Como si te gustara de verdad

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos. Como éste es un relato sobre la primera vez, Xena y Gabrielle hacen el amor por primera vez, así que si esto no os excita o por alguna razón es ilegal donde vivís, no leáis el relato.
Descripción: Sí, una historia sobre la primera vez, que ocurre justo después de los hechos descritos en Los idus de marzo.
Enviad comentarios a: MiladyCo@aol.com

Título original: Like You Really Like It. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


La cueva es pequeña y revestida de losas de piedra y puntales de madera para sostener las paredes y el techo. Hay un hoyo para el fuego con una hoguera y las sombras bailan por la estancia. Fuera ruge un temporal de nieve, que apenas se oye desde estas profundidades dentro de la roca. Aquí guardé unas cosas en una ocasión en que estuve luchando con César: me ocupé de los heridos y me reorganicé en esta misma cueva. Es abrigosa y bien protegida. Mis medicinas y utensilios siguen aquí, así como materiales para hacer catres y leña para un mes. Habíamos dejado nuestros cuerpos colgados de las cruces y luego dio la impresión de que por un instante todo estaba algo desenfocado y luego se produjo el terremoto. Derribó nuestras cruces al suelo y, de algún modo, nuestras almas regresaron a nuestros cuerpos. La nieve caía sin parar y Gabrielle se arrastró hasta mí y me curó la columna vertebral. Por ahora ni me planteo cómo: vivimos y estamos juntas.

Ahora, Gabrielle yace dormida junto al fuego, agotada. Al curarme acabó con la poca energía que le quedaba después de la lucha y las palizas y la crucifixión. Me la eché al hombro cuando la tormenta empezaba a arreciar. Vientos fuertes y un granizo torrencial. Todo estaba blanco a mi alrededor, y deseé que Amarice hubiera conseguido poner a salvo a los demás en alguna parte. Por suerte, no tardé en acordarme de esta cueva oculta cerca del Monte Amaro.

Llevé a Gabrielle a cuestas durante horas por el bosque, mientras delante de mí caían ramas inmensas al suelo, arrancadas de los árboles por el viento. Me dolían los agujeros de las manos y los pies. No tenía nada con que vendarme los pies, por lo que las heridas estaban abiertas a la nieve húmeda y gélida mientras seguía adelante con dificultad. Sabía que como lo hacía por Gabrielle, no iba a fracasar. Pocas horas antes mis extremidades eran inútiles y apenas podía mover la cabeza, pero ahora, por ella, estaba caminando en medio de la tormenta. Por fin la dejé en el suelo para apartar las ramas que tapaban la entrada de nuestro santuario.

Viéndola dormir, jamás me podría imaginar lo que acaba de sufrir. Mató a... ¿cuántos, ocho soldados para salvarme? Los que sobrevivieron le hicieron pagar por lo que había hecho, y a mí también. Ahí estaba yo, incapaz de moverme, y a pesar de eso los soldados romanos no paraban de pegarme. Le limpio las heridas y se las vendo y hago lo mismo con las mías. Se me han inflamado los agujeros de los pies, pero al menos ninguna de las dos parece tener síntomas de congelación. Bebo para aliviar el dolor.

Me siento junto al fuego, desnuda, cubierta de vendas ensangrentadas, bebiendo como si el alcohol fuera aire. Gracias a los dioses que algunos licores mejoran con la edad. Noto que todos mis músculos empiezan a relajarse y cierro los ojos. La veo, cortándole con elegancia el cuello a ese soldado como si para ella fuera lo más natural del mundo. Supongo que eso de natural es exactamente lo que era.

Muchas religiones tienen historias sobre el apocalipsis, el fin del mundo. Recientemente he visto muchos de los síntomas. El fin del mundo. Algo para lo que sin duda quiero estar borracha. En una cueva como ésta, sólo que con ella despierta.

Así que no lo puedo evitar, voy a su manta y me tumbo a su lado, con el cuello apoyado en una alforja para poder seguir bebiendo. Gabrielle farfulla, se vuelve de cara a mí y me abraza por la cintura.

—Preciosa mía —susurro—. Qué hermosa estás esta noche. A lo mejor ya es de día. Da igual. —Bebo otro trago y sigo mirándola mientras duerme.

