Orgullo de campeonas

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos, disculpas y agradecimientos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Tampoco son míos los derechos de la letra sacada de Una suite amarga, ni ese discurso. Mis diculpas a Kurt Vonnegut Jr. por el título. Y mi agradecimiento a algunos Ex-Guards por los comentarios.
La relación: Xena y Gabrielle están enamoradas, pero en esta historia apenas expresan sus sentimientos de una forma física. Creo que ni siquiera infringirían ninguna ley, pero nunca se sabe.
Descripción: Este relato ocurre después de La maternidad y es un examen de ciertos acontecimientos y temas de la quinta temporada.
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Título original: Hubris of Champions. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


¿Quién eres tú para pensar siquiera que conoces la diferencia entre el bien y el mal?
—de La mensajera: la historia de Juana de Arco.

Hace tres días que Ares me trajo de nuevo a la vida y no he visto a Xena desde el primer día. Hoy hace una noche cálida y clara y estoy sentada junto al fuego fingiendo leer los pergaminos que recuperamos de la posada en ruinas, pero en realidad estoy observando a Gabrielle mientras prepara la cena. Parece demasiado concentrada en las verduras que está cortando y está demasiado callada. Qué triste y qué guapa está. La luz del fuego le sienta bien. Todo le sienta bien. Me quedo mirándole los brazos y me imagino lo bella que debe de parecerle a mi madre.

—Eres bella —digo. Tal vez con eso reaccione.

—Oh, por favor —dice, mirándome—. Tu madre es bella. Yo no soy más que una aldeana musculosa.

—No —insisto—. Xena es bella porque lo es. Tú eres bella porque eres tú.

Se sonroja.

—No soy más bella por dentro que cualquiera. Antes dejaba que la gente lo creyera. Dejaba que me convencieran de que era pura, de que mi moral era incuestionable. No soy perfecta. A veces tengo una mala intención que ni te imaginas.

¡Qué suerte tengo de haberla hecho reaccionar tan fácilmente esta noche! A lo mejor consigo tener una conversación de verdad. Ésta no es la bardo parlanchina de las historias. Me fascina.

—Ya sé que no eres perfecta, Gabrielle. Es sólo que no eres perfecta de una forma muy atractiva.

—Me parece que aún no has llegado a los pergaminos donde hago cosas terribles, ¿verdad? —Se calla y se ríe con desprecio, sacudiendo la cabeza como para despejársela—. Claro que, por supuesto, tienes que recordar cómo te maté hace un par de días. Eso debería bastarte para comprender que es algo más que imperfección.

—Circunstancias. Destino. Hado. Coacción —digo vagamente.

—Brindemos por eso —dice, sirviendo vino y brindando.

—Por la casualidad —digo. Que yo recuerde, es la primera vez que brindo por algo que no sea el Imperio.

Gabrielle ladea la cabeza casi imperceptiblemente y añade las verduras al guiso.

—¿Qué pasa?

—Xena.

—¿Cómo lo sabes? Yo no he oído nada.

—La percibo. Creo que es su olor, pero no lo sé muy bien.

—¿En serio? ¿Qué está haciendo?

—A veces, cuando está muy furiosa, cuando se echa la culpa de algo, le gusta estar sola.

—¿Ha pasado por aquí cerca muchas veces?

—La mayor parte del tiempo está lo bastante cerca como para oírnos si gritamos. Para mí es como si se encerrara en su habitación y no quisiera abrir la puerta. Sólo que tenemos una casa muy especial.

—¿Por qué crees que necesita estar sola? —Sé que no quiere hablar de ello. Me doy cuenta de que está siendo paciente conmigo, que contesta a estas preguntas porque la que pregunta es su hija. Si fuera otra persona, creo que me cortaría la cabeza. ¡Vaya metáfora más inoportuna!

—Porque no quiere que yo... que nosotras la veamos así. Está demasiado furiosa para comunicarse con cortesía. Tiene miedo de lo que podría llegar a hacer.

—¿Crees que piensa que podría hacerte daño?

—Tiene miedo de hacérmelo y cuando se pone así, no se fía de sí misma. Y está intentando averiguar qué le pasa... Es orgullosa.

—Pero tú eres más del tipo que le gusta hablar de las cosas.

—Sí —dice Gabrielle, sonriendo como si recordara algo: parece años más joven—. Sí, yo soy la comunicadora.

