Un millón de formas

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



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Descargo: No son mías, sólo me encanta escribir sobre ellas. Ésta es una obra de ficción erótica, así que si la idea de Xena y Gabrielle montándoselo no os excita hasta extremos inconcebibles o por alguna razón es ilegal que leáis esto, no leáis el relato.
Descripción: Vale, no hay mucho argumento, es más bien subidito de tono y hay algunas palabras malsonantes, pero a mí me funciona. Creo que ocurre justo después de Lazos, porque Xena no está embarazada, pero todavía lleva los pantalones negros de cuero. Supongo que se han buscado una canguro para Eva o algo así... la verdad es que me da igual... y en esta historia, a Xena también.

Título original: A Million Ways. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Parece que lo único en lo que puedo pensar en estos días es en todas las formas distintas en que quiero follármela. Me he pasado cinco años controlando mi deseo y, como era inevitable, me he convertido en su víctima. Incluso ahora, sentada a esta mesa en esta ruidosa taberna, rodeada de gente y de música y de todo tipo de distracciones, lo único que consigo pensar es en levantar a Gabrielle de su silla y doblarla sobre la mesa, apretando su estómago desnudo contra la madera pegajosa y mojada de cerveza. Le bajo bruscamente las bragas hasta las rodillas y le levanto la falda lo suficiente para exponer su culo ante mis ojos. Mi mano se mueve para acariciarle el sexo por detrás. Ya está húmeda y con la tercera caricia echa el coño hacia atrás y hacia arriba para encontrarse con mi mano.

—¿Xena?

—¡Augg! ¿Qué? —le pregunto, abandonando mi fantasía por el sobresalto. Es justo a esto a lo que me refiero. Estoy descontrolada. ¿Es que estábamos hablando?

—¿Qué te pasa? —pregunta, sonriéndome y bebiendo un trago de su cerveza. Dioses, pero qué bella es.

—Nada.

¿Cuándo empezó esto? Claro, que siempre la he deseado, incluso cuando se comportaba como una cría y ni siquiera me podía permitir fantasear con ella, la deseaba. Es que tiene algo. Dioses. No recuerdo un momento en que no haya estado enamorada de ella. Y entonces, bueno, ver cómo se hacía mujer... fue duro, pero de algún modo, un buen día, ahí estaba. Una guerrera valiente y segura de sí misma, una mujer fuerte y con experiencia: alguien a quien podía desear. El corte de pelo fue la señal definitiva... cuántas veces me he preguntado por qué le corté el pelo a ella y no le corté el brazo a Alti. Tal vez para ayudarme a mí misma a darme cuenta por fin de que se había hecho adulta. Era una persona por derecho propio, alguien con quien se debía contar. Alguien a quien desear, y yo la deseaba hasta la locura.

—¿Qué quieres hacer mañana? —pregunta Gabrielle—. Va a venir esa feria al pueblo...

En mi mente todavía la veo inclinada sobre la mesa, desnuda de la cintura para abajo, y me ruega que la folle.

—Me parece genial —digo.

Esa noche me quedo levantada hasta tarde a propósito para que no se dé cuenta si me quedo dormida en la silla junto al fuego. Se ha puesto el pijama rojo de seda y sé que no podría quitarle las manos de encima si me acostara con ella. Ah, bastaría con una sola palabra suya y la tumbaría boca arriba, le desabrocharía la chaquetilla despacio, metería la mano por debajo del cordón de los pantalones, deslizándome hacia abajo para tocarle el oloroso...

—Ven a la cama, Xena —susurra adormilada.

No le hago caso.

No tarda en amanecer y me voy. ¿Qué más da dónde piense que estoy? Da igual. Estoy en todas partes. Me tumbo desnuda junto a un lago y me toco, imaginando que la sujeto en el suelo debajo de mí, frotándome en su coño. Se alza para morderme el cuello cuando me corro, gritando su nombre en la quietud del lago. Me siento despacio, me llevo la mano al pecho para notar que me late el corazón mucho más deprisa de lo necesario. No puedo respirar. Es un deseo como no he conocido jamás. Va a acabar ocurriendo algo. Cruzando el pueblo hacia la posada, apenas percibo los preparativos para la feria. Me dirijo al establo y cepillo a Argo. Durante horas.