—Estás borracha, ¿eh? —susurra.

—¡Eh! Me alegro de oír tu voz.

—Dame un trago. Me duele todo.

Le paso el frasco y bebe de él.

—Xena, he soñado que la visión se hacía realidad y que te herían gravemente y que yo mataba gente y que moríamos en la cruz y que el cielo y la tierra parecían explotar y que nos escondíamos en una cueva.

—Un sueño, ¿eh? —pregunto, escurriéndome hacia abajo para poder mirarla a la cara.

Sonríe.

—Bueno, era una esperanza, ¿no?

—Tenemos provisiones y leña y nos estamos curando. Ahora estamos secas. Estaremos bien.

Gabrielle se ríe suavemente y me sonríe.

—Lo único que nos falta es una plaga.

—Bueno, no sabemos qué más está ocurriendo ahí fuera.

—Gracias.

Me llevo sus manos a la boca y se las beso con cariño, mirándola a los ojos, con la esperanza de recibir una señal de que no soy yo sola la que piensa en la forma más agradable de pasar el fin del mundo. Hay muy pocas formas de besarla sin revelar mis sentimientos. Una de esas vocecitas raras que llevo dentro interviene: Pero Xena, ¿y si es el fin del mundo y ni siquiera la has besado de verdad? Y otra vocecita dice: Ya, ¿y si no es el fin del mundo y acabas sintiéndote como una idiota? Sacudo la cabeza. El alcohol contribuye a disociarme y me gusta. ¿Quién es Xena?

—Al menos sabemos que estaremos juntas, pase lo que pase —le digo—. Eso es lo que me importa.

—Oh, Xena —dice y sigue bebiendo.

—¿Te duele mucho?

—No me encuentro muy bien, pero estoy bebiendo más para... ya sabes... ¿cómo se dice? Hacer frente. Para hacer frente a la situación.

—Sí, beber es una gran ventaja al enfrentarse a una situación difícil.

—Bueno, Xena, no parece que estemos enfrentándonos a una situación. Estamos escondidas en una cueva, dejando que por una vez la situación se resuelva por sí misma. A lo mejor renunciar a ese control me pone un poco incómoda. A lo mejor me he acostumbrado a salvar al mundo todo el tiempo.

Estamos echadas de lado, cara a cara, pasándonos el frasco, sonriendo.

—Oh, Xena —dice y alza la mano para acariciarme la cara. Me sujeta delicadamente la mandíbula con la mano como si me fuera a tirar de la cara para darme un beso, pero no lo hace.

—Dioses, cómo me tocas —digo. Vaya, uuy.

—¿Te gusta?

—¿Te sorprende? —Buena respuesta.

—Bueno, es evidente que no te disgusta, pero no sabía que te gustara tanto como para comentarlo de esa forma.

—¿De qué forma? —Apenas tengo aliento para preguntarlo.

—Ya sabes, como si te gustara de verdad.

—Pues sí.

—Te gusta que te toque.

—Sí. Me gusta una mujer con manos de marinero.

—Qué graciosa —dice, sin dejar de acariciarme de la mandíbula a la sien. Me estremezco. Tengo esperanza suficiente para imaginar que éste va a ser el momento.

—¿Y cuando te toco yo? —susurro, poniéndole la mano en la cintura desnuda. Se estremece y sonríe—. ¿Te gusta, Gabrielle?

—Sabes que sí —susurra a su vez.

—No, no lo sé. Demuéstralo —la reto. Sus ojos relucen al aceptar el desafío. A veces esa vena competitiva hace que caiga con mucha facilidad.

—Vale.

Se acerca más a mí, pegando su estómago desnudo al mío. Estoy desnudísima. Salvo por todas esas vendas. No puedo dejar que mi cuerpo reaccione. Su cara está a un centímetro de la mía.

—Venga, tócame —susurra.

Le pongo la palma de la mano en los riñones y noto que se pega aún más a mí. Noto sus pechos contra los míos y es todo lo que me dijo mi madre que serían los Campos Elíseos y más. Con los ojos cerrados, le froto la mejilla con la mía, oliendo su pelo. La beso en la mandíbula y ella jadea.

