Flores moradas

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargos: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos.
Se describe un amor delicioso, apasionado y romántico tipo almas gemelas entre mujeres.
Se mencionan relaciones sexuales no explícitas y apenas consentidas entre hombre y mujer.
Hay algo de dolor/consuelo relacionado con esto último.
Gracias: Al Bardic Circle.
Descripción: Cómo se podrían haber conocido nuestras chicas si Xena no se hubiera enfrentado a Cortese.
¿Os ha gustado? MiladyCo@aol.com

Título original: Purple Flowers. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Querida Lila:

¿Te acuerdas de cuando les preguntamos a nuestros padres cómo se hacían los bebés y padre nos llevó detrás del corral y nos obligó a observar a las ovejas? ¿Te acuerdas de cómo lloraba yo sin parar porque quería que fuera bonito y no lo era? Semanas después, cuando se lo conté a madre, me dijo que con las personas era distinto, que era bonito, que yo tenía razón. Pues deja que te diga que no la tenía.

Como sé que nunca te voy a enviar esta carta, no me cuesta decir que perder la virginidad con mi marido fue... dioses, ¿qué palabras puedo usar para describirlo? ¿Asqueroso, humillante, inútil? Pero seguiré soportando el acto porque este matrimonio protege a nuestra gente. ¿He dicho que fue asqueroso? Bien. Y ya que te estoy diciendo la verdad, odio este sitio. Es oscuro, solitario y aburrido. No tengo a nadie con quien hablar o jugar, nada que hacer, nada que ver. Sólo un castillo grande, viejo, sucio y aburrido. No se me permite hablar con los criados y aquí no hay nadie más salvo mi marido, y su habitación está al otro lado del edificio. No es que me oponga a sacrificar mi vida, es que esperaba hacerlo de una forma más heroica y que me llevara menos tiempo, como entrando en un edificio en llamas para salvar a un bebé o algo así. Lo que quiero decir, Lila, es que así va a ser toda mi vida: la nada para siempre. Y no se puede decir que Giles sea tratable, por decir algo. Apenas habla y se enfada fácilmente.

Si sigo escribiéndote, tal vez me sienta menos sola, aunque nunca te lo envíe. Ni se me ocurriría dejar que supierais cómo sufro para protegeros. Eso sería muy poco heroico.



Querida Lila:

Ni siquiera tengo tareas del hogar a las que dedicarme. He empezado a escribir poemas sobre la soledad. No te gustarían nada. Le pregunté si podía ocuparme de los jardines, pero dijo que no. En cambio, se me permite bordar. Ya sabes lo mal que se me da.

No me río desde la última vez que tú y yo cenamos juntas. Eso fue hace dos meses. Supongo que esto no es tan inusual en un matrimonio acordado o en una pareja acaudalada. Él nunca está, no me falta de nada. Salvo una vida. ¿Y debo estarle agradecida porque no me pega? ¡Alguien llama a la puerta!



Querida Lila:

¡Mi marido me ha hecho un regalo extrañísimo! Me sigue causando una sensación muy rara. Deja que te lo cuente desde el principio.

Entraron dos criados en mi sala de estar. Entre los dos estaba una mujer alta y musculosa de largo pelo oscuro. Llevaba cadenas sujetas a unos grilletes en las muñecas y los tobillos y tenía la vista clavada en el suelo entre sus pies y los míos. Llevaba un sencillo vestido amarillo y me quedé mirándola sin saber qué hacer. Su presencia resultaba difícil de definir, sumisa y sin embargo, en cierto modo casi agresiva.

—Es para ti —dijo uno de los hombres—. Un regalo de tu esposo.

—¿Un regalo? —No lo entendía en absoluto.

—No le quites las cadenas. Es fuerte.

Se volvieron y cuando salían, uno de ellos me entregó una llave. La de sus cadenas, supuse. De repente, caí en la cuenta de que era mi esclava. Ella seguía mirando al suelo.

—Hola, me llamo Gabrielle —dije, con más animación de la que sentía en realidad—. ¿Tú cómo te llamas?

No respondió. Así que hice lo que siempre hago cuando me siento incómoda: me puse a hablar.

—Nunca he sido dueña de nadie, así que no sé qué hacer. Si pudiéramos ser amigas, estaría muy bien. Aquí me siento sola. No tengo a nadie con quien hablar, nada que hacer. Vaya, que la vida de casada no es tan estupenda como dicen.

Seguía sin responder, supuse que por una mezcla de nerviosismo y orgullo. ¿Quién podría culpar a una esclava por desconfiar de un ama que se mostraba simpática?

—Escucha, tienes que decirme cuáles son las reglas o no vamos a llegar a ninguna parte.

—Soy tu esclava —dijo con tono apagado, con una voz tan grave y poco acostumbrada a hablar que tuve que inclinarme hacia delante para oírla, cosa que hice sin temor—. Mi papel consiste en hacer lo que tú me ordenes, ama.

—Vale, pues llámame Gabrielle —dije—. ¿Y si te pido que hagas cosas en lugar de darte órdenes? Por ejemplo, ¿y si te pido que ahora te sientes conmigo? —Me trasladé a la elegante mesa que estaba cerca de la ventana. Me siguió dubitativa y se sentó frente a mí al otro lado de la mesa, sin dejar de mirar al suelo—. Pues parece que funciona. Bien. ¿Me dices cómo te llamas?

Vaciló y luego dijo:

—Licea.

—Encantada de conocerte, Licea. ¿Cuál es tu color preferido?

—No tengo.

—Elige uno.

—El azul.

—También es el mío —dije, inexplicablemente feliz. Levantó la vista y me miró por primera vez. Lila, nunca en mi vida he visto unos ojos tan bonitos ni tan reservados. El azul sería ahora mi color preferido si no lo hubiera sido ya antes, y no puedo evitar tener ganas de saber qué oculta—. ¿Cuál es tu flor preferida?

—La rosa.

—La mía también —dije—. Es maravilloso que tengamos tantas cosas en común.

Licea posó la vista en la mesa. Es bella, bella como la estatua de una diosa. Llamaron a mi puerta y eran los hombres de mi marido, que venían para llevarme a sus aposentos. Licea me miró raro y sonreí. No me quedaba más remedio que ir con ellos.

No me gusta mi marido, Lila. No es buena persona, no me gustan sus puntos de vista, y tuve que pasarme horas escuchándolo después de que se acostara conmigo. Por fin le pregunté por qué me había dado a la esclava, ¡y tuvo el valor de decirme que era para que me enseñara a darle a él placer! Al parecer, Licea es una esclava sexual con experiencia. Cómo me ofendió, Lila. O sea, ¿tengo que aguantar sus patéticas embestidas y él me insulta a ? Con lo que yo deseaba enamorarme, que mi primera vez fuese romántica y especial, y estoy segura de que si se tratara de alguien a quien amara, sería una amante estupenda.

Cuando regresé a mis aposentos, era tarde y estaba cansada, deprimida y me sentía atrapada. Licea estaba despierta, de rodillas al lado de mi cama. Qué tristeza me entró, no te sé explicar por qué. Señalé el sofá de debajo de la ventana y le dije que se fuera a dormir.