—Entonces, ¿qué pasa? —Me la juego.

Gabrielle me mira con una sonrisa que dice: "Ah, no es posible", y yo le devuelvo la sonrisa.

—Bardo parlanchina —digo.

—Me llamaban la rubia molesta.

Nos echamos a reír y el guiso está listo. Está muy bueno, sobre todo para las condiciones en las que estamos, y se lo digo. Es la primera vez que recuerdo oírla reír, pero eso no se lo digo.

—¿Qué crees que la tiene tan alterada?

Gabrielle sirve más vino y se recuesta apoyada en el tronco.

—¿Sabes cómo, cuando estás librando una guerra, tienes que concentrarte en la estrategia, en la lucha, en la meta? ¿Cómo tienes que dar todo de ti si quieres ganar?

—Claro. Ares me enseñó bien. No puedes albergar la menor duda en tu corazón, debes ser fiera e inflexible. Si hay el más mínimo atisbo de incertidumbre, un solo momento de vacilación, eso puede ser tu ruina.

—Exacto. Eso es lo que ha sido el último año para nosotras. Es decir, el último año hace veinticinco años.

—Puedes decir el año pasado. Me acordaré. —Sonrío. Va a hablar conmigo. Me doy cuenta de que si juego bien mis cartas, puedo conseguir que hable durante horas.

—El año pasado. Dioses. En cierto modo, a veces sí que parece que fue hace veinticinco años. Bueno, el caso es que ese año fue como una guerra. Fue una guerra. Contra unos enemigos que nos superaban tanto que parecía verdaderamente ridículo plantearse siquiera luchar contra ellos. Pero Xena no acepta la derrota, ni siquiera cuando le hace morder el polvo, de modo que nos lanzamos a la guerra. Descubrimos, durante el curso de la guerra, que había una vía de escape segura. Pero, por supuesto, no la seguimos. No creo que Xena haya optado por la vía fácil en toda su vida.

—¿Qué era?

—Fuimos a Chin y descubrimos que no sólo la influencia de los dioses griegos allí parecía inexistente, sino que de algún modo, en Chin Xena logró tener acceso a unos grandes poderes. Podía crear escudos en el aire a su alrededor y podía convertir las cosas en piedra con la mente. Si nos hubiéramos quedado allí, tú podrías haberte criado a salvo y probablemente los dioses seguirían con vida.

—Pero Xena y tú probablemente estaríais ya muertas. Tienes que explicarme...

—Quieres una historia, ¿verdad? Deja que llegue a lo que iba... que era... ¡Eso es! Cuando se acaba la guerra, te pones a pensar. Y a veces las cosas que han ocurrido, las cosas que tú misma has hecho, parecen muy distintas ahora que ya no estás en el fragor de la batalla, que no estás defendiendo a tus seres queridos de una muerte segura. Así que creo que ahora está pensando en esas cosas. Yo lo estoy haciendo. Sólo que no tengo que retraerme tanto para hacerlo.

—No tanto. Bueno, cuéntame más cosas de Chin. —Relleno nuestros vasos.

—Chin. Había una mujer a la que tu madre amó. Se conocieron hace muchos años, cuando Xena era una salvaje y estaba un poco loca, y Xena acabó traicionándola. Era una gran filósofa y una mujer muy poderosa. No se vieron durante años y al final ella murió, convirtiendo a Xena en su vengadora, su heredera espiritual. Estoy convencida de que su espíritu es una especie de guardián de la tierra de Chin y, a veces, cuando esa tierra se ve seriamente amenazada, su espíritu llama a Xena para que actúe por ella y la proteja. Ya van dos veces que su espíritu ha enviado mensajeros que han muerto al completar su misión para alertar a Xena de algún problema que ocurre en Chin. Vamos a saltarnos la primera vez, Eva. No hagas preguntas: puedes leerlo todo en los pergaminos de La deuda y en el que se llama No me olvides. La segunda vez, estaba embarazada de ti y un monje sin lengua murió en mis brazos para decirle a Xena que el halcón y la paloma tenían que hacerse uno con la sabiduría. Pues qué bien, pensé: hacemos lo que Lao Ma quiera aunque esté muerta. Así que fuimos a Chin.

Gabrielle bebe y creo que está muy celosa de esta tal Lao Ma. Tomo nota mental de los nombres de los pergaminos.

