La moraleja de la historia

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Dos de las mujeres de este relato están muy enamoradas. Aparecen algunas palabras soeces, así como tal vez un consumo excesivo de alcohol y hachís.
Descripción: Comedia judicial que ocurre en Ilusia justo nada más terminar la serie Xena, la Princesa Guerrera.
Gracias: Al Bardic Circle.
¿Os ha gustado? MiladyCo@aol.com

Título original: The Moral of the Story. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2006


Algo se me clava en el costado sin parar y me obliga a despertarme. Es Xena, por supuesto: la noto antes de despertarme del todo. Los codazos son más insistentes y despego los ojos para descubrir que no sólo Xena está tumbada en el suelo a mi lado, sino que encima estamos rodeadas de soldados con las armas en ristre apuntando hacia nosotras.

—Esto no es nada bueno —murmuro. Tumbadas en nuestro petate estamos en absoluta desventaja. ¿Cómo han logrado sorprenderla? Es prácticamente imposible—. ¿Por qué te ven? —pregunto.

—No estamos en el mundo real —dice. Y luego, a los soldados—: ¿Qué queréis?

—Quedáis arrestadas. Tenéis que venir con nosotros.

—¿De qué se nos acusa? —pregunto.

—De crímenes contra el pueblo de Grecia y de tantos otros sitios que no he querido malgastar la tinta escribiéndolos.

—Levantaos —dice otro hombre—. Las dos tendréis un juicio justo.

De modo que nos levantamos despacio, dejando que nos hagan prisioneras. Echamos a andar, rodeadas por los hombres, durante horas. No tenemos armas y nuestras muñecas están unidas con grilletes. En otras circunstancias, me podría haber parecido casi romántico.

—¿Qué ocurre? —le susurro a Xena.

—Creo que estamos en uno de esos mundos alternativos. Otra vez.

—Sí —digo—. Es como Ilusia sólo que sin las canciones.

—Y doy gracias a los dioses por eso —susurra—. Bueno, por fin has conseguido tu deseo. Aquí estás, acusada de atrocidades: una guerrera igual que yo.

—Sí, los sueños de mi infancia hechos realidad —digo, riendo y sonriéndole. Todavía me hace reír, con los años que han pasado—. ¿Cuál es el plan?

—Les seguimos la corriente y nadie resulta herido. Aquí nada es real. Va de otra cosa. Sólo tenemos que recordarlo.

—Seguro que tenemos temas sin resolver más que suficientes para poblar mil pequeños mundos.

—Pareces casi orgullosa.

Seguimos caminando bajo el sol caliente de este extraño lugar. Huele raro y los colores son un poco demasiado brillantes. Ahí delante, en medio de la nada, se alza un inmenso edificio de piedra. Tiene que ser un templo o un tribunal o una cárcel...

—Creo que lo mejor es que seamos sinceras —digo.

—Sí. Eso es lo que funcionó la última vez.

Los guardias nos empujan para que subamos por los escalones hasta entrar en el edificio. Entramos tropezando en una sala gigantesca. Todo está en silencio y cientos de ojos nos miran fijamente a las dos. Es un inmenso tribunal, con paredes de piedra, techos altos, filas y filas de bancos de madera. Nos obligan a bajar despacio por el pasillo. Aquí hay toda clase de gente, no toda humana, y por su forma de vestir algunos parecen salidos de otras épocas. Algunos nos miran furibundos y otros nos escupen al pasar. Xena está acostumbrada a esta clase de trato, pero a mí no me gusta. Pasamos al lado de esa vieja horrible que ahorcó a Meleager en efigie hace años. Hoy sujeta unas muñequitas en forma de Xena y Gabrielle. No, esto no me gusta un pelo. Sigo la dirección de la mirada de Xena por el largo pasillo hasta el final. En lo alto de la tarima del juez, con una toga negra, está sentado Ares. Oh, va a ser un juicio fascinante, ya lo veo venir.

Por fin llegamos a nuestro destino, nos quitan los grilletes y nos sientan ante una mesa de madera. El gentío está a nuestra espalda y noto la energía rabiosa que vibra en el aire que nos rodea. Es desagradable. Me alegro mucho de que Xena esté a mi lado.

Ares da unos sonoros golpes con su martillo y habla:

—Bienvenidos al Primer Tribunal de Ilusia. Nos hemos reunido para juzgar el caso de "Xena y Gabrielle contra el Pueblo del Mundo Conocido". Como representante del mundo conocido, Calisto, reina guerrera.

Entra Calisto y no puedo evitar estremecerme. Es la antigua Calisto: cuero negro, largo pelo rubio, ese brillo descontrolado y maníaco en los ojos. Nos mira, se detiene, echa la cabeza hacia atrás y estalla en locas carcajadas antes de sentarse a la mesa situada a nuestra izquierda. El gentío enloquece. Al cabo de unos minutos, Ares deja de mirarle los pechos y vuelve a dar golpes con el martillo para calmar a la gente. Quieren nuestra sangre y si es Calisto quien se la va a dar, pues viva Calisto.

—Y como abogada de la defensa, representante de Xena y Gabrielle, con un gesto que puede acabar con su carrera, Gabrielle, bardo de Potedaia.

Y ahí está, yo misma tal y como era cuando conocí a Xena. De rostro inocente y apenas dieciocho años, con esa misma falda larga marrón y la blusa azul. ¡Ah, qué día nos espera! La multitud aplaude a esta Gabrielle y no puedo evitar unirme. Xena me lanza una mirada.

—¿Cómo es que siempre le caes tan bien a todo el mundo? —susurra.

—Calla, mujer. ¿Podemos despertarnos ya?