Mirándome a los ojos, Licea se levantó al tiempo que se soltaba el nudo del hombro que le sujetaba el vestido. Se deslizó por su cuerpo y cayó al suelo y cuando mis ojos siguieron su trayecto, descubrieron que no lograban llegar muy lejos. Su cuerpo es tan bello como su cara. Sentí que me ardían las mejillas, pero no podía apartar la mirada. Carraspeé y la miré a los ojos. Ninguna mujer me ha mirado nunca así.

—Gracias, pero no puedo —dije suavemente.

—¿Por qué? —susurró.

—No estaría bien —dije—, con alguien que tiene que hacer todo lo que yo le ordene. ¿No lo comprendes?

—Sí, por supuesto —dijo.

—Pero eres muy bella —dije torpemente, porque sentía la necesidad de decir algo y eso fue lo primero que se me pasó por la mente. Me miró como si hiciera mucho tiempo que nadie le decía eso. Nunca me había parado a pensar mucho en la esclavitud, aparte de que estaba mal y que quería hacer algo para acabar con ella. Es tan difícil de comprender que esta mujer increíble, tan bella, fuerte e inteligente, tenga que hacer lo que se le ordena. ¿Cómo es posible que las cosas funcionen así? ¿Por qué a la gente le suceden cosas terribles? A lo mejor eso es en parte lo que me diferenciaba de la gente de casa, ¿no crees? Que la mayoría de la gente parece aceptar mejor las cosas, ponerlas menos en duda que yo.

Ya es de día y sigue durmiendo. Soy el silencio en persona para no despertarla. Los pies le cuelgan por el extremo del sofá y observo cómo se mueve su pecho. Es como un gigante, dormido al otro lado de la habitación. Necesito que sea mi amiga y no sé muy bien cómo hacerlo posible.



Querida Lila:

Licea me está enseñando a bordar. Es una maestra paciente y tranquila. No ha dicho gran cosa, simplemente se ha pasado todo el día sentada conmigo en el sofá bajo la ventana y me ha enseñado a hacerlo. Cuando hacía algo mal, me guiaba las manos hasta que me salía bien. Creo que no ha dicho una palabra en toda la tarde, mientras yo le hablaba de ti y de las estupideces que hacíamos de niñas. Como siempre, los criados de Giles me trajeron la comida a mi habitación y tuve que especificar que trajeran comida suficiente para Licea también.

Puede parecer tranquila y servil, pero sé que no es así en absoluto. Vibra dentro de su propia piel. Es como si en cualquier momento fuera a desbordarse de sus cadenas y a hacer algo. No sé el qué. Es como un rayo metido en una botella. Es fascinante observarla, incluso cuando no hace nada.

Por fin di con una pregunta que no tuvo inconveniente en contestar.

—Dos hermanos —dijo—. Uno mayor y otro menor. El menor es mi preferido.

—¿Cómo es?

Se quedó mirando las motas de polvo que flotaban en la luz del sol que entraba en la habitación por detrás de nosotras.

—Siempre ha sido la persona más importante para mí —dijo con tono apagado—. Es que es bueno. Es bueno con todo el mundo. Encuentra disculpas para los defectos de la gente. Sobre todo los míos. —Sonrió, recordando a su hermano.

—¿Qué defectos tienes tú? —le pregunté en broma.

—Demasiados para llevar la cuenta —dijo—. Mi mal genio, para empezar. Pescábamos juntos y entrenábamos con la espada.

—¿Se te da bien?

—Sí.

—¿El qué?

—Las dos cosas —dijo—. Hacíamos excursiones de pesca que duraban días. Hacíamos el tonto o nos quedábamos sentados juntos en silencio. Echo de menos estar con él.

—Lo comprendo... Yo he estado escribiendo cartas a mi hermana —le dije—, que no voy a enviar. Son más como un diario, en realidad. Es un modo de contarle cosas, aunque no esté aquí.

Asintió y miró mi labor. Me había distraído. El suspiro que soltó me hizo reír.

—Entonces, ¿sabes luchar? —indagué.

—Sí. Sé luchar con la espada y también lo hago bien sin armas.

—¿Cómo de bien? —pregunté, azuzándola a propósito.

—Muy bien —dijo, con un tono que me recordaba a la mujer que era de verdad, según empezaba a ver. Poderosísima. Carismática. Intensamente viva.

—Los veremos de nuevo —dije, refiriéndome a nuestros hermanos—. Estoy segura.

Ella me miró con tristeza y dijo:

—Eso espero, Gabrielle.


No sé por qué estaba tan de mal humor anoche, pero lo cierto es que Giles estaba furioso y lo demostró en su forma de tocarme. No creo que se nos ocurriera pensar que esto era prácticamente prostitución. Pero supongo que eso es lo que es el matrimonio hasta cierto punto, con independencia de las circunstancias. Mientras me asaltaba, cerré los ojos y pensé en Licea, en sus ojos azules, sus fuertes manos, su voz grave. Pensar en ella me tranquilizó un poco y casi no me dolió. Al acabar, me preguntó si ya “me la había follado” y me quedé mirándolo sin contestar.

—Sabe hacer muchas cosas, o eso tengo entendido. Goza y aprende de ella. Estudió en Oriente y ya sabes lo que dicen de las chicas orientales...

Aunque me sentía conmocionada y asqueada por lo que decía, me aseguré de darle las gracias por regalármela, de decirle que estaba contenta con mi regalo.

Cuando regresé a mis aposentos, Licea estaba otra vez arrodillada junto a mi cama. Eso me provocó un estremecimiento. Como si yo pudiera tratar a alguien como me trata él a mí. Por los dioses. No sé cuánto tiempo voy a poder seguir aguantando verla encadenada.

—¿Hace cuánto tiempo que eres esclava? —le pregunté.

—Doce años.

—Eso es mucho tiempo, pero basta ya: deja de arrodillarte. Lo que necesito es una amiga, no una esclava.

Me miró y dijo:

—Lo siento, Gabrielle. Sólo hago lo que me han enseñado a hacer. —Me observó mientras me dirigía despacio y con cuidado al aparador para servir vino. Me dolía todo, sobre todo entre las piernas—. ¿Estás herida?

Dije que no con la cabeza. Le llevé una copa de vino. La aceptó y bebió.

—Por favor, deja que te ayude —dijo con dificultad—. Haré lo que haría por una... amiga.

Le sonreí y le dije que estaba a su merced. Se volvió y me hizo un gesto para que la siguiera a la sala del baño. De repente, me di cuenta de cuánto deseaba sentirme limpia. Me desnudó despacio y, mientras yo seguía bebiendo, me acomodó dentro de la bañera y me lavó el cuerpo. Nadie ha hecho una cosa así desde que era tan pequeña que ya ni me acuerdo. Se sentó detrás de mí y cerré los ojos y dejé que me bañara, acariciándome suavemente la piel con el paño y el jabón. Ninguna de las dos hablaba y yo estaba tan relajada que ni siquiera se me hacía raro que alguien me tocara tan íntimamente. Las cadenas que le colgaban de las muñecas estaban calientes y apenas las notaba cuando se deslizaban por mi piel. Se detuvo antes de ponerme la mano entre las piernas y asentí y me recosté en ella. Me lavó ahí con tanta delicadeza que no pude evitar volverme y pegar la cara a su hombro: lo que me había hecho él esta noche aún me dolía. Dejé que me secara, me envolviera en una toalla inmensa y me llevara a la cama.

—Si te suelto las cadenas, ¿te quedarás? —susurré.

—Sí —dijo—. No tengo elección.