—Es una larga historia, pero el caso es que tiene tres hijos, uno de los cuales está muerto en ese momento, dos de los cuales son malvados. Nada de esto tiene importancia. Lo importante era el polvo negro, un poderoso explosivo. Se había inventado hacía tiempo y luego fue prohibido. Nadie debía conocer el secreto. Pero la hija malvada de Lao Ma lo conocía y lo estaba usando. Xena pensó que el polvo negro daría una gran ventaja al ejército que supiera cómo fabricarlo, de modo que decidió destruirlo, aunque descubrimos que era fácil crear la receta porque Joxer consiguió hacerlo en tan sólo unas horas. Pero seguimos adelante. Chin estaba en juego, la hija no malvada de Lao Ma estaba en peligro. Así que Xena descubrió cómo utilizar las enseñanzas espirituales para realizar increíbles hazañas físicas. Al final, y tardamos una vida en llegar a ese punto, así que tienes suerte de oír esta versión, nuestra banda zarrapastrosa se enfrentó a un ejército de cien mil hombres, al mando de los dos hijos malvados, que ahora estaban muertos y compartían un solo cuerpo.

—Te creo sólo porque sé que ya os han pasado cosas por el estilo. ¿Y qué pasó entonces?

—Que Xena detuvo al ejército convirtiendo a todos los soldados en piedra.

—Eso parece magia. ¿Los mató a todos sin más?

—Sí. En ese momento parecía que era lo que había que hacer.

—¿Y tú crees que, por ejemplo, ahora Xena está pensando en cómo tomó la decisión de matar a toda esa gente y que está pensando que a lo mejor no era lo que había que hacer?

—Tal vez —dice Gabrielle—. Pero creo que la cuestión es algo más serio. La cuestión no es si matar a toda esa gente era lo que había que hacer, sino si Xena tenía o no el derecho de plantearse siquiera tomar la decisión de si se debía usar el polvo negro o no. Hace cinco años, cuando empezamos a viajar juntas, las cosas estaban claras. Había que liberar a los esclavos. Había que rescatar a los secuestrados. Xena podía hacer estas cosas para ayudar a los demás y las hacía. Pero era muy poderosa, mucho más poderosa que cualquier otra persona. Era más inteligente y más rápida y más valiente y más segura de sí misma. Y se había hecho buena. Tenía un sólido código moral y mi amor inocente y mi claro sentido del bien y del mal para ayudarla a guiarse. Era imparable. Era tan bella, tan imponente, y todo lo que hacía parecía tan perfecto, tan correcto, tan sabio. Era como si no pudiera fallar en nada, como si nunca se equivocara. En el fondo de mi corazón, aunque sabía que tenía defectos y estaba llena de dolor, creía que era como debía ser una diosa. Llena de amor y de dolor y de una sed insaciable de más. Una vez oí una canción sobre ella en una taberna que decía, "Famosa por su destreza con la espada, la que es tan temida como adorada". Así era como la veía la gente. Con el paso del tiempo llegó a parecer natural que nuestra lucha por el bien supremo se librara a una escala cada vez mayor.

—¿Cómo es estar enamorada de esa forma?

—¿Qué? —pregunta Gabrielle, confusa.

—Yo nunca he estado enamorada. A veces me pregunto cómo es.

—Oh. Pues lo que he estado describiendo es más bien adoración. La forma en que la amo... bueno, es más complicada. Hay días en que siento que estoy tan enamorada de ella que me va a estallar el corazón por la tensión de no poder expresarlo y luego hay días en que me parece que tengo que estar loca para plantearme siquiera la idea de que las dos estemos juntas de esa forma. Así que estar enamorada es así: desquiciante.

A Gabrielle vuelve a llamarle la atención algo que yo no percibo. Mira hacia el bosque oscuro que rodea nuestro campamento.

—¿Es Xena?

—Sí. Creo que está lo bastante cerca como para oírnos y no quiero hablar de esto así. ¿Vale?

—Sí, vale. ¿Quieres acostarte?

Coloco mi petate al lado del suyo, más cerca del fuego. Ella es la que nos protegerá si necesitamos protección durante la noche. Ya es bastante extraño ser mayor que esta mujer a quien considero mi madre, que me considera su hija adulta de repente. Como la leyenda del nacimiento de Atenea, una mujer que brotó directamente de la cabeza de Zeus. Y más extraño aún que este camino de la no violencia que ahora me parece tan correcto la ponga a ella en peligro, cuando sé que en el combate soy por lo menos su igual. Me quedo dormida rápidamente, pero me imagino que ella tarda más.