—Ojalá —dice—. Se podría pensar que ahora que estoy muerta, nos dejarían en paz.

—Se podría.

La Joven Gabrielle me mira, sonríe y dice:

—Hola, Gabrielle. Es maravilloso conocerte por fin.

—Más te vale hacerlo bien —le digo. Ares da golpes con el martillo y comienza el espectáculo.

—Calisto, empieza, por favor.

Una cosa sí que tengo que reconocer, la mujer tiene presencia. Se apodera inmediatamente de la atención del jurado y el público, y como ya están predispuestos a odiarnos, al poco ya son suyos.

—Ante vosotros tenéis a dos mujeres que aseguran ser heroínas —empieza—. Dos mujeres que aseguran luchar por el bien supremo, creer que las vidas de muchos importan más que las de unos pocos. Les gustaría hacernos creer eso, pero por desgracia, no es cierto. Xena y Gabrielle han demostrado una y otra vez que son capaces de hacer el mal si se las presiona y que su sentido de la moral no es mejor que el de una vulgar comadreja. Hoy no sólo voy a demostrar lo que digo, sino que demostraré que son unas asesinas, pura y llanamente, que no paran de asegurar que lo hacen todo en nombre del amor. Su hipocresía me asquea.

El gentío aplaude. Las palabras de Calisto me incomodan, pues se parecen demasiado a cosas que yo misma he pensado, a altas horas de la noche cuando no puedo dormir por miedo a no ser quien finjo ser. Pero una parte de mí está furiosa: ¿acaso Xena no ha hecho ya el sacrificio final? ¿Acaso el hecho de haber renunciado a la vida en Japón no significa nada? ¿Qué quieren de nosotras? ¿Alguna vez será suficiente?

Ares golpea la mesa con el martillo e insta a Gabrielle a ofrecer su alegato inicial. Mi joven yo se levanta y se frota las manos, sonriendo al jurado compuesto de... bueno, los prójimos de alguien.

—Estoy hoy aquí para representar a Xena y Gabrielle, dos mujeres muy dañadas que han intentado con todas sus fuerzas convertir el mundo en un lugar mejor. Sí, han cometido errores terribles, sobre todo Xena, pero lo han intentado, y ¿quién de vosotros puede realmente decir eso de sí mismo? No estoy de acuerdo con que la pregunta sea si son o no asesinas, sino más bien cuál es el sentido de su viaje, la moraleja de su historia, por así decir. Mi intención es demostrar que si lo enfocamos desde este punto de vista, encontraremos las respuestas.

No me puedo creer que antes gesticulara de esa forma, pero Xena dice que sí. Acerco mi silla un poco más a ella, para que nuestros muslos desnudos se rocen por debajo de la mesa. ¿Está mal sacar provecho del momento?

—Presta atención —susurra Xena—. Ya sé que soy sexy, pero vas a ser tú la que nos saque de ésta, así que más vale que escuches.

—Vale, vale... —Pero siempre tiene razón. Tengo que reconocer que casi lo estoy pasando bien con el espectáculo. Nunca pensé que mi vida llegaría a ir tan mal que Ilusia podría suponer una mejora, pero en realidad nunca creí que Xena acabaría muriendo. Ni siquiera estoy segura de que creyera que podía.

Ares le dice a Calisto que llame a su primer testigo.

—Señoras y señores, les presento a Joxer el Grande —dice, señalando el estrado de los testigos, y aparece él. Es Joxer tal y como lo conocimos, un joven ataviado con una armadura ridícula y un casco acabado en punta. Se me llenan los ojos de lágrimas al verlo y él me saluda agitando la mano y sonríe.

—Bueno, Joxer —dice Calisto con indiferencia—, Xena era sin duda una guerrera increíble, ¿eh?

—Aah, sí, sí. Era genial. La mejor. —Me doy cuenta de que está nervioso. ¿Por qué no iba a estarlo?

—¿En qué basas esas apreciación?

—¿Eh?

—¿Por qué piensas que era una gran guerrera? —Ya se le ha agotado la paciencia. Nunca fue uno de sus puntos fuertes.

—Aah, luchaba bien. Podía derrotar a cualquiera, a cualquier número de cualquieras a la vez.

—¿Así que mató a mucha gente?

—Aah, claro. A veces no te... queda más remedio. —¿Eso se lo enseñamos nosotras? ¿Es cierto?

—¿Cuántas personas la viste matar?

—Aah, no sé. ¿Muchas? O sea, viajaba con ellas todo el tiempo. —De repente se fija en la Joven Gabrielle y se empieza a sonrojar. ¿Le gusta más que yo? Me asombra sentirme celosa.

—Tengo entendido que estás muerto. Dime, ¿cómo moriste?

—Estaba... aah... intentando salvar a Gabrielle.

—¿Y?

—Y Xena llegó un poco tarde para salvarme a mí.

—¿En serio? ¿Y quién te mató, entonces?

—Livia. O sea, Eva, o sea, Livia.

—¿Había miles de soldados? ¿Xena estaba rodeada, atada, herida? —Noto que la pierna de Xena se pone tensa pegada a la mía. Nunca hemos hablado de esto, de cómo murió Joxer.

—N-no. —Se mira el regazo.

—¿Entonces...?

—Pues... pues supongo... no lo sé.

—Mmmmmm. —Calisto hace una pausa para que el jurado tenga tiempo de asimilar eso—. Y cuando tú no querías hacer algo que ellas querían que hicieras, ¿qué ocurría?

—Que lo hacía de todos modos.

—¿Por qué?

—Porque ellas querían que lo hiciera.

—¿Xena te obligó alguna vez?