Entro en nuestra habitación sin hacer ruido y me la encuentro dormida boca arriba, con los brazos por encima de la cabeza, los codos doblados, desnuda de cintura para arriba. Tiene unos pechos magníficos y la falda levantada, revelando la parte superior de sus muslos. Está ahí echada como una invitación y contemplo su cuerpo extendido ante mí al tiempo que me imagino a mi misma arrastrándome hacia ella, poniéndole la boca encima del coño y echándole aire caliente antes de penetrarla despacio entre los labios con la lengua. Pongo la lengua dura y gorda y la lamo despacio, por la superficie de su humedad, metiendo la punta de la lengua entre sus labios después de cada caricia por la superficie. Dioses, está deliciosa, y en mi fantasía trepo por su cuerpo hasta que mi coño pende sobre su cara y me bajo hasta su boca. Su lengua se encuentra con mi sitio más delicado y no puedo evitar moverme contra ella, muy despacio, apoyando la frente en la pared mientras jadeo al ritmo de sus caricas. Las manos de Gabrielle me acarician el culo al moverme encima de ella y la oigo gemir en sueños. Desde donde la observo al otro lado de la habitación veo que sigue soñando. Me quedo ahí de pie mirándola y me desabrocho los pantalones negros de cuero. Aunque ya estoy empapada, me chupo los dedos antes de colocarlos sobre mi clítoris palpitante. Mientras me toco, la miro y me imagino que me veo a mí misma encima de su cuerpo y, aunque no tengo nada con que penetrar, la penetro. Su cuerpo se estremece y la vuelvo a empujar sobre la cama. Me rodea la cintura con las piernas y mientras sigo embistiendo dentro de ella, me imagino su voz diciéndome que me ama y me corro, espero que en silencio. Parece seguir dormida cuando la miro, tan bella y tan pura. Nunca hasta ahora me había tocado mirándola y siento que he cruzado una línea: no es la clase de cosa que hacen las amigas íntimas. No puedo seguir así. Tengo que pasar a la acción.

Es de noche. Regreso, una vez más, al pueblo desde el bosque. La feria ha resultado ser una bacanal. Cientos de personas, borrachas, atestan las calles. La cosa me pone los pelos de punta. En una noche como ésta puede suceder cualquier cosa y, si hay violencia, sé que no me va a quedar más remedio que intervenir, formar parte de la violencia para detenerla. A veces hasta a mí me parece una locura. Veo encuentros pasionales por todos los callejones, músicos que tocan para la muchedumbre, camareras que sirven a los clientes en la calle. Compro y me bebo de un trago rápidamente una serie seguida de copas, para acallar esa vocecita que dice que me va a rechazar. Cojo una jarra de cerveza y recorro las calles buscándola.

Hay un escenario en el que unos tamborileros y bailarines hacen su función, pero la verdad es que no me fijo, sólo veo a Gabrielle. Está debajo de un balcón, de codos en una pared baja de piedra, de cara al escenario. No hay nadie a su lado y me acerco silenciosamente por detrás. Me coloco justo detrás de ella y la agarro rápidamente de la cintura con una mano y del pecho con la otra, cogiéndole un pecho con la mano y besándola en un lado del cuello. Mi brazo le rodea la cintura y la sujeta con fuerza contra mí, a ella se le acelera la respiración cuando le acaricio el abdomen y se pega a mí, sin intentar darse la vuelta. Espero que sea porque sabe que soy yo, pero la verdad es que me da igual. Lo único que me importa son los ruidos que está haciendo. Mis manos sobre sus pechos le provocan gemidos de pasión desatada. Mientras le beso el cuello, noto que su mano coge la mía y la baja hasta el borde superior de su falda, sujetándola allí, dejando claro su deseo.

—Por favor —susurra—, tócame, Xena. —Vuelve la cabeza todo lo que puede y bajo los labios para juntarlos con los suyos en un beso de una intensidad ardiente, de una necesidad desesperada. Mi mano se desliza por debajo de la cinturilla de su falda.