Sueño con tormentas y mensajeros, gatos negros, rayos y árboles muertos. Todo tipo de señales. Ninguna de ellas clara para mí. No me han dado miedo, pero me despierto sin aliento. La mañana es calurosa y oigo los gruñidos del ejercicio de Gabrielle al otro lado del claro. Cuando leo los pergaminos más viejos no me puedo creer que sea la misma persona. El amor que siento por ella es tan fuerte que a veces me parece demasiado fuerte. Es casi como si una parte de mí estuviera enamorada de ella por Xena, como si formara tanta parte de ella que la he heredado junto con la estatura. O a lo mejor es sólo que veo eso que al parecer la gente siempre ha visto en ella y creía que era bondad y pureza. A lo mejor soy la única que lo ve como lo que es: fuerza.

Nos vamos a bañar antes de desayunar.

—¡Deja de mirarme! —dice Gabrielle, riendo mientras se quita los pantaloncillos naranjas.

—Perdona. Es que tu cuerpo es precioso. Eso es todo. No es nada personal. —Prometido. Pase lo que pase.

—¡Dioses! —Se zambulle en el agua y la sigo.

Nos lavamos despacio y pregunto, como quien no quiere la cosa:

—¿Tú sabes quién era esa mujer, la que le tocó la tripa a Xena y me hizo?

Gabrielle me mira con curiosidad.

—¿No lo sabes?

—No, no lo sé. Sólo que era dorada y magnífica, como un ángel.

—Como un ángel —repite Gabrielle, meneando la cabeza—. Era un ángel, Eva, en eso tienes razón. Justo después de que pasara una temporada en el infierno. Te contaré el resto mientras desayunamos.

—Gracias, mamá.

Lo digo a propósito y me gano una breve pelea de agua por la molestia. Espero que Xena se sienta orgullosa de ver cómo la estoy animando y haciendo que comparta sus sentimientos.

Gabrielle hace el desayuno y comienza la historia con tono tranquilo.

—Érase una vez una jovencita. Vivía en una aldea. Un día llegó una señora de la guerra que quemó la aldea hasta los cimientos, matando a la familia de la chica y dejándola sola en el mundo. Juró vengarse de la señora de la guerra. Estudió durante años y se convirtió en una gran guerrera. Pero su obsesión con la venganza y sólo la venganza le retorció el corazón y la mente hasta que se volvió loca. Por fin estuvo preparada y alcanzó a su enemiga. Pero para entonces su enemiga se había reformado y ya no era la cruel señora de la guerra, sino una heroína en busca de la redención.

—¿Me estás diciendo que esa mujer era Calisto? —No me lo puedo creer. Gabrielle asiente—. La mujer que Xena mató, que trabajó para Ares y para Hera y para Dahak... ¿era el ángel que me dio el ser?

—Sí. Toma un poco más de té —dice—. ¿Te habló Ares de ella?

—Sí, era parte de mi educación como guerrera. Conocer los puntos fuertes y débiles de los mejores guerreros que había habido antes que yo me permitiría evitar sus fallos.

—¿Cuáles te dijo que eran sus fallos?

—Estaba demasiado centrada en un solo propósito, eso hacía que a la gente le fuera fácil manipularla, porque ponía todas sus cartas sobre la mesa y sabían lo que quería y que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Y estaba loca, aunque según Ares eso no era tan problemático.

—¿Qué decía de Xena?

—Que tú eras su punto débil. Que la ablandabas y la descentrabas. Antes de ti, era perfecta. Después de ti, siempre estaba dividida. ¿Quieres saber qué decía de ti?

—No.

—Decía que tú eras la mejor porque tenías control. Decía que tu fuerza en el combate era la sorpresa: nadie se esperaba que fueras ni la mitad de buena de lo que eras, por lo que podías acercarte y... ¡bam! Lo que se percibía como tu punto débil era lo que constituía tu fuerza, y no hay mejor arma que la que menos se espera.

—Sí que le prestaste atención.

—Fue mi héroe durante mucho tiempo. Creía que no había nada que él no supiera. Nunca me dijo cómo se convirtió Calisto en diosa.