Se calla, pero hay algo en Ilusia que obliga a la gente a decir la verdad.

—Sí.

—¿Cómo?

—Amenazándome. O sea, yo no pensaba que de verdad fuera a...

Calisto se vuelve y mira a la Joven Gabrielle.

—Tu testigo. —Regresa saltando a su asiento y Gabrielle se levanta.

—Joxer —dice—, tú viajaste mucho con Xena y Gabrielle.

—Sí. Estuve con ellas en diversas ocasiones a lo largo de cinco años.

—¿Por qué?

—Aah, porque me gustaba estar con ellas, hacían que me sintiera especial, como que tenía un propósito. Y eran divertidas, cuando no discutían, quiero decir.

Casi me echo a reír. Debía de ser un infierno viajar con nosotras.

—¿Qué propósito sentías que tenías cuando estabas con ellas?

—Formaba parte de algo, con ellas. Sentía que estaba contribuyendo a hacer que el mundo fuera un lugar mejor.

—¿De modo que eso era lo que hacían Xena y Gabrielle?

—Pues sí. Claro, que no siempre funcionaba, pero intentaban ayudar a la gente.

—Así que si te pregunto cuál crees tú que es la moraleja de su historia, qué aprendiste de ellas, ¿qué dirías?

—Que nunca se achantaban ante nada. Creo que aprendí a ser valiente observándolas.

—Gracias, Joxer, puedes retirarte.

La Joven Gabrielle regresa y se sienta de nuevo a la mesa.

Miro a Ares y me fijo en que está bebiendo una jarra de cerveza. No es justo.

—Mi próximo testigo, en vida, era conocido como el Rey de los Ladrones —dice Calisto, señalando con pereza el estrado de los testigos, donde aparece Autólicus. Está estupendo. Nunca conseguimos averiguar qué había sido de él. Nos saluda agitando la mano y Xena le lanza un beso. Le pego un codazo. No puedo evitarlo.

—Bueno, Autólicus, dinos, ¿cómo conociste a las acusadas?

—Xena quería que robara algo por ella.

—¿En serio? Qué interesante. Cuéntanos más.

—Era un arma, bueno, más o menos. Más bien un objeto religioso. Pertenecía a sus amigos y quería recuperarlo para ellos.

—¿De modo que justificas lo que hizo Xena? —El gentío lo abuchea.

—Pues yo...

Calisto lo interrumpe con un gesto y se pasea de un lado a otro delante del jurado.

—Parece ser que este hombre, este ladrón, está diciendo que Xena y Gabrielle hicieron algo malo, pero por una buena razón.

—Exacto —dice Autólicus, cayendo directamente en su trampa.

—¿Y cómo, por favor, podría tener un hombre de tu dudoso carácter moral la capacidad para distinguir el bien del mal?

—Como respuesta a la pregunta que me imagino que la Niña Gabrielle me va a hacer más tarde, eso es lo que aprendí de ellas. Siempre intentaban hacer lo correcto.

—¿Cuánto tiempo pasaste con las acusadas?

—Supongo que las vi unas cuantas veces al año durante esos últimos cinco años antes de que desaparecieran.

—¿Y por qué os acababais viendo? —pregunta Calisto. Bebe de la jarra de cerveza de Ares. Dioses, qué no daría yo por una jarra de cerveza.

—Aah, pues por lo general, aaah, robábamos —dice Autólicus—. Pero siempre por un motivo importante. Y por favor, tomad nota, queridos señores del jurado, de que el hecho de que cuente la verdad a estas alturas de mi vida demuestra una vez más cómo me han influido para bien.

Calisto suelta un suspiro de lo más exagerado.

—Tu testigo.

—No tengo preguntas —dice la Aldeana Gabrielle muy ufana.

—Qué tío —me susurra Xena mientras se guiñan un ojo y él ocupa un asiento al lado de Joxer.

—¿Crees que todos los testigos estarán muertos? —le pregunto a Xena.

—Me da igual. ¿Tú crees que podríamos conseguir una jarra de cerveza? —le pregunta a un guardia que está de pie a nuestro lado. El hombre dice que va a preguntar y se va.

Calisto está de pie en medio de la sala, mirándose el obligo mientras se saca pelusas del mismo. Ares da un golpe con el martillo.

—¡Oye! La gente paga para ver esto. Déjalo ya y llama al siguiente testigo.

Calisto escupe en el suelo y masculla:

—Llamo al estrado a Jesucristo-Quiero-Decir-Eli.

¡Puf! Aparece Eli, con el pelo largo recogido en cuatro coletas, dos a cada lado de la cabeza. Lleva ropajes blancos y se recoge las alas al sentarse. Nos sonríe y nos saluda. Lo saludamos.

—Así que tú eres Eli, ese tal Jesús —dice Calisto con desprecio.

—Ya me conoces, Calisto. Fuimos ángeles juntos en el mundo real.

Calisto suelta una horrible arcada y dice:

—No me vengas con chorradas, Eli, y vamos a lo que importa. Eres un hombre santo. Xena y Gabrielle son unas asesinas. Explica.

—Son buenas personas. Son amigas mías. —Eli abre las manos como si no hubiera nada más que decir. Sus verdades siempre fueron muy sencillas. Lástima que acabaran matándolo.

—¿Pero no es un pecado... cómo se dice, cuando matas a alguien a propósito? —le pregunta a Ares, chasqueando los dedos y fingiendo que no conoce la palabra.

—Asesinar.

—Eso es, gracias. Asesinaron gente. Y... ¿cómo se dice cuando matas a todas las personas que viven en un sitio?

—Genocidio —dice Ares. Está un poco achispado.