—Tráeme la llave —dije, indicando el aparador. Me la trajo y solté todas sus cadenas. Se sentó a mi lado en la cama y se frotó las muñecas. Le hice un gesto para que pusiera los pies en la cama, cosa que, tras dudar, así hizo. Tenía los tobillos en carne viva, y cogí de la mesilla de noche el paño fresco y húmedo que había traído ella para mí y se lo apliqué a la piel—. ¿Por qué no tienes elección?

—Cortese, el hombre que me hizo esclava, también esclavizó a mi familia. No sé dónde están, pero me ha prometido que si alguna vez me escapo, los matará.

—¿Qué ocurrió? —pregunté en voz baja, sujetando el paño fresco sobre su piel irritada.

—El ejército de Cortese vino para apoderarse de nuestra aldea —susurró, y noté que le costaba mucho controlar sus emociones, incluso después de tanto tiempo—. Yo quería luchar contra él. Creía que podíamos hacerle frente, defendernos, proteger nuestro hogar. Los demás tenían demasiado miedo para intentarlo, así que no lo hicimos. Y Cortese tomó la aldea, esclavizó a todos los que no mató, a los que luchamos aunque sólo fuese un poco. —Se detuvo de nuevo, recordando—. ¿De verdad quieres oír esto, Gabrielle?

—Por supuesto.

Licea tenía el rostro nublado. Por instinto, me acerqué un poco más a ella encima de la cama.

—Esperamos en nuestras casas a que llegara Cortese e hiciera lo que hacían los señores de la guerra cuando tomaban un pueblo. Cuando sus hombres llegaron a nuestra casa, ni te imaginas las ganas que me entraron de matarlos, pero tuve que controlarme. Tenía que hacer lo que todos los demás creían que era lo correcto. Pero es que... cuando los soldados decidieron que iban a violar a mi madre, no pude quedarme ahí sin hacer nada. ¿Tú te podrías haber quedado ahí sin hacer nada?

Tenía los ojos atormentados cuando la miré.

—Claro que no, Licea, habría hecho cualquier cosa para proteger a mi madre.

—Gracias —dijo, y eso me llevó a preguntarme si llevaba todos estos años pensando que tal vez se había equivocado—. Entonces luché con los soldados y los maté fácilmente. Entonces llegó Cortese y me rodearon apuntando con sus armas al cuello de mis hermanos, y tiré la espada.

Le puse la mano en el hombro y se lo apreté.

—Lo siento muchísimo —dije, sintiendo que, como poco, no expresaba todo lo que quería.

—Gracias —susurró—. Hice que Cortese se fijara en mi familia y todavía lo estamos pagando. Le entraron ganas de conquistarme y eso es lo que intenta hacer desde hace ya doce años. Supongo que se ha rendido.

—No me extraña.

Me miró y casi sonrió.

—Intenté hacer el papel, hacerle pensar que me había rendido. Pero siempre ha habido una parte de mí que se ha mantenido fuerte, con la esperanza de que algún día algo me dé la oportunidad de salir de esto.

—Me alegro. Así que las dos estamos presas por amor —dije, mirándola mientras mojaba otro paño con agua fresca y me lo traía, me lo ponía entre las piernas y me empujaba con delicadeza para que me tumbara de lado.

—¿A qué te refieres? —preguntó.

—Métete en la cama y te lo cuento.

Licea se deslizó con cuidado bajo las sábamas detrás de mí y las subió para taparnos a las dos, y yo me eché hacia atrás hasta pegar mi cuerpo al suyo. Cuando mi cuerpo estaba en contacto con el suyo me entraba una sensación muy agradable. ¿Me estaba aprovechando de su situación? Sólo quería tocarla, tocar a alguien. Que me tocaran de modo que me sintiera bien, no sucia. Pero su preocupación por mí parecía auténtica, por lo que pensé que su contacto también lo era.

—Me casé con Giles hace unos meses, para proteger a Potedaia, mi aldea. Es un intercambio, en realidad. Hasta hace poco tuvimos unos problemas espantosos con varios señores de la guerra: Draco, Borias, la Bestia de Turquistán. Caían sobre nosotros, se llevaban lo que querían y volvían cada vez que querían más. Vivíamos con miedo perpetuo. Era una forma horrible de vivir, y un día Giles pasó por nuestro pueblo. Era un terrateniente poderoso que tenía su propio ejército, de soldados hábiles, aunque no fueran muy numerosos. Los ancianos del pueblo acudieron a él y le pidieron protección.

—Deduzco que no la ofreció a cambio de nada —dijo.

—Exacto —dije, disfrutando muchísimo de nuestra conversación. No me podía creer que estuviera hablando conmigo con tal facilidad—. Su oferta fue protección a cambio de una esposa virgen. Cuando me enteré, me apresuré ofrecerme como nuestra parte del trato. ¿Cómo iba a dejar que otra persona pasara por eso si podía evitarlo?

—Lo siento —dijo—. Eres una persona increíble. Una heroína. —Noté que su mano me rozaba el brazo. Me pegué más a ella, con la esperanza de que continuara con esa muestra de afecto. Notaba claramente distintas partes de su cuerpo, como su muslo contra mi trasero, su pecho contra mi hombro. Cada punto de contacto homigueaba y palpitaba al mismo ritmo. Me pregunté si ella también lo notaba.

—Tú también.

—No, yo no, Gabrielle. Sería una heroína si me hubiera mantenido firme, si hubiera convencido a la gente del pueblo para que luchara contra Cortese y si hubiera ganado.

—Licea, hiciste lo que pensaste que tenías que hacer. Nunca lo sabrás a ciencia cierta. Tal vez las cosas habrían salido peor si hubieras luchado contra él.

—Como dices, nunca lo sabremos.

—Supongo que las dos hemos tenido mala suerte —dije—. Pero me alegro de que nos hayamos conocido. —Le toqué la mano que tenía posada en mi brazo.

—Ojalá fuese en otras circunstancias —susurró. Noté cómo se movían sus labios sobre mi pelo al hablar. Me daban escalofríos y me resultaba muy agradable.

—¿Sí?

—Sí —dijo en voz baja.

—Podríamos fingir —dije esperanzada.

—¿Cómo?

—Cierra los ojos —le dije y cerré los míos—. Un día una princesa triste llamada Gabrielle paseaba por los jardines del castillo de su padre. Hacía una tarde fresca, parecía que iba a llover, pero Gabrielle sabía que no iba a ser así. Era la clase de chica que se fijaba en los pequeños detalles, como en las ranitas de color verde claro que saltaban del camino para apartarse a su paso y en el resplandor de la hierba. Gabrielle fantaseaba sin parar: su cabeza estaba tan a menudo en las nubes como en la tarea que ocupara sus manos. —Ya no prestaba atención a cómo podría afectar mi historia a Licea, estaba atrapada en ella y me dejaba llevar—. Gabrielle acabó en una taberna situada al borde de las posesiones de su padre. Era una taberna cochambrosa como poco, y ella era una ingenua, por lo que entró para ver si alguien podía llevarla de vuelta a casa. Había muchos hombres borrachos dentro de este edificio costroso, todos más que dispuestos a dar una vuelta mucho menos saludable con ella. —Aquí oí que Licea se reía suavemente y noté que estaba jugando con mi pelo. Hice una pausa para recuperar el aliento y sus dedos dejaron de moverse, pero cuando proseguí, también lo hizo su caricia—. El caso es que algunos de los hombres tenían a Gabrielle arrinconada contra la pared y le estaban explicando los diversos métodos que querían emplear para gozar de ella cuando oyó un ruido ahogado detrás de ellos. Alguien agarraba a los hombres y los apartaba de ella. Era una bella mujer, de largo pelo oscuro y escandalosos ojos azules, y Gabrielle se quedó hipnotizada.