Dice que me lo contará por el camino y recogemos el campamento. Calisto. Lo asimilo y espero para oír más. Por una vez, estamos en un camino ancho y llano y Gabrielle comienza su historia.

—Canto la versión resumida de la historia de cómo la reina guerrera Calisto se convirtió en diosa. Hace tres años, o veintiocho, la legendaria Xena murió. Como era Xena y todo eso, se le dio la oportunidad de regresar a esta vida, cosa que aceptó. La oportunidad era una búsqueda que llevaba a la ambrosía, con una amazona renegada sedienta de venganza pisándonos los talones. Por supuesto, vencimos, pero de algún modo, ella acabó haciéndose con un poco de ambrosía y se convirtió en diosa.

—¿Cómo se llamaba y por qué os perseguía?

—Velasca. Quería ser reina de las amazonas, mis amazonas, y no era la mujer adecuada para el trabajo.

—¿Tus amazonas?

—Lee Centauros y amazonas y La búsqueda. Ésta es la versión resumida, ¿recuerdas? El tamaño perfecto para viajeros cansados —dice, deteniéndose para frotarse el pie.

—Lo siento. Por favor, continúa.

—Vale... Velasca era ahora una diosa y quería matarme porque decidí aceptar el puesto que me correspondía por derecho. Xena estaba viva de nuevo, pero no podíamos hacer nada contra sus poderes. Xena decidió que necesitábamos la ayuda de un inmortal, y Calisto era inmortal y estaba encerrada allí cerca, de modo que Xena hizo un trato con ella y derrotamos a Velasca, y Calisto logró comer un poco de la ambrosía. Las atrapamos en un río de lava. Calisto logró salir más adelante, pero ésa es otra historia.

—Vosotras creasteis diosas.

Gabrielle tropieza con una raíz y dice que supone que eso es cierto.

—Y luego las destruisteis.

—Bueno, eso creíamos.

—Así que estás diciendo que para salvar vuestra vida, os arriesgasteis a crear dos diosas malvadas y perdisteis.

—Bueno, estamos vivas. Y si Calisto no se hubiera convertido en diosa, lo más probable es que nunca te hubiéramos tenido.

—Gabrielle, yo he matado a miles de personas. Sé que me quieres, pero la muerte de tantos inocentes no se puede justificar nunca.

Nos quedamos en silencio durante un rato.

—Mató hasta a los caballos —susurra Gabrielle.

—¿Qué?

—Imaginó que todo el que llevara el símbolo del dragón verde se convertiría en piedra. Los soldados iban montados en caballos que llevaban el estandarte del emperador muerto.

—¿Por qué no dejasteis que los demás dioses se ocuparan de Calisto y Velasca?

—Creo que no se nos ocurrió. Xena era la heroína, la fuerte, la que solucionaba todo a todo el mundo. Esto también lo solucionaría. ¿La Xena que tú conoces, la que llora y reza? Ésta no es la Xena que yo he conocido. La Xena que yo he conocido no diría "Pásame el agua" ni aunque tuviera el pelo en llamas.

Me echo a reír.

—¿Podemos pararnos a pescar el almuerzo? —pregunto.

Me mira y parece más tranquila de lo que ha estado durante días. Ladea la cabeza y asiente, sonriendo.

—Sí.

No lo habría propuesto si no estuviéramos cerca de un río, así que bajamos por una empinada cuesta hasta la orilla, fabricando cañas de pescar improvisadas por el camino.

Ahora ya sé por las sutiles señales de Gabrielle que Xena está cerca, y no digo nada al respecto.

—Estábamos viajando cerca de Tesalia —dice sin venir a cuento al tiempo que lanza el sedal—, y acabamos sin querer en los aledaños de una guerra terrible que se había convertido en una carnicería. Y por un golpe de suerte tan increíble que sigo sin poder creérmelo, nos encontramos a nuestra amiga Ephiny sola en el bosque a punto de dar a luz, después de que a su marido lo mataran los soldados por diversión. Estábamos ahí en el bosque, espantadas una vez más por las crueldades fortuitas de la guerra, y entonces lo dijo: "Voy a buscar un lugar seguro para que Ephiny tenga a su bebé y luego voy a parar esta guerra".

Gabrielle hace una pausa efectista y aprovecha para volver a lanzar el sedal. A veces tengo la impresión de que hay tantas historias sobre mi madre que me será imposible llegar a oírlas todas.