—Eso es, gracias. Fueron responsables del genocidio de las amazonas, los dioses, los centauros e incluso esa repugnante tribu caníbal. ¿Cómo es posible que las defiendas?

—No las defiendo —explica Eli—. Sólo las perdono.

Calisto pone los ojos en blanco y finge meterse un dedo por la garganta.

—Dime cómo es posible, Eli, que estas mujeres no estén en el infierno. ¿Acaso no merecen estar allí, para ser castigadas por sus actos, por sus numerosos pecados? —Se le pone la voz un poco estridente.

Noto que el público está deseando oír la respuesta de Eli.

—No me corresponde a mí juzgarlas. —Hace una pausa—. Y Gabrielle ni siquiera está muerta.

Calisto parece exasperada. Levanta las manos por el aire y le pasa el testigo a la Joven Yo.

—Hola, Eli —dice Gab con respeto—. He oído muchas cosas sobre tus enseñanzas del amor y el perdón. Se han extendido por todo el mundo y a través de todas las realidades. ¿Nos puedes contar cómo las adquiriste?

—Yo hacía magia en las calles de Bangladesh para ganarme la vida, intentando ocultarme de mi destino al tiempo que fingía buscarlo. Conocí a Xena y Gabrielle. Estaban decididas a hacer lo correcto y yo era un cobarde. Me enseñaron a ser fuerte, a ahondar en mi interior y entregar lo que era al mundo, igual que ellas. Pero lo que más me enseñaron fue el perdón. Habían hecho toda clase de cosas horribles a lo largo de su vida, y también la una a la otra, pero siempre, siempre, perdonaban: nunca he visto una cosa semejante, ni siquiera como ángel. El amor incondicional siempre fue un concepto abstracto para mí, pero cuando lo sentí a través de ellas, eso me preparó para amar a mi dios como lo amo: absoluta y totalmente.

—Y entonces, ¿cuál es la moraleja de la historia?

—Amor y perdón.

—Gracias, Eli.

Xena y yo vamos por nuestra segunda cerveza cuando Eli se sienta.

Le susurro a Xena:

—Casi me hace llorar.

—A lo mejor no deberías seguir bebiendo.

—Mi siguiente testigo es Hércules, hijo de Zeus —dice Calisto. Aparece en el estrado de los testigos, evidentemente incómodo. Creo que le queda demasiado pequeño. No me puedo creer que Xena se acostara de verdad con este tío. Y en más de una ocasión, según cuenta, cuando consigo emborracharla lo suficiente.

—Hola, Calisto —dice Hércules. Nos saluda con timidez. Xena le sonríe.

—Bueno, Herc, tú eres un gran héroe y Xena es una zorra malvada. Os lo montasteis como conejos en celo. Con eso debería haber acabado todo. ¿Qué ocurrió?

—No es culpa mía si soy increíble en el catre —dice con modestia. Me echo a reír y él me lanza una mirada—. ¿Qué? —pregunta.

—¡No es eso lo que tengo entendido! —Me parto de risa al ver la cara que se le pone. El público estalla en carcajadas.

Ares da golpes con el martillo y murmura:

—Tampoco es lo que yo tengo entendido.

—¿Así que te haces responsable hasta cierto punto de que ella se entregara a una supuesta Vida de Bondad? —pregunta Calisto.

—Bueno, lo hizo ella sola, pero creo que yo la ayudé a llegar ahí.

—Así que, desde tu punto de vista, si influimos a las personas, ¿somos algo responsables de lo que hacen en el futuro?

—Sí —contesta.

—Entonces piensas que Xena debe tener cierta responsabilidad por cosas como, por ejemplo, yo —dice Calisto, sonriéndole.

—Cierto —contesta él secamente.

—Interesante. —Finge reflexionar, paseándose a lo largo del estrado del jurado—. ¿Y qué pasa con otras personas que ayudaron a Xena en el pasado, como esas necias sacrificadas que fueron M'Lila y Lao Ma? Intentaron ayudar a Xena, las dos le salvaron la vida, de hecho, pero sólo para que pudiera seguir adelante y hacer aún más daño del que había hecho en el pasado. ¿Qué opinas tú, Hércules? ¿Es Lao Ma responsable de todas las personas a quienes asesinó Xena cuando se le curaron las piernas?

—No.

—¿Por qué no?

—Por el libre albedrío. Uno hace lo que puede por las personas, lo que éstas hagan después es cosa suya.

—¿Así que dices que crees que cuando, por ejemplo, Xena salvó a esos huérfanos la noche del Solsticio, lo hizo por influencia tuya, pero cuando, por ejemplo, acabó matando a la mitad de tu familia, eso seguramente no fue culpa tuya?

—Ésa sería la explicación que me hace quedar como un hipócrita.

—Tu testigo —dice Calisto con una risita.

Cuando la Joven Gabrielle se acerca al estrado de los testigos, me doy cuenta de que sigue un poco maravillada por Hércules. Xena me mira como si fuese culpa mía.

—Tuviste la oportunidad de matar a Xena poco después de conocerla y todo tipo de excusa para hacerlo. ¿Por qué no lo hiciste? —pregunta la Pequeña Gab.

—Porque percibí algo en ella que era mejor que la forma en que actuaba. Parte de ella ansiaba ser otra persona y quise ayudarla.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Porque ayudo a la gente. A toda la gente, siempre que puedo. Es lo correcto.

—¿Incluso a la gente mala?

—No hay gente mala, Gabrielle, sólo gente buena que se ha torcido. Mira, por ejemplo, a Belach, a quien Xena logró salvar. Intentó hacer por él lo que yo hice por ella: darle otra oportunidad.

—¿Y cuál es la moraleja de la historia?