—¿Hipnotizada?

—Sí. Cuando despachó a los hombres, la mujer alta y bella miró a Gabrielle y le ofreció la mano. Gabrielle le preguntó cómo se llamaba...

—Xena.

—Y Gabrielle dijo: “Xena. Qué nombre tan bonito. Cuánto me alegro de conocerte. Has aparecido en el momento oportuno”. Xena se echó a reír y cuando salieron a la luz de la tarde, preguntó si podía llevar a Gabrielle a casa. Gabrielle dijo que prefería irse con ella, y así lo hizo. Y ésa es la historia de cómo se conocieron Xena y Gabrielle.

—Cuentas historias muy bien —dijo.

—¿Te ha gustado? —pregunté, intentando recordar lo que había dicho. Asintió—. ¿Te llamas Xena?

—Sí —dijo en voz baja—. Mi hermano pequeño se llama Liceus.

—¿Puedo llamarte Xena?

—Sí.

Y poco después, nos quedamos dormidas, tal cual, juntas en mi cama. No lo sé explicar, Lila. Xena es un nombre mucho más apropiado para ella: fuerte, inusual y concreto. Te escribo desde la cama, donde sigue dormida. Está amaneciendo y aún está tan oscuro que casi no puedo leer las palabras mientras las escribo. Está dormida boca abajo, con la cara hacia el lado contrario a mí, y sus largos cabellos cubren las sábanas. Hasta esta mañana, nunca me había despertado con nadie en la misma cama y ha sido agradable. Que estuviera aquí, que esté aquí ahora. Seguro que parezco tonta. No sé cómo describirlo mejor.



Querida Lila:

Las cosas están empezando a adquirir cierta claridad. Hemos pasado la mañana bordando y le he contado algunas de mis historias preferidas. A la hora de comer, preguntó:

—¿Podemos salir hoy?

—¿Fuera? Lo siento —dije, abochornada como nunca en mi vida—. No se me permite salir.

—Oh, Gabrielle. —Alargó la mano para coger la mía y luego la apartó por reflejo. Se quedó mirando la mesa—. Supongo que las dos somos esclavas.

—Sí —repliqué despacio—. No ha sido fácil para mí renunciar a mi libertad durante estos meses. Tenía mi propia vida y ahora...

—Lo comprendo. Yo pasé por lo mismo, hace años. Ojalá te pudiera ayudar —dijo, levantándose de la mesa y acercándose a la ventana.

—Me ayudas —dije, siguiéndola. Me quedé detrás de ella, tan cerca que sentía literalmente lo furiosa que estaba.

—Esta noche —dijo con tono resuelto—, si te llama, iré en tu lugar.

—No —dije, poniéndole la mano en el brazo, asombrada de que alguien se ofreciera a soportar aquello por mí.

—Lo he hecho miles de veces —dijo—. No es para tanto. Ya ni me entero.

—He dicho que no. Es mi marido y es mi responsabilidad.

—¿Por favor? —susurró—. Es que detesto imaginarte pasando por eso.

—Justo. Así que ahórrame el dolor de tener que imaginarte a ti. —Le acaricié el brazo. Quería decirle lo importante que era su ofrecimiento para mí, que supiera que podía tocarme—. De todas formas, no tienes elección, ¿recuerdas? Tienes que hacer lo que yo te diga.

Se echó a reír suavemente y me puse a su lado ante la ventana. Me miró y me cogió la mano, entrelazando sus dedos con los míos.

—No quiero esta vida para ti —dijo.

—¿Qué clase de vida quieres para mí? —pregunté.

—Una vida en la que seas libre. Y estés conmigo. —Se miró los pies. Fue como si el aire que nos rodeaba de repente se cargara de emoción.

—Pues encontraremos un modo —dije con determinación.

Xena me miró con esos profundos ojos azules y de repente conseguí ver en su interior, verla de verdad, y lo que vi me atrajo hacia ella. Ella también se acercó más a mí y nuestros labios se juntaron. ¡Oh, Lila, fue algo con lo que jamás había soñado! Tan suave, tan cosquilleante, tan cálido y tan absoluto. Cada mínimo movimiento me provocaba nuevas sensaciones y sólo deseaba más. Me estrechó entre sus brazos y la sensación de sus pechos contra los míos, de sus brazos alrededor de mi espalda, fue tan estupenda que todo lo demás dejó de importarme. La besé con más fuerza y ella me estrechó aún más. No puedo describir los vuelcos que me daba el estómago, cómo me latía el corazón, la sensación de su cuerpo bajo mis manos en movimiento. Me empujó contra la pared de la ventana y me susurró jadeante al oído:

—Xena subió a Gabrielle al caballo detrás de ella y Gabrielle rodeó la cintura de Xena con los brazos. Cabalgaron hasta que encontraron un precioso campo de florecillas moradas y Xena extendió una manta para las dos. Se tumbaron encima e intercambiaron besos como sólo los poetas son capaces de describir.

—Gabrielle le dijo a Xena que ella era su campo de flores moradas —dije—, y que donde estuviera Xena era donde ella quería estar. Le dijo a Xena que nunca había sentido nada igual y que le encantaba la sensación.

—Xena dijo que ella sentía lo mismo —susurró Xena. Se puso a besarme de nuevo, besos cargados de una ternura apasionada que se apoderó de cada centímetro de mi cuerpo. No tengo palabras para describir lo feliz que me sentía, cómo cantaba mi corazón de pura alegría...

¡PAM! Hubo un golpe en la puerta. Me entraron ganas de matar a alguien. Me volví hacia Xena y dije:

—Quédate aquí y relájate. No te atrevas a hacer nada. —En su rostro había una ferocidad que nunca hasta entonces había visto en una mujer. Como si fuese un felino de la selva, controlando su instinto salvaje por pura fuerza de voluntad—. Piensa en las flores moradas. Volveré.

Resultó que mi marido quería que cenara con él. Teníamos visitantes de otras tierras vecinas alojados con nosotros y resultó que uno de ellos era Cortese, el hombre que acababa de darle o venderle a Xena a mi marido. Oh, Lila, qué ganas me entraron de saltar por encima de la mesa y matarlo. Acuchillarlo en el corazón una y otra vez por lo que le había hecho a mi Xena. Y entonces me di cuenta de que verlo reafirmaba mi propósito: al tenerlo tan cerca, tal vez podríamos derrotarlo de algún modo. Sabía que no podíamos seguir viviendo así mucho más: algo dentro del sistema acabaría por romperse, y pronto. La presencia de Cortese nos daba una oportunidad. Giles estaba disfrutando tanto con la compañía que me dijo que regresara a mis habitaciones temprano, que no iba a volver a llamarme. Qué alivio me entró, porque sabía que Xena se alegraría de que no me hubiera tocado.

Regresé a mis aposentos con una nueva actitud. Estaba a punto de volver a hacerme con el control de mi propia vida. Me daba miedo y me excitaba, igual que Xena. Es tan especial, Lila. Qué bien te caería. Así será, algún día, cuando la conozcas.