—¿Y qué pasó?

—Que encontró un lugar seguro, trajo al mundo al hijo de Ephiny y paró la guerra.

—Increíble.

—Y me trajo de vuelta de entre los muertos.

—¿Quieres decir que te mataron por su culpa?

—No, me mataron por mi culpa. Ella me trajo de vuelta.

—¡Eso no es cierto! —resuena la voz de Xena desde algún punto del bosque—. ¡Te mataron por mi culpa y tú te trajiste a ti misma de vuelta!

—¡Ven aquí y dímelo a la cara! —grita Gabrielle hacia el bosque. Nuestras cañas de pescar están olvidadas ahora en el barro.

—¡Di que tengo razón! —grita Xena.

—¡Jamás!

—¿No es más importante que pararas la guerra? —grito yo.

—¡Gabrielle murió, Eva! —vocifera desde el bosque. Noto por su voz que se está moviendo para que no la localicemos—. Puse en peligro su vida y la de Ephiny y Xenan. ¡Fue mi orgullo! ¿No lo comprendes? A Gabrielle no le gustaba la guerra y por eso yo tenía que pararla. Sabía que podía pararla. Eso fue lo único que pensé. ¡No en el peligro! ¡Y no aprendí la lección! Es mi enorme orgullo lo que ha sido mi ruina. No sigas escuchando las mentiras de Gabrielle. ¡No soy ninguna heroína! —La oigo cuando se sube a los árboles, alejándose a tal velocidad que sabe que nunca la alcanzaremos.

—Parece que tenías razón —digo, sonriendo a Gabrielle y recogiendo nuestras cañas de pescar. Hay partes de mí que están temblando. Nunca he oído a Xena hablar así. Con tanto dolor.

—Ya no tengo hambre, Eva. ¿Podemos seguir adelante?

—Por supuesto. ¿Dónde vamos? —He logrado evitar preguntarle esto hasta ahora porque ella no lo ha mencionado, y me da miedo que no tenga una respuesta.

—Vamos hacia Tracia para ver quién sigue vivo.

Sus familias. Mis familias. Dicen que conocí a mi abuela, pero no me acuerdo. El tono de su voz es tan triste. Creo que piensa que están muertos. No sé si de verdad quiere saberlo con certeza.

Caminamos durante horas en silencio. El sol tiñe el cielo de naranja y rosa cuando acampamos y recogemos leña y hacemos todas las cosas que suele hacer con Xena. Cazo un conejo y ella hace un estofado. Las estrellas están en el cielo cuando nos ponemos a comer.

—¿Sabes lo que hicimos este año? O sea, aquel año.

—¿El qué? —Parece la respuesta menos comprometida.

—En ese momento no lo parecía. Quiero decir, Eva, que de verdad era como si nada tuviera relación. No pensábamos en lo que estábamos haciendo, pero el alcance de nuestra influencia se hizo verdaderamente inmenso. Nosotras decidimos, de un modo u otro, quién iba a gobernar o no en Chin, Egipto, Roma, la Nación Amazona y hasta el mismo cielo. Me parece espantoso cuando me paro a pensarlo: ese año tuvimos la oportunidad de dominar la mitad del mundo. Se nos presentaban continuamente situaciones en las que se nos pedía que ayudáramos o nos sentíamos obligadas o parecíamos destinadas a ayudar y lo hacíamos. Tomamos decisiones que nos nos correspondía a nosotras tomar. Y sin embargo, de algún modo conseguimos tomarlas y así quedaron.

—Caray —digo.

—Sí, caray —dice.

—¿Por qué crees que pasó eso?

Me doy cuenta de que Xena está cerca. Gabrielle está tensa, pero continúa.

—Para entonces habían pasado tantas cosas. Llevábamos años ganando todas las batallas en las que participábamos, aunque a veces a un precio enorme... Cuando la conocí, pensé que era invencible, y desde entonces no ha pasado nunca nada que me haga cambiar de idea.

La expresión de su cara mientras contempla el fuego me indica lo profundamente que todavía lo cree.

—Para ti es mágica, ¿verdad?

Gabrielle me mira con curiosidad y arruga la nariz.