—Oh, Xena.

Le murmuro al oído:

—Te creo, Gabrielle.

Gabrielle suelta una risita y me acaricia la espalda desnuda.

—Qué caliente estás.

Siento la cueva a mi alrededor, un lugar pequeño, cálido, íntimo. Me doy cuenta de que va a ocurrir, que de hecho está ocurriendo. Gabrielle en mis brazos, prácticamente desnuda, jadeándome en la oreja. Esto no es algo que pueda permitirme fastidiar. No es una aventurera sin fortuna, ni una curtida señora de la guerra, ni una dama de compañía. Es algo bien distinto. Sin querer, mis manos le acarician la espalda y luego le cojo la cara entre las manos.

—Por si el mundo se acaba —digo, y la beso.

Gabrielle me mete inmediatamente la lengua en la boca y enreda las piernas con las mías, pegando más mi cuerpo al suyo. Noto cada uno de sus músculos moviéndose contra mi piel al apretar distintas partes de su cuerpo contra mí. En un momento dado me aprieta los hombros por detrás y luego sus caderas se pegan a las mías.

—Xena —murmura, jadeando y sin dejar de acariciarme la espalda y los brazos con las manos. Noto su humedad sobre mi muslo y me siento abrumada de deseo—. Xena —susurra con urgencia—. Xena, ¿y si no es el fin del mundo?

Tengo las manos en su trasero, apretándola con fuerza contra mí.

—¿Y si no es el qué? —consigo responder, sin dejar de besarla. Se aparta y me muerde el labio, mirándome a los ojos.

—¿Y si no es el fin del mundo? —pregunta de nuevo.

Me quedo parada.

—Pues tanto mejor.

Me sonríe y vuelve a ser la chiquilla que conocí en Potedaia, y pego mi boca a la suya con toda la fuerza que puedo sin ser bruta. Sus brazos siguen rodeándome la espalda y meto las manos entre ellos para tocarle los pechos. Las dos sofocamos un grito al mismo tiempo por el placer del contacto y ella se aprieta contra mis manos con fuerza.

—Ya no siento el dolor de los clavos —me susurra al oído.

—Tranquila, que ya lo sentirás más tarde.

Me inclino para pegar mis labios a sus pechos, metiéndome ligeramente su piel en la boca, soltando murmullos de placer casi sin darme cuenta. Mis manos pasan de sus pechos a su pelo. Es tan corto que apenas puedo agarrarlo, pero lo consigo. Por algún motivo, está mucho más atractiva con este pelo, me encanta la sensación que tengo en las manos al echarle la cabeza hacia atrás, y ella jadea de placer cuando deposito una serie de besos por su clavícula.

De repente, estoy boca arriba y ella está a horcajadas sobre mis muslos, juntándolos con los suyos. Bajo la mano para tocarla entre las piernas, que están abiertas justo encima de las mías, y está tan caliente, tan húmeda, que los rizos dorados ya están empapados. Gime y dobla la cintura para besarme mientras la acaricio despacio, sensualmente. Gime en mi boca y no puedo evitar pasarle la otra mano por el pelo.

—Tu pelo me vuelve loca —susurro.

Noto que todo su cuerpo se estremece al oír mi voz.

¡Oh, Xena!

Gabrielle echa la cabeza hacia atrás, se incorpora y mueve las caderas despacio hacia delante y hacia atrás, apretándose suavemente contra mi mano. Su cuerpo reluce a la luz del fuego, su pelo suelta destellos dorados. Tiene los ojos cerrados y en su cara hay una expresión que va más allá del placer. No puedo quitarle los ojos de encima, de la forma en que se mueven sus músculos debajo de su piel, de la forma en que reacciona a mis caricias. Alzo la otra mano y le recorro todo el cuerpo, parándome en su abdomen, notando el movimiento de los músculos debajo de la mano. Moviéndose por encima de mí, irradiando calor y sensualidad, Gabrielle es el ser más deseable que he visto en mi vida.