—Hacer todo lo posible por salvar a la gente es llevar una vida decente. ¿Qué te parece? —pregunta, guiñándole un ojo a la Nena Gabby antes de ocupar su asiento junto a los otros.

Calisto agita los dedos, estira los brazos por encima de la cabeza y hace crujir los nudillos con un ruido explosivo. Todo el mundo está pendiente de ella cuando anuncia a su siguiente testigo.

—Afrodita, diosa del amor.

Afrodita aparece en el estrado de los testigos, con sus gasas rosas y sus rizos rubios, riendo y saludando a todos sus amigos del público, sonriendo a sus dos hermanos. Me lanza un beso y una serie de corazoncitos salen flotando por el aire hacia mi cara. Suspiro. Xena me da una patada.

—Amor amor amor amor amor —dice Calisto con desprecio.

—Pues sí —dice Afrodita—. Todo gira en torno al amor. Como ha dicho Eli. Tenemos cosas en común, él y yo, ya sabes.

—Así que Xena y Gabrielle... —le da pie Calisto, haciéndole el gesto de que continúe con la mano mientras da golpecitos con el pie.

—Xena y Gabrielle —dice con una sonrisa, mirándonos—. Pues son el Amor, así de sencillo. La prueba viviente de que lo que soy existe de verdad en el mundo.

Meto la mano debajo de la mesa y aprieto el muslo de Xena. Su mano cubre la mía y la sujeta ahí.

—Bueno —dice Calisto, frotándose las manos como para calentárselas o para encender un fuego. Seguro que sé de cuál de las dos posibilidades se trata—. ¿Afirmarías que Xena y Gabrielle se quieren muchísimo?

—Se quieren más que a cualquier otra cosa en el mundo. Eso es el amor verdadero, sabes.

—Así que se quieren más que a sus familias, a sus hijos... ¿al bien supremo?

—Bueno, en teoría, sí —dice Afrodita despacio.

—Estoy segura de que consigo acordarme de unas cuantas ocasiones en que de hecho optaron la una por la otra por encima del bien supremo. A ver... ¡oh, vamos a usar la primera vez que Xena me mató a como uno de los primeros ejemplos! ¡Oh, sí! Me dejó morir en esas arenas movedizas, porque había hecho daño a su pequeña y preciosa Gabrielle al matar a ese patético marido sacrificable que se echó. ¿Qué más? Ah, luego está esa vez en que la querida Gabrielle llegó a destruir el mundo porque no podía estar con su guerrera feroz. Eso es un amor muy egoísta, debo decir.

—El amor puede ser egoísta —reconoce Afrodita—. El amor puede ser toda clase de cosas poco agradables. Ahí es donde mi clase de amor se diferencia del de Eli. El amor romántico, bueno, el amor, se llame como se llame, nunca es tan retorcido.

—A ver si sigues esto —le dice Calisto a Afrodita, y bebe un largo trago de la cerveza de Ares antes de continuar—. Vale, así que digamos que Xena y Gabrielle, heroínas legendarias, se quieren la una a la otra más que cualquier otra cosa en el mundo. —Hace una pausa para limpiarse la lengua con el brazo, seguramente para quitarse el sabor de lo último que ha dicho—. Cada una estaría dispuesta a proteger a la otra fuera cual fuese el precio. El precio para ellas mismas, el precio para cualquier otra persona implicada. ¡Diablos, si Xena llegó a usar una vez a los romanos para que la ayudaran a ir en contra del bien supremo para salvar a Gabrielle! ¿Alguien recuerda ese pergamino?

El público ruge. Oye, al menos la gente sigue leyendo mi obra. Oh, espera, esto no es real. Sólo fingen haber leído mi obra... o...

—Lo que quiero decir es lo siguiente. La razón principal de que Xena no quiera que Gabrielle muera es que sabe cuánto sufriría si tuviera que vivir sin ella. Gabrielle siente lo mismo, ¿verdad, cariño? —Me lanza una mirada desagradabilísima. Le suelto un bufido—. De modo que, al ir en contra del bien supremo para salvar a Gabrielle, en realidad Xena es egoísta y lo que intenta es evitar su propio sufrimiento. Al proteger a Gabrielle, Xena se protege en realidad a sí misma, y viceversa. Xena y Gabrielle, dos, el bien supremo, cero. Tu testigo.

La Joven Yo y Afrodita se ponen de pie y se sonríen un momento. Antes de conocer a Xena yo rezaba a Afrodita para que algún día pudiera conocer a mi amor verdadero. A veces los príncipes encantadores tienen un aspecto inusual. Un aspecto increíblemente sexy, poderoso, femenino... mi mano empieza a acariciar el muslo de Xena y ésta me la agarra.

—¡Presta atención! —susurra ásperamente—. Seguro que esto va a ser importante.

—Afrodita —dice Yo—, ¿qué opinas?

—Bueno —dice Afrodita con aire conspirador, echándose hacia delante en el estrado y concentrándose en Gab—, a ver cómo te lo explico —dice y de repente saca una pipa humeante de la nada y aspira una larga calada. Se la ofrece a Gab, que la rechaza. Por supuesto, Ares está contentísimo de aceptar y se recuesta con los pies en la mesa, fumando sin parar—. Llevo ya bastante tiempo pensando en los dioses y los poderes y todas esas cosas. Es lo que pasa cuando se mezclan la mortalidad y el hachís. Estoy segura a estas alturas de que existe un poder increíble: está ahí, nadie lo controla, pero algunos seres pueden acceder a él a veces. Otorga unas capacidades que sólo se pueden calificar de mágicas. Yo creo que los dioses son sólo unos seres que han descubierto cómo usar ese poder.