—Sí. Mágica. Nos acostumbramos a la adoración de la gente, a la expresión que se les ponía en los ojos cuando nos veían luchar o realizar alguna proeza increíble. Era casi como ser un dios. Y hasta cuando moríamos, regresábamos. Una y otra vez. Recuerdo el día en que me planté en el muelle y Afrodita acudió a mí cuando la llamé con un silbido. Xena sólo tenía que susurrar su nombre y el dios de la guerra aparecía a su lado. Todo esto se había convertido en la realidad de nuestra vida, de modo que cuando Xena se quedó embarazada porque sí y luego descubrió que iba a tener un hijo que supondría el fin de los dioses, pues no nos pareció tan descabellado o sospechoso como debería. Ahora dábamos por supuesto, casi, que las normas eran diferentes para nosotras. Fuéramos donde fuésemos parecíamos llamar la atención de los enemigos más poderosos.

En este momento es casi como si estuviera hablando con Xena a través de mí. Éstas son las cosas que se deberían estar diciendo la una a la otra: son los secretos que te guardas en la mente y no te atreves a contarle a nadie.

—Así que comprenderás que cuando nos enteramos de que el bebé iba a provocar el fin de los dioses, nos pareció que aquello tenía sentido, que nuestro bebé tendría ese poder. Pero no nos dio tiempo de pensar, de repente estábamos en guerra. Teníamos un bebé que proteger, nuestro bebé, y ahora, por nuestra causa, era un peón. Todo lo que hicimos, lo hicimos para protegerte. Nos olvidamos de la visión de conjunto. Nos olvidamos de todo salvo de protegerte a toda costa. Nos olvidamos del bien supremo, nos olvidamos la una de la otra. Lo único que veíamos es que tú estabas en peligro.

—¡Nos usaron! —La voz de Xena sale de los árboles por encima y a la derecha de nosotras.

—¡Cuéntamelo! —le grito.

—Ese dios nos manipuló durante no sé cuánto tiempo... ¡tal vez incluso ya en la India! Sabía que yo haría cualquier cosa que tuviera que hacer para proteger a mi bebé. ¡Y me lo tragué! Estaba convencida de que mi bebé era lo más importante del mundo. ¡Me creía sagrada! ¡Oyes eso, Gabrielle! ¡La Destructora de Naciones, sagrada! Me lo tragué todo. Dioses. ¿Cómo soportas siquiera oír mi voz?

—Ven aquí y siéntate junto al fuego —dice Gabrielle.

—¡No!

—Eso no quiere decir que no sigas siendo heroica, Xena —grito—. Sólo porque hayas cometido errores.

¡¿¡¿¡Cometido errores?!?!?! —vocifera. Gabrielle se pone la cabeza en las manos y se queda mirando al suelo. Ahora Xena lo suelta todo—: Decidí conscientemente hacer que un hombre se enamorara de mí, a sabiendas de que probablemente acabaría matándolo: fue la estrategia que elegí de entre varias opciones. No sé si a eso lo puedo llamar error. ¿Sabes lo que es un héroe, Eva? Un héroe es alguien que ayuda a los demás. Alguien que está dispuesto a correr riesgos para ayudar a personas desconocidas simplemente porque es lo correcto. ¡Alguien que sigue este código todo el tiempo! Cualquiera lucha cuando sus seres queridos corren peligro, pero un héroe lucha por cualquiera que lo necesite. ¡Este dios me arrebató eso al engañarme para que luchara por él! Y yo ni me enteré. Me pasé el año entero luchando por mi familia y mis amigos... tú estabas allí, Gabrielle... díselo... ¿a qué desconocidos ayudamos?

—Sólo a Dafne —susurra Gabrielle.

—¿Qué? —vocifera Xena.

¡¡¡Sólo a Dafne!!!

—Lo que he dicho, no soy ninguna heroína. ¿Y sabes qué? A pesar de todo lo que hicimos, ¡perdimos la guerra! ¡Los héroes han sido Afrodita y Ares! Ellos lograron ver más allá de sus lazos de sangre y hacer lo correcto. Las dos estaríais muertas de no ser por ellos. Yo sólo soy la persona que hizo que murierais.

Es ahora o nunca, de modo que entro en acción. He localizado su posición y a los pocos segundos estoy en lo alto del árbol a su lado. La agarro y la tiro, caigo al suelo con ella y aterrizo encima de ella. La sujeto en el suelo y ella me mira furibunda.

—Dejaré que te levantes si te quedas con nosotras un rato.