De repente, se aparta de mí y me separa los muslos. Estoy tan llena de pasión que apenas puedo mantener los ojos abiertos cuando se coloca entre mis piernas. Su lengua, caliente y anchísima, se aprieta contra mí en el sitio preciso. Arqueo la espalda y gimo su nombre. Es un placer inimaginable. Mis manos se trasladan por instinto hasta su cabeza y la sujetan ligeramente mientras se mueve con la lengua, subiendo y bajando despacio una y otra vez. Su pelo corto es maravilloso entre mis dedos y los músculos de sus hombros apoyados en la parte de debajo de mis muslos son tan compactos, pero tan fuertes, que es fácil imaginar que es un muchacho, un caballero que sólo busca el placer de su dama. La idea me excita de tal manera que tiro de Gabrielle para subirla de nuevo encima de mí y la beso con ansia, acariciándole el pelo y los hombros con las manos sin parar, y noto que nuestros muslos se entrelazan, y las manos de Gabrielle en mi cuello y mis hombros, y es evidente que ella disfruta de la sensación de mis músculos bajo las manos tanto como yo de los suyos. Sé que no voy a poder aguantar mucho más.

—Oh, Gabrielle. —Estoy casi sin habla. Ahora sólo puedo pronunciar su nombre, pero ella sabe lo que quiero decir.

Me vuelve a separar los muslos, pero esta vez coloca el cuerpo entre ellos, abriéndome las piernas todo lo posible. El aire frío me da en el punto más caliente y la sensación de expectación es tan grande que temo desmayarme. No me he desmayado en toda mi vida. Se coloca encima de mí y antes de que me dé cuenta, noto la humedad caliente de su centro pegada a la mía. Cierro los ojos para absorber esta sensación, Gabrielle encima de mí, apretándose contra mí despacio y lánguidamente, tomándose su tiempo, con las manos enredadas en mi pelo, besándome en la boca y en el cuello. Le sujeto la cabeza entre las manos, pegándola a mí, tirándole del pelo para que me bese sin parar, cada vez más hondo. El calor de sus labios es abrasador, e imagino que tengo marcas por toda la piel. Aparta un poco la parte superior del cuerpo y traslado mis manos a sus pechos. Me pone las manos en las rodillas para separarlas y levantarlas un poquito más. Me mira desde arriba, con la cara enloquecida de pasión, la piel de un reluciente tono azulado en medio de la noche, los labios rojos.

—¿Estás segura de que quieres esto, ahora? —bromea, y la respuesta es tan evidente que se echa a reír. Yo también me río y siento que me penetra con los dedos. Sofoco un grito de placer y dolor, sorprendida por el gesto mismo y por la apretura que siento.

—¿Me has metido toda la mano? —pregunto, y mis caderas ya se están moviendo contra ella.

—¿Y si es así? ¿Lo puedes aguantar?

—¡Oh, dioses, sí! —grito. Noto que mueve su propio cuerpo hasta colocarse de forma que pueda tocarse a sí misma al tiempo que me toca a mí, y volvemos a encontrar un ritmo al que no hay manera de resistirse. Mueve la mano dentro de mí, ella misma se mueve sobre su mano, y noto que el placer va aumentando en las dos. No puedo evitarlo: veo sus preciosos bíceps tensos, relucientes de sudor, y les pongo las manos encima, apretando cada vez más al notar sus muslos golpeando los míos, y no hay forma de detener mi orgasmo. Como si sólo pudiera suceder de esta manera, de repente se corre y grita mi nombre, una y otra vez, y casi no puedo oírlo por encima del ruido de mi propia voz gritando el suyo.

Y ahora está echada encima de mí, jadeando, y mis manos le cogen el trasero, sujetándola justo donde está para que no se mueva.

—¡Oh, Gabrielle, eres magnífica!

La oigo reír.

—Parece que te ha gustado de verdad, ¿eh?

—Me ha gustado.

—Vamos, te ha gustado de verdad.

—Más que cualquier otra cosa que haya hecho en mi vida, Gabrielle —le digo al oído.

—No me parece que el mundo se vaya a acabar.

—Ya. A mí tampoco.

—Supongo que al final todo ha salido bien, ¿no?

—Eso creo. Anda, dame otro beso.

Y nos quedamos ahí tumbadas y nos besamos hasta que terminó la tormenta.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos cortos
Ir a Novedades