Se oyen risas entre el público y la Adolescente Gabrielle parece reflexionar sobre las palabras de Afrodita. Le hace un gesto a Ares para que le pase la pipa de hachís y aspira una profunda bocanada de la droga.

—¿Sabes lo que yo creo? —pregunta mi pequeña gemela al exhalar—. Yo creo que el amor es magia. Por cómo te llena, te anima, te hace sentir un éxtasis que supera incluso a lo sensual. Creo que el amor es lo más cerca que puede estar la mayoría de la gente de tocar esa clase de poder.

Afrodita suelta una risita y se pone a palmotear. El público no puede evitar agitarse un poco por su entusiasmo.

—¡Eso es justamente lo que esperaba que dijeras, Gabby!

—¿Sí? —pregunta la Jovencita, toda entusiasmada. Ahora veo cómo acabé enganchada a todos esos chiflados religiosos. ¡Y encima estaba sobria la mayor parte del tiempo!—. ¿Y cuál dirías tú que es el sentido de la historia de Xena y Gabrielle?

—Yo diría que simplemente por amarse con tanta intensidad, obtuvieron acceso a lo divino. Yo diría que aunque tenían defectos, sobre todo Xena —y mira a Xena como pidiéndole disculpas—, e incluso la expresión de su amor era defectuosa, han cambiado gracias a ello. Y cambian a otros a través de ello y con ello. En cierto modo, están entregadas al amor por encima de todo lo demás, y huelga decir que a mí ése me parece un trabajo estupendo para cualquiera. Ésa es la moraleja, cariño.

—Gracias, Afrodita.

Afrodita baja y se sienta con los demás testigos.

Echo un vistazo a Calisto, que está tamborileando compulsivamente con los dedos encima de la mesa que tiene delante, con cara de pocos amigos.

—No hay más testigos —gruñe.

—Tú, bardo —dice Ares, borracho—. ¿Tienes testigos que presentarnos o te rindes ya?

La Joven Gabrielle se pone en jarras y lo mira pasmada.

—¿Que si me rindo? Lo dirás en broma. Llamo a mi primer testigo, Xena de Anfípolis.

Xena parece tan sorprendida como yo y casi tan borracha. Se dirige tambaleándose al estrado de los testigos mientras la gente del alrededor murmura, la señala y la mira. Es el precio que se paga por ser la mujer más infame de todos los tiempos, un poco como el precio que se paga por ser la amante de esa mujer: interminable.

—Hola, Xena —dice la Bardo Bebé—. Háblame de ti y del bien supremo.

—Bueno, de niña, quería ser heroína. Cuando jugaba con mis amigos, salvaba a las muñecas o cosas así. Por eso aprendí a manejar la espada, para ayudar a la gente. Pero ocurrieron cosas, dolor y soledad y malas influencias. Cometí miles de errores, o tal vez el mismo error miles de veces, e hice cosas atroces. Acabé volviendo al buen camino, a luchar por el bien supremo, pero ahora que estoy muerta, no sé muy bien cómo seguir con ello.

—¿Qué es lo que te atrae del bien supremo?

—¿Eh? Pues que está bien. Si puedes ayudar a la gente, ayudas a la gente. Yo puedo y lo hago. Así de sencillo. Es sólo que durante un tiempo creí que era lo contrario.

—¿Qué harías ahora si estuvieras viva?

—Probablemente lo mismo que hacía antes, luchar por el bien supremo con Gabrielle.

Me dirige una de esas sonrisas amorosas que me aceleran el corazón. No hay palabras para describir a esta mujer.

—Entonces, ¿cuál dirías tú que es la moraleja de tu historia? —le pregunta Mini Gab.

—Abrir el corazón y los ojos, amar al mundo a través del amor a una persona, dar todo lo que tienes a ese amor.

Está borracha de verdad.

—Gracias, Xena. —Gabby se sienta, Calisto se levanta. Esto va a ser bueno.

Calisto se planta delante de Xena, sonriendo. Xena la mira fríamente. Estas dos. Casi desearía que zanjaran este tema con las espadas. Ah, cómo luchan juntas...

—Xena, tienes buen aspecto. Para estar muerta, claro. La verdad es que no entiendo cómo puedes decir que eres una heroína después de todo lo que has hecho. Según mi recuento, has matado a tantas personas desde que te hiciste "buena" como cuando se suponía que eras mala. No veo qué diferencia hay.

—No lo ves porque eres una psicópata. La diferencia es que cuando era mala, mataba a la gente por mi propio provecho, y ahora, cuando tengo que matar a alguien, lo hago para ayudar a otros. Es una sutil diferencia que no creo que tú puedas captar.

¡Miau! Hace falta mucha cerveza para que Xena se ponga de tan mala leche. O tal vez es que ya le rondaba un residuo de la Malvada Calisto. Desde luego, yo tardé años en dejar de odiarla. Calisto apenas consigue ya controlarse, y encima está borracha, pero se las arregla para continuar.

—Ah, sí. Claro. Lo único que has hecho en los últimos años es matar gente para proteger a tus seres queridos. De verdad que he perdido la cuenta de la cantidad de personas que murieron porque tú estabas protegiendo a tu preciosa hija Evita, y ya te puedes imaginar lo que me gusta llevar la cuenta de estas cosas. —Calisto se pone a enumerar con los dedos—. A ver, mataste a todos esos dioses por ella y ella mató a todos esos seguidores de Eli, además de a todas las mujeres y niños que no habían hecho nada salvo no ser romanos, ah, y, por supuesto, a Joxer...