—Yo no hago tratos.

—¿Aceptas peticiones? ¿Te quieres quedar, por favor?

—Está bien —dice, apartándome de un empujón. Se sienta en frente de nosotras al otro lado del fuego y se queda mirando las llamas.

Gabrielle sirve una copa de vino y se la lleva a Xena, luego se sienta a su lado en el suelo. Su conducta entera es distinta ahora que Xena está aquí. Es más tierna y está totalmente concentrada en ella. Veo que le acaricia la mano a Xena al pasarle el vino y luego se sienta justo a su lado, tan pegada que están en contacto.

—¿Te acuerdas de cuando luchábamos contra gigantes? —pregunta Xena, bebiendo.

Gabrielle sonríe y apoya la cabeza en el hombro de Xena.

—Sí, me acuerdo. Con espejos y hondas y pergaminos volantes.

—Y yo tuve la osadía de traer el poder de Zeus a la tierra.

—Y funcionó, según recuerdo.

Se sonríen y noto que la tensión nos abandona a todas.

—Xena, ¿te acuerdas de la primera vez que encontramos ambrosía?

—Claro. El tesoro sumerio.

—¿Y te acuerdas de lo que hablamos, de lo que dijiste cuando te pregunté por qué no querías tomarla?

—Sí. Dije que no quería ser diosa. Sólo quería ser humana.

—¿Y no es eso lo único que hemos demostrado este año? ¿Que después de todo, de todos los actos heroicos, de todos los errores, de todas las batallas, de todas las complicaciones, sólo somos humanas? Sé que te gusta centrarte en tu época de señora de la guerra, en todas las cosas horribles que le hiciste a la gente. Pero antes de eso, Xena, antes de todo lo demás, fuiste una heroína. No huiste ni te acurrucaste aterrorizada. Luchaste por aquello en lo que creías. Ésa es la persona a quien sigo viendo cuando te miro, a esa chiquilla que intentó salvar a todo el mundo. Pero Xena, nadie puede salvar a todo el mundo.

—Estoy cansada —susurra Xena, y en su voz hay un mundo de tristeza—. Perdona, Gabrielle. Por no ser tu heroína... y por hacerte daño. Tienes razón: lo único que veía era a Eva. E incluso ahora soy egoísta, porque lamento hacerte daño y decepcionarte más que el resto de mis pecados juntos. Es que hay tantas cosas que quiero hacer gracias a ti y por ti.

—Lo sé.

—Quiero que tengamos una vida más sencilla, Gabrielle, con decisiones más pequeñas. Una vida en la que al final del día sepa dónde estoy.

—Ésa es una idea maravillosa, Xena. Vámonos a la cama —dice Gabrielle con ternura. Se echan en su petate, olvidadas por completo de que estoy aquí, como debe ser. Puede que esté purificada o lo que sea, pero no me veo con ánimos de dejar de escucharlas todavía.

Escucho los ruidos de sus cuerpos al acomodarse entre sí, el crujido del cuero, los suspiros de las dos que me dicen que ahora están abrazadas. Yo he hecho esto... ¡están la una en brazos de la otra gracias a mí! ¡Mi primera buena acción!

—Tienes que llevarme contigo —oigo susurrar a Gabrielle—, enseñarme todo lo que sabes. No puedes dejarme aquí en Potedaia. Quiero ir contigo. He estudiado las estrellas, he hablado con filósofos y cada pocos años recibo el don de la profecía. Podría serte muy útil. Llévame contigo. Quiero ser como tú.

—Y yo quiero ser como tú —susurra Xena, con la voz ronca de emoción.

Veinticinco años después y hasta yo sé exactamente lo que están diciendo: después de todo lo que nos ha pasado, amor mío, siento por ti exactamente lo mismo que el día en que nos conocimos. Oigo más roces y luego el sonido inconfundible de un beso. ¡Besos, guauu! ¡Puntos extra para Evita! Gabrielle gime y me doy la vuelta y me envuelvo la cabeza con un chal para taparme los oídos.

Yo no presumo de conocer la diferencia entre el bien y el mal, pero he aprendido que el amor puede curar y hoy lo he visto demostrado. ¿Ha sido el destino, el viaje de Cirra al infierno y de ahí a mí? Puede que nunca lo sepa. Xena y Gabrielle están juntas: para mí con eso basta por esta noche.


FIN


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