Cuando entré en mi cuarto de estar, vi a Xena de pie ante la ventana. Se volvió y me sonrió.

—Hola —dije—. Sólo quería que estuviera en la cena. Para entretener a sus invitados.

—Bien —dijo—. Porque yo te quiero para mucho más.

Nos reunimos en medio de la habitación, jadeantes sólo de mirarnos.

—Quiero decirte —dije—, que estoy ideando un plan que nos salvará a todos. No quiero contártelo aún, pero quiero que sepas que hay esperanza. —Todavía no quería hablarle de Cortese: no quería distraerla de lo que me parecía que estaba ocurriendo entre nosotras.

—Yo... yo... —dijo, mirándome, con la cara acalorada. Me acarició el pelo y yo le toqué la mejilla.

—Ahora se trata de ti y de mí —dije, al tiempo que se inclinaba, y nos besamos. La cosa se puso intensa muy deprisa y, de repente, sus manos se posaron en mi trasero y lo estrujaron suavemente. Gemí y eso pareció excitarla, lo cual me excitó a mí aún más, y nuestra excitación cambió mi cuerpo de una forma que jamás me había imaginado. Era como si cada parte de mí se estuviera expandiendo, cobrando conciencia de sí misma con una exuberancia sensual. Una de sus manos alcanzó mi pecho y solté una exclamación. Retrocedió y me miró.

—No pares —jadeé—. O sea, por favor, no quiero que pares.

—Yo no quiero parar —dijo, respirando con dificultad.

—Bien —dije, sonriéndole. La cogí de la mano y la llevé al dormitorio, cerrando la puerta con llave al pasar. Tenía tantas ganas de estar con ella que sabía que si alguien intentaba detenerme en este momento, lo mataría. Una parte de mí era consciente de que tal vez tendría que matar de verdad a alguien antes de acabar con todo esto, pero de repente, supe que podría hacerlo de ser necesario. Nos sentamos juntas en el borde de la cama, cogidas de la mano. Xena alargó la otra y empezó a desabrocharme despacio el vestido. Los botoncitos empezaban en el cuello y para cuando llegó a mi cintura, yo casi no podía respirar y estaba temblando. Se inclinó y me besó en el cuello, luego la garganta, el pecho, el estómago. Le cogí la cabeza con manos temblorosas y gemí de placer. Me entró vergüenza por un momento y luego recordé que mi marido quería que hiciera esto, por lo que no estaba mal que la gente lo oyera.

Sus labios sobre mi piel me excitaban tanto que quise entregarme a ella ahí mismo y en ese mismo instante, cosa que hice. Aparté mi ropa con cuidado para destaparme el pecho. Xena me miró y sonrió, y luego rodeó mi pezón con su boca cálida y su lengua caliente acarició despacio mi pecho. Gemí y suspiré cuando sus manos se metieron dentro de mi vestido y me acariciaron la piel acalorada de la espalda. Necesitaba sus caricias como necesito la luz del sol, el agua y el aire: me lo daban todo. La boca de Xena subió despacio por mi cuerpo, deteniéndose para besar cada centímetro como si fuese tan importante como las partes que suelen recibir más atención. Por fin, los labios de Xena volvieron a posarse sobre los míos y mientras nos besábamos, empezó a empujarme sobre la cama.

—Espera —dije—. Quiero sentir cada centímetro de tu piel. —Le quité el vestido por encima de la cabeza y ella hizo lo mismo conmigo. Nos quedamos ahí sentadas un momento, mirándonos simplemente—. Eres... eres... —fue lo único que logré decir al ver su cuerpo desnudo, todo músculos y sombras y carne voluptuosa.

—Sabes, Gabrielle —susurró—, no me hace falta que sea un cuento de hadas. Con esto es suficiente.

Sonreí y tiré de ella para besarla de nuevo. Poco a poco me tumbó sobre la cama. Al cambiar de postura, su piel rozaba la mía en multitud de puntos: los muslos, los brazos, la cara. Subió despacio por mi cuerpo, dejando que su largo pelo negro acariciara mi piel al moverse. Por fin se detuvo, con la cara justo encima de la mía. Se agachó para besarme y al hacerlo, sus pezones rozaron mi piel. Sentía el cuerpo a punto de estallar cuando le puse las manos en los pechos y, mientras se los tocaba, sus besos se hicieron casi febriles. Yo estaba completamente dominada por mi deseo. Tiré de su cuerpo para que se echara encima de mí, para que me tocara en todas partes, y su muslo suave y musculoso se deslizó entre los míos. Probé a pegarme a él y solté un profundo gemido. Cuando Xena se apretó contra mí, noté cómo se extendía su humedad, al moverse sobre mi muslo. Me estremecí al saber que yo la excitaba tanto. Eché la cabeza hacia atrás y empujé contra ella rítmicamente. Ella no paraba de gemir mi nombre contra mi cuello al tiempo que lo besaba y, de un solo movimiento, hizo que cambiáramos de postura por completo.

Ahora yo estaba de rodillas, a horcajadas encima de ella, contemplando su glorioso cuerpo desnudo a la luz de las velas. Le acaricié la cara y luego bajé despacio con la mano por su cuello, sus pechos y su estómago. Empezó a moverse despacio debajo de mí, pegando su centro al mío desde abajo al tiempo que guiaba mis movimientos con sus grandes manos sobre mis caderas. Era un movimiento lento y húmedo, seductor. Le apreté los pechos al tiempo que me pegaba a ella, moviéndome despacio hacia delante y hacia atrás con ella. Nos miramos a los ojos y no pude apartar la mirada. Todo ardía, y la sensación que tenía entre las piernas era tan intensa que no creía que mi cuerpo pudiera contenerla mucho tiempo más. Xena respiraba soltando gruñidos rítmicos mientras embestía hacia arriba y yo hacia abajo, sin notar ya los sonidos apasionados que salían de mi boca. Entonces se las arregló para empujarme un poco más fuerte y un poco más rápido y de repente llegamos juntas, con fuerza y clamor. Fue increíble. Como si todo explotara y se fundiera al mismo tiempo.

Entonces Xena me colocó bien encima de ella y me rodeó estrechamente con los brazos y las piernas. De repente, sentí una gran emoción que emanaba de ella, en nada parecida a todo lo que había compartido conmigo hasta entonces.

—Gracias, Gabrielle —susurró.

—¿Por qué?

—Por ser tú.

—Gracias a ti también —susurré—. La verdad... es que me pareces maravillosa. —Noté que me estrechaba con más fuerza cuando dije eso. ¿Había dicho una estupidez? Me quedé tumbada encima de ella y gocé de la sensación de sus brazos a mi alrededor, de nuestros cuerpos pegajosos y calientes. Me parecía que ahora sabía mucho más sobre ella y que se irían desvelando más cosas a cada momento si me quedaba en sus brazos, pero tenía que decirle lo que estaba pasando. No estaba bien seguir ocultándoselo.

—Bueno, Xena, ¿te acuerdas de que he dicho que tenía un plan?

—Sí —dijo con desconfianza.

—Necesito que me prometas que harás lo que yo diga. No porque se supone que eres mi esclava, sino porque yo soy la que comprende mejor toda la situación. ¿Estás de acuerdo en no hacer locuras pase lo que pase?