—Escucha, di mi vida por esas malditas almas japonesas, ¿vale? Tanto si fue culpa mía como si no. Asumiré la responsabilidad. Por lo tuyo y por Eva y por Alti y por Belach y por quien a ti te dé la puñetera gana, ¿vale? ¿Eso te da placer, Calisto? —Se está empezando a enfadar—. Me conquisté a mí misma. Renuncié a mi voluntad. Pagué mis deudas y las pagaré para toda la eternidad. Me lo merezco. A estas alturas, hay pocas cosas en el mundo de las que no me sienta responsable, desde quién gobierna a las amazonas hasta el hecho de que Ares sea un dios. ¿Qué más quieres?

—Podrías reconocer que no eres una heroína y no lo has sido nunca —dice Calisto, enarcando una ceja y sonriendo expectante.

—Lo reconozco. Nunca he dicho que lo fuera. Gabrielle quería que lo fuera. Eso es todo.

—¡Ja! —dice Calisto—. Gracias, Xena. No hay más preguntas.

Mi joven doble llama a su último testigo. ¿A que no sabéis quién?

Me siento en el estrado de los testigos, con una jarra llena de cerveza en la mano. Me quedo mirando a la Gabita, su piel lisa, sus músculos blandos, sus manos con callos únicamente en los puntos que rozan una pluma. Eso fue hace muchísimo tiempo, pero una parte de mí aún lo recuerda.

—Bueno, Gabrielle, ¿qué te parece este juicio por ahora? —me pregunta.

—No sé. Supongo que no comprendo por qué es necesario hacer esto. Creía que habíamos reconocido nuestros fallos y defectos, que nos habíamos apartado de nuestro camino en más de una ocasión, que hemos cometido errores. Creía que ya habíamos pagado, con el sacrificio final y completo que hizo Xena de su vida, creía que podíamos hacer borrón y cuenta nueva.

—Así que, ¿cuál crees que es la moraleja?

—Creo que nuestra historia llegó a ser demasiado grande para tener moraleja. Creo que en ella se dio todo lo que han dicho todos hoy, incluidas algunas de las cosas que ha dicho Calisto. Tal vez las moralejas son sólo una forma poco realista y cómoda de no pensar en realidad en todas las capas de significado y en otros puntos de vista. Pero por otro lado, si tuviera que elegir una, sería "sigue a tu corazón", porque eso es lo que he hecho yo desde el principio.

—Gracias, Gabrielle —dice la Bárdica y toma asiento.

Calisto da un salto mortal desde su silla y aterriza delante del estrado de los testigos. Recuerdo cuánto la odiaba. En aquella época en que era joven e ingenua, en que todo parecía tan claro.

—Hipócrita. Asesina —me gruñe.

—¿Y? —pregunto, enarcando las cejas.

—Ésta —le dice al público, haciendo un gesto grandilocuente con la mano—, es la bardo, la mujer que creó a la heroína de leyenda, Xena, la princesa guerrera. Es todo culpa suya, en resumidas cuentas. Si ella no hubiera intervenido, yo podría haber matado a Xena hace años y todos nos habríamos ahorrado esto. Pero no no no, en cambio tenemos a la bardo. A la pequeña hipócrita que sabía quién era su novia y sin embargo, siguió mintiendo al público. ¿Por qué, Gabrielle?

—No mentí. Bueno, no mentí más a mis lectores que a mí misma. Creo que Korah tenía razón...

—Korah... ¿No es ése el chico que te adoraba y al que acabaste asesinando?

—Gracias por sacar eso a relucir, Calisto. Sí, fue un terrible accidente, tal vez el hecho de mi vida que más me duele, así que, como siempre, gracias. Como decía, yo era una ingenua. No veía el lado oscuro de nada, a ella la veía como a una heroína espléndida y reluciente, y eso es lo que escribía. Con el paso del tiempo, creo que me di cuenta de que siempre había tenido una moral selectiva. Creo que tal vez las dos la teníamos.

Calisto parece cabreada. Como si la demostración de lo que ella quería decir fuera mérito mío. Me bebo el resto de la cerveza y me ponen otra jarra llena delante. ¡Qué buen servicio!

—Tú habrías dejado que esas cuarenta mil almas japonesas sufrieran para toda la eternidad con tal de poder estar con ella.

—Pues sí —asiento, sonriendo a Xena.

—Durante años te has dejado llevar repetidamente por los celos hasta el punto de hacer cosas horribles, tanto a ella como a otros.

—¿Y? —Me encanta la cara de Calisto. Quiere matarme. Me alegro de que no pueda.

—Te odio. No hay más preguntas —gruñe y se sienta de nuevo. Regreso para sentarme al lado de Xena.

Ares da un golpe con el martillo, carraspea y se bebe una jarra entera de cerveza. Eructa sonoramente y señala al jurado chasqueando los dedos: el jurado desaparece. El resto de la gente se calla.

—Bueno, ya basta.

Xena le dice:

—Eres tan real como nosotras, ¿verdad?

—Pues sí —dice Ares, limpiándose la espuma de los labios con la manga de su toga—. Soy tan real como lo real, sea lo que sea lo real, ¿sabes? ¡Afrodita, te compro unos gramos de lo que estás fumando! —Ella le guiña un ojo—. Pero a lo que íbamos. Surgió esto de Ilusia, me enteré y pensé que no me lo quería perder por nada del mundo. Que las acusadas se levanten para recibir el veredicto.

Nos levantamos. De repente, las normas han cambiado, menuda sorpresa.

—Pero, ¿y mi alegato final? —pregunta Calisto enfadada—. ¡Había preparado un discurso genial!

—No tengo tiempo para esto —dice él, rechazándola con un gesto displicente de la mano.