—¿Cómo has sabido que era yo? —susurro, bajando la mano para acariciarle el sexo, notando la humedad que casi chorrea de él.

—De un millón de formas... por favor, no pares —susurra.

Le doy la vuelta entre mis brazos para ponerla de cara a mí y la empujo contra la pared. Mirándola a los ojos, le levanto la falda y consigo acceso pleno a su coño palpitante. Pegando todo mi cuerpo al suyo, deslizo la mano entre las dos y encuentro de nuevo su humedad. Tiene los ojos clavados en los míos y gime al sentir el contacto, mirándome llena de sorpresa y deseo.

—Te gusta, ¿verdad? —le tomo el pelo.

—Oh, sí —susurra, sonriendo.

Meto los dedos delicadamente en su humedad y muevo la mano despacio, escuchando su respiración. Me doy cuenta de que se esfuerza por mantener los ojos abiertos. Deja caer la cabeza sobre mi pecho y levanta los brazos y me los echa alrededor del cuello. Mi mano ha creado el ritmo para su cuerpo y ella se mueve siguiéndolo, descontrolada.

—¿Te da igual que nos vea alguien? —le tomo el pelo al tiempo que le desato el corpiño con la otra mano, exponiendo de golpe sus pechos al aire nocturno. A nuestro alrededor percibo a otras parejas, la pasión de otras personas. Oigo el ruido de los tambores, apagado si se compara con los jadeos rítmicos de Gabrielle. Es increíble... jamás me lo habría imaginado.

—¡Dioses! ¡No! Pero... no... pares. —De repente levanta la cara para mirarme y sonríe y me besa con fuerza largo rato, llena de amor. Apoya la frente en mi pecho y me doy cuenta de que su orgasmo está cerca. Sigo moviendo la mano contra su coño y bajo la cabeza para besarle el cuello. Con una lenta exhalación de aire y ruido, Gabrielle se corre, su cuerpo cae contra mí y se desploma despacio en el suelo. Gabrielle está de rodillas delante de mí y le aprieto la cabeza contra mi muslo, acariciándole el pelo. No quepo en mí de alegría: Gabrielle me desea, no hay forma de fingir ese tipo de pasión. Noto sus manos en la entrepierna de mis pantalones, desabrochándolos velozmente. Sólo de pensarlo me dan ganas de gemir y lo hago. Baja despacio el cuero por mis piernas para destapar mi coño ante su cara y noto la tela áspera de mi chaqueta rozándome el culo. Noto el aliento que suelta, caliente sobre mis muslos, y separo las piernas todo lo que me permiten los pantalones. Los labios de Gabrielle, en la parte superior de mis muslos, son increíbles, y cuando su lengua me toca el coño por primera vez, caigo hacia delante y me agarro a la pared baja para sostenerme. Su lengua se mueve despacio con un movimiento ligeramente circular y siento que se apodera de mí: a los pocos segundos no soy nada, nada salvo lo que me hace sentir Gabrielle. No pienso. No respiro. No veo. Sólo existen la eternidad y pequeños y cegadores estallidos de luz. Tiene la lengua caliente y aparto una mano de la pared y le toco el pelo. Las palmas de sus manos me sujetan el culo y me empujan hacia delante contra su lengua vibrante. Deseando que este momento pudiera durar para siempre, sigo siendo víctima de mi deseo y me corro, con los dedos hundidos en su pelo, jadeando su nombre, con los pantalones por las rodillas, en medio de la calle.

Me dejo caer hasta el suelo y la estrecho entre mis brazos. Me besa, con los labios pringados de mis jugos.

—Oh, Gabrielle —le gimo al oído—. Eres todo lo que he soñado toda mi vida. De hecho, eres lo único con lo que puedo soñar desde hace siglos.

Gabrielle aparta la cabeza para mirarme. La sonrisa que le ilumina la cara es más que bonita. Es deslumbrante.

—¡Ah, ahora comprendo por qué has estado tan distraída! Es muy lógico.

Gabrielle me sube los pantalones y me los abrocha mientras nos besamos. Me susurra en la boca:

—¿Podemos volver a la habitación?

—Oh, sí.

Y nos quedamos mucho tiempo en nuestra habitación.


FIN


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