—Me estás matando —dijo, mientras nos colocábamos de lado y nos apartábamos un poco para poder mirarnos, con las piernas aún entrelazadas—. Seré buena. Te prometo que no haré ninguna estupidez. —Sonrió—. Y de todas formas, sigo siendo tu esclava.

—No lo eres. Te doy la libertad.

—No funciona así —dijo—. Tu marido es mi dueño: la libertad me la tiene que dar él. Pero eso es lo de menos. ¿Cuál es el plan?

—Vale, todavía no es un plan completo —reconocí despacio, sin hacer caso de lo que había dicho—. Pero sí que es información que sin duda nos llevará a un plan. —Me clavó la mirada para instarme a continuar—. Cortese está aquí. —Noté que se le ponía el cuerpo rígido y vi cómo se le oscurecían los ojos. Le puse las manos en la cara y me miró—. Se va a quedar aquí unos cuantos días más. Hay mucha gente, es prácticamente una fiesta. Yo puedo hacer que nos movamos por el castillo fácilmente, puedo conseguir armas. Podemos idear una manera de llegar a ellos y salvar también a nuestras familias. Lo sé.

—Es una buena noticia —dijo, echándose hacia delante para besarme, al tiempo que se le relajaba el cuerpo—. ¿Crees que sabrías dibujar un plano del castillo?

—Sí —dije—. Pero antes... —Y nos besamos unos cuantos minutos más. Qué suaves son sus labios, Lila.

De modo que nos quedamos levantadas toda la noche bebiendo vino y haciendo planes. Parecía tener una habilidad natural para esto, para ver las cosas que podrían salir mal, para imaginar las distintas reacciones que podría tener la gente y cómo debíamos planificarlo todo teniendo eso en cuenta. Supongo que se debe a un agudo conocimiento de la naturaleza humana.

Cuando lo pienso, Lila, es como si de repente nos hubiéramos conocido en el momento preciso. En el momento en que yo estaría aquí, en que Xena llegaría, en que las dos estaríamos esclavizadas, y sin embargo, sé que nos marcharemos de aquí juntas y libres. Da la sensación de que así estaban destinadas a ser las cosas. ¿Cómo si no se explica esta oportunidad? Lo que siento cuando me toca no es una coincidencia. Estoy a punto de hacer algo que os pone en peligro a ti, a padre y a madre, y eso me aterroriza. Pero tengo fe en Xena. No sé cómo explicarlo. Cuando dice que va a hacer algo, resulta inconcebible que pueda fracasar. Estamos a primeras horas de la mañana y sigo borracha. Me pregunto si puedo convencerla para que me vuelva a hacer el amor. Cortese se va a quedar aquí unos días: tenemos tiempo más que de sobra.



Querida Lila:

Supongo que a estas alturas ya te has dado cuenta de que me he enamorado de Xena. La intensidad de lo que siento no se parece a nada que haya sentido hasta ahora. Lo que siento en este momento es increíble. Es como si me vibrara el alma de alegría. Sé que parece una tontería, es que no se me ocurre una manera mejor de describirlo. Y se supone que soy escritora. Y, evidentemente, retiro oficialmente lo que dije antes sobre el sexo. Cuesta creer que lo que me hace mi marido y lo que me hace Xena se supone que son la misma cosa. Depende totalmente de la persona y, Lila, ahora que lo conozco de las dos formas, mi consejo de hermana es que jamás te conformes. No consigo dejar de sonreír, no me reconocerías. Sólo puedo pensar en ella, cada parte de mi cuerpo canta con el recuerdo de sus caricias. No me cabe la menor duda de que es con ella con quien debo estar en esta vida.

Ojalá me acuerde bien de todos los planes. Qué cosa más complicada. Ahora llevo este pergamino encima en todo momento, por si tenemos que marcharnos a toda prisa. Me he pasado este último día moviéndome a hurtadillas por el castillo para recoger cosas. Hemos vuelto a ponerle los grilletes a Xena para seguir dando la impresión de que es mi esclava: están cerrados, pero no lo están.

—Gabrielle, te voy a pedir que hagas una cosa que no te va a gustar. —Xena parecía un poco nerviosa, de pie ante mí con ese vestidito amarillo.

—Genial. ¿El qué?

—Necesito que me pegues en la cara —dijo, con una sonrisa esperanzada y una ceja enarcada.

—Es broma, ¿no?

—Claro que no. Tienes que hacerlo tú o no dará el pego. Puedo aguantarlo. Soy esclava desde hace años: puedo soportar mucho más de lo que tú seas capaz de hacerme.

Intentaba enfadarme a propósito, ¿no? Bueno. Estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para salir de aquí y hacía falta que pareciera que no sentía nada por ella, de modo que cerré el puño.

—Intenta darme en el pómulo cerca del ojo —sugirió.

—Oye, que la que va a pegarte soy yo.

Xena cerró los ojos cuando mi puño salió lanzado hacia ella. Entró en contacto sólidamente con su pómulo, justo al borde del ojo, y me hizo tanto daño a mí en la mano como a ella en la cara, me imagino.

—Ay —dijo, sonriéndome. Sin dejar de sacudir la mano derecha para quitarme los efectos del puñetazo, me acerqué y tiré de ella hacia mí agarrándola de la cintura con la mano izquierda.

—Te quiero —dije. Me salió en un susurro. Su expresión cambió por completo y me besó, dejándome sin aliento. No lo dijo, pero sé que ella también me quiere. Vamos a salir de aquí y te veré pronto, Lila. Lo juro.



Querida Lila:

Xena estaba sentada encadenada en el rincón como una buena esclava cuando llegaron los criados para llevarme a la cena. Se quedó mirando al suelo mientras ellos me llevaban, y me dio la sensación de que la primera parte del plan estaba a punto de ponerse en marcha. Dependía de mí, así que iba a tener que conseguirlo.

Me llevaron al comedor, donde la cena ya había empezado. Había unas treinta personas sentadas alrededor de la larga mesa, y Giles me sentó en su rodilla, acariciándome distraído el trasero mientras comía. Me aguanté las ganas de sacar el cuchillo que me había escondido en la bota y cortarle el cuello a Cortese. Estaba sentado justo a mi izquierda, y de vez en cuando su mano me rozaba el muslo de esa forma deliberada que parece accidental. Tenía que soportarlo, porque si no lo hacía, así iba a ser el resto de mi vida. Una situación que de algún modo me había parecido soportable en algún momento, ya no lo era. Tenía que dejar que Cortese me tocara, incitarlo a ello, de hecho, si quería que el plan funcionara. Y funcionaría.

A medida que avanzaba la velada, dejó de servirse comida y el alcohol siguió corriendo. Yo sólo bebía sorbitos mínimos de vino, pero las sombras de las velas que bailaban por las paredes me resultaban extrañamente ominosas. La risa ebria de los hombres, y para entonces ya sólo quedaban hombres en la estancia, era lasciva, y notaba la lujuria en el cálido aire nocturno. Notaba el deseo de mi marido pegado a la parte posterior de mi muslo, y él estaba tan borracho que no se daba cuenta de la poco discreta inspección que estaba llevando a cabo Cortese de mis pechos, enfundados de la forma más llamativa en mi vestido morado preferido. Me imaginé que, cuando todo esto hubiera terminado, le pediría a Xena que me hiciera el amor llevándolo todavía puesto. Había llegado el momento de llevar a cabo mi jugada y tenía que ser sutil, tenía que sonar bien. Posé la mano suavemente sobre el pecho de Giles y le susurré al oído, dejando que mis labios le rozaran la piel:

—Esposo, tenías razón sobre la esclava. Me ha enseñado cosas maravillosas en estos últimos días. —Hice una pausa, dejando que absorbiera las implicaciones, que notara la sensualidad del tono de mi voz—. Si te apetece, tal vez podríamos retirarnos y...

