crecer el pelo. —Si tuviera una eternidad, la pasaría justamente así, igual que si sólo fueran treinta segundos.

—Siempre has sacado lo mejor de ti cuando yo no estoy —dice.

—Lo mejor, tal vez. Pero no con mi máxima felicidad.

Me rodea con el brazo y me apoyo en ella. La huelo y me doy cuenta de que como no huele a nada, el olor a nada ha empezado a recordarme a ella.

—¿Qué se contaba Lao Ma? —pregunta.

—Me ha indicado que conquistarme a mí misma es el camino.

Se echa a reír y me da un beso en la cabeza.

—Hay cosas que nunca cambian.

—Sabes que tiene razón, por supuesto. Sin embargo, me sigue gustando pensar que todo esto podría ser un sueño —susurro—. O tal vez, a medida que nos alejemos de Japón, las cosas serán distintas. ¿Esto es otro universo, o un hechizo, tal vez?

—No son las Parcas, no es Ares y no es algo que he comido —dice, citándose a sí misma directamente de uno de mis pergaminos más antiguos—. No tengo marcas de dardos envenenados, no tengo mordiscos de bacante.

—Nunca has tenido mucha gracia —le digo.

Tal vez sea una necia, pero me gusta pensar que algún día estaremos juntas de una forma menos agridulce que ésta, pero hasta entonces, aguanto. Por lo general, lo reconozco, la gente que me encuentro me llama "guerrera". Nunca le digo a nadie quién era, el nombre que antes era el mío, el nombre que usa ella cuando habla conmigo. Tal vez quiero que ahora sea sólo para ella, como ella es sólo para mí. Sigo viajando, armada de símbolos: mi chakram y mis sais, mi horquilla y mi urna de cenizas.

Dejo Chin y sigo sin saber dónde voy. Cada día me importa un poco menos. Si tengo suerte, iré donde quiera el universo. Si tengo suerte, algún día, dejará de importarme.


FIN


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