Callisto se pone a chillar:

—No es justo. ¡La odio! ¡Quiero verla castigada! ¡La quiero muerta!

—Está muerta —dice Ares con aspereza—. Ahora siéntate de una puñetera vez.

Calisto coge una silla vacía y la tira al otro lado de la sala, donde se hace añicos con la pared. Luego se sienta.

—Vale —dice Ares—. Prestad todos atención, porque sólo lo voy a decir una vez. Punto uno: Xena no es una heroína. Nunca lo ha sido, nunca lo será. La Gabita se acerca, pero ésa es otra historia. Punto dos: el tema de su culpabilidad no hace al caso. Ha sido castigada más que suficiente a lo largo del tiempo, sobre todo por ella misma, y bien saben los dioses que no hay manera de compensar las acciones del pasado. Punto tres: cállate, Calisto —dice, al verla rabiando por el rabillo del ojo—. Punto cuatro: está claro que la moraleja de su historia depende del punto de vista de cada cual. Y punto cinco, que es importante. Necesito que una de las dos me diga cómo habéis acabado en Ilusia esta vez.

Levanto la mano sin poder controlarme.

—Es culpa mía. Tenía dudas sobre nuestro viaje, ¿hemos sido de verdad tan justas como pensaba yo en el momento, le he contado al mundo una historia que en realidad no es cierta, que he interpretado mal? Estas preguntas me impiden dormir algunas noches. Supongo que tenían más fuerza de la que pensaba.

—Así me gusta —dice Ares—. La verdad es que siempre te he subestimado.

—Gracias, creo.

Ares carraspea.

—Como rey de los dioses griegos, tengo el poder de hacer prácticamente lo que me venga en gana. No me gusta cómo ha terminado esta historia. Y he aprendido más de lo que me gustaría reconocer sobre el amor gracias a algunos de los presentes en esta sala. —Bebe otro gran trago de cerveza. Da un golpe con el martillo—. El castigo definitivo de Xena y Gabrielle es que una de ellas debe escoger un punto de su vida al que regresar y yo haré que el mundo retroceda hasta ese punto. Nada de lo que ocurrió después de ese punto habrá ocurrido, aunque ellas lo recordarán todo y así tendrán la oportunidad de cambiar el curso de los acontecimientos, pues las dos sabrán lo que saben ahora.

Miro a Xena muy emocionada. Sé que la elección es suya.

—¿Y qué ocurre con las almas japonesas? —pregunta.

—Le daré ese trabajo a Sísifo. No ese necesario que siga empujando esa piedra cuesta arriba.

—Elijo volver al punto anterior al momento en que traicioné a Lao Ma —dice, mirando primero a Ares con aire desafiante, luego a mí disculpándose.

—¡Pero yo tendré doce años! —digo al tiempo que Calisto chilla y se lanza contra Ares. Éste chasquea los dedos.


Epílogo: un mes después

El sol no tardará en ponerse y casi he llegado al sitio donde acampamos aquella vez que tuve esa fiebre tan espantosa. Saco al caballo del camino: lo he llamado Argo porque no he podido evitarlo. Es grande, negro y esbelto y nadie se mete conmigo cuando lo monto. Puede que sea la niña de doce años mejor armada que viaja por caminos poco transitados cruzando el continente hacia el este, pero después de todo sigo siendo una niña de doce años. Ha sido un mes de infierno, tras despertarme de repente en mi cama en casa de mis padres, que están vivos, y Lila aún es una niña. Y es real, es decir, el mundo ha retrocedido unos treinta y cinco años y lo recuerdo todo. ¡Cuántas equivocaciones tengo intención de no volver a cometer! Por supuesto, otra mujer consideraría más prudente no hacer lo que estoy haciendo ahora, quizás elegiría un camino más seguro esta vez. Pero yo no, por supuesto. Mi camino está con Xena: mi sitio está con ella. Tengo que creer que Ares ha cumplido el resto de su promesa y que está viva, con los recuerdos intactos, y que viene hacia mí. Y más le vale no perder el tiempo corrigiendo sus errores en Chin, porque de verdad que preferiría encontrármela antes de tener que subirme a un barco.

Esta noche monto el campamento como lo he hecho desde que me marché de Potedaia. Por supuesto, no podía contarles lo que había ocurrido: para mi familia era un día como otro cualquiera. Dejé una nota en la que decía que me había fugado para encontrar el amor. Emprendí la marcha en medio de la noche y llevo en el camino desde entonces. Una ramita cruje en el bosque y agarro mi pequeña ballesta de metal.

—¿Quién anda ahí? —exclamo, con una voz que casi suena de nuevo como la mía.

—Ésa no eres , ¿verdad? —grita Xena.

—Sí, soy yo, ¿dónde estás?

Me levanto de un salto del petate en el momento en que Xena sale del bosque. Qué joven está y aún más guapa de lo que recordaba. Es como revivir por completo la primera vez que la vi.

—¡Pero si tienes doce años de verdad!

—Tú lo pediste, no yo.

Me coge entre sus brazos y nos estrechamos con fuerza.

—Esta vez no he traicionado a Lao Ma —susurra en mi pelo.

—Cuánto me alegro. Tienes que contármelo todo. —Se me llenan los ojos de lágrimas. Me da igual que parezca que tengo doce años, Xena está viva y estamos juntas—. Me parece increíble que nos haya permitido empezar de nuevo.

—Supongo que el castigo es que conservamos todos nuestros recuerdos —dice.

—O tal vez —sugiero con una sonrisa—, ése es el premio.


FIN

(y sin embargo, evidentemente, es el principio, porque la historia de Xena y Gabrielle no acaba jamás)


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