Giles estalló en carcajadas.

—Cortese —vociferó, alargando la mano por detrás de mí para darle una palmada en la espalda—. ¿Te había dicho que le di esa esclava tuya a mi mujercita?

Cortese me miró a la cara por primera vez, y me di cuenta de que apenas podía enfocar la mirada de lo borracho que estaba. De repente caí en la cuenta de lo parecida que era la situación a la historia que le había contado a Xena sobre cómo nos conocimos, sólo que ella no iba a acudir a mi rescate en cualquier momento.

—¿Xena? —dijo.

—Dice que la esclava sabe hacer muchas cosas —dijo Giles, sin parar de reír, atragantándose al intentar tragar más vino. Cortese me estrujó el muslo con fuerza y dijo:

—Una chica como ésta no sabría cómo usar a una esclava como ésa. Yo te podría enseñar un par de cosas para obtener placer de una salvaje como ella.

—¿En serio? —dije con lo que esperaba que fuese la dosis correcta de escepticismo y así poder pasar a la siguiente fase del plan.

—¡Giles! —dijo Cortese, gritando demasiado y derramándose el vino por la camisa—. Esta joven esposa tuya necesita que le den una lección. ¿Qué tal si mandamos que nos traigan a la esclava y cerramos la velada con un entretenimiento más interesante?

Giles y Cortese estallaron en carcajadas de borracho. Era casi demasiado fácil. Le dije al criado que tenía detrás de mí que trajera a Xena a la salita de al lado. Giles ni se molestó en despedirse del resto de sus ebrios invitados mientras me lo llevaba al pasillo. Metí casi a rastras a mi marido en la habitación de al lado y lo tiré en un sofá. Las paredes estaban adornadas con tapices, y unas cuantas antorchas que estaban colocadas demasiado altas hacían que todo estuviera envuelto en una penumbra sombría que me causó un escalofrío. Cortese se dejó caer en el sofá que estaba frente al de Giles y yo me senté al lado de mi marido. Cuando estaba sirviendo más vino, entró Xena.

Se quedó erguida cuan alta era en el umbral, mirando a Cortese. Noté cuánto lo odiaba. Esperaba que no fuese demasiado para continuar con esta versión del plan. Tenía que fingir que no la amaba, que no deseaba encontrarme a salvo en sus brazos. Ni siquiera podía mirarla.

—Xena —dijo él, mirándola sin disimular su deseo y su antipatía. Le dijo a Giles—: ¡No me digas que no has gozado de los placeres de ésta!

—Todavía estoy gozando de mi nueva esposa —dijo Giles, sentándome en su regazo. Creo que eso fue lo más agradable que le había oído decir nunca.

Xena se acercaba a Cortese, despacio.

—¿Por qué me la diste si todavía te gustaba follártela? —le preguntó Giles a Cortese, y de pronto los dos parecieron algo más sobrios.

Cortese observaba a Xena mientras ésta se acercaba.

—Bueno, hace unos meses, mi ejército intentó tomar una aldea que estaba más preparada de lo que creían mis exploradores. Perdí a la mayor parte de mi primera línea de ataque, a mis soldados esclavos. Sus hermanos estaban entre ellos —dijo sin darle importancia, indicando a Xena con el hombro. Aguanté la respiración al tiempo que se me hacía pedazos el corazón en el pecho.

—Mientes —dijo Xena con frialdad.

—¿Por qué iba a mentir? —preguntó él con desprecio—. ¿Para qué me iba a molestar?

Xena se quedó en blanco, petrificada. Giles parecía confuso, preguntándose cómo había quedado atrapado para ser testigo de esta confrontación extrañamente íntima entre Xena y Cortese, y noté que deseaba estar en cualquier otro lugar. Yo me quedé en su regazo y fingí que me daba igual que los hermanos de Xena estuvieran muertos.

Xena lo miraba con tal indiferencia que me dejó aterrorizada.

—¿Y mi madre? —susurró.

—Resultó malherida, aunque no había combatido. La dejé en un pueblo cercano con el sanador, en Potedaia, creo que era. Como sólo le quedaba una pierna, ya no me servía de nada. Ya no tenía un modo de mantenerte sujeta, así que te dejé ir.

Yo tenía la mano sobre mi bota preparada para sacar el cuchillo de ser necesario. Seguí sentada en el regazo de Giles y vi cómo Xena dejaba caer sus cadenas al suelo cuando por fin alcanzó a Cortese. Aunque estaba claramente asustado ahora que ya no estaba encadenada, se levantó para hacerle frente, y me di cuenta de que no habíamos planeado nada para este imprevisto. Que sus hermanos estuvieran muertos y que a ella el plan ahora le diera igual. Observé en silencio cuando ella lo agarró por el cuello y empezó a apretar. Giles intentó levantarse, pero saqué mi cuchillo y se lo puse al cuello. Se quedó quieto y observó conmigo mientras Xena seguía estrangulando a Cortese.

—Xena, ¿qué haces? —pregunté.

—Pagarle con la muerte —declaró.

—No lo hagas. Vamos. No tienes por qué. ¿Por favor?

Creo que fue el “por favor” lo que hizo que se volviera para mirarme, sentada en el regazo de mi marido, al que tenía amenazado con un cuchillo en el cuello. Tenía los ojos enrojecidos de contener las lágrimas, y le palpitaban las venas de la frente.

No vi a Cortese sacar la daga, pero la tenía en la mano cuando se lanzó sobre Xena. Grité y ella le soltó el cuello y se agachó, sacando su propio cuchillo de su bota. Sin mirar, lo clavó hacia arriba y hacia atrás, y Cortese cayó al suelo, muerto.

Me levanté, sin dejar de apuntar con mi cuchillo a Giles, que estaba paralizado en el sofá, mirando el cuerpo de Cortese. Ahora tenía miedo de Xena, y eso me dio placer.

—¿Qué plan era ése? —le pregunté a Xena al ponerme a su lado.

—El que no te quería contar —susurró.

—Vámonos de aquí —le dije, agarrándole la mano y apretándosela con fuerza. Miré a Giles y dije—: Giles, me voy. Nos vamos a Potedaia y la vamos a proteger nosotros mismos. Mantente alejado si quieres seguir con vida.

Me miró y asintió. Esperaba que ésta fuese la última vez que tuviera que ver su cara. Sé que jamás tendré que volver a soportar sus caricias, y de eso me alegro aún más. Me saqué un trozo de pergamino del corpiño y lo tiré sobre la mesa al lado de Giles.

—Libérala —dije, y cuando dudó, agarré una pluma y se la puse en la mano—. Firma.

Mi marido firmó con su nombre, luego miró a mi amante y dijo:

—Eres libre.

Xena le hizo un gesto de asentimiento. La saqué de la habitación.

De modo que cogimos nuestro zurrón, ensillamos un caballo y nos marchamos. Así de fácil. Cabalgamos durante horas hasta que encontramos una cueva oculta y acampamos. Era maravilloso volver a ser libre, ver cómo Xena hacía una hoguera. La sostuve mientras lloraba por sus hermanos. Para mí su dolor es como si fuese el mío, y lloré con ella, acariciándola y besándola, pero sabiendo que en realidad nada podía consolarla de verdad. Había sido esclava por ellos durante casi la mitad de su vida y de todas formas habían acabado muriendo. Era impensable. Su madre podía seguir viva, en Potedaia, nada menos. Intenté que eso bastara para que siguiera adelante.

Se empeñó en hacer el amor. Fue tierno, lento y lleno de pena. Fue hermoso: la primera vez desde que éramos libres, sabiendo las dos que era real, que nosotras éramos reales. Sus caricias eran aún más expresivas, y esta vez me dejó oírla, sonidos de placer y de amor. Estaba encima de mí, mirándome, cuando lo dijo.

—Qué enamorada estoy de ti.

No sabía si iba a poder sobrevivir a la ferocidad de la felicidad que me atravesó. Temía que me fueran a explotar el corazón o la cabeza por su causa, pero por suerte logramos liberar parte de la presión con nuestras manos y nuestras bocas.

Al cabo de un rato, nos quedamos tumbadas bajo las pieles y por fin Xena susurró:

—Si fuese un hombre, te pediría que te casaras conmigo.

La estrujé con fuerza, a punto de llorar de repente.

—Ya estoy casada.

—¿Aceptarías simplemente estar conmigo siempre? —preguntó, al tiempo que nos volvíamos la una de cara a la otra. Le dije que sí, y la besé, y entonces nos pusimos a hacer el amor de nuevo.

Cabalgamos dos días seguidos para llegar a Potedaia, y aflojamos la marcha cuando ya estábamos cerca, por petición mía. Necesitaba tiempo para prepararme. ¿Qué encontraríamos? ¿Y si había ocurrido algo terrible desde que me fui? ¿Y si Giles ya había enviado noticias? Las preguntas hicieron que mis brazos se ciñeran con más fuerza alrededor de la cintura de Xena y ella posó su mano sobre las mías. Hacía una tarde gris y cuando divisamos la aldea, empezó a caer una lluvia fina.

—Desde aquí parece que todo va bien —dijo Xena esperanzada.

—Sí. Vamos allá.

De modo que cabalgamos hasta la casa de mi familia y desmontamos. Alargué la mano hacia ella y me la cogió. Tenía el pelo mojado y no pude aguantarme las ganas de ponerme de puntillas para besarla. Me estrechó con fuerza e hizo un gesto indicando la puerta. La abrí de un empujón y entramos.

Cuatro rostros sobresaltados se volvieron para mirarnos. Nunca me he sentido tan aliviada como cuando vi a mi familia en ese momento. Al tiempo que madre gritaba mi nombre y se levantaba de un salto de la mesa, la desconocida exclamó “¡Xena!” y trató de levantarse, usando el respaldo de la silla para sostenerse. Cuando madre me estrechó entre sus brazos y tú gritaste “¡Gab!” me di cuenta de que tenía que ser la madre de Xena, y cuando Xena me soltó la mano y corrió hacia ella, supe que tenía razón. Padre estaba sentado a la mesa con lo más parecido a una sonrisa en la cara que le había visto nunca. Fue un momento maravilloso. Tú estabas allí, lo sabes. Hubo mucha confusión, mientras todo el mundo se regodeaba en su felicidad personal, olvidándose de fijarse en nadie más. Por fin nos calmamos un poco y Xena y yo nos presentamos mutuamente al resto de nuestras respectivas familias. Nos explicaron que nuestra madre había acogido a la madre de Xena al ver que no tenía dónde ir. Todavía me resulta asombroso que nuestras madres se encontraran.

Y también conoces el resto, claro, porque estuviste presente durante toda aquella llorosa y feliz reunión. Estuvimos sentados alrededor de la mesa de la cocina durante horas, bebiendo, comiendo y poniéndonos al día. Hasta de las cosas peores se podía hablar ahora que estábamos todos juntos. Por fin se te ocurrió preguntar cómo habíamos acabado juntas Xena y yo. Miré a Xena y ella me sonrió. Le toqué la cara y fue como si no hubiera nadie más en la estancia.

—Se suponía que iba a ser mi esclava —dije, mirándola a los ojos—. Pero resultó ser mi amor.

La mirada que Xena me dirigió a cambio fue ardiente como poco, y prometía mucha pasión para más tarde. Al vernos, me imagino que nadie podría haber dudado de la veracidad de mis palabras. Reboso de amor por ella, lo noto.

—Xena es una guerrera y una estratega extraordinaria —expliqué—. Trabajaremos todos juntos para proteger nuestro hogar. Tenemos muchas ideas.

Noté que padre tenía sus dudas, pero madre y tú, y Cirene, vosotras creísteis en nosotras. Yo quería aprender a luchar, a construir muros de piedra, a proteger a la gente que quería. Esta vez no a base de sacrificarme, sino a base de acciones directas. Al cabo de un rato, Xena y su madre salieron al jardín, supongo que para hablar de sus hermanos, y padre se fue a hacer lo que sea que hace cuando está solo.

Madre se quedó mirándome desde el otro lado de la mesa.

—Cuánto has crecido —dijo. Aunque sabía que habían pasado sólo unos meses desde la última vez que me había visto, no podía estar en desacuerdo con ella. Las tres nos quedamos sentadas bebiendo y recordando hasta que Xena y Cirene volvieron a casa, y entonces llegó la hora de acostarse.

Tuviste la amabilidad de dejarnos nuestra antigua habitación para esa noche, y después de hacer el amor, estuvimos hablando de la casa que nos íbamos a hacer al borde del pueblo. Tendría una torre de vigilancia y unos jardines inmensos y Xena se quedó dormida hablando de la clase de establo que quería para los caballos que íbamos a criar.

Es plena noche mientras escribo esto en la cama de mi infancia, con Xena durmiendo desnuda a mi lado. La luz de la luna entra por la ventana, haciendo que su pelo negro suelte destellos azules. Es maravilloso que las dos seamos libres de nuevo. Esto parece afectarla cada vez más, a medida que pasan las horas. Sé que si ella y yo trabajamos juntas, codo con codo, podremos proteger Potedaia, convertirla en un lugar seguro para vivir. Y a lo mejor otros oyen hablar de ello y vienen a vivir aquí, haciendo que el pueblo crezca y sea más seguro y más próspero. Sería maravilloso contribuir a crear un mundo donde la gente ya no tuviera que vivir con miedo, donde la gente compartiera lo que tiene, donde hubiera paz.

He decidido que, después de todo, te voy a dar esta larga carta, hermana. Quiero que alguien sepa lo que ocurrió de verdad, y sé que nunca podría mirarte a los ojos y contarte yo misma la historia. Creo que la historia que le contaré a la gente de cómo nos conocimos se parecerá más a la que le conté a ella aquella noche: de cómo llegó al lugar donde estaba yo y me salvo. Sé que en la versión que contará Xena, seré yo la que la salvó a ella. Y tú sabrás que ambas versiones son ciertas. Que cuando Xena y yo nos unimos, encontramos el deseo y la fuerza para ser todo lo que éramos, y que al hacerlo cambiamos nuestra vida. Tú sabrás cómo éramos cuando estábamos empezando. Nos queda mucho por delante.

Gracias por escuchar.

Te quiere,

Gabrielle


